Capítulo 21 #4
«El viaje transcurría con aparente normalidad», continuó el narrador, «hasta que el tacógrafo del camión registró una serie de irregularidades mecánicas y de tiempo.
En los últimos 18 kilómetros antes del siniestro definitivo, el vehículo realizó doce paradas injustificadas a un lado de la vía.
Como si estuvieran esperando a alguien, o como si alguien los estuviera forzando a detenerse.
A las 6:30 de la mañana, en una curva cerrada cerca del puente del Diablo, el camión perdió el control y volcó.
El impacto fue brutal y definitivo. Cuando los servicios de emergencia llegaron al lugar, confirmaron la muerte instantánea del matrimonio Peterson.
Pero lo que desconcertó a las autoridades fue la cabina.
Estaba vacía. No había rastro de los niños.
Solo una pequeña zapatilla de lona roja quedó abandonada en el suelo, entre los restos del salpicadero.
La búsqueda se suspendió tres semanas después. »
Sabía cómo eran esos programas: adornaban y exageraban lo que hiciera falta.
Pero el conejo de la puerta no lo había inventado nadie.
Reese se quitó los auriculares de golpe.
Miró a Peter de reojo; seguía con sus diálogos, ajeno a todo.
Ella no le dijo nada. No mencionó que había tenido uno idéntico, que recordaba el tacto de la madera gastada y cómo sus dedos de niña recorrían el contorno de las orejas.
Esa noche buscó el Lodge con el portátil en las rodillas, mientras Peter dormía.
Había una página de la Sociedad Histórica con tres fotos y un teléfono al que no llamó.
Pocos días después, Reese conducía por las carreteras secundarias de los Catskills, con los árboles cerrándose sobre el asfalto.
Su destino era el Willow Run Lodge, un antiguo hotel que, según lo que había encontrado en internet, había pertenecido a la familia de Thomas Peterson.
Al llegar, la decadencia del lugar era evidente.
Un ala entera era un esqueleto negro entre la maleza, y el resto del hotel resistía a duras penas.
Mientras caminaba por lo que alguna vez fue el vestíbulo, Reese vio de nuevo el símbolo: en la madera del mostrador, apenas visible bajo capas de polvo y moho, estaba el dibujo del conejo.
Un hombre de aspecto rudo y mirada esquiva, con una desbrozadora colgada del hombro, se detuvo a unos metros al oír sus pasos. Dijo que se llamaba Gerry.
—¿Busca algo, señorita? —preguntó Gerry con una voz monótona y desprovista de hospitalidad.
Reese señaló el grabado en la madera.
—Ese dibujo… lo he visto antes. ¿Qué significa?
Gerry apenas miró el emblema antes de escupir al suelo.
—Eso fue hace mucho. No queda nada de ellos aquí —respondió con sequedad—. Es un viejo dibujo de los antiguos dueños. Váyase a la ciudad, señorita.
Reese no se dejó amedrentar. Bajó hacia el pueblo y, tras preguntar en un par de gasolineras, terminó en el porche de una casa de madera pintada de un azul desvaído. Allí, sentado en una mecedora, estaba un hombre mayor con las manos curtidas. Se llamaba Ray.
—¿Los Peterson? —preguntó Ray cuando Reese pronunció el apellido—. Hace mucho que nadie los nombra, hija.
Ray hizo una pausa para encender una pipa que parecía tan vieja como él.
—Yo los conocía bien. Eran buena gente, pero la mala suerte se ensañó con ellos.
Thomas, el hijo del viejo dueño del hotel, se puso al volante de aquel camión para salvar el negocio.
Las deudas se los estaban comiendo vivos.
Aquel junio tenía que entregar una carga en la ciudad y quiso aprovechar para llevarse a Martha y a los niños unos días, un respiro. Pero el camino es traicionero.
Reese tragó saliva.
—Ray… yo necesito saber algo. Ese dibujo del conejo… yo tenía un juguete de madera exactamente igual. Lo perdí cuando era muy niña y no recuerdo quién me lo dio.
Ray dejó de mecerse y la miró fijamente, con una chispa de reconocimiento mezclada con una profunda tristeza.
—¿Un conejo de madera, dices? No me extraña.
Los tallaba la abuela Peterson. Tenía un don con la gubia.
Los hacía a mano para todos los niños que se hospedaban en el Lodge; decía que eran amuletos para que siempre encontraran el camino de vuelta a casa.
Y por supuesto, les hizo los suyos a sus nietos.
Era el sello de la casa, su forma de dar la bienvenida.
Pero dime… ¿Qué dicen tus padres de todo esto? ¿Cómo llegó eso a tus manos?
—Mis padres murieron cuando yo tenía doce años —susurró Reese—. Me crió mi abuela, pero siempre ha evitado hablar del pasado. Decía que no había nada que recordar, que era mejor empezar de cero.
Ray se levantó con un quejido y le hizo una seña para que entrara. Entre el desorden de una vida solitaria, sacó unos álbumes de fotos con las esquinas carcomidas. Empezaron a pasar páginas. Reese no decía nada.
Finalmente, Ray se detuvo en una página central.
Era una fotografía de los Peterson frente a la entrada principal del Willow Run Lodge, en un día soleado que parecía pertenecer a otro universo.
Thomas abrazaba a Martha, y frente a ellos estaban los dos niños.
Ray sacó una lupa de un cajón y la deslizó sobre la imagen.
—Eran felices —comentó Ray con melancolía—. Eran la viva imagen de la esperanza antes de que todo se torciera. Mira a la pequeña. Tendría dos años en esa foto.
Reese tomó la lupa. Le temblaba tanto la mano que el cristal chocaba contra el papel. Se centró en la niña pequeña, con su vestido corto de algodón y una sonrisa traviesa. En su rodilla derecha se veía con total claridad una cicatriz en forma de «Z» angulosa.
Reese se quedó helada. En la casa, el reloj de pared marcaba los segundos con un tictac demasiado alto. Sin decir una sola palabra, se puso de pie, con las rodillas flojas.
—¿Se encuentra bien, señorita? Se ha quedado blanca como la cal —preguntó Ray, levantándose con preocupación.
Reese no respondió. Se levantó el dobladillo de la falda, justo por encima de la rodilla derecha.
Allí, sobre su piel pálida, bajo la luz de la lámpara, había una pequeña cicatriz blanca y antigua, una Z angulosa que la acompañaba toda la vida.
Su abuela siempre le había dicho que era de una caída en un parque cuando apenas empezaba a caminar.
Reese miró la rodilla de la niña de la foto, luego la suya, y por primera vez dudó de esa explicación.
Ray no dijo nada. Acercó de nuevo la lupa a la fotografía, la mantuvo un momento sobre la rodilla de la niña y, con una lentitud que parecía cuidado, la apartó. Después dobló el cristal y lo dejó sobre el álbum, junto a la foto. Fuera, en el porche, la mecedora seguía moviéndose sola.