Capítulo 20 #2
—No estaba allí. ¿Quién va a creerme? Fue hace treinta y seis años y él era un niño. —Sacó del bolsillo un trozo de papel grasiento, escribió algo con un lápiz y se lo tendió—. Si quiere hablar con alguien, hable con Olga. Es la única que lo sabe todo. Cos Cob.
Hank guardó el papel sin leerlo. En la puerta se detuvo.
—Gracias por recibirme.
—Yo solo quiero que desaparezca —dijo el anciano, sin levantarse del sillón.
Fuera, Hank se quedó un momento junto al coche, con el aire frío de Staten Island en la cara. Tenía un nombre para la niña, una lápida que comprobar, una pierna rota y una dirección. Pensó que a esa luz cualquier cosa se parece a lo que uno espera.
Desdobló el papel grasiento bajo la luz del techo. Una letra torpe, a lápiz: «Cove Road, Cos Cob. Sin número». Arrancó el motor. Todavía no sabía a quién llamar primero.
Eran las tres de la tarde y el sol de diciembre bajaba ya entre las casas. Hank llamó al móvil de Genny desde el coche. Cuatro tonos y el buzón de voz. Escribió «Necesito verte» y lo mandó con el pulgar sin saber a qué pared de la 112 iba a golpear.
Probó la línea de la comisaría.
—Inspector Beaumont. Necesito hablar con la detective Connor, en la sala de archivos. Es urgente.
—Lo siento, señor —dijo la operadora, con la voz plana de quien lee—. El capitán Lennon ha dejado instrucciones. No se permiten llamadas a la detective Connor, ni transferencias.
—Esto no es personal. Es una pista de un caso que…
—Mis órdenes son estrictas, inspector.
Hank cortó. Sacudió el volante con la palma, una sola vez. Genny estaba atrapada y él estaba solo con lo que sabía. En ese momento la pantalla se iluminó. Josh.
—Hank. ¿Qué tal con el viejo? ¿El padre o un callejón sin salida?
—El padre. —Hank arrancó y se puso en marcha hacia Brooklyn con el manos libres—.
Dice que Alexey mató a su hermana en Beebe en el ochenta y dos.
La niña se llamaba Ksenia, y la anotaron con otro apellido: Olyeva, con y.
Mañana alguien tiene que mirarlo en el libro del juez de paz del condado de White, en el sótano de Searcy, y también la lápida.
—Lo miro yo.
—Dice también que su hijo le partió una pierna. La pierna está rota de verdad. El resto es lo que él cuenta, y odia a su hijo, así que no lo trago entero. Pero la madre vive en Cos Cob, Greenwich. Es la siguiente.
—Antes quiero darte otra cosa. Ayer empecé a tirar de St. Pierre.
—Se oyeron pasar hojas—. Nombre sin historial, sin cuentas grandes.
Perfil de usar y tirar. El primer rastro físico es la compra del Civic de 2011, en Brooklyn.
El primer trabajo que figura bajo ese nombre es del mismo mes: febrero de 2011.
Roadshow Logistics. Montaje y desmontaje de conciertos.
Después, pagos en efectivo y nada que se pueda seguir.
Hank repitió el nombre en silencio. Roadshow Logistics.
Le sonaba. No de ahora: de hacía mucho, de una mañana de resaca en Prospect Park, con los baños portátiles azules y blancos y una voz al teléfono.
Los organizadores del festival habían dicho que el montaje lo llevaba una subcontrata y que le mandarían la lista de personal.
No la mandaron. Él tenía otros diez frentes abiertos y no volvió a pedirla.
—Josh, ¿qué festival montó esa gente en marzo de 2011?
—Dame un minuto.
Hank esperó, sin soltar el volante.
—Hay una nota —dijo Josh al fin—. Festival de música electrónica, Prospect Park, el fin de semana del diecinueve y el veinte.
—Joder.
—¿Qué?
—Erin Gabassi. La chica del parque. Es el caso que nunca cerré, y no volví a pensar en la logística. —Se pasó la mano por la cara—. Necesito la fecha exacta de su muerte. Te llamo luego.
—Hank. —Josh dudó—. No tienes placa. Que no se te olvide.
—Si mañana no me oyes, díselo a Elías —dijo Hank.
—¿Qué vas a hacer?
—Lo que puede hacer un hombre sin placa.
Cortó.
Marcó un número interno del 112.
—Laboratorio. Dígame.
—Jim. Soy Hank Beaumont. No te lo pido como un inspector suspendido sino como un amigo. Es una emergencia. Te prometo que si me meto en un lío, lo arreglo yo.
Jim era un técnico veterano al que Hank había sacado una vez de un problema grave. Tardó en contestar.
—Hank, sabes que no puedo. Hay una orden de no cooperación para todo el personal. Si Lennon se entera, me quita el trabajo.
—Solo una fecha. Caso Gabassi, Prospect Park, la chica de veintidós años. Tienes el archivo.
Hubo un suspiro largo y el ruido de un cajón.
—Espera.
La espera se le hizo larga.
—Lo tengo. Muerte estimada, el veintidós de marzo de 2011.
Dos días después del festival, cuando las cuadrillas aún desmontaban escenarios. Hank tuvo que apoyarse un momento en el volante. El hombre que se había reído de ellos en el 7B pudo haber estado aquella semana en el mismo parque, a pocos metros de una chica con una flor tatuada en el tobillo.
Todavía no era una prueba. Era una fecha, un nombre en una nómina y una corazonada con la forma de una lista. Hank conocía bien esa forma. En su carrera la había visto llevar a hombres a la cárcel y a otros hombres a la tumba por equivocación.
