Capítulo 22 #4
Genny, agazapada en la oscuridad, observó cada noche cómo el asesino se limpiaba las manos con gasolina antes de entrar.
Sacaba una lata pequeña de debajo del asiento de la furgoneta, empapaba un trapo, y se frotaba las palmas, los dedos, las uñas, las muñecas, con una insistencia casi violenta, durante más de un minuto.
Una fricción contra su propia piel que ni el petróleo ni la tierra explicaban.
Genny tardó dos noches en entenderlo. No se lavaba la suciedad del trabajo. Se lavaba a las mujeres.
A cada rato, el teléfono de prepago le quemaba en el bolsillo. Las diez de la noche. Cada noche, a las diez, había marcado el único número que contenía. Y Josh había contestado a la primera.
—Nada —decía ella.
—Nada —repetía él. Y luego, siempre, una pausa—. ¿Has comido?
—Sí.
—Mientes fatal.
Eso era todo lo que se decían. A veces, Josh añadía una cifra, un día, una hora: faltaban nueve días, ocho, siete; Sterling había rechazado el último pacto.
Hablaba de Elías como quien habla de un hijo enfermo.
No le preguntaba dónde estaba. Genny le agradecía cada noche, sin decirlo, que no se lo preguntara.
Sabía que se estaba pareciendo al hombre que acechaba.
Fuera de su jurisdicción, sin placa que la amparara y sin nadie que supiera dónde estaba, convertida en una sombra con binoculares sobre un cerro de arcilla.
Una mujer que vigila a un hombre cuatro días seguidos para saber a qué hora se limpia las manos.
La oportunidad llegó la tarde del quinto día, cuando una avería en la presión del pozo obligó a parar la cementación.
Vio cómo toda la cuadrilla se arremolinaba alrededor de la cabeza del pozo, vio a Oliev agacharse con los otros bajo la luz de los focos, vio al jefe de turno gesticular y a alguien correr hacia las oficinas.
Calculó que no volvería al campamento en una hora, quizá más.
Bajó la cárcava corriendo, resbalando en la arcilla, y cruzó el campamento sin mirar a nadie, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos.
El mono, el casco y la prisa hacían el resto: nadie mira a un peón que parece llegar tarde.
Un hombre que fumaba en la puerta de una caravana la saludó con un gruñido.
Ella le devolvió el gruñido. La cerradura de la furgoneta cedió al segundo intento.
Dentro, una ratonera de soledad: un colchón enrollado, una bolsa de lona, una nevera portátil, un hornillo, una linterna, tres latas de judías apiladas en una esquina con una precisión casi militar.
Ni una foto, ni una carta, ni un libro. Genny pensó en la unidad de Cincinnati y comprendió que lo único que aquel hombre conservaba, lo único a lo que se aferraba, era lo que había quitado a otros.
Registró el desorden con los guantes puestos, un cajón, otro, el compartimento del salpicadero, el hueco bajo el asiento. Lo encontró levantando el colchón.
Una caja de madera pequeña, del tamaño de un libro, con una tapa que encajaba a presión.
Dentro, envuelta en un trapo aceitoso, había una libreta negra, de tapas duras, con las esquinas redondeadas por el uso.
Estaba manchada: grasa en la tapa, y en el lomo una costra marrón oscuro, seca, que no era grasa.
La abrió por la mitad. Páginas y páginas de caligrafía pequeña y nítida, de escolar aplicado.
Coordenadas geográficas, fechas, nombres.
Jessica Hale. Jennifer Lowe. Lacey Neil.
Debajo de cada nombre, una línea con números, y a su lado, a lápiz, una cruz diminuta.
En las últimas páginas, un mapa recortado de las Badlands doblado en cuatro, marcado con las mismas cruces, y otros dos, de Montana y de Wyoming, con más.
Muchas más. Seguía y seguía, hoja tras hoja, mujeres que no figuraban en ningún informe, cuyos nombres Genny no había oído en su vida, y que nadie, nadie en el mundo, había buscado en los sitios que ahora tenía delante, en el papel.
Se le escapó el aire de los pulmones. Se sentó en el borde del colchón porque las piernas no la sostenían.
Veinte bolsas en un trastero de Ohio. Siete mujeres bajo un cobertizo en Connecticut. Y aquello. Aquella libreta era el resto del mapa: dónde estaban. Aquellas coordenadas eran la única esperanza que les quedaba a unas cuantas familias de poder enterrar a sus hijas.
Entonces comprendió también lo que valía para Oliev. No era un recuerdo. Era una moneda.
El dilema la golpeó con la fuerza de un naufragio.
Como detective, su deber estaba escrito en cada manual de procedimiento: salir de allí, llamar al FBI, entregar la libreta y esperar.
Pero aquella libreta no valía nada así. Había entrado en una furgoneta ajena sin orden judicial, la había sacado de debajo de un colchón, y no había nadie que pudiera jurar que la encontró donde decía.
Cualquier abogado la declararía inservible en una vista.
