Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Tecleaba el código de un proveedor de material de oficina cuando el teléfono, escondido bajo una pila de formularios, vibró. Era Hank. Se lo llevó al oído y habló bajo.

—Como me preguntes por el total de fotocopias del trimestre, cuelgo.

La voz de Hank sonaba rasposa, pero con algo firme debajo que hacía semanas que no oía.

—Estoy en algo, Genny.

—¿Meditación o whisky?

—Ninguna de las dos. Estoy en casa, en un silencio que casi ofende. La suspensión me quita el sueldo, no la cabeza. Oliev es nuestro hombre, y tú y yo somos los únicos que vamos a movernos con esto.

—Lo sé, y por eso estoy a punto de morder la mesa. Me han dado a calificar multas de aparcamiento, Hank. Ocho horas al día en este sótano.

—Necesito que seas mis ojos en el sistema.

—Mi acceso es solo a la red local, Hank. No puedo entrar en la base de casos. Estoy en una cárcel sin barrotes, y mi jefe me tiene…

No terminó la frase. La puerta de metal se abrió de golpe y el capitán Stuart Lennon se plantó en la sala. Uniforme impecable, gorra, los ojos claros y quietos bajo la visera.

—Detective Connor. Me ha parecido oír un murmullo.

Genny se enderezó. La espalda le hizo un clic.

—Estoy calificando los gastos de los últimos seis meses, capitán.

—Lo sé. Lo asigné yo. Déjeme ver ese teléfono.

Mentir era inútil. Lo dejó sobre la mesa, con la llamada aún abierta. Lennon lo cogió con dos dedos, como se coge algo que se ha encontrado en la acera, miró la pantalla y cortó la llamada con el pulgar.

—Le asigné esta tarea para que no pudiera cometer más actos de indisciplina que pusieran en peligro una investigación o causaran un escándalo. —Se guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta—. No quiero llamadas, ni mensajes, ni internet. Solo expedientes.

—Capitán, no estoy haciendo nada malo. Estoy trabajando.

—No está pensando, detective. Está obedeciendo. Sé que habla con Beaumont.

—¿Cree que soy una niña?

—Por lo que ha hecho estos últimos días, diría que sí.

—No había una pizca de humor en su cara—.

A las nueve, cuando termine su turno, pase por mi despacho.

Quizá entonces hablemos del teléfono. Espero que para entonces haya aprendido la diferencia entre ser policía y ser la heroína de una película.

Se dio la vuelta. La puerta de metal se cerró detrás de él con un golpe seco, y Genny se quedó mirando la bandeja donde seguía goteando la tubería.

Contó hasta cien antes de volver al código del proveedor.

Le temblaban las manos y los números le bailaban.

El único número que se sabía de memoria era el de Hank, y estaba en el bolsillo de Lennon.

Hank lo supo antes de que la llamada se cortara.

Oyó la voz de Lennon, el roce del teléfono al cambiar de mano, y después nada.

Se quedó un momento con el aparato en la mano, en el sofá de su apartamento de Brooklyn, rodeado de platos que no había fregado y de la inactividad que más odiaba.

Llevaba semanas sin una copa y sin una razón para salir de casa que no fuera Oliev.

El castigo de Lennon era pequeño y efectivo: Genny estaba, de momento, fuera del tablero, y él con ella, solo.

El timbre sonó otra vez enseguida. Josh Tisdale.

—Hank. He empezado por Oliev, como me pediste. Hay dos en el área metropolitana.

—Dame algo. Acabo de perder a mi contacto en el sótano.

—El primero es Alexey Oliev, cuarenta y nueve años según el registro.

Una ficha menor por una pelea en un bar de Virginia hace quince años, y después nada.

Sin rastro financiero, sin propiedades. Encaja por edad, pero no tengo manera de ponerlo contigo más allá de un nombre.

—Se oyeron pasar hojas—. El segundo es Afanasi Oliev, setenta y tres años, Staten Island.

Demasiado viejo para ser el hombre que buscas.

Pero su historial migratorio lo sitúa en Beebe, Arkansas, a finales de los setenta.

Creo que es el padre. El marido que, según el viejo White, abandonó a Olga.

Hank recordó el mapa de los ocho salones, los pueblos tachados uno a uno.

—Entonces hay un padre vivo.

—Hay una nota en un viejo expediente de pensión alimenticia.

Olga Valyn lo acusó de violencia doméstica y de alcoholismo.

Es una dirección en Grant City. Te la mando.

Es una pista fría, Hank, pero si hay algo que confirme quién es el hijo, puede estar ahí.

—Una pausa—. Y recuerda que no llevas placa. Si te arrestan, no te conozco.

—No te preocupes. A mí tampoco me conoce ya nadie.

Hank anotó la dirección en un papel arrugado, el mismo en el que había apuntado, días atrás, el nombre de la peluquera de Collierville.

—Si encuentro algo que ate a un anciano con un asesino en serie, la suspensión será el menor de mis problemas.

La casa de Afanasi Oliev era un bungalow de ladrillo gastado en una calle tranquila de Staten Island.

El jardín delantero era un rectángulo de tierra dura, sin una flor.

Hank dejó el Taurus a media manzana y caminó el resto sintiendo en cada paso lo que estaba haciendo.

Sin placa, sin arma, con una mentira preparada en la lengua y la misma sensación de entrar en una iglesia ajena a la que lo habían echado.

