Capítulo 22 #2
Richmond, Kentucky, fue el último punto del mapa que visitaron.
Allí, en 1989, había aparecido muerta Sarah Miller, una estudiante de diecisiete años, en un bosquecillo junto al campus.
Los veteranos del condado todavía bajaban la voz al hablar del caso.
Hacía cuatro días que Josh no estaba con ella: lo habían llamado de Nueva York por una citación de última hora y Genny fue sola a casa de los Miller.
La señora Miller la recibió en el porche.
Era una mujer que parecía hecha de cristal ahumado, y se balanceaba en una silla de mimbre que crujía rítmicamente.
Habló de aquella primavera como de un invierno.
Dijo que la policía, las cámaras y el pueblo entero habían querido una respuesta para la chica de buena familia.
—Pero no fue la única tragedia —añadió, sin que Genny preguntara—. Se centraron tanto en mi Sarah que nadie se acordó de la otra.
Genny levantó la cabeza. Había estado a punto de cerrar el cuaderno.
—¿Qué otra chica, señora Miller?
—Lacey Neil. Vivía en el remolque del final de la carretera, cerca de donde la rusa y su hijo tenían aquel salón.
Tenía diecisiete años, igual que mi niña.
Desapareció el mismo día, casi a la misma hora.
Pero los Neil… bueno. Eran gente difícil.
Bebían, se peleaban. No es la clase de gente a la que la policía quiere ayudar.
No denunciaron que Lacey no estaba hasta pasados tres o cuatro meses, y para entonces los agentes estaban desbordados con el asesinato de mi hija.
Le dijeron al padre que la chica se había hartado de los gritos y se había ido a Florida o a Texas con algún camionero. Nadie volvió a preguntar.
Genny le dio las gracias. Esperó a estar en el coche para llamar a Josh. Atendió al quinto tono, con ruido de pasillo de juzgado de fondo.
—Lacey Neil —dijo él cuando Genny terminó de contárselo.
Repitió el nombre despacio, como una pieza de un puzle que no tenía por qué estar ahí—.
No figura en ninguna de nuestras listas.
En el FBI no es víctima de Oliev. Para el estado de Kentucky sigue siendo una fugitiva del hogar. Nunca fue un crimen.
—Si desapareció el mismo día que Sarah y vivía cerca de los Oliev…
—Espera. —Se oyó una puerta—. Voy a decir una cosa y quiero que la tomes como lo que es, una idea, no un hecho.
Una chica de diecisiete años sin familia que la buscara, sin nadie que renovara su carné.
Un nombre que el sistema ya ha dado por perdido.
Para alguien que necesita una piel nueva, es un regalo.
—¿Estás diciendo que la mató para quedarse con su nombre?
—Estoy diciendo que habría que mirar si ese nombre ha seguido vivo.
Genny pensó que era una hipótesis elegante y que, como todas las elegantes, probablemente era falsa.
Una chica de diecisiete años de Kentucky podía haberse ido de verdad a Florida.
Podía haber muerto de una sobredosis en un motel sin que nadie lo apuntase.
No quiso decirlo en voz alta. Al día siguiente fue a ver al padre.
Lo encontró en una residencia de ancianos de las afueras, con el pelo blanco y las manos temblorosas, más viejo de lo que le correspondía.
Se acordaba de Lacey. Se acordaba de la discusión de aquella mañana: dinero, la cena, ya no sabía.
«Les dije que se había largado», dijo sin que ella preguntara, mirando la ventana.
«Era más fácil». No lloraba. Genny salió de allí con la sensación de haber abierto una puerta que alguien había atrancado desde dentro.
Después condujo hasta el final de la carretera.
Del remolque de los Neil quedaba un cuadrado de hierba más alta que la de alrededor y un neumático medio enterrado.
Doscientos metros más allá, donde había estado el salón de belleza de la rusa y su hijo, había ahora una gestoría con la persiana bajada.
Genny se quedó un rato en el arcén con las manos en los bolsillos, mirando un lugar donde nadie había buscado nada en treinta años.
Pensó en Hank, que habría sacado un cigarrillo, y se descubrió buscando en el bolsillo.
Pasaron dos semanas buscando la vida de una muerta, porque eso era lo que buscaban.
Cruzaron registros civiles, renovaciones de carné, contratos de suministros en los estados donde Olga y su hijo habían vivido.
El nombre de Lacey Neil estaba, como suponía Josh, en el limbo administrativo de los desaparecidos que nadie ha dado por muertos: sin facturas médicas, sin cuentas, sin redes sociales.
Una piel vacía. Genny empezaba a pensar que habían perdido el verano.
—Alguien que usa el nombre de una muerta tiene que firmar cosas —dijo Josh una noche, extendiendo sobre la cama del motel los papeles inútiles de la semana—.
Alquileres, suministros, un trastero, un apartado de correos.
Cosas donde nadie comprueba que la titular respira, siempre que pague en efectivo.
Eso no está en los registros civiles. Está en las bases comerciales que indexan contratos por número de la seguridad social.
