Capítulo 21 #2
Cada respuesta contradecía a la anterior.
Peter empezó a sentir que había viajado seiscientos kilómetros por un trozo de madera mal tallado que, entre miles de objetos olvidados, no era nada.
Se tomó un café aguado delante de un puesto de postales de guerra y dejó que la frustración se asentara.
Silas y Elías le habían enviado a una búsqueda del tesoro sin mapa. Estaba a punto de irse cuando lo vio.
El último puesto estaba escondido en una esquina oscura, cerca de los baños, lejos del bullicio de los vendedores con éxito.
No era un puesto, sino un montón de cajas de madera y estantes inestables con objetos pequeños: canicas antiguas, lupas con mango de hueso, candados de latón y una veintena de animales tallados, zorros, osos y pájaros, de una simplicidad casi brutal.
Detrás, un hombre con gafas gruesas reparadas con cinta adhesiva y un jersey de lana con un agujero.
Una tarjeta garabateada decía que se llamaba Nicholas.
Pulía con una punta de trapo el ojo de cristal de un búho.
Peter sacó el conejo del bolsillo, ya no la foto, y lo colocó sobre el mostrador junto al búho. Nicholas levantó la cabeza. Su mirada fue al conejo y no a Peter. Dejó el búho a un lado y se limpió las manos en un trapo, como quien se prepara para una operación.
—¿De dónde ha salido esto?
—Era de alguien que buscaba a su familia. Murió. Es lo único que tengo.
Nicholas no dijo que lo sentía. Acercó el conejo a una lámpara de cuello de ganso y la luz anaranjada fue sacando las vetas una a una. Pasó la uña, sorprendentemente limpia para un hombre que trabajaba la madera, por un punto desgastado de la base.
—Talla rural. No es de escuela europea, es americano de pies a cabeza. Hecho por alguien con más amor que técnica. —Se lo llevó a la nariz y aspiró—. Y la madera es abeto balsámico. Mire el grano, irregular y ligero.
—¿De dónde?
Nicholas se encogió de hombros.
—Eso no se lo dice la madera. Se usa en todo el noreste.
Me huele a montaña del sur del estado, a Catskills, a Delaware County, a comunidades de leñadores.
Pero también podría ser Adirondacks, o Vermont, o un taller de Pensilvania.
—Giró el conejo—. Mire la oreja izquierda.
Está raspada, pero el borde no es un desgaste normal.
Parece que alguien quiso quitarle algo, una inicial o una fecha.
Los tallistas viejos marcaban a veces la procedencia con un punzón.
Quien se lo diera quizá no quería que se supiera dónde lo habían hecho. O no quería que lo supiera ella.
—Eso ya lo había visto —dijo Peter—. Creí que era del uso.
—Del uso no es —dijo Nicholas, sin más.
Se lo devolvió y volvió al búho. Peter se quedó un momento ante el mostrador esperando algo más. No llegó.
—Buena suerte —dijo Nicholas, sin levantar la vista.
Era menos de lo que Peter había soñado y más de lo que tenía al llegar. Un estado, no un pueblo. Una región. Salió de la feria con el conejo apretado en la mano y supo que Búfalo no le diría nada más. Lo que tenía que hacer ahora no era seguir un rastro, sino elegir uno.
Eligió Delaware County, porque Nicholas lo había nombrado primero y porque no tenía nada mejor.
Volvió a Nueva York, alquiló un coche y pasó dos días recorriendo carreteras secundarias que apenas cabían en el GPS.
Probó en una ferretería de Margaretville, en un ayuntamiento cerrado, en una tienda de piensos donde nadie había visto nunca una talla así.
En la ferretería de Margaretville un chico le dijo que su abuelo tallaba pájaros; Peter fue a ver al abuelo, que tallaba pájaros y estaba sordo.
En las tres le sugirieron que preguntara en otro sitio.
El tercer día, por pura densidad de abeto en el mapa forestal, acabó en Willow Creek.
Era un pueblo en declive. Una calle principal corta y triste, una gasolinera oxidada con las bombas encadenadas, una barbería y una farmacia con las ventanas tapadas con contrachapado.
La grava crujía bajo las ruedas del coche y era lo único que sonaba.
El único signo de vida era una taberna con un neón casi muerto sobre la puerta: El Hacha Torcida.
Dentro, tres hombres de más de sesenta años, con piel curtida y chaquetas de franela, estaban sentados en la barra, y se giraron a la vez para mirar al forastero. De un altavoz viejo salía una grabación de folk de los Apalaches con un siseo constante:
♪ El viento aúlla en el desfiladero, donde el pino se dobla por el dolor, dejé a mi amada bajo el nogal negro, donde no llega el sol, ni el calor. Mi pala golpeó la piedra y la arcilla, un sonido seco, un adiós sin voz, ahora mi sombra es la única silla, en esta mesa que comparto con Dios. ♪
Peter se detuvo con la mano en el respaldo de una silla vacía. La letra hablaba del peso de una pala y de una sombra que se queda sola al otro lado de la mesa. Esperó a que acabara.
Se acercó a la barra y pidió un café, lo que pareció irritar a los parroquianos. La camarera, una mujer de unos cincuenta años con la placa de MARLA, tenía el cansancio permanente de quien lleva muchos años de pie y unos ojos rápidos. Peter dejó el conejo sobre la barra.
