Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Señoras y señores. Mi nombre es Josh Tisdale.

Yo defiendo a Elías Finch. —Una pausa—. El señor Sterling ha hablado casi diez minutos y no ha pronunciado una palabra que ustedes no hayan podido imaginar solos.

Eso no es un reproche. Es una advertencia.

Cuando un caso se apoya en lo que parece lógico, hay que mirar con más cuidado lo que no se ha dicho.

Vio al hombre de las gafas de pasta inclinarse hacia delante.

—No les voy a prometer tanto como él. Les prometo tres cosas pequeñas.

La primera: que en el apartamento de esas mujeres no se encontró ni un frasco, ni una jeringuilla, ni un envase de nicotina.

Nada. La segunda: que el laboratorio de la policía analizó la comida que quedaba, la cubertería y la cocina, y no detectó nicotina.

Y la tercera: que el médico forense situó las muertes entre las diez de la noche y la medianoche, y que no podrá decirles cuándo se ingirió la sustancia.

El señor Finch salió de ese edificio a las nueve y cuarto.

—Objeción —dijo Sterling, sin levantarse del todo—. Argumentativo.

—Se sostiene en parte. —Vance no apartó la mirada de Josh—. Señor Tisdale, esto es una declaración de apertura. Exponga lo que va a probar. Los argumentos son para el final.

—Gracias, Señoría. —Josh inclinó la cabeza, sin ironía, y se volvió al jurado—.

Entonces diré lo que voy a mostrarles: la hora de salida, la hora de las muertes, y lo que el laboratorio no encontró.

Les pido que vigilen especialmente eso último.

Porque la ley les dice que, si tienen una duda razonable, deben absolver.

Y yo no necesito que crean que el señor Finch es un santo.

Solo necesito que me enseñen, cuando termine el juicio, cuándo y cómo se administró ese veneno, y qué lo une a él.

Se detuvo. Dejó el silencio. Era largo, pero ya no era incómodo.

—Esas mujeres merecen justicia. De eso no hay duda en esta sala. Y justicia no es condenar a la primera persona que sale por la puerta. Justicia es asegurarse de que, cuando se cierre este juicio, nadie tenga que preguntarse si se ha equivocado. Gracias.

Volvió a su silla. Elías no lo miró, pero bajo la mesa le apretó el antebrazo una sola vez, con fuerza.

—La fiscalía puede llamar a su primer testigo —dijo Vance.

El primer testigo de la fiscalía fue Rob.

Entró en la sala con un traje que le quedaba grande y las manos sin saber dónde ponerse. El secretario le pidió el nombre completo y él lo dio mirando al suelo: Robert Whitlock, veintinueve años, novio de Anna Pados. Juró sin levantar la vista del estrado.

Sterling le habló como se habla a alguien que acaba de salir de un hospital.

Le preguntó por Anna, y Rob dijo que era un torbellino, que tomaba decisiones de un día para otro, que dos semanas antes de la cena había decidido que las cuatro merecían algo mejor que otro restaurante de los que ella subía a sus redes.

Había buscado en internet, había encontrado un chef que cocinaba en casa de los clientes y había pagado la reserva con su propia tarjeta.

—¿Sabía usted quién era ese chef?

—No. Anna solo dijo que se llamaba Elías y que tenía una web muy sobria. —Rob tragó—. Le hizo gracia, porque decía que parecía el sitio web de un funerario.

Hubo un murmullo breve en la galería. Josh vio a Elías mover apenas la comisura de los labios y volver a quedarse quieto.

—Cuénteme qué pasó esa noche, señor Whitlock.

—Hablé con ella a las ocho y algo. Me mandó una foto del tartar.

Decía que era lo mejor que había comido en su vida.

—Rob se frotó la boca—. A las diez le escribí otra vez y no me contestó.

No me extrañó, estaba con las chicas. A las doce y media tampoco.

A la una la llamé y saltó el buzón. A las dos y media ya estaba en un taxi.

—¿Por qué fue al apartamento de Reese Ellison?

—Porque Anna no apagaba nunca el teléfono. Nunca. —La voz se le quebró—. Pensé que se habían pasado de copas y que dormían. Pensé que era una tontería. Pero fui.

—¿Cómo entró?

—El conserje de noche tenía una llave de repuesto que Reese le había dejado. Subió conmigo. —Rob cerró los ojos un momento—. Llamamos, no contestaron, y abrimos.

Sterling esperó. En la tercera fila, la madre de Julia Parker se tapó la boca con la mano.

—¿Qué vio?

—A Anna al lado del sofá. A Reese en el suelo, junto a la mesa baja.

A Julia y a Misha cerca de la puerta. —Habló rápido, como quien se quita algo de encima—.

Había una luz encendida en la cocina. Las copas estaban en la mesa, dos botellas de Pinot Noir, vacías.

Todo recogido. La cocina estaba tan limpia que parecía que nadie hubiera cocinado nunca allí.

—Gracias, señor Whitlock. No tengo más preguntas.

Josh se levantó despacio. No fue hasta el atril. Se quedó donde estaba, a tres pasos de la mesa de la defensa.

—Señor Whitlock, lamento su pérdida. Voy a hacerle solo tres preguntas. —Rob asintió sin mirarlo—. Usted dice que la cocina estaba limpia. ¿Vio en ella algo que no esperara encontrar?

—No.

