Capítulo 19 #3
Ya en la puerta, la oyó volver al salón. Antes de que se cerrara, vio cómo se sentaba otra vez en su butaca, frente a la silla vacía junto a la ventana, y cogía el rosario.
Peter durmió otra vez mal, esta vez en un motel de Albany, y a media tarde del día siguiente llegó a El Nido Tranquilo, en Long Island. Había dado vueltas durante todo el viaje a cómo decírselo a Elsie y no había encontrado ninguna forma que no hiciera daño.
Elsie lo recibió en el salón de la residencia, con una bufanda azul marino a medio tejer sobre las rodillas. Sonrió al verlo, pero los ojos se le quedaron mirándolo más tiempo que la sonrisa.
—Peter. Tienes mala cara.
Él acercó una silla y se sentó muy cerca.
—Elsie, necesito preguntarte por el instituto de Reese. Por Albany High.
—¿El instituto? —Dejó las agujas—. Lo de Columbia, la presión. ¿Por qué?
Peter se lo contó. Más corto y con menos adornos que Patricia, sin los detalles que hacían daño: un chico llamado Trevor Smith, una burla ante todo el instituto, las cuatro amigas dentro de ella, la muerte del chico unas semanas después.
Mientras hablaba, Elsie fue quedándose quieta.
El color se le retiró de la cara muy despacio.
—Dios mío. No.
—¿Lo sabías?
—Rumores. —Casi no se le oyó—. Un chico, y que «las chicas» habían sido crueles. Nunca nombraron a Reese, Peter. Siempre Anna, siempre Misha. Y luego el instituto lo cerró.
—¿Y Reese? ¿Se lo preguntaste?
—Claro que se lo pregunté. Me miró a los ojos y me juró que no era verdad nada de lo que se decía. Que lo inventaban los envidiosos.
Le tomó la mano a Peter con las dos suyas, que temblaban.
—¿Qué iba a hacer yo? Era mi nieta. La que crié yo después de lo de sus padres. Le creí porque tenía que creerle.
Peter esperó a que sus manos se aflojaran.
—¿Conociste alguna vez a Trevor Smith?
—No. Solo que un chico se había hecho daño. —Se secó los ojos con el pulgar—. ¿Por qué me lo preguntas así?
—Por una foto. Reese visitó a la madre de Trevor hace unos meses para pedirle perdón. Allí se quedó mirando una foto de Trevor de niño, con un conejo de madera sin pintar, muy gastado. Le preguntó a su madre dónde lo habían comprado. ¿Te suena un juguete así?
Elsie frunció el ceño y buscó dentro de sí con tanto esfuerzo que Peter lamentó haberla hecho buscar.
—Un conejo de madera… No. Tenían tantas cosas, y ella siempre llevaba algo en el bolsillo.
Nunca me fijé. —Se detuvo—. Cuando vine a la residencia tuve que dejar casi todo, Peter.
Pero guardé un par de cajas de Albany, por si Reese las quería algún día.
Álbumes, cosas de cuando era pequeña. Quizá haya algo.
—¿Podemos verlas ahora?
—Están en el trastero. Voy a pedir que nos ayuden.
Una enfermera trajo las dos cajas al salón común. Eran cajas viejas, abultadas, selladas con cinta marrón descolorida, con ALBANY escrito a mano en un lateral. Peter las abrió con más cuidado del que había puesto en nada desde el funeral.
La primera estaba llena de lo que acumula una vida entera: cartas amarillentas, un álbum con fotos de vacaciones en Maine, una tarjeta de cumpleaños firmada por Reese con letra de niña.
La segunda llevaba una «R» grande, con rotulador.
Dibujos a lápiz de casas torcidas, unos patines de ruedas desgastadas, el diploma de la primaria.
Los fue sacando uno a uno y los dejó sobre la mesa, ordenados.
—Aquí están sus álbumes de pequeña —dijo Elsie, con una sonrisa sin fuerza.
Fueron pasando páginas. Reese de bruja en Halloween, en la piscina del club, en Navidad con sus padres: una pareja joven que Peter nunca llegó a conocer, y que le dolió mirar. No había ningún niño con un conejo.
Siguió buscando. Una lonchera de metal. Un casete cubierto de polvo. Y al fondo de la caja, algo duro y pequeño envuelto en un pañuelo de seda bordado.
—¿Qué es eso? —preguntó Elsie.
Peter lo desenvolvió despacio.
En la palma de su mano, bajo la luz gris del salón, había un conejo de madera sin pintar, gastado por los años de manos.
Las orejas largas y caídas, los ojos marcados con un clavo, el lomo tosco, el acabado liso de lo mucho que lo habían tocado.
Peter sacó el teléfono con la otra mano, buscó la foto de Diane Smith y la puso junto al juguete.
Las mismas orejas caídas, el mismo lomo tosco, la misma talla de una mano que no buscaba afinar.
—¿Es ese el juguete, Peter? —Elsie miraba el conejo sin parpadear.
—Es igual, Elsie. Es igual que el de la foto.
Elsie no dijo nada. Alargó la mano, pero no llegó a tocarlo. Fuera, en el pasillo, alguien empujaba un carrito de medicinas.
—El pañuelo es mío —dijo al fin—. Lo bordé yo. Se lo di a Reese cuando era pequeña, para que no lo perdiera. —Hizo una pausa—. El conejo lo traía ella. Cuando volvió mi hija con la niña. No quise preguntar.
—¿Cuando volvió de dónde, Elsie?
—De donde estuvo. —Elsie se alisó la bufanda sobre las rodillas, una y otra vez. Tardó en seguir—. Tardó años en volver y no me lo contó, y yo no pregunté. Me bastaba con tenerlas a las dos en casa.
—Entonces el conejo… Reese lo tenía de niña. Lo llevaba con ella cuando llegó.
—Sí. —Por primera vez lo miró—. Lo llevaba con ella cuando llegó. Y desde entonces estuvo en una caja, y yo no volví a pensar en él hasta ahora.
Peter envolvió el conejo despacio. Elsie le ajustó el pañuelo alrededor con dos dedos, sin llegar a tocar la madera, y retiró la mano. Elsie volvió a sus agujas sin tejer. Pasó un rato largo antes de que alguno de los dos hablara.
—Me lo llevo, si me dejas —dijo Peter al fin.
—Llévatelo. —Elsie miró cómo lo guardaba en el bolsillo de la chaqueta—. Pero prométeme una cosa. Si descubres algo de mi nieta, algo malo, dímelo con cuidado. Yo ya soy muy vieja para enterarme de golpe.
Peter se levantó, le besó la frente y le prometió que sí.