El hombre que abrió era un gigante encorvado. Pelo gris ralo, barba de varios días, manos enormes manchadas de grasa y un mono de trabajo descolorido. Cojeaba y se apoyaba en el marco.

—¿Sí? —Acento ruso marcado, voz áspera.

—Señor Oliev, perdone la molestia. Soy investigador privado. ¿Tiene usted un hijo llamado Alexey Oliev?

El nombre le movió algo en la cara. Los ojos, de un azul pálido y cansado, se fijaron en Hank con una mezcla de miedo y rencor.

—¿Qué quiere de ese hombre?

—Hablar un rato con usted. Nada más.

El anciano lo pensó. Después abrió la puerta y le hizo un gesto para que pasara a una sala abarrotada: herramientas sobre una mesa, un icono ortodoxo ennegrecido en la pared, un samovar con la tapa abollada, objetos de otro país que nadie había limpiado en años.

Se dejó caer en un sillón y se frotó la pierna izquierda.

—Mi hijo —dijo— es el mal.

—¿Por qué lo dice?

—Usted pregunta por Alexey. Yo le digo lo que su madre ha intentado borrar. El mal dormía en esa cuna antes de que aprendiera a hablar. Ella pasó treinta y seis años fingiendo que tenía un hijo normal, y siempre supo que él mató a mi hija.

Hank no se movió.

—¿Cómo lo sabe?

—Yo no estaba allí. Eso se lo digo primero.

Fue en Beebe, en el ochenta y dos. La policía dijo que mi niña, Ksenia, se había caído por las escaleras de una casa vieja, y la dieron por cerrada en una tarde.

Pero yo conocía a mi hijo. Sé cómo me miraba a mí, y era como miraba a su hermana: sin nada dentro.

Se peleaban mucho. Ella era una niña delicada. Él no.

—¿Qué quiere decir?

—Empezó con los gatos. Luego, con los niños del barrio. Algo en él que no se acababa. Y Olga lo cubría. Lo protegía de mí, de la policía, de todos. Para ella era el niño que había perdido a su hermana en un accidente. Para mí, el que lo había causado. Tiene una ceguera de madre, ¿sabe?

Hank dejó pasar un momento. El hombre hablaba con rabia, pero sin ruido, como alguien que ha repetido el discurso muchas veces solo en su cocina.

—El viejo White, el que dio trabajo a Olga, me dijo que usted la dejó.

—Eso es lo que ella contó. —El anciano soltó una risa seca—. Bebía. No soy un santo. Pero nunca le puse una mano encima a mi hija. Cuando Ksenia murió, le dije a Olga que había sido Alexey. Ella me llamó loco. Me dijo que el mal era yo. Una semana después, se fue con el chico. No volví a verlos.

—¿Se fue con los dos hijos?

—Con uno. —El anciano apartó la vista—. Con el que quedaba.

—¿Cómo era Olga?

—Trabajadora. Callada. Muy lista para lo que quería. —Dudó—. No era mala. Pero a ese chico no le negó nunca nada, y yo tampoco supe pararla.

Hank se inclinó un poco.

—La niña. ¿La enterraron en Beebe?

—En el cementerio del condado de White. Una lápida pequeña. La puse yo, con mi dinero. —Se pasó la mano por la barba—. Si van a mirar los registros, no busquen Oliev. Lo anotó el juez de paz, y escribió «Olyeva», con y. Así está en su libro, si alguien lo ha guardado.

Hank lo anotó. En Searcy habían buscado Oliev y Valyn; nadie había probado con y. El anciano lo observó escribir y su voz bajó.

—Usted se preguntará por mi pierna. Hace cuatro meses.

—Si quiere contármelo.

—Esta primavera usé algunos contactos de la comunidad. Nunca firmé los papeles del divorcio. Quería preguntarle a Olga, después de tantos años, si podía decirme que yo tenía razón. La encontré en Cos Cob, en Greenwich. Fui a verla.

—¿Y qué pasó?

—Me recibió como si yo fuera alguien que ya estaba muerto. Le pregunté por nuestro hijo. Le dije que quería decirle que sabía lo de Ksenia. Y me defendió a él, otra vez. Dijo que era un hijo excepcional, que yo no entendía nada. Me echó de la casa.

El anciano apoyó las manos en las rodillas.

—Se enteró. Alexey se enteró de que yo había ido a ver a su madre.

Me encontró aquí, no sé cómo. Una noche.

Pensé que venía a hablar. Me partió la pierna de una patada, como a un perro, y me dijo que si volvía a acercarme a su madre me mataría.

No lo dijo como una amenaza. Lo dijo como se dice la hora.

—¿Denunció?

—¿A quién? ¿A la policía que cerró lo de mi hija en una tarde? —El anciano negó con la cabeza—. Yo solo quiero paz.

Hank se quedó en silencio. Había visto a muchos testigos así.

Algunos mentían, y otros tenían razón y nadie quiso oírlos.

Aquel hombre cojeaba de verdad, y la pierna era un hecho que podía comprobarse.

La lápida, también. El resto era la palabra de alguien que odiaba a su hijo con motivos y sin pruebas, y que además había bebido durante muchos años.

—¿Cree que su hijo hizo daño a alguien más?

—Una vez que se cruza esa línea… —El anciano se encogió de hombros, con la cara cansada—. No sé. Yo le digo lo que creo.

—Señor Oliev, ¿testificaría sobre la muerte de su hija?