Capítulo 19 #2
—Me trataron de loca. De envidiosa, de amiga despechada que quería arruinarles el futuro a las chicas brillantes.
Lo mismo que usted me preguntaba hace un rato.
Por eso le he contestado como le he contestado.
No les tuve envidia, Peter. Les tuve asco, y se me quedó.
Acabé el curso por acabarlo. Cuando se fueron a la universidad, respiré.
Trabajé donde me cogieron, aprendí a teñir, a tornear, a hacer algo con las manos que no tuviera que explicar a nadie.
Esta tienda es lo único que me ha salido entero.
Peter cerró la libreta un momento y volvió a abrirla.
—Patricia, con todo respeto. Lo que me cuenta lo vio desde la tercera fila y desde una grada. Y casi todas las historias de instituto las cuenta quien las perdió.
—Tiene razón. —No pareció ofenderse—. Por eso le digo qué vi y qué no. Lo del baño lo oí. Lo del proyector lo vi. Lo del gimnasio lo hice yo. De lo demás, que le cuente quien estuvo.
—La Reese que yo conocí hacía el pedido de Elsie todos los domingos —dijo Peter. Se oyó decirlo y le sonó a defensa—. No la veo en lo que me cuenta.
—Esa Reese también existía. —Patricia lo miró casi con lástima—. Yo no digo que fuera solo la otra. Digo que fue las dos, y que a Trevor le tocó la segunda.
—¿Siguió sabiendo de ellas?
—Lo que llega por internet y por el pueblo. Albany es chico. Alguien que dejó el trabajo de golpe y se decía que por Anna. Una vecina de Michelle que se mudó. No sé si fue por ellas. Sé lo que se contaba.
—Si lo que dice es cierto, Elías Finch podría ser un chivo expiatorio.
—Puede. Yo no sé quién las mató.
Patricia se cruzó de brazos y miró hacia la calle, donde alguien pasaba con una bolsa de la compra.
—Hay una cosa más. Antes le he dicho que hacía años que no hablábamos. —Hizo una pausa—. Reese vino aquí hace unos tres meses. Algo más, quizá.
Peter se quedó quieto. Tres meses. Poco antes de que todo empezara.
—¿Aquí? ¿A la tienda?
—Entró como una clienta. No la reconocí hasta que dijo mi nombre. Estaba pálida y le temblaban las manos, y no era la mujer de las fotos. Habló ella. Yo escuché.
—¿Qué quería?
—Perdón. Por Trevor, por todo. Dijo que no sabía por qué lo había hecho y que no podía seguir con eso dentro. Me lo contó entero, hasta lo que yo no había visto. Lo del chat, lo que pasó después. Aguanté hasta que dejó de hablar.
—¿Y qué le dijo usted?
—La verdad. Que a mí no tenía que pedirme nada. Que la persona a quien tenía que pedírselo era la madre de Trevor.
—¿Le dijo dónde vivía?
—Sí. —Sostuvo su mirada—. No sé si hice bien. No sé si llegó a ir. No supe más hasta que lo vi en las noticias.
Sacó una de las tarjetas de la tienda de un cajón, escribió una dirección en el reverso con un lápiz de carpintero y la dejó sobre el mostrador.
—Gracias, Patricia —dijo Peter, y cogió la tarjeta.
Ella asintió y volvió a tomar el paño. El cuenco siguió girando entre sus manos. Peter abrió la puerta y salió.
Peter se quedó un rato en el coche con el motor apagado y la tarjeta de La Hebra Serena entre los dedos. La dirección estaba escrita con lápiz de carpintero, en letras grandes y redondas, como las de alguien que no está acostumbrado a escribir calles.
No. Esta no es Reese.
Lo pensó dos veces. La mujer que había descrito Patricia no sabía hacer una compra para una abuela ni quedarse con ella viendo concursos hasta que se dormía en el sofá. Pero Patricia no había mentido en nada que él pudiera comprobar, ni se había puesto de su lado cuando él se lo puso fácil.
Sacó la libreta y escribió debajo de la dirección, con su letra: «Lo oyó. Lo vio. Lo hizo.» Después tachó la última línea, porque tampoco eso lo sabía, y la dejó tachada.
Arrancó.
Dejó atrás las calles cuidadas del centro y se internó en un barrio más modesto, de casas con revestimiento de aluminio y porches que pedían pintura.
La de la madre de Trevor era pequeña, con el jardín sin recoger y una cruz de hierro forjado clavada junto a la puerta.
Peter llamó al timbre y esperó con las manos en los bolsillos.
La mujer que abrió era mayor de lo que esperaba. Tenía los ojos hundidos de cansancio, el pelo gris ceniza recogido en un moño sin cuidado y una bata de felpa gastada. De la muñeca le colgaba un rosario pequeño de madera.
—Soy Peter Maco —dijo—. Vengo de Nueva York, por lo de Reese Ellison.
Al oír el nombre cerró los ojos un instante, y cuando los abrió no había sorpresa en ellos.
—Pase, señor Maco. Soy Diane Smith.
El salón era pequeño y estaba impecable.
Todo tenía su sitio, hasta los tapetes de ganchillo del respaldo del sofá.
En la estantería había fotos y figuras de cerámica.
Peter se sentó en un sofá de flores descoloridas.
Ella se sentó frente a él, en una butaca con un cojín hundido por el uso, y esperó.
—Me ha dado su dirección Patricia Wells. Quería preguntarle por su hijo.