Y Oliev, vivo, sería el único que supiera qué cruces eran ciertas y cuáles no.
Lo administraría. Un nombre en una vista, otro seis meses después, en cada apelación, un cuentagotas de cadáveres a cambio de una celda con ventana.
Y el sistema que había dejado solo a Hank con un teléfono sin batería le daría las gracias.
Eso era lo que se decía, y era razonable.
También sabía que había otras maneras: que Josh conocía a gente, que podía dejar la libreta en una comisaría con una nota sin firma y marcharse.
Lo sabía, y lo que no quería era que el hombre que había abierto a Hank en una cocina de Cos Cob siguiera respirando mientras alguien, en un despacho, decidía qué hacer con él.
—Si lo dejo vivir —susurró, y su voz sonó rara en la caja de la furgoneta, como la de otra persona—, le doy el poder de seguir matándolas cada vez que abra la boca.
No era toda la verdad, y no terminó la frase que lo habría sido. Tampoco entonces se dijo que iba a matarlo. Se dijo que iba a cerrar la libreta, guardársela en el pecho y salir antes de que volviera. Y se lo creyó, casi, durante medio minuto.
Sacó el teléfono de prepago. Faltaban horas para las diez, pero marcó el número de Josh con el pulgar, sin pensar. Sonó cuatro veces, cinco. Saltó el buzón. Una voz grabada, impersonal, pidió que dejara un mensaje después de la señal.
Genny escuchó la señal. Y no dijo nada.
Oyó su propia respiración en la línea, el viento afuera, el zumbido lejano de la torre.
Estuvo así unos segundos, con la boca entreabierta y la libreta sobre las rodillas.
Si no contesto, no vengas sola. Cuántas veces había escuchado esas palabras en su cabeza.
Y ahora era ella quien no decía nada a un contestador, igual que Hank había hablado al suyo, hacía nueve meses, a una mujer que llegó tarde.
Colgó. Era lo más cercano a una oportunidad de volver atrás, y la dejó pasar.
Cuando salió de la furgoneta, la luz había cambiado.
La tarde se oscurecía a toda velocidad, y los halógenos del campamento empezaban a encenderse uno a uno, parpadeando con violencia bajo el viento.
Se escondió en la sombra de la Chevy, en el hueco entre el parachoques trasero y una pila de palés, con la libreta pegada al pecho, y esperó.
No llevaba su pistola; la había dejado en el fondo de una bolsa, en el motel de Williston.
La justicia de Nueva York no funcionaba allí.
Llevaba en la mano una llave de tubo pesada, de casi un metro, que había cogido sin que nadie la viera de una caja de herramientas junto a la plataforma. El hierro estaba frío como un hueso.
Oliev apareció por el sendero, solo, con el casco bajo el brazo y los hombros hundidos. Caminaba despacio. Se detuvo bajo un halógeno amarillento que oscilaba con el viento, y metió la mano en el bolsillo del mono para sacar la llave de la furgoneta.
Genny salió de la sombra.
El primer golpe fue seco, a la rodilla. Se oyó un crujido y Oliev cayó de lado en el lodo, con un gruñido de sorpresa más que de dolor. Rodó, escupiendo fango, y consiguió girar sobre la espalda. Al levantar la vista, bajo la luz que bailaba, la reconoció.
No gritó. No tenía miedo en la cara. Solo un cansancio extraño, un asentimiento casi, como el de alguien a quien le avisan de que se le ha acabado el tiempo en una sala de espera.
—Connor —dijo.
Eso fue todo. Ni una frase más. El nombre, dicho sin burla, con la pronunciación exacta de la voz de un hombre que lo había repetido en su cabeza muchas veces.
Y a Genny, que había imaginado tantas veces lo que él diría, que había escrito mentalmente discursos y respuestas, se le cayó por dentro todo lo que había preparado.
Soltó un grito que no reconoció como suyo. Era un rugido de meses de silencio acumulado, de funeral, de programa arrugado, de buzón de voz, de cocina destrozada, que le salió desde el estómago y que el viento arrastró sin dejarle eco. Se lanzó sobre él.
El combate fue visceral, una pelea de perros en el barro.
No hubo técnica, ni protocolo, ni nada que se pareciera a lo que ella había aprendido en la academia.
Rodaron. La llave de tubo salió despedida y se perdió en la oscuridad con un golpe metálico.
Oliev le clavó los dedos en la garganta y ella le mordió la mano; él le dio un cabezazo que le iluminó el mundo de blanco, y ella respondió con las uñas, con las rodillas, con todo.
Se revolcaron en una mezcla de tierra, petróleo y escarcha que les cubría los rostros y les llenaba la boca de un sabor a metal.
Genny sentía bajo las manos la resistencia de sus huesos, la rigidez del cuello, el calor de su aliento, que el frío convertía en nubes cortas y rápidas entre los dos. Bajo la luz amarilla pensó en las uñas de Hank, en lo último que había arañado, y fue lo que le dio fuerzas.