Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 20 #4
78%

Capítulo 20 #4

La puerta de la cocina se cerró. Pasos en la grava, tranquilos, que se alejaron. Un motor lejano que se encendía y se perdía hacia la carretera.

Después, nada.

Hank se quedó tendido en el suelo de la cocina, con la mejilla en los azulejos y la mano derecha cerrada. Bajo las uñas notaba algo tibio que no era suyo, y apretó el puño para no perderlo. Se quedó quieto lo bastante para contar los latidos, y los contó. Después empezó a arrastrarse.

Al otro lado de la cocina, junto a la puerta, colgaba de la pared un teléfono viejo de cable.

Lo vio desde el suelo con una nitidez absurda.

Se impulsó con los codos y las rodillas, dejando tras de sí una huella oscura en el suelo.

Un metro. Dos. El costado le ardía y la mano izquierda ya no obedecía.

A tres palmos del aparato vio que el cable colgaba suelto, arrancado del enchufe, y comprendió que Oliev había pasado por allí antes de que él llegara.

Apoyó la frente en el suelo. Le entró una risa muy corta, que no salió.

Ahora podría tomarse la copa, pensó. Cuatro meses y nueve días, y ya no le importaba a nadie.

Se volvió como pudo, boca arriba. Calculó el tiempo sin querer, como había calculado tantas veces el de otras personas: media hora, quizá.

Una hora si tenía suerte. Jim no tendría el resultado hasta las diez y Genny no oiría el mensaje hasta que Lennon le devolviera el teléfono.

Josh sabría qué hacer con los sobres. Elías, también.

Que alguien recogiera lo que había dejado a medias.

Giró la cabeza con esfuerzo. Desde donde estaba veía la mesa. Las dos tazas, muy quietas. El vapor se había hecho más fino. Más allá, en el sillón, no se atrevía a mirar, y miró de todos modos: Olga con la cabeza caída hacia un hombro y las manos todavía juntas, como si siguiera esperando.

Pensó en Genny. En la agente Alvarado de la Unidad del Puerto, con el pelo recogido, mirándolo desde detrás de una mesa llena de mapas náuticos, cuando él todavía creía que tenía todo el tiempo del mundo.

Le había fallado en cosas que ya no tenían arreglo.

Y se iba ahora, justo cuando ella estaba sola en un sótano con un castigo y un teléfono ajeno.

Quiso decir su nombre. Le salió un soplo.

Fuera, el agua seguía rozando los pilotes del embarcadero. En la mesa, del té de las dos tazas ya no subía el vapor.

Las diez y diez de la noche. El turno de Genny había terminado hacía más de una hora.

A las nueve había subido al despacho de Lennon, como le habían ordenado, y la secretaria le había dicho que el capitán estaba en una reunión y que esperara.

Esperó una hora en el pasillo, de pie. Después bajó otra vez al sótano a teclear códigos de proveedores que ya no veía, porque no se le ocurría qué otra cosa podía hacer.

La puerta de metal se abrió sin ruido. Era Jim, el técnico del laboratorio, con un papel en la mano y la cara desencajada. El papel le temblaba.

—Detective Connor. —Hablaba bajo, como si el sótano tuviera oídos—.

Hank me trajo unas muestras esta tarde. Un cepillo de dientes y una maquinilla de un tal Jacob St. Pierre, o Oliev, o como se llame.

Las he cotejado con lo que se sacó de debajo de las uñas de Erin Gabassi.

Fuera de registro, y ya sabes que así no vale ante un juez. Lo hice por él.

Genny se levantó de golpe. La silla cayó hacia atrás y no la miró.

—¿Y bien, Jim?

—Coincide. Es positivo, Genny. Quien usaba ese cepillo dejó su ADN bajo las uñas de Erin Gabassi.

—Tragó saliva—. Pero hay más. Pasé el perfil por el archivo de pruebas sin identificar de la propia oficina forense, por si acaso, y sale en otros cuatro casos sin resolver de Nueva York.

Cuatro escenas distintas, el mismo perfil.

Y Hank no me contesta. Le he llamado tres veces. No sé qué hacer.

—Eso no es una prueba, Jim.

—Lo sé. Pero ya sabemos a quién buscar.

Cinco escenas, pensó Genny, y le subió un frío por la espalda. Y detrás, quizá, una niña en Arkansas. Y Hank, sin placa y sin arma, con esa corazonada suya de que estaba cerca.

