Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

—Sus credenciales están retenidas y su acceso a este edificio, revocado.

Hay orden de arrestarlo si lo encuentran dentro.

—Lennon no levantó la voz—. Le doy una advertencia, y es la única.

Si vuelvo a verlo en estas instalaciones, interfiriendo en una investigación o acercándose a cualquiera de mis detectives, la próxima vez que lo vea será a través de unos barrotes.

—Estaba de camino a casa.

—No me tome por idiota. Es usted el único detective que conoce este camino. —Lennon dio un paso—. La detective Connor está mejor sin usted. Se lo digo por su carrera, no por la suya. Váyase de mi comisaría. Ahora.

Hank sostuvo su mirada un instante. Lennon hablaba en serio. Si daba un paso hacia el sótano, no solo lo arrestarían: encontrarían las bolsas, y el trabajo de Jim terminaría en una papelera.

—Entendido, capitán.

Se dio la vuelta. Salió por la puerta de servicio con la gorra calada y la rabia comiéndole las muelas.

En el coche se quedó quieto con las dos manos en el volante.

Tenía el ADN en una máquina y a Genny incomunicada.

A Oliev, en alguna parte, haciendo lo que hacen los hombres como él cuando se dan cuenta de que los buscan.

Olga Valyn era la única que sabía dónde.

Giró la llave.

El Throgs Neck se alzó sobre el agua negra con las luces de los pilares en fila, y Hank lo cruzó con la mano derecha en el volante y la izquierda sosteniendo el teléfono contra la oreja.

Pasadas las siete y media ya era noche cerrada.

El indicador de batería marcaba el seis por ciento, tras un día entero de llamadas y de buscar cobertura en las esquinas, y Hank pensó que debería parar a cargarlo y no paró.

Dudó dos veces antes de marcar. Podía llamar a la policía de Greenwich y decir que iba hacia allá, pero tendría que explicar qué hacía sin placa en una casa ajena, y lo primero que harían sería llamar a Nueva York, y lo segundo, a Lennon.

Se imaginó a su capitán oyéndolo al otro lado de la línea, y desechó la idea.

Diez minutos con Olga, no más. Le diría que su marido había hablado, que Alexey había roto una pierna y quizá una vida, y que cualquier cosa que ella supiera ya no era un secreto de familia. Si salía mal, llamaría desde la puerta.

Marcó el número de Genny. Cuatro tonos y el buzón.

—Genny. Escucha esto hasta el final, por favor. Sé que Lennon te tiene incomunicada. No tengo placa ni arma, y voy solo. Pero tenemos las piezas.

Se lo contó en cuatro minutos, sin adornos y en orden, como había aprendido a declarar en el estrado: lo que decía el padre, y lo que no se podía comprobar todavía; la lista de Josh y el festival; la fecha de Erin; el cepillo y la maquinilla; Jim en el laboratorio con una máquina vieja y unas horas por delante.

Habló de Cos Cob, de Cove Road, de una casa pequeña junto al agua.

Al final se quedó un momento callado, con el rumor de la carretera de fondo.

—Si no contesto, llama a Lennon y dile todo. Y ven a buscarme. Lo que sea que pase, no vengas sola.

Colgó y notó que le temblaba el pulgar. Había dejado una voz en un buzón como se deja una carta en un cajón. El teléfono marcó el cuatro por ciento.

Cos Cob estaba a oscuras. Las casas de Cove Road se alineaban entre pinos a ambos lados de un camino de grava que crujía bajo las ruedas, y el Sound era una extensión negra que se adivinaba al fondo por el frío húmedo que subía del agua.

Hank apagó el motor a veinte metros de la casa, una construcción baja de madera gris con un porche pequeño, una luz amarilla en una ventana y, más atrás, la sombra de un cobertizo contra el agua. No había ningún coche en la entrada.

El silencio le pesaba. Se oía el agua rozando los pilotes de un embarcadero cercano, y nada más.

Subió los escalones del porche y llamó con los nudillos.

Una cadena de seguridad sonó antes de que la puerta se abriera diez centímetros. Olga Valyn lo miró desde la rendija. Era una mujer menuda, con el pelo recogido en un moño gris y unos ojos claros y cansados, los de su marido y, pensó Hank, los de su hijo.

—¿Quién es usted?

—Hank Beaumont, señora Valyn. Estoy buscando a su hijo, Alexey Oliev.

La cara de Olga se cerró. No fue una máscara: fue algo más viejo, la costumbre de cuarenta años.

—No sé de qué me habla. Hace mucho que no veo a mi hijo.

—Su marido ha hablado conmigo esta tarde. —Hank bajó la voz—. Me ha hablado de Ksenia.

Vio cómo la cara se le rompía y cómo se recomponía enseguida, demasiado tarde.

—Mi marido está enfermo —dijo ella, y la voz le tembló—. Bebe. No sabe lo que dice.

—Señora, solo quiero…

La puerta se cerró de un golpe. El cerrojo encajó con un sonido seco que se oyó en toda la calle.

Hank se quedó inmóvil en el porche, con las manos abiertas ante la madera.

La mujer había tenido miedo. Pero no había mirado a Hank cuando lo tuvo.

Había mirado por encima de su hombro, hacia el fondo de la casa.