Y esas solo se consultan con credenciales oficiales.
Esa misma semana había pedido dos aplazamientos al tribunal por Elías, y al segundo el juez le había contestado que ya no se creía sus excusas. Genny lo supo por el modo en que colgó el teléfono.
Entonces Josh hizo una llamada que no quería hacer. Se encerró en el baño del motel con el teléfono y habló en voz tan baja que ella solo oyó el final.
—Te debo una. No, dos.
Salió con una hoja de papel doblada en cuatro y la cara de quien ha pagado más de lo que pensaba.
Era una investigadora de la fiscalía del condado de Hamilton, en Ohio, con quien había coincidido en un curso de fiscalías veinte años atrás.
Le había pasado el nombre de Lacey Ann Neil por una base de datos comercial que solo podía consultarse con credenciales oficiales.
—Dice que si algún día pregunta alguien, no me conoce. Y que no la vuelva a llamar.
Genny desdobló la hoja. Había una sola línea con valor: una unidad de almacenamiento, la 402, en un complejo de las afueras de Cincinnati, Riverbend Self-Storage.
El contrato original lo había firmado en 2008 una tal Lacey Ann Neil.
No tenía tarjeta de crédito ni cuenta bancaria vinculadas.
Al lado, una nota a lápiz: Pago anual en efectivo, terminal de la entrada. Último pago: agosto.
—Es su ancla —dijo Genny en voz baja—. Oliev es un nómada, pero todos los camaleones necesitan un sitio donde dejar la piel vieja.
—Es una unidad de almacenamiento a nombre de una chica de diecisiete años que desapareció en 1989 —dijo Josh—. No sabemos que sea suya. Hasta que la abramos.
Genny dobló el papel. Lo miró un segundo más y se lo metió en el bolsillo de la chaqueta, junto al teléfono.
—Vamos a Cincinnati.
Josh volvió de Nueva York al día siguiente de la llamada, con una bolsa de tela al hombro, el traje arrugado de dormir en el tren y una mirada que Genny ya conocía: la de quien pasa de un tribunal a otro sin haber cenado.
Condujeron hasta Cincinnati sin hablar mucho.
Genny miraba por la ventanilla cómo los esqueletos de las fábricas de Ohio desfilaban bajo una luna pálida.
No pensaba en el futuro. Pensaba en el crujido de una persiana metálica que estaba a punto de levantar.
Llegaron al complejo de Riverbend a las dos de la mañana. Era un laberinto de bloques beige rodeado por una valla de tela metálica con concertina en lo alto. Un cartel de neón parpadeaba en la entrada y proyectaba una luz amarillenta sobre la barrera.
—No voy a jugar con el teclado de la puerta —dijo Josh, parando el coche en la sombra de un almacén de suministros industriales—. Estos sitios tienen siempre el mismo fallo: lo que no vigilan es la valla.
Sacó una cizalla pequeña del maletero y dos pares de guantes de trabajo. Rodearon el recinto a pie por un descampado lleno de maleza, hasta un tramo donde la malla estaba cedida por abajo. Los chavales del barrio entraban por allí a pintar y a pasar la noche.
—Genny —dijo Josh, con la cizalla en la mano—. Todo lo que toquemos esta noche no vale nada en un juicio. Ni la cadena de custodia, ni cómo lo hemos conseguido. Lo sabes.
—No es para un juicio.
—Lo sé. Quería oírtelo decir.
Dos cortes limpios en la base de la malla.
Se deslizaron por debajo, uno detrás de otro, y se movieron entre las sombras de los contenedores hasta el bloque C.
Un coche de seguridad pasó por el camino principal con los faros bajos y ellos esperaron pegados a una pared, con el corazón en las orejas, a que sus luces se perdieran detrás de un edificio.
No hubo alarmas ni sensores. Solo el silencio pesado de un negocio que ahorraba en vigilancia nocturna.
Caminaron bajo una luz fluorescente que zumbaba como un insecto atrapado. La 402 era una persiana metálica estándar con un candado de disco de acero que brillaba. No había polvo en el tirador, señal de que alguien había estado allí no hacía mucho.
—No voy a perder media hora con un candado de disco.
—Josh sacó de la chaqueta una palanca pequeña y un destornillador grueso—.
Estas persianas son de chapa barata. Si aflojo los tornillos del riel, podemos subirla lo justo para pasar sin romper nada.
Cuando nos vayamos, parecerá que nadie ha entrado.
Trabajó con un esfuerzo contenido sobre la guía de aluminio hasta que el metal cedió con un gemido sordo. Genny empujó hacia arriba. La persiana subió unos sesenta centímetros. Se agacharon y pasaron a gatas.
Se pusieron guantes de látex sin hablar. Genny encendió una linterna táctica cubriendo el haz con los dedos.
Al principio la unidad parecía decepcionante, casi vacía. No había muebles ni rastro de una vida normal. Solo unas estanterías metálicas de montaje rápido y varias cajas de plástico gris apiladas con una precisión casi militar.
—Fotos antes de tocar nada —dijo Genny, y sacó el teléfono.