Capítulo 21 #3
Dobló la página de nuevo y la dejó donde estaba. Hollis volvía con dos tazas.
—Nunca aparecieron —dijo, sin que nadie le preguntara—. Se habló de todo, como siempre. Hasta que la gente se cansó de hablar.
Peter dejó que ese silencio se estirara.
No había dicho una palabra de Reese y no pensaba hacerlo.
Pensó en las caras de los álbumes de Elsie, en una barbilla que no era de nadie, y lo apartó: sería demasiado limpio, y él sabía qué solía haber detrás de lo demasiado limpio.
Tampoco sabía qué tenía que ver una niña de dos años desaparecida en 1997 con un trozo de abeto.
Probablemente nada. Una casualidad era una casualidad.
—¿Dónde estaba el Lodge?
Hollis sacó del mismo arcón un plano desdoblado, de papel grueso, de hacía al menos veinticinco años.
—La carretera actual pasa por aquí. Pero la antigua, la de servicio, subía hasta aquí.
Señaló con un dedo manchado de tinta un punto más alto, al final de un sendero dibujado a mano. No había ningún símbolo, ningún dibujo, solo un nombre en letras pequeñas: Willow Run Lodge.
—No sale en ningún mapa moderno. No lo busque a pie, que el camino está comido. Llegue en coche hasta donde pueda y suba el resto.
—¿Se puede entrar?
—Hay un guardián, creo. Pagado por el banco. No es gente de hablar.
Peter le dio las gracias y le pidió permiso para fotografiar el mapa. Hollis se lo concedió con un asentimiento y una sonrisa cansada.
—Joven. Si se encuentra algo allí arriba, no me lo cuente. Ya sé demasiado de este pueblo.
El camino era de tierra, lleno de baches, con ramas que raspaban los laterales del coche.
La vegetación había recuperado el asfalto en tramos enteros.
El aire se enfriaba a medida que subía y la luz iba tomando el color del agua sucia, incluso a media tarde.
Peter condujo despacio hasta que el bosque se abrió de pronto en un claro.
El Lodge no estaba muerto, aunque tampoco vivo.
El ala izquierda era un esqueleto negro que el tiempo no había terminado de derribar, con vigas calcinadas apuntando al cielo.
Pero la estructura principal, de madera oscura, seguía en pie, y se veía que la habían construido con el mismo abeto balsámico que Peter llevaba en la mano.
Las ventanas estaban sucias, la pintura se caía a tiras y las cortinas del interior se deshacían en jirones.
Un cartel de madera, inclinado y cubierto de musgo, colgaba de dos postes a la entrada. Peter se acercó y limpió la superficie con la manga. Bajo el nombre del hotel, tallado con una gubia y pintado un día en blanco, quedaba un dibujo de un conejo sentado de perfil, mirando hacia arriba.
Peter sacó el suyo del bolsillo y lo puso junto al cartel. No hizo falta compararlos mucho tiempo.
Al fondo, cerca de lo que debía de ser la cocina, había una vieja camioneta Ford de pintura desvaída, y a su lado un hombre de treinta y tantos años, barbudo, con manos de trabajador, que peleaba con una tubería exterior y una llave inglesa. Se levantó al oír la grava.
—Disculpe. ¿Trabaja aquí?
—Algo así. Soy Gerry. —Se limpió las manos con un trapo, y su voz era tan plana como su cara—. Me pagan para que esto no se caiga del todo. Este sitio está cerrado, amigo.
—Solo quiero preguntarle por esto.
Peter le extendió el conejo con la palma abierta. Gerry lo tomó y lo giró con la indiferencia de quien ve reliquias viejas a diario.
—Es un conejo tallado. Abeto viejo, de aquí. Lo he visto en fotos. Era el símbolo del sitio, un logo, supongo.
—¿Y esta raspadura?
—Ah, sí. —Se lo acercó a los ojos—. Dicen que la vieja dueña, la abuela Grace, tallaba objetos con marcas secretas para la familia. Un regalo. Pero eso es historia local.
—¿Y la familia?
Gerry se encogió de hombros y se puso el trapo sobre el hombro.
—Muertos, o fuera, que viene a ser lo mismo. El Lodge quebró cuando desviaron la interestatal. Luego les cayó una desgracia tras otra. El hijo y su mujer. El incendio. El viejo se fue poco después. Yo llevo aquí ocho meses. Es un trabajo sin alma, pero paga.
Dejó el conejo de Peter sobre una mesa de fuera y entró en la recepción oscura. Volvió al cabo de un minuto con otro.
Era casi idéntico, quizá algo más grande y mejor conservado, con las vetas más claras.
—Lo encontré en el viejo despacho, debajo de unos papeles de contabilidad. Lo guardo para que no se lo lleve algún mochilero. —Se lo puso en la mano a Peter—. La talla es la misma. Si usted tiene uno, alguien de esa familia se lo dio. Pero ya no queda nadie, así que no sé a quién iba a preguntar.
