Capítulo 22
El silencio en el apartamento de Genny Connor Alvarado no era de paz.
Habían pasado meses desde aquella noche en Cos Cob, y la luz de la tarde seguía entrando por las persianas medio bajadas, dibujando rayas de polvo sobre el suelo, sobre las cajas de cartón, sobre las carpetas de manila que ya no ordenaba.
Estaba sentada en la alfombra, con la espalda contra el sofá.
Llevaba así tanto rato que había dejado de notar que tenía las piernas dormidas.
En la mesa, una pila de periódicos del último mes mostraba el mismo rostro en portadas distintas: Alexey Oliev. O Jacob St. Pierre. O Micky O'Hara. Los medios lo llamaban ya «el Camaleón de la Costa Este», o a secas «el Monstruo de Cos Cob».
Su desaparición después de matar a Hank y a su propia madre no había sido el final de nada.
Lo que Hank desenterró en sus últimas horas resultó ser la punta de algo mucho más grande.
El escándalo del ADN de Erin Gabassi, y de las otras cuatro escenas sin resolver que Jim había encontrado, obligó a abrir los archivos de media docena de estados.
El FBI y las policías de Arkansas, Tennessee, Kentucky, Nueva York y Connecticut empezaron a trazar un mapa de la vida de Oliev: cada empleo temporal, cada mudanza de su madre, cada alquiler de camión.
Ahora la tele no hablaba de otra cosa. Esa tarde, un psicólogo forense de sienes plateadas explicaba en un programa de máxima audiencia que Oliev era «un depredador de inteligencia narcisista superior», que «se integraba» en lugar de esconderse.
Genny lo oyó con la misma atención con que se oye una máquina de aire acondicionado.
Más de cinco mil familias habían llamado en cuarenta y ocho horas a las centralitas de la policía: madres, hermanas, hijos que sospechaban si el hombre amable que les ayudó con una mudanza en Nevada o en Ohio era el Monstruo de Cos Cob.
Oliev era la persona más famosa del país, y ella estaba en su salón, sin moverse, mirándolo.
Apagó el televisor con el mando. Después, sin saber por qué, cogió el teléfono.
Era el mismo teléfono que Lennon le había quitado en el sótano y que ella recuperó de su mesa esa noche.
Tenía un solo mensaje de voz guardado, de cuatro minutos y diez segundos.
Lo había escuchado tantas veces que se lo sabía de memoria, incluidas las pausas y el ruido de la carretera de fondo.
La voz de Hank, ronca, firme: «Si no contesto, llama a Lennon y dile todo.
Y ven a buscarme. Lo que sea que pase, no vengas sola».
No había ido sola. Había ido con dos patrullas de Connecticut, con las luces azules sobre el puente, y había llegado horas tarde. Lo sabía. Lo repetía igual que se repite un número de teléfono.
Lo último que habló con él había sido otra cosa.
Una llamada tonta, desde el sótano, entre multas de aparcamiento.
«¿Meditación o whisky?», le había preguntado.
«Ninguna de las dos. Estoy en casa, en un silencio que casi ofende».
Y se rieron los dos. Había durado tres minutos.
Después, Lennon abrió la puerta de metal.
Cerró los ojos y volvió al cementerio: la lluvia fina, el olor a tierra mojada y los uniformes de gala que le parecían un disfraz.
El funeral de Hank Beaumont debería haber sido un acto de honor y a ella le pareció una farsa.
Había gaitas. Había salvas. Cada descarga le pegaba en el pecho como una puerta que se cierra.
En la primera fila, la bandera doblada. En su mano, el programa de la ceremonia, con la foto de Hank sonriendo a medias y debajo el nombre completo que ella casi nunca había leído: Henry Arthur Beaumont, 1966–2018.
Lennon se había acercado al terminar. Abrigo largo y negro, impecable, sin una gota de barro en los zapatos. A su lado, otros oficiales que se habían burlado de las «obsesiones» de Hank ponían cara de circunstancias.
—Lo lamento profundamente, detective Connor. El inspector Beaumont fue un ejemplo para todos nosotros.
Le tendió la mano. Genny la miró. No la tomó, ni dijo nada. Se quedó mirando la mano abierta del capitán, con el programa arrugado en el puño, hasta que él la retiró despacio y se la guardó en el bolsillo del abrigo.
Lennon había mandado las patrullas. También le había quitado a ella el teléfono con el que Hank llamaba, y lo había tenido una tarde entera en el bolsillo. Las dos cosas eran ciertas, y ella no sabía cuál pesaba más. Por eso no gritó. Habría sido demasiado fácil.
La culpa le había durado todo el invierno.
No la de Cos Cob, sino la de antes: la de haberle puesto a Hank delante un expediente, el de Ezra Kuzma, porque Elías Finch le dijo que solo podía confiar en él.
Hank no se había limitado a revisar los papeles.
Se había metido en el barro con ella. «Sigue tirando del hilo, Genny», le decía cuando los jefes la llamaban loca, y le llevaba un café.
