Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

Cinco meses. El tiempo no había curado nada; solo había convertido el dolor agudo en una vibración sorda bajo la piel.

El asesinato de Reese Ellison seguía siendo la única realidad de Peter Maco.

Desde que la policía había centrado el caso en Elías Finch, la investigación oficial había entrado en un letargo de papeleo y fechas aplazadas, a la espera de un juicio que nadie parecía tener prisa en convocar.

Peter, en cambio, no podía parar. Había pasado esos meses detrás del conejo de madera, un objeto sin rostro ni origen que le había dejado más migajas que pan.

Desde Albany llevaba el juguete en el bolsillo de la chaqueta, y con él una frase de Elsie que no se le quitaba de la cabeza: «El conejo lo traía ella. Cuando volvió mi hija con la niña».

El apartamento se había quedado a medias.

Los libros de Reese seguían en las estanterías porque no se atrevía a tocarlos, y el portátil de Peter se abría cada mañana en la misma pestaña, el panel de Cine Olvidado, el blog que ella le había montado con copia de seguridad, verificación en dos pasos y una cuenta de administración a su nombre.

La última entrada era de agosto. Debajo, un contador de visitas que ya no subía y unos pocos comentarios de lectores que preguntaban si seguía vivo.

Peter no los contestaba. Una noche escribió «Sigo aquí» y lo borró.

Había vuelto a Long Island una y otra vez.

Elsie lo recibía en el salón de El Nido Tranquilo, con la bufanda azul marino a medio tejer que nunca avanzaba, y le servía un té que ya llegaba frío, con galletas que ninguno de los dos probaba.

Una vez le llevó una bolsa de naranjas y Elsie se las agradeció como si las mandara otra persona.

Peter probó todas las formas de preguntar.

¿Dónde había estado su hija? ¿Con quién?

¿Cuándo se marchó? ¿Cómo se llamaba el hombre?

Elsie contestaba siempre con la misma cortesía agotada.

—No quise preguntar entonces, Peter. Tampoco quiero ahora.

A la cuarta visita le dio lo único que tenía: un sobre amarillento con una carta de su hija, sin fecha, sin remite, y un matasellos de Atlanta.

Eran cuatro líneas sobre el tiempo y una petición de que no la buscaran.

Peter voló a Atlanta en febrero con la dirección de devolución que figuraba al dorso.

Era un buzón alquilado en una oficina de correos privada, pagado en efectivo, cerrado desde hacía años.

La empleada que lo atendió no recordaba a nadie.

Volvió a Nueva York con el billete de vuelta por única prueba de que había ido.

Y, sin embargo, en medio de ese estancamiento, su convicción había crecido.

Estaba casi seguro de que Elías Finch era inocente de las cuatro muertes.

Había algo demasiado limpio en la versión de la policía, demasiado conveniente.

No era una prueba y Peter lo sabía. Pero había aprendido, escribiendo guiones, que una historia que encaja a la primera suele estar contada por alguien que quiere que encaje.

Consiguió una nueva visita en el centro de detención. La sala era una caja de cemento con un cristal grueso entre los dos hombres. Elías seguía idéntico: inmaculado, incluso con el uniforme de la prisión, con el pelo recogido con una perfección que desafiaba el sitio.

—Peter. Creí que te habías olvidado de mí. La gente suele hacerlo pasado el primer mes de curiosidad morbosa.

La voz seguía plana, sin una nota de reproche.

—Siento lo de Hank —dijo Peter. Había hablado con él dos veces: lo bastante para que le doliera, no lo bastante para saber qué decir.

—Yo también. —Elías no añadió nada, y Peter tampoco.

—Estoy seguro de que eres inocente, Elías.

Una media sonrisa cruzó la cara del cocinero y se apagó enseguida.

—Los hechos están de mi lado. No tienen nada tangible. Ni huellas, ni ADN. Creí que saldría de aquí en nada de tiempo. Pero…

—¿Pero qué?

Elías se inclinó un poco, algo raro en su rigidez habitual.

—Se han juntado cosas que no calculé.

—¿Qué cosas?

—Ya te enterarás. —Se echó hacia atrás.

Peter no insistió. Ya había aprendido que con Elías insistir era darle la razón. Le contó lo que llevaba haciendo: seguir el rastro del conejo hacia atrás, buscar los orígenes de Reese antes de Albany.

—Tengo el fantasma de una carta, un vacío de información y este maldito juguete.

Le mostró la fotografía del conejo, impresa sobre un fondo blanco. Elías la observó con una atención quirúrgica, como si diseccionara un plato. Tardó unos segundos en levantar la mirada.

—Tú buscas la raíz, Peter. Estás buscando la cacerola original, no la réplica.

—Miró un instante hacia la pared, como si calculase algo—.

Hay una persona. Un amigo. Se llama Silas.

A veces hace monólogos en un bar de Brooklyn, cerca del puente.

Conoce más historias de las que cuenta. Ve a verlo y dile que vas de mi parte.

Quizá él pueda darte un corte limpio en este nudo.

El bar era un tugurio de terciopelo rojo, con una luz amarilla que no favorecía a nadie.

Peter se abrió paso entre jóvenes con gorros de lana y viejos que bebían solos hasta ver el pequeño escenario.