—Trevor. —Diane asintió sin levantar la voz—. Me lo imaginaba. Hace tres meses vino Reese Ellison, y ahora usted. Es raro que alguien venga a preguntar por Trevor. Durante siete años no ha venido nadie.
—¿Cómo fue?
—Un martes por la mañana. Yo estaba rezando. Llamó a la puerta y supe quién era antes de que dijera nada. La conocía de las fotos del instituto. La chica guapa, la rubia. —Se tocó el rosario—. Entró y se sentó donde está usted, y no podía hablar. Lloró un buen rato. Yo la dejé.
—¿Y después?
—Después me lo contó todo. Sin adornos, y sin pedirme que no la mirara mal.
Cómo habían escrito entre las cuatro lo que ella le mandaba a Trevor.
Lo del vídeo y el auditorio. Y lo de la biblioteca, cuando él fue a buscarla.
—Hizo una pausa—. Me dijo que se rio de él.
Que le dijo que había sido una herramienta. Y que esa risa la oye todavía.
Peter apretó los dedos contra la rodilla.
—¿Sabe por qué vino? O sea, por qué entonces, después de tanto tiempo.
—Eso mismo me pregunté yo. No me lo dijo. Pidió perdón, una y otra vez. Decía que no entendía el peso que llevaba, que la había vuelto infeliz. Que necesitaba mi perdón para poder seguir.
—¿Y se lo dio?
—Se lo di.
—¿Después de lo que le hicieron a su hijo?
Diane miró el rosario antes de contestar.
—Soy una mujer de fe, señor Maco. Y antes de perdonarla a ella tuve que perdonarme a mí misma.
—¿Por qué tenía que perdonarse?
—Por el dinero. —Lo dijo mirándolo a los ojos, con el rosario quieto entre los dedos—.
Una semana después del funeral vinieron los Pados.
Dos abogados y un hombre con abrigo caro que era el padre de la chica.
Me ofrecieron un cheque que yo no había visto en mi vida.
A cambio tenía que firmar unos papeles de confidencialidad y aceptar la versión oficial: un muchacho con problemas de familia.
Mi marido se había ido hacía años, y no fue una pérdida.
Yo no podía pagar el entierro de mi hijo. Firmé.
—Señora Smith…
—No hace falta que me diga nada. La policía ya había cerrado lo de Trevor antes de que ellos vinieran.
Lo que compraron fue que yo no hablara. Sin una madre que quisiera hablar, el periódico no tenía historia y el instituto no tenía a quién rendirle cuentas.
Lo de los problemas de familia lo dijeron ellos, y se quedó.
Por eso no ha venido nadie en siete años: porque yo vendí que no viniera.
Peter tardó en hablar.
—Patricia me dijo que en casa de Trevor las cosas iban mal. Que por eso faltaba tanto a clase.
—Eso se decía. —Diane lo corrigió con una paciencia que no era blanda—.
Faltaba porque cuidaba de mi madre. Tenía una cadera rota y no podía quedarse sola, y yo trabajaba por turnos.
Trevor se quedaba con ella. Le leía, le hacía la cena.
Repitió curso por eso. Cuando alguien me dice que mi hijo era un chico problemático, me quedo callada. Pero no es verdad.
Señaló con la barbilla la butaca vacía junto a la ventana, con una manta doblada sobre el reposabrazos.
—Esa era la silla de mi madre. Desde allí lo esperaba cada tarde.
Peter miró la butaca. Quiso decir algo sobre la abuela, y lo dejó en «Lo siento», que ya había dicho demasiadas veces ese mes y seguía sin servir. La estantería, a su lado, estaba llena de marcos y de figuritas.
—Cuando Reese estuvo aquí —dijo al fin—, ¿hubo algo que le llamara la atención? ¿Algo que preguntara o que mirara?
Diane se levantó y fue hacia la estantería. Cogió un portarretratos de plata deslustrada y lo sostuvo un momento antes de dárselo.
—Esta foto.
Peter la tomó con las dos manos. Un niño de seis o siete años, de ojos grandes y serios, regordete, con la sonrisa torpe de quien posa porque se lo han pedido.
Trevor. Abrazaba contra el pecho un conejo de madera sin pintar, de un blanco gastado por el juego, con las orejas largas y caídas y los ojos marcados con la punta de un clavo.
—¿Qué dijo Reese?
—Se quedó mirándola mucho rato. No miraba a Trevor, miraba el conejo. —Diane frunció la frente—. Me preguntó dónde lo habíamos comprado. Le dije que no me acordaba, que era de cuando era muy pequeño. Entonces me hizo una pregunta que no entendí.
—¿Cuál?
—Si podía llevarse la foto. Dijo que era importante. Le dije que no, que eran de los pocos recuerdos que me quedaban. Y se fue pidiéndome perdón otra vez.
Peter no apartaba los ojos del conejo. Las orejas largas y caídas, la talla tosca del lomo, el acabado liso de los años de manos. Sacó el teléfono.
—¿Puedo hacerle una foto? Solo a la foto, ahora mismo. No me la llevo.
Diane dudó un momento y asintió. Peter la hizo con las manos quietas y tardó dos intentos, porque la primera salió con el reflejo del cristal. Devolvió el portarretratos y ella lo puso en su sitio, un poco más al centro de lo que estaba.
—Voy a averiguar qué pasó, señora Smith. No sé todavía si lo de Reese tiene que ver con esto. Pero voy a averiguarlo.
—No le pido eso —dijo Diane. Le tendió la mano—. Le pido que, si lo cuenta, diga que Trevor cuidaba de su abuela.
Peter se la estrechó.
—Lo diré.