Esperó un minuto entero. Sacó el teléfono para llamar a Genny otra vez, por hacer algo, y entonces lo oyó: un golpe seco dentro, de silla o de cuerpo, y un grito corto, de mujer, cortado a mitad como si le hubieran tapado la boca.

Hank no pensó. Marcó el nueve, y el uno, y cuando iba a pulsar el último, la pantalla se apagó.

Batería agotada. Se lo quedó mirando un segundo como un objeto de otro mundo. Después lo guardó en el bolsillo, bajó los escalones del porche y rodeó la casa por el lado del agua, pegado a la pared, sin hacer ruido.

La puerta de la cocina estaba entornada. Una rendija de luz cruzaba el suelo del porche trasero. Hank se acercó a la ventana junto a la puerta y miró.

La cocina era pequeña y ordenada. En la mesa, dos tazas de té con el asa hacia fuera, y sobre ellas el vapor subía todavía en dos hilos finos y rectos.

Sobre el respaldo de una silla colgaba una chaqueta de cuero negro de hombre.

Y en el sillón de la esquina estaba Olga Valyn, sentada muy derecha, con las manos juntas en el regazo y los ojos fijos en la puerta.

Cuando Hank apareció tras el cristal, ella lo vio.

Movió la cabeza una vez, apenas. No. Movió los labios sin voz. Váyase.

Hank pensó en Genny. Pensó en el ADN, en la máquina de Jim, en una voz grabada en un buzón que quizá nadie escuchara hasta mañana.

Había un hombre en aquella casa que le había partido una pierna a su padre por acercarse a su madre, y Hank estaba en el porche trasero, sin placa, sin arma, con un teléfono muerto en el bolsillo, mirando a una mujer que le pedía en silencio que se fuera.

Un policía con dos dedos de frente se habría ido. Habría vuelto al coche, habría buscado un teléfono con batería en la primera gasolinera y habría esperado a las patrullas. Hank lo sabía mejor que nadie; se lo había dicho a más de un novato.

Pero hacía cuatro meses que no bebía y se había dado la vuelta demasiadas veces. Olga tenía setenta años y estaba sola con aquel hombre, y los dos hilos de vapor seguían subiendo.

Empujó la puerta y entró.

No hubo tiempo para nada. Algo enorme lo golpeó por la espalda y lo tiró de bruces sobre los azulejos.

El aire se le fue de golpe. Antes de que pudiera darse la vuelta sintió un dolor ardiente en la parte alta del brazo derecho y otro en el izquierdo.

El metal le rasgó la chaqueta, entró en la carne y salió.

Hank rodó, buscó con la mano algo que no tenía, y vio por primera vez al hombre que lo tenía encima.

Alexey Oliev. Alto, sereno, con un cuchillo de cocina que reflejaba la luz del techo. No jadeaba. No tenía prisa. En su cara no había rabia ni placer, solo la atención tranquila de quien ejecuta una tarea.

—Beaumont —dijo, bajo, casi amable.

Hank trató de incorporarse. Un impacto sordo, bajo las costillas, a la derecha, le dobló el cuerpo.

Fue un golpe que se parecía más a un empujón que a una herida; el dolor llegó un instante después, ancho, caliente, y con él una humedad que se extendía por el costado.

Cayó de lado. Notó el frío de los azulejos contra la mejilla y la mano que se le cerraba sobre la tela empapada.

Oliev se agachó junto a él, en cuclillas, como lo haría un médico, y le registró los bolsillos con dos dedos.

Hank le agarró la muñeca con la mano derecha, que ya casi no sentía, y cerró los dedos con todas las fuerzas que le quedaban.

Las uñas se hundieron en la piel. Oliev soltó un resoplido corto, de sorpresa más que de dolor, y se liberó de un tirón.

Se miró la muñeca. Cuatro rayas rojas, finas, que empezaban a perlar. Las observó un momento con una curiosidad casi científica, como si fueran la marca de otro. Después volvió al bolsillo interior de la chaqueta de Hank y sacó la cartera.

—Ahora —dijo— ¿quién más lo sabe?

Hank tragó. Notaba el sabor del hierro en la boca. Sabía lo que preguntaba, y sabía que de la respuesta dependían dos cosas: Genny, a cuarenta kilómetros de allí, en un sótano sin ventanas, y el tiempo que él era capaz de comprar.

—Todos —consiguió decir—. Tenemos tu ADN. Jim lo tiene… en el laboratorio. Es de Gabassi. Vienen… de camino.

Oliev lo miró con la cabeza un poco ladeada. Parecía comprobar una cifra. El silencio duró lo que se tarda en contar hasta tres.

Después se incorporó sin una palabra. Se envolvió la muñeca con un paño de cocina, se limpió la hoja en otro, de arriba abajo, y descolgó del respaldo la chaqueta de cuero negro.

Se la puso con la cartera de Hank en el bolsillo interior.

Hank vio sus zapatos cruzar el suelo, el borde de un pantalón gris, y el sillón de la esquina.

Olga no se había movido. Seguía sentada con las manos en el regazo.

Miraba a su hijo con la expresión de quien lleva cuarenta años esperando algo y ya no se sorprende.

Hank oyó una sola vez cómo ella respiraba hondo.

Después no vio más, porque Oliev se interpuso, y lo que vino fue un sonido corto, húmedo, que no se parecía a nada.

La silla del sillón crujió. Algo cayó con suavidad a un lado.