Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 22 #5
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Capítulo 22 #5

Oliev llevó la mano al cinturón y apareció el cuchillo de caza.

La hoja brilló bajo el halógeno. Se lo pasó por el antebrazo en un movimiento limpio, y la manga térmica se abrió como un papel.

Genny vio la sangre, la sintió templada correr hasta la muñeca, pero no sintió dolor.

Era como si ese brazo perteneciera a otra persona.

Lo que sintió fue otra cosa: una serenidad helada, pegajosa, la de quien por fin ha dejado de decidir.

Buscó a tientas en el barro hasta encontrar la llave de tubo. Resbaló una vez en la grasa, la perdió, volvió a agarrarla con las dos manos. Se incorporó a medias. Oliev intentaba levantarse apoyándose en la pierna sana, y ella, con un esfuerzo físico agotador, lo golpeó en la sien.

Él cayó de espaldas, aturdido, con los ojos desenfocados. Genny se posicionó sobre su pecho, de rodillas, inmovilizándolo contra la tierra baldía, el hierro en alto. Le miró fijamente a los ojos, asegurándose de que supiera exactamente quién era ella y por quién estaba haciendo aquello.

Él lo supo. Lo vio en su cara. Y fue lo último que vio.

No fue una muerte limpia. Fue lento, y fue ruidoso a pesar del viento, y Genny lo hizo hasta que el cuerpo dejó de responder. Cuando terminó, el vapor que salía de la boca de Oliev se había vuelto más fino y más corto, hasta que dejó de salir y quedó solo el aire helado de Dakota.

Sobre ellos, la torre de perforación empezó a recobrar el ruido que había perdido durante el combate: el golpeteo sordo de las bombas, el siseo del gas, un zumbido constante de motores que no se paraba por nada ni por nadie.

Genny se quedó sentada en el lodo, jadeando, cubierta de la sangre de Oliev y de su propia sangre, y de la grasa de la tierra.

Le temblaban tanto las manos que tuvo que apoyarlas en los muslos para que dejaran de moverse.

No lloraba. Tenía los ojos secos y abiertos, como si el frío se los hubiera pulido.

Pasó un buen rato antes de que oyera, a lo lejos, el ladrido de un perro en el campamento. Entonces recordó dónde estaba. Entonces empezó el miedo.

Se obligó a pensar como detective, por última vez. Si alguien lo encontraba allí, bajo aquella luz, no habría juicio que explicara lo que había hecho. Y una vez hallado, el hallazgo traería preguntas, y las preguntas la traerían a ella, y la libreta.

Le registró los bolsillos con las manos todavía temblando.

Encontró la llave de la furgoneta, el carné de Arthur Beaumont, gemelo del de Cincinnati, un par de billetes arrugados.

Dejó los billetes. Se guardó el carné. Metió la mano bajo el mono, por dentro de la camisa, y no encontró nada más.

La libreta, la que había sacado del escondite, seguía donde ella la había guardado, pegada a su pecho, tibia por el calor de su cuerpo.

Esperó a que se apagara el halógeno bajo el que habían peleado, que el viento había terminado por fundir, y luego arrastró el cuerpo.

Pesaba mucho más de lo que había imaginado.

Lo arrastró sobre una lona que sacó de la furgoneta, un metro, otro, tres, parándose cada pocos pasos con el pecho en llamas, hasta la linde del campamento, donde empezaba el descampado.

A unos doscientos metros había una vieja estación de bombeo abandonada, un cobertizo de chapa oxidada con una bomba parada desde hacía años.

Nadie iba por allí. Las primeras heladas aún no habían endurecido la tierra del todo, y junto al muro, entre las malas hierbas y los charcos de lodo, el suelo estaba blando.

Había una pala corta en la caja de la furgoneta.

Cavó con la pala y con las manos enguantadas, a oscuras, a ciegas casi.

Tuvo que parar tres veces: la manga empapada pesaba como un trapo mojado y la cabeza se le iba hacia un lado cada vez que se agachaba.

En una de ellas vomitó, sin ruido, de rodillas.

La zanja nunca fue tan honda como debía.

Cuando empujó el cuerpo dentro, comprendió que no daba más de sí.

Y entonces, antes de cubrirlo, se quedó mirando aquella cara, ya sin gafas, ya sin casco, sin el nombre bordado en la espalda: la de un hombre de cincuenta años que no le recordaba a nadie.

La cara de alguien que podía haber vivido en cualquier casa, en cualquier calle, con cualquier nombre.

Lo cubrió. Echó tierra, y encima tierra removida, y encima ramas secas y trozos de chapa hasta que el montículo se confundió con los demás montones de escombros del descampado.

Volvió a la Chevy, borró lo que pudo, cerró con llave y dejó la furgoneta tal como estaba.

En un campo donde los hombres desaparecían un martes sin avisar, quizá nadie preguntara por Arthur Beaumont hasta que faltara a un turno.

Con suerte, el de las cuatro de la madrugada.

Con mala suerte, antes: bastaba con que alguien hubiera visto salir a una mujer del campamento por donde no debía.

No sabía cuánto tiempo tenía. Contaba en horas, no en días.

Se envolvió el antebrazo con la bufanda.

Notó la sangre empapándola y apretó con la otra mano, sin mirar.

Era un corte largo y no hondo, de los que sangran mucho y matan poco; ya lo miraría cuando hubiera luz.

Esperaba sentir algo, el alivio, la sensación de que algo se cerraba, la sensación de que Hank descansaba.

No sintió nada de eso. Solo cansancio, un peso enorme sobre los hombros que no era el de la pala.

Eran los muertos. Todos los de la libreta. Ahora eran suyos.

Caminó los tres kilómetros hasta el coche entre los montículos de arcilla, con la libreta en el pecho.

La lona seguía donde la había dejado. Se sentó al volante sin quitarse los guantes y encendió el motor.

Se miró las manos a la luz del salpicadero: negras de petróleo, rojas de sangre, y debajo, las suyas.

El teléfono de prepago vibró sobre el asiento. Las diez de la noche. En la pantalla, un número, el único que contenía.

Genny lo miró vibrar. Una vez, dos, cinco, diez. Cuánto tiempo había esperado Hank que ella contestara. Pensó en cogerlo. Pensó en decir nada, en oírle decir ¿has comido?. Pensó que, si lo descolgaba, él lo sabría con solo escuchar su respiración.

La pantalla se apagó. El coche se alejó por la pista de grava, dejando atrás la luz blanca de la torre, el cerro de arcilla, el montículo de tierra removida junto a la estación de bombeo.

En el retrovisor, la torre fue encogiéndose hasta convertirse en una raya de luz sobre el horizonte, y luego se apagó también.