Peter sostuvo los dos. El de Gerry pesaba igual que el suyo.
Gerry lo miró entonces, luego miró el coche de Peter, y algo se le movió detrás de la cara sin expresión.
—Espere. Hace unos meses vino una chica. Yo no vivía aquí todavía; solo venía una vez al mes a cortar el césped, me pagaba el banco. Estaba en el vestíbulo, mirando el mostrador. Delgada. Ojos grandes.
—¿Reese?
—Es posible. No me dijo el nombre. Quería saber de los dueños de hace veinte años. No pude ayudarla. Se fue decepcionada. —Frunció el ceño, como si se oyera a sí mismo—. Le dije lo mismo que a usted, que no había nada que contar. No sé por qué hoy le he contado más.
Peter abrió el teléfono y le enseñó la foto de Reese, la profesional, con el pelo perfecto y el rostro arquitectónico. Gerry apenas la miró un segundo antes de apartar los ojos.
—Sí. Es ella. —Devolvió el teléfono demasiado deprisa—. Mire, no sé qué anda buscando, pero le diré lo que le dije a ella. Lo que está enterrado en estas montañas es mejor dejarlo así.
Peter hizo la cuenta sin querer: antes de Patricia, antes de Diane. Reese había subido hasta aquí sola un día cualquiera, meses antes de morir, y había vuelto a cenar con él sin decirle una palabra.
—¿Por qué no me dijo que había estado aquí? —murmuró Peter, y no sabía si hablaba con Gerry o con Reese.
Gerry no respondió. Se volvió hacia la tubería, recogió la llave inglesa y empezó a apretar, como si Peter ya se hubiera ido.
Peter se quedó junto a la mesa de fuera.
Puso el conejo de Reese en un extremo y el de Gerry en el otro, con el hueco de la mesa entre los dos.
Después sacó el teléfono, buscó la fotografía que había hecho en casa de Diane Smith, la de Trevor de niño con el juguete en las manos, y la apoyó contra el borde de la mesa.
Tres conejos. Ninguno de los tres tenía nada que decirle. Peter los miró hasta que dejó de oír el golpeteo de la llave inglesa contra la tubería.
VARIOS MESES ANTES
Una noche en el apartamento, con la luz azulada del televisor sobre las estanterías. Peter estaba encorvado sobre la mesa del comedor, delante del portátil, y el golpeteo del teclado llenaba la habitación.
Reese, hundida en el rincón del sofá con los auriculares puestos, acababa de terminar un documental sobre desapariciones sin resolver en el desierto de Nevada.
El narrador, con esa voz pausada de los canales de misterio de bajo presupuesto, lo había cerrado con una nota pesimista sobre los olvidados.
Reese suspiró. Se quitó los cascos un momento, dejándolos sobre los hombros, y se levantó hacia la cocina.
—¿Quieres que te traiga algo, Peter? —preguntó ella en voz baja.
—No, gracias, cielo. Me queda media hora para terminar unos diálogos —respondió él sin apartar la vista de la pantalla.
Reese fue al frigorífico y volvió con una manzana.
En la televisión, la reproducción automática ya había saltado al siguiente vídeo.
Pasó un anuncio de seguros de hogar. Reese revisaba el móvil con desgana cuando en la pantalla empezó un nuevo caso criminal, y una imagen granulada, de cinta VHS pasada a formato digital, la dejó quieta.
Era la escena de un accidente antiguo: un camión cisterna volcado en una cuneta polvorienta, rodeado de luces de policía en un blanco y negro gastado. Y en la puerta de la cabina, pintado a mano, casi con cariño, un conejo sentado de perfil.
Era el mismo trazo: la curva de las orejas, el hocico respingón. Idéntico al conejo de madera que ella había tenido de pequeña, un juguete que creía perdido hacía muchos años.
Con las manos temblando, volvió a ponerse los cascos y llevó la barra de reproducción al principio. Necesitó tres intentos para acertar con el botón.
«El misterio de los Peterson: El accidente de la familia invisible», rezaba el título en letras amarillas sobre un fondo negro. La voz del narrador, esta vez más sombría, comenzó a desgranar los hechos:
«23 de junio de 1997. Los Peterson no eran una familia común de carretera.
Thomas Peterson, un camionero de la zona de los Catskills, no viajaba solo en sus rutas largas.
Aquella noche de verano lo acompañaban su esposa, Martha, y sus dos hijos pequeños: una niña de apenas dos años y un niño de cinco.
Eran una familia unida que buscaba en la carretera un sustento que el estancamiento económico de las montañas les negaba… »
En la pantalla aparecieron fotos de la pareja, de carnet, algo desgastadas. Él tenía una mandíbula fuerte y una mirada cansada; ella, Martha, unos ojos grandes y una chispa de curiosidad que a Reese le resultaron demasiado familiares.