—Gracias, Jim. No lo olvido.
A las cuatro, Hank estaba aparcado a media manzana del 147 de Bleecker, con el motor apagado y una taza de café frío en el portavasos. Le había dicho a Oliev que iría detrás de él como una lapa, y era lo único que sabía hacer. Esperaba ver llegar a Jacob. Pasó hora y media sin que entrara nadie.
Brenda Kuzma salió del portal a las seis menos veinte. Chándal gris, el pelo recogido, una bolsa de lona colgada de un hombro. Miró a un lado y a otro de la calle como si temiera a alguien, y echó a andar hacia la parada del autobús con pasos cortos.
Hank bajó del coche.
—Brenda.
Ella se detuvo en seco. La cara pálida, los ojos hinchados.
—Usted es el policía —dijo—. El de hace unos días. Jacob me avisó de usted.
—Necesito hablar contigo cinco minutos. Y siento hacerlo ahora, con lo de tu hijo.
—No tengo nada que decirle.
—No hace falta. Solo escucha. —Hank se acercó sin tocarla—. El hombre con el que vives no se llama Jacob St. Pierre. Se llama Alexey Oliev. Creo que mató a Rachel Harding, Brenda, y que dejó que culparan a Ezra para tapar lo que hizo.
Brenda negó con la cabeza. Retrocedió un paso y apretó la correa de la bolsa.
—No. Él me quiere. Se ha portado bien conmigo. Cuando mi niño se… cuando me lo quitaron, él fue el único que se quedó.
—Lo sé. Y siento tener que decírtelo ahora.
—Me dijeron que mi hijo había matado a una chica. Lo aguanté tres años. Y ahora me dice usted que no fue él, así, en la calle.
—Creo que no fue él. Todavía no puedo demostrártelo.
—Quizá me quiere a su manera.
—Pero no te dijo quién era.
—Usted no sabe nada.
—No lo sé todo —admitió Hank—. Lo bastante para que estés más segura lejos de él. ¿Dónde está?
Ella miró hacia la calle y después a Hank. Algo en lo que él había dicho le entró despacio.
—Se fue el mismo día que vinieron ustedes. Cogió una bolsa de mano y dijo que tenía que salir unos días, que volvería a por mí. No ha vuelto. No llama.
—¿Adónde vas tú?
—A casa de mi madre. —Se encogió de hombros—. La señora Richards. No sé qué otra cosa hacer.
—Bien. Ve. Y no le abras la puerta a nadie, ni le cojas el teléfono si es él. —Hank bajó la voz—. Antes necesito una cosa. Algo suyo que haya usado. Un cepillo de dientes, una maquinilla. Para comprobar si me equivoco o no.
—Se llevó una bolsa de mano, nada más. Lo demás sigue en el baño. —La voz se le quebró—. Llévese lo que quiera, si es verdad que así me deja en paz.
Le dio la llave. Hank subió los siete pisos por la escalera y entró en un apartamento impecable, con fotos enmarcadas en el pasillo: Brenda más joven, Ezra de niño con la gorra de béisbol torcida, la abuela Richards.
De Jacob no había ninguna. En el cuarto de baño, en un vaso sobre el lavabo, había un cepillo de dientes azul.
Al lado, una maquinilla desechable con espuma seca entre las cuchillas.
Los metió con cuidado en una bolsa de plástico limpia que encontró bajo el fregadero.
Antes de salir miró el pasillo hacia el cuarto de Brenda, y después, un segundo más, hacia la puerta del cuarto de Ezra, cerrada. No la abrió.
Bajó. Brenda ya no estaba en la acera.
Aparcó lejos de la 112, en un callejón oscuro, y se puso una gorra de béisbol y una chaqueta vieja.
Entró por la puerta de servicio de los técnicos, un camino que conocía de memoria.
Jim estaba solo en el laboratorio, con el abrigo puesto, a punto de irse, y levantó la cabeza como si hubiera visto a un muerto.
—Hank, ¿qué demonios haces aquí?
—Un cotejo, Jim. Tengo un cepillo de dientes y una maquinilla. Quiero compararlos con lo que se sacó de debajo de las uñas de Erin Gabassi.
Puso las bolsas sobre la mesa de acero. Jim las miró y miró a Hank. Tenía la cara de quien ve acercarse el final de su carrera y no sabe dónde apartarse.
—Estás loco. No puedo procesar una muestra sin orden.
Y aunque saliera bien, no sirve ante un juez, ¿lo sabes?
Ni la cadena de custodia vale, ni cómo la has conseguido, ni que la procese yo a escondidas.
—Se frotó los ojos—. Pero el perfil de Gabassi está catalogado como atacante desconocido, y sé cuánto te importaba ese caso.
Dame las muestras. Lo hago aparte y no queda registro.
—¿Cuánto tardas?
—Unas horas. El equipo es viejo. Te escribo en cuanto lo tenga, pero no te prometo la hora.
—No tengo tantas horas. Está huyendo.
—Es esto o nada. Y ahora vete.
Hank volvió a la puerta de servicio con la sensación de haber dejado algo suyo en la mesa. En el primer rellano pensó en subir. Genny estaba allí abajo, a dos pisos, en un sótano sin ventanas. Podía llegar hasta ella en un minuto.
—Inspector Beaumont.
La voz resonó en el pasillo vacío. Hank se volvió despacio. El capitán Lennon estaba a cuatro pasos, con el uniforme sin una arruga.
—Capitán.