—¿Un frasco, una botella pequeña, algo que no perteneciera al apartamento?

—No vi nada de eso. No miré.

—Es normal que no mirara. —Josh dejó pasar un segundo—. Última pregunta. Usted contó que Anna gastaba mucho. ¿Alguna vez le habló de problemas de dinero?

—Objeción —dijo Sterling—. No hay base.

—Voy a permitirla, pero con cuidado —respondió Vance—. El testigo puede contestar.

Rob dudó. La madre de Anna estaba al fondo de la sala y él lo sabía.

—Gastaba más de lo que ganaba. Todo el mundo lo sabía. Su padre le pasaba dinero. —Miró a Josh por primera vez—. Pero no sé qué tiene eso que ver. Era mi novia.

—Nada, señor Whitlock. Probablemente nada. Gracias.

Josh volvió a su sitio. No había obtenido nada que el jurado pudiera apuntar. Sterling lo miró un instante y volvió a bajar los ojos.

Al día siguiente subió al estrado el doctor Aris Thorne.

Era un hombre delgado, pálido, con las gafas siempre un poco bajas y la costumbre de hablar a la pantalla en lugar de a quien le preguntaba.

Dirigía la patología forense de la ciudad desde hacía once años y declaraba con la serenidad de quien ha oído todas las preguntas.

Sterling lo trató con respeto. Lo guio por la causa de muerte, por la nicotina líquida, por las concentraciones en sangre y en el contenido gástrico.

Proyectó en la pantalla un gráfico de picos que Thorne explicó sin adornos.

—¿Cuánta nicotina hace falta para matar a un adulto, doctor?

—La dosis letal en humanos no está bien establecida. Las cifras publicadas varían y no se pueden aplicar con exactitud a una persona concreta. Lo que puedo decir es que las concentraciones halladas en las cuatro víctimas eran compatibles con una intoxicación mortal.

—¿Y esa sustancia se puede ocultar en una comida?

—En un plato con sabores intensos, sí. En una reducción, una vinagreta. También en una bebida. Es incolora y casi inodora. El amargor se enmascara con ácidos o con especias.

—¿Hay alguna manera de saber, por el estómago, cuándo comieron?

—El contenido gástrico indicaba una comida abundante, con la digestión poco avanzada. Habían comido algunas horas antes de morir, no muchas.

—¿Cuánto tiempo pasa entre la ingestión de una dosis alta y los primeros síntomas?

—Los síntomas suelen aparecer en minutos. El colapso y la muerte dependen de la dosis, de la vía y de si hay alimento en el estómago. No puedo darle una cifra fija.

—¿Puede un estómago lleno retrasar el efecto?

—Puede retrasarlo. No sabría decir cuánto en este caso.

Sterling asintió y se alejó un paso.

—Doctor, ¿existe alguna explicación razonable para estas cuatro muertes que no sea que el veneno fue administrado en la cena que sirvió el acusado?

—No puedo excluir otras vías. —Thorne se ajustó las gafas—. Pero con lo que hay en los cuerpos, lo más probable es que la nicotina estuviera en algo que ingirieron durante esa noche. La cena es el candidato más obvio.

—Gracias. No tengo más preguntas.

El jurado había tomado notas en silencio. En la primera fila, Donnelly dejó que una sonrisa pequeña le cruzara la cara y se la quitó enseguida. Josh lo vio y no se movió.

—Doctor Thorne —empezó, saliendo de detrás de la mesa—. Lo que ha dicho es muy claro y se lo agradezco. Quisiera repasar algunas cosas con usted. En su informe, ¿a qué hora sitúa las muertes?

—Entre las diez de la noche y las doce.

—¿Cómo llegó a ese intervalo?

—Por la temperatura corporal, la rigidez y el livor. Los cuerpos se encontraron a las tres. El margen es amplio, de un par de horas.

—Un par de horas. —Josh asintió—. Entonces la muerte más temprana posible es a las diez.

—Es el límite inferior que puedo sostener, sí.

—Y la muerte más tardía, a medianoche.

—Sí.

—Ahora, el intervalo. Usted sitúa las muertes entre las diez y las doce. ¿Es una estimación exacta?

—Es una estimación. Los métodos que uso tienen un margen amplio.

—Y no puede decirle al jurado a qué hora se ingirió la sustancia.

—No. Puedo decir que la ingestión fue anterior a la muerte, y que lo habitual es que el efecto llegue pronto. No puedo fijar la hora.

—El Estado sostiene que la cena terminó hacia las nueve y cuarto. Usted no ha podido comprobarlo. Pero si fuera así, entre ese momento y la primera muerte posible, a las diez, habría al menos tres cuartos de hora. ¿Es compatible con un envenenamiento en la cena?

Thorne tardó. Miró un instante hacia Sterling y luego a la pantalla.

—No puedo excluirlo. Un retraso así sería menos frecuente de lo que se espera con una dosis alta. Pero depende de la dosis, de lo que hubieran comido y de cada persona.

—¿Menos frecuente, pero no imposible?

—Es lo que he dicho.

—Gracias. —Josh dejó el papel sobre la mesa—. Una pregunta más, doctor. Usted recibió también el informe del laboratorio de toxicología ambiental. ¿Qué encontraron en las muestras del apartamento?

—No encontraron nicotina en ninguna de ellas. Restos de comida, cubertería, copas, la botella, la cocina.