Silas ocupaba el centro con un traje gastado y una corbata demasiado brillante.

Tenía la barba gris recortada a toda prisa y las manos siempre en movimiento.

Hablaba de la ansiedad existencial y de las aplicaciones de citas, y el público lo seguía como se sigue a un perro conocido.

Peter llegó cuando estaba en su remate final.

—…Eran las tres de la mañana y yo intentaba convencer a un policía de que no estaba borracho, sino excesivamente hidratado de tristeza. El tipo me mira de arriba abajo y dice: «Señor, lleva usted un calcetín puesto como gorro».

La sala soltó una carcajada. Silas esperó a que se calmara.

—Y yo le respondí: «¿Y qué, oficial? ¿No estamos todos usando un calcetín de un sitio para tapar el agujero de otro?»

Un segundo de silencio. Después, otra carcajada, más larga. Silas se encogió de hombros con una resignación perfecta.

—¡Buenas noches, Brooklyn, y usen hilo dental!

Aplausos. Se bajó del escenario secándose la frente con un pañuelo, y Peter lo alcanzó antes de que se perdiera por la puerta de atrás.

—Silas. Peter Maco. Vengo de parte de Elías.

El cómico se detuvo en seco. Los ojos, hacía un momento de payaso, se volvieron otra cosa: más quietos, más viejos.

—Si vienes de parte de Elías, lo que necesites.

Peter le contó lo que le había contado a todo el mundo en los últimos cinco meses. Una mujer muerta, un pasado que no existía antes de Albany, una abuela que se negaba a hablar.

—Busco sus orígenes. Cualquier cosa que me diga de dónde viene.

Silas asintió despacio, con las manos en los bolsillos.

—Una pregunta —dijo, mirándolo fijamente—. Los padres de Reese, los que murieron en el accidente. ¿Dónde vivían antes de Albany?

—No lo sé. Solo tengo una carta con matasellos de Atlanta que no lleva a ninguna parte.

—Atlanta. —Silas frunció el ceño—. Un nombre grande. Para esconderse es mejor que un pueblo fantasma. —Hizo una pausa—. ¿Qué más tienes?

—Esto.

Sacó el conejo del bolsillo y lo puso sobre una mesa entre dos vasos vacíos. Silas lo miró un rato largo sin tocarlo.

—No lo reconozco. No es de mi círculo. —Frunció el ceño y miró a un lado, pensando—.

Pero hace años, buscando atrezo para unas funciones, pasé por una feria de antigüedades en Búfalo.

Una de esas que se especializan en juguetes y rarezas de madera.

Los vendedores son gente rara, de esa que se conoce los talleres de medio noreste.

—Se encogió de hombros—. Es una pista fría. Lo más probable es que no te dé nada.

—Es más de lo que tenía.

—Eso es lo que dicen todos al principio. —Silas le devolvió el conejo con la punta de los dedos—. Si encuentras algo, me avisas. Aunque sea para que lo cuente en un escenario.

—¿De qué conoces a Elías? —preguntó Peter.

—De una plaza de Barcelona. Me dejó dos euros por una mentira. Es el único que me ha pagado el precio justo. —Silas se secó otra vez la frente—. Y come algo. Tienes cara de vivir de café.

Peter salió a la calle. El eco de las risas aún le llegaba a través de la puerta. Tenía un nombre, Silas, y un destino, Búfalo. No era mucho, pero llevaba cinco meses sin una dirección y se dio cuenta de que ya se había puesto a pensar en el tren.

Compró un billete de tren para Búfalo para el viernes por la mañana.

Conducir le habría dado más libertad, pero el tren le dejaba ordenar las notas y mirar por la ventanilla sin tener que decidir nada.

Sobre la mesa tenía esparcidas sus pocas pruebas: una foto de Reese, el nombre de Silas con la dirección del bar y el conejo.

Búfalo era frío y gris, incluso para ser primavera.

La feria se celebraba en un antiguo almacén que parecía sostenerse por la pura voluntad de los coleccionistas, un laberinto de mesas con cera vieja, libros mohosos y café recalentado, dividido en secciones: monedas, porcelana, muebles victorianos y, al fondo, juguetes y curiosidades.

Peter pasó allí tres horas. Le dolían los pies y los ojos se le cansaban de escanear vetas y patrones.

La sección de juguetes era inmensa, muñecas de porcelana con miradas fantasmales, trenes de hojalata perfectos, caballitos de nogal pulido y caros, figuras de circo talladas con una precisión europea que firmaban maestros bávaros.

Mostró la foto del conejo a todos los vendedores, uno tras otro.

—¿Esa cosa? Folk art barato —dijo un hombre con un bigote de morsa que vendía soldados de plomo—. Lo haría algún granjero aburrido en los años treinta. No tiene valor.

—Parece de los Apalaches, pero la madera es demasiado clara para roble o fresno —dijo una mujer rodeada de muñecas japonesas—. Pruebe más al norte. Nueva Inglaterra, quizá.

—¿Un conejo? —dijo un hombre que vendía relojes de cuco, sin mirar la foto—. Tengo cuatro pájaros que no cantan. Pregúnteme por pájaros.