Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

La sala de entrevistas de los calabozos del Tribunal Supremo de Queens olía a desinfectante y a café quemado. Josh Tisdale llevaba allí diez minutos, solo, ordenando por cuarta vez las mismas notas, cuando la puerta se abrió y el agente trajo a Elías.

Habían pasado diez meses desde la madrugada en que lo detuvieron, y Josh todavía no se acostumbraba.

Elías Finch había sido un hombre que ocupaba una cocina con la exactitud de un reloj.

Ahora tenía el pelo casi blanco, cortado por otra mano, y un traje gris de otra talla que Margaret había comprado y el agente había revisado hasta las costuras.

Se sentó con la espalda recta, como siempre, aunque a Josh le pareció que se sostenía por costumbre.

—Te he traído una cosa —dijo Josh.

Sacó del maletín un paquete de papel de estraza. El agente lo abrió, lo hojeó página por página y se lo devolvió con un gesto de fastidio. Elías lo tomó con las dos manos. El diccionario de los lugares imaginarios. Pasó el pulgar por el lomo.

—Un catálogo de sitios que no existen —dijo.

—Pensé que te vendría bien algo que no fuera real.

Elías sonrió un instante. Después miró el libro sin abrirlo.

—Hank —dijo—. Me lo contaron en Rikers, por un periódico viejo que alguien se dejó en el patio. No me dejaron llamar a nadie. —Tragó saliva—. Yo le pedí que mirara a Ezra. Y él miró.

—Y miró bien. —Josh cerró el maletín—. No empecemos por ahí. Hoy no puedes cargar con él. Hoy tienes que cargar con esto.

Le explicó lo que iba a pasar. Hoy, las declaraciones iniciales. Mañana, el patólogo. Después los detectives, durante días, y algún testigo que Josh aún no había visto venir, porque en un juicio siempre aparecía alguien que no figuraba en la lista. Y luego sería su turno.

—No vas a declarar, Elías.

—Podría.

—Sé que podrías. Hablas bien, hablas despacio, no te alteras.

Ese es el problema. Un jurado oye a un hombre que no se altera cuando le acusan de matar a cuatro mujeres y piensa en alguien que ha ensayado.

Sterling te preguntaría por la lejía, por el maletín, por el vino, y cada respuesta tuya sería perfecta. Y nadie se fía de lo perfecto.

—Lo perfecto es mi oficio.

—Por eso. —Josh se inclinó—. Voy a pedirles que duden de ellos, no que crean en ti. Es más fácil, y es verdad.

Elías asintió despacio. No discutió. Josh creyó ver alivio en él y lo dejó pasar.

—¿Y los testigos? —preguntó Elías—. Dijiste que tendrías a alguien.

—A Peter. Va a venir.

—¿Y Genny?

Josh tardó un segundo más de lo debido en responder.

—La he citado. Hay una citación firmada con su nombre, porque el tribunal no admite otra cosa.

—No dijo que desde hacía diez noches el teléfono de prepago saltaba directamente al buzón, ni que había dejado en él cinco mensajes y colgado en otros tantos—.

Si aparece, es mejor testigo de lo que ella cree.

—Si aparece.

—Si aparece.

El agente golpeó la puerta con los nudillos. Elías se levantó, se alisó la chaqueta del traje que no era suyo y se llevó el libro al pecho, sin esconderlo.

—Josh. En la cárcel hay mucho tiempo para pensar. —Se detuvo en el umbral—. Si salgo de esta, será porque tú has sabido enseñar dónde estaba la duda.

Josh no contestó. Lo vio marcharse con las manos esposadas por delante y el libro entre ellas.

Arriba, el pasillo de la sexta planta estaba lleno de mármol claro, de bancos de madera y de periodistas con acreditaciones en la solapa. Josh se detuvo junto a una ventana para ajustarse los gemelos. Era un hábito de fiscal: los puños limpios eran lo último que uno controlaba antes de entrar.

—Señor Tisdale.

El juez Harrison Vance venía sin toga todavía, con el traje oscuro y el pelo plateado peinado hacia atrás, acompañado de su secretario. Tenía una voz de barítono que no necesitaba subir. Se detuvo a dos pasos, lo justo para que nadie pudiera decir que le hablaba en privado.

—He leído sus escritos —dijo Vance—. Los escritos de un hombre que lleva tres años fuera de mis salas y que ha vuelto con ganas de recuperar el tiempo.

—Señoría.

—No me gustan las funciones, señor Tisdale. Tuve ocasión de ver una suya hace muchos años, y no me divirtió. —Una pausa de cortesía helada—. En mi sala se litiga con las pruebas. Si quiere dar un discurso, hay sitios más baratos que un tribunal de homicidios.

No hizo falta que nombrara el caso al que se refería. Josh lo recordaba con una claridad incómoda: un acusado absuelto, un abogado defensor de pelo ya plateado, y el sabor, durante años, de haber perdido contra un procedimiento correcto.

—Entiendo, Señoría. Le aseguro que no vengo a divertir a nadie.

—Mejor. —Vance asintió y siguió su camino.

