Capítulo 19
Había dormido mal en un motel de carretera, con los álbumes de Elsie abiertos sobre la colcha.
Fotos de terciopelo, con las esquinas ablandadas de tanto tocarlas.
Las había mirado una por una, hasta que las caras se le mezclaron: la madre de Reese, su padre, los abuelos de un lado y del otro.
Ninguno tenía su barbilla ni esa manera suya de mirar de lado.
No era que se parecieran poco. No se parecían.
Lo dejó así; no tenía a quién preguntárselo, y no era eso lo que lo llevaba a Albany.
Lo llevaba Patricia Wells. Elsie la había nombrado casi de pasada: la quinta, la que salía siempre en el borde de las fotos.
Se quedó en Albany, y Elsie no volvió a oír su nombre desde que Reese cumplió diecisiete años.
Peter sabía que a esa edad las amistades se rompen por una frase, por un chico, por nada.
También sabía que la policía no había anotado ese nombre, porque la Fiscalía ya tenía a su cocinero en una celda y no hacía falta más.
Albany le pareció una ciudad hecha de oficinas del Estado y ladrillo rojo, con la cúpula del Capitolio asomando por encima de todo como un recordatorio. Preguntó por ella en dos tiendas cercanas. En la segunda, un anciano que vendía relojes de bolsillo ni siquiera levantó la vista del cristal.
—Wells. La de las lanas. Calle de los Anticuarios, la de la campana.
La Hebra Serena era un local estrecho entre una cafetería y un taller de enmarcado, con vidrieras emplomadas y un cartel de madera tallado a mano.
Dentro todo era color y desorden: madejas teñidas colgando de las vigas, cuencos a medio lijar, un montón de telas sobre una silla.
Dos gatos dormían en una cesta de ovillos, junto a la estufa.
Peter empujó la puerta y una campana de latón tintineó.
Al fondo, en un taburete alto detrás de un mostrador antiguo, estaba Patricia Wells.
Pasaba un paño por un cuenco de madera, despacio, siguiendo la veta.
En las fotos de Elsie era la más corpulenta del quinteto, con el pelo castaño y liso.
Los años le habían dejado una cara sencilla y firme, y unos ojos azules que lo miraron sin prisa y con cautela.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle?
—Busco a Patricia Wells.
—Soy yo —dijo, sin soltar el cuenco.
—Me llamo Peter Maco. Soy… era el novio de Reese Ellison.
El paño se detuvo sobre la madera.
—El novio de Reese —repitió. La voz se le enfrió un grado—. Lamento lo que le pasó. Dicen que fue un cocinero.
—Elías Finch. Lo han acusado, sí. No estoy seguro de que sea él. La policía cerró el caso muy deprisa y a la Fiscalía le conviene que siga cerrado. Estoy preguntando por mi cuenta.
Patricia frunció el ceño.
—Pregunte. Pero le aviso: yo no tengo nada que ver con esas chicas de la gran ciudad.
—¿Chicas de la gran ciudad?
—Las de Manhattan. Las de las carreras buenas. —Se encogió de hombros—. Yo me quedé aquí. Soy de pueblo, como ve.
Peter se acercó al mostrador.
—Por cómo lo dice, no parece solo cuestión de distancia. Elsie, la abuela de Reese, me contó que eran cinco, inseparables desde la primaria, y que a usted dejaron de nombrarla hacia los diecisiete. ¿Les tenía envidia? ¿A lo que consiguieron ellas?
—¿Envidia de qué? —Dejó el cuenco sobre el mostrador, más fuerte de lo necesario—. Tengo una vida tranquila. Tengo mi pareja, mi negocio y mis gatos. No necesito ninguna ciudad. Soy feliz.
Peter bajó la voz.
—Me alegro. ¿Fue al funeral?
—No. La tienda no se atiende sola. Y tampoco tenía por qué: hacía años que no hablábamos. Me enteré por las noticias.
—Elsie me dijo que eran como hermanas.
Patricia se mordió el labio. Peter esperó. En la cesta, uno de los gatos cambió de postura sin despertarse.
—Eran cuatro y yo —dijo al fin—. Reese, Anna, Michelle, Julia. «Las chicas», y yo, que iba con ellas. Éramos cinco, pero se contaba de cuatro. A los quince años eso pesa. Pero no fue por eso. Hubo una cosa. Una puerta que se cerró y yo me quedé fuera.
Se sirvió agua de una botella