—Disculpe. Estoy siguiendo el rastro de esto. ¿Alguien en el pueblo reconoce esta talla o esta madera?
Marla lo miró con los ojos entrecerrados, sin tocarlo.
—Aquí hay mucha gente que talla, cariño. Abeto, pino. Crecemos con él. Es madera de por aquí. Nada especial.
Uno de los hombres, el más viejo, tosió: un ruido seco, de aviso.
—Si no es especial, ¿por qué lo pregunta, forastero?
—Es de alguien que ya no está —dijo Peter—. Me gustaría saber de dónde vino.
Marla bajó los ojos al conejo y lo mantuvo un segundo de más.
Peter le vio la cara cambiar. Algo, un destello, se movió por ella y se apagó antes de que él supiera qué era.
Pudo ser reconocimiento, o miedo, o simple cansancio de que otro forastero viniera a remover algo que no era suyo.
Marla recogió la taza de café sin haberla servido.
—Váyase. Aquí no vendemos recuerdos de la ciudad. Y si la gente no quiere que se sepa de dónde es algo, no se pregunta. —Se volvió hacia la máquina—. El silencio es la moneda más valiosa en Willow Creek.
Peter dejó unos billetes sobre la barra, por el café que no había tomado, y salió.
Se quedó en la acera con el conejo en la mano y la sensación de que tres pares de ojos lo seguían a través del cristal.
No sabía si Marla ocultaba algo o si solo estaba harta.
No podía saberlo. La pista era demasiado débil para decidir que un pueblo entero guardaba un secreto, y demasiado buena para abandonarla.
Al otro lado de la calle, en un buzón clavado a un poste, alguien había pegado un cartel descolorido: Sociedad Histórica del Condado de Delaware. Visitas con cita previa. Preguntar por el señor Hollis.
La casa del señor Hollis era una cabaña de madera en mejor estado que el resto del pueblo.
Peter llamó y esperó. Abrió un anciano con chaleco de lana y un sombrero de tweed puesto dentro de casa, y detrás de él se vio una sala que era a la vez archivo y cuarto de lectura: estanterías hasta el techo, mapas enrollados, polvo.
—Soy Peter Maco. No tengo cita, pero busco el origen de una pieza que creo que viene de por aquí.
—¿Una pieza? Aquí lo único que investigamos es cuánto café queda en la jarra. —El anciano se apartó—. Pase, joven. Soy Wendell Hollis. Aquí no hay nada que hacer salvo escuchar.
Peter sacó el conejo y se lo tendió. Hollis lo tomó con las dos manos, como un fragmento de arqueología, y los ojos le brillaron con una alegría que no tenía nada que ver con la desconfianza de la taberna.
—Esto sí que es algo. No es producción moderna. Esto es talla de invierno. —Lo giró a la luz—. Abeto balsámico. La he olido mil veces. Era el material de aquí para todo: vigas, leña, juguetes. La tala nos daba de comer, antes de que decayera hace veinte años.
—¿Hubo algún punto de inflexión hace veinte años?
—Dos. El primero, que desviaran la I-88. Con la carretera nueva, todos los negocios de esta zona se quedaron muertos de un día para otro. —Hollis dejó el conejo sobre la mesa y no lo soltó del todo con los ojos—. El segundo fue lo del Lodge.
—¿El Lodge?
—El Willow Run Lodge. El único resort que atraía turismo de lujo a esta parte de las montañas.
De los Peterson. —Se sentó, y la voz se le hizo más baja—.
Tuvo mala suerte, esa familia. Primero la carretera.
Luego, en junio del noventa y siete, el hijo y su mujer murieron al volcar el camión que conducía él, en una curva cerca del puente del Diablo.
Y un mes después, de madrugada, sin tormenta ni nada, se quemó el ala de los huéspedes y el salón.
—¿Cómo empezó?
—Eso es lo que dijeron que no se pudo determinar. —Hollis hizo un gesto de cansancio—. El viejo Peterson murió poco después, de pena. Del resto, aquí preferimos no hablar.
—Dijo «el hijo y su mujer». ¿Tenían familia?
El anciano tardó en contestar. Se quitó el sombrero, lo miró por dentro y volvió a ponérselo.
—Eso tendrá que verlo usted. —Se levantó y abrió un arcón de cedro lleno de mapas turísticos, postales y recortes amarillentos—. No soy de los que entierran la memoria, pero tampoco de los que cuentan lo que no han vivido. Está todo ahí, por orden de desorden. Yo preparo un té.
Peter pasó casi una hora de rodillas junto al arcón.
Desde la cocina, Hollis le gritó que no tocara los mapas del fondo, que se deshacían; Peter los tocó con las yemas.
Anuncios del resort, una receta de la cocina del Lodge, una crónica de la boda de los Peterson, una factura de leña.
Al fondo, doblada en cuatro, una página de periódico local con el titular medio borrado por la humedad: Se suspende la búsqueda de los niños Peterson.
Leyó la noticia de pie. Una niña de dos años y un niño de cinco.
La cabina vacía. Una zapatilla de lona roja. Ni una sola pista en tres semanas.