Ese hilo la había conducido hasta la tumba de su amigo.
Y ahora tenía las cajas del caso en el salón, un teléfono con una voz grabada y ninguna idea de qué hacer con las dos cosas.
Tres golpes secos en la puerta.
Genny no se movió. Se quedó en el centro del salón, entre las carpetas, esperando a que quien fuera se cansara y se marchara.
—Sé que estás ahí, Genny. —Una voz cansada, pero firme, de las que había oído en tribunales y en despachos cerrados—. Y no me voy a ir hasta que se agote el oxígeno de este pasillo.
Josh Tisdale. Descorrió el cerrojo.
Estaba en el rellano con su gabardina de siempre y una carpeta bajo el brazo. Entró sin esperar a que lo invitara, esquivó una caja y se detuvo en medio del salón. Miró las paredes desnudas, la tele apagada, la montaña de expedientes. Después la miró a ella, y no fue con lástima.
—He esperado a que pasaran el funeral y el luto oficial, y el oficioso.
—Dejó la carpeta sobre la mesa—. A Elías lo juzgan el uno de octubre.
Sterling va a ir a por él con lo que tenga, que es poco, y con el miedo del jurado, que es mucho.
Necesito saber qué tenía Hank de verdad.
Qué leyó, qué dejó escrito, qué no llegó a contar.
Y tú eres la única persona que lo vio todo.
—Hank murió por mi culpa, Josh.
—Hank murió porque un hombre lo apuñaló en una cocina. —Lo dijo sin levantar la voz—. Y tú lo sabes. No ha pasado un día en que no lo sepas.
Genny sintió que la sangre le subía a la cara. Hacía meses que no sentía nada que subiera.
—Lo dejaron solo. A él le quitaron la placa, a mí me quitaron el teléfono…
—Y ahora pretenden que tú hagas lo mismo contigo: suspenderte de la vida. —Josh dio un paso hacia ella—. Hank no murió para que te quedaras aquí convertida en otra de las sombras de Oliev.
Se miraron. Josh no apartó la vista. Esperó, como esperaba a los testigos que sabían más de lo que querían decir.
—No tengo ninguna prueba nueva —dijo Genny al fin—. Solo lo que hay en esas cajas.
—Pues empieza por ahí.
Se quedó un rato solo, de pie, mientras ella recogía del suelo la primera carpeta. Luego, sin despedirse, salió y cerró la puerta con cuidado, como quien sale de una habitación donde alguien duerme.
Esa noche Genny no durmió. Extendió sobre la alfombra el expediente de Erin Gabassi, el de Mary Sanderson, las fotos de la cocina de Cos Cob.
Se hizo café. A las tres de la mañana, con los ojos secos, pulsó el mensaje de voz otra vez y lo dejó correr hasta el final.
Después abrió un cuaderno y escribió, en la primera página limpia, una sola línea: ¿Dónde se esconde alguien que ya no puede esconderse en un nombre?
Pasaron el verano recorriendo el cinturón de óxido y el sur profundo, con un mapa de carreteras ajado extendido sobre el asiento de atrás del viejo sedán de Josh.
Josh no creía en los satélites ni en el reconocimiento facial con que el FBI peinaba las cámaras de los aeropuertos.
Para él, Oliev no era un fantasma digital sino un hombre que dejaba rastros de desecho, y los hombres como él no están en las suites de Las Vegas.
Están en las grietas que la ley no se molesta en mirar.
Genny no discutió. No tenía una teoría mejor.
Revisaron los expedientes que ella y Hank habían empezado antes de Cos Cob y volvieron a hablar con las familias que el tiempo había devorado.
En Cleveland, Tennessee, el padre de Jessica Hale, la chica de dieciséis años desaparecida en 1987, les contestó mirándose las manos: «Se fue y el bosque se la tragó».
Lo repetía con la voz de quien ha ensayado esa frase durante treinta años para no volverse loco.
En Charlottesville, el «robo que salió mal» de Jennifer Lowe, en 1993, seguía siendo un muro de piedra.
No había registros, no había firmas, no había errores.
—Estamos perdiendo el tiempo —dijo Genny una noche en un motel de Kentucky, con el neón de la carretera tiñendo la habitación de rojo a intervalos—. Pisamos las huellas de Hank y Oliev las borró todas antes de que llegásemos.
Josh no levantó la vista de su portátil.
A ratos desaparecía durante un día entero porque había una vista previa del juicio de Elías o una moción que presentar, y volvía con los ojos enrojecidos y la misma pregunta: «¿Qué has encontrado?
». Genny, que había pasado la tarde entre papeles, nunca tenía una buena respuesta.
—Hank diría que estamos en la fase del chicle —dijo Josh por fin, sin levantar la vista—. Ya no sabe a nada y sigues masticando.
Genny sonrió, y le dolió.
—El error está en lo que no se denunció —dijo al fin—. En lo que el sistema consideró basura.
Era una frase que podría haber dicho Hank. A ella le sentó mal en la boca.