Al fondo del pasillo, junto a la puerta de la Sala 12, Robert Sterling hablaba en voz baja con dos ayudantes.

Se dio cuenta de que Josh lo miraba y levantó la cabeza.

Se saludaron con una inclinación mínima, como dos hombres que se han sentado juntos durante diez años en la misma oficina de la fiscalía de Manhattan y que ahora tienen que fingir que el tiempo no ha pasado.

Sterling se había mudado a Queens, se había presentado a las elecciones y las había ganado. Josh se había quedado fuera.

Había sido un hombre recto. Josh lo sabía y por eso le dolía más.

Dentro, la Sala 12 estaba llena. En la galería, Silas, Markis y Margaret ocupaban la segunda fila, y Margaret le levantó una mano discreta al verlo entrar.

En la primera, con los brazos cruzados y el gesto de quien ha ido a ver cómo se desmorona un enemigo, estaba el capitán Donnelly.

A su lado, Martinsson, con una corbata demasiado apretada.

Más atrás, periodistas con libretas, y dos familias que no hacían ruido.

Josh reconoció a la madre de Julia Parker por la fotografía que había aparecido en todos los periódicos. Miraba al frente y no a Elías.

El jurado llevaba desde el viernes sentado en su banco.

Doce personas y cuatro suplentes tras cuatro días de selección.

Josh había aceptado a todos sin estar seguro de ninguno.

Se fijó en una enfermera de pelo canoso que ocupaba el asiento de la portavoz, y en un hombre de gafas de pasta que no le apartaba la vista.

Elías entró, ya sin esposas, escoltado por un agente. Se sentó a su lado. Josh sintió su hombro junto al suyo, rígido.

—Respira —dijo Josh sin mover los labios.

—Estoy respirando.

—Respira de manera que se vea.

El alguacil pidió que se pusieran en pie. Vance subió al estrado, ya con la toga, y se sentó sin mirar a nadie. Golpeó una vez con el mazo, sin fuerza.

—Caso número 4592. El Pueblo del Estado de Nueva York contra Elías Finch. —Miró al jurado—. Señoras y señores, hoy escucharán las declaraciones iniciales de ambas partes. Les recuerdo que lo que dicen los abogados no son pruebas. Son un mapa de lo que cada uno espera mostrarles. Señor Sterling.

Sterling se levantó, se abrochó la chaqueta y caminó hasta el centro de la sala. No llevaba notas. Vestía de gris oscuro y hablaba despacio, sin dar la espalda a nadie.

—Señoras y señores del jurado. Mi nombre es Robert Sterling y represento al Pueblo del Estado de Nueva York. Voy a empezar dándoles las gracias, porque lo que les pedimos es mucho. Van a pasar dos semanas en esta sala y van a mirar fotografías que no querrían ver.

Hizo una pausa que no parecía estudiada.

—En la noche del catorce de noviembre del año pasado, cuatro amigas se reunieron en un apartamento de Hallets Point, en Astoria.

Se llamaban Reese Ellison, Anna Pados, Michelle Leyton y Julia Parker.

Se conocían desde la infancia. Una vez al mes se juntaban a cenar y esa noche, por primera vez, habían contratado a un chef privado.

—Se giró hacia Elías sin señalarlo—. Llegó a las seis y media de la tarde.

Les sirvió un tartar de atún, cordero y una tarta de queso.

Se marchó a las nueve y cuarto, por el pasillo de servicio y la salida trasera del edificio, con una bandolera de cuero y unas cajas herméticas.

A las tres de la madrugada el novio de una de ellas subió con la llave de repuesto de la conserjería y encontró a las cuatro en el suelo.

En la galería alguien contuvo un sollozo y Sterling esperó a que pasara.

—El Estado les probará tres cosas. Primera: las cuatro murieron envenenadas con nicotina líquida, una sustancia que mata en minutos y que casi no se nota en un plato con sabor.

Segunda: la cena de esa noche fue lo último que comieron.

Tercera: la única persona que preparó esa comida, que estuvo en la cocina y que conocía cada ingrediente era el acusado.

—Dejó la frase un instante—. No tienen que creerme a mí.

Escucharán al médico forense. Escucharán a los detectives que investigaron el caso.

Y verán que no hay otro camino que lleve a esa mesa.

Se acercó un paso al jurado.

—La ley no me exige explicarles por qué.

Y no voy a fingir que lo sé. Hay cosas que un fiscal no puede ver dentro de un hombre.

Pero sí puedo pedirles algo: miren los hechos con el mismo cuidado con que él preparó esa cena.

Cuando lo hagan, les pediré que declaren culpable al señor Finch de cuatro cargos de asesinato en primer grado. Gracias.

Josh tomó una nota que no necesitaba. Sterling no había gritado ni había hablado de monstruos, y eso era lo peor.

Vance dio un golpe breve con el mazo.

—Señor Tisdale.

Josh no se levantó enseguida. Dejó que pasaran unos segundos, no por teatro, sino porque necesitaba decidir por última vez cómo empezar. Después se puso en pie, se abrochó el botón central y fue hasta el atril. Lo dejó a un lado. Se quedó de pie delante del jurado, sin nada entre ellos.