—Quédate aquí. No se lo digas a nadie más.

Salió disparada hacia las escaleras sin atender a las voces de Jim. Subió de dos en dos al segundo piso. Le ardían los pulmones. Al fondo del pasillo, la luz del despacho del capitán brillaba bajo la puerta.

Entró sin llamar. La puerta golpeó la pared.

Stuart Lennon estaba en medio de una reunión, con dos mandos de uniforme sentados frente a su mesa. Se levantó.

—¡Detective Connor! ¡Salga ahora mismo de aquí o me veré obligado a…!

No lo miró. Sus ojos barrieron la mesa hasta encontrar su teléfono, que Lennon había sacado del bolsillo y dejado entre unas carpetas.

Lo cogió con los dedos temblorosos. La pantalla mostraba una lista de llamadas perdidas de Hank y un mensaje de voz.

Pulsó el altavoz y lo puso sobre la mesa, entre los tres.

La voz de Hank llenó la habitación, grave, entrecortada, con el ruido de la carretera detrás:

«…Voy a ver a Olga Valyn, su madre. Vive en Cos Cob, Greenwich. En Cove Road, una casa junto al agua… Si no contesto, llama a Lennon y dile todo. Y ven a buscarme. Lo que sea que pase, no vengas sola.»

El mensaje terminó con un clic. Nadie se movió.

—Capitán. —A Genny le temblaba la voz, pero cada palabra salió separada—.

El ADN de Jacob St. Pierre, que es Alexey Oliev, coincide con el de Erin Gabassi y con otros cuatro casos sin resolver en esta ciudad.

Cinco casos, capitán, con un mismo perfil.

Y el inspector Beaumont ha ido solo y desarmado a casa de la madre.

Dejó ese mensaje a las ocho menos cuarto. Hace más de dos horas.

Lennon no dijo nada. En su cara pasaron muchas cosas, y Genny las vio todas: la incredulidad, el cálculo, lo que iba a costarle a medio departamento aquel papel de Jim. Después, algo más sencillo y más viejo.

—Teniente Ramos —dijo, en voz baja y fría—.

Llame a la Policía Estatal de Connecticut.

Dos patrullas a Cove Road, Cos Cob, ahora mismo.

—Se volvió hacia Genny—. Detective Connor, usted va como enlace.

Los de Connecticut llevan la intervención y usted no da un paso sin ellos.

Y que nadie me pregunte después quién lo autorizó.

Fueron cuarenta minutos que Genny recordaría en trozos: las luces azules sobre el puente, el motor al máximo, Jim llamando una y otra vez al móvil de Hank, que daba siempre el mismo buzón. Nadie habló en el coche. Cuando dejaron atrás la autopista ya no se veía más que pinos.

La grava crujía bajo las ruedas de la patrulla.

La casa era baja, de madera gris, con una luz amarilla en una ventana y la sombra de un cobertizo contra el agua.

No había ningún coche en la entrada, pero sí uno, a veinte metros, que Genny reconoció antes de que se parara el motor: el Taurus de Hank, con las llaves puestas y el capó frío.

—Policía —gritaron los agentes en la puerta principal—. ¡Policía de Connecticut!

Nadie respondió.

Genny rodeó la casa por el lado del agua, siguiendo sin saberlo el mismo camino que él había hecho horas antes. La puerta de la cocina estaba abierta de par en par. Una franja de luz cruzaba el porche.

—Está abierta. ¡Entren!

Los dos agentes entraron primero, con las armas por delante. Genny fue detrás de ellos.

Tardó un segundo en ordenar lo que veía. Dos tazas de té sobre la mesa, frías. Una silla caída. Y en el sillón de la esquina, con la cabeza ladeada y las manos todavía juntas en el regazo, una mujer menuda de pelo gris recogido en un moño. Tenía la garganta abierta de lado a lado. Era Olga Valyn.

Pero la mirada de Genny no se detuvo en la madre. Bajó.

A sus pies, en el suelo de la cocina, boca arriba, estaba Hank. Tenía los ojos abiertos hacia el techo y la izquierda sobre el costado, empapada. La derecha, la tenía cerrada con fuerza, como si se hubiera agarrado a algo hasta el final.

Se arrodilló junto a él. Le puso dos dedos en el cuello. Le puso la palma en el pecho. Esperó.

No había nada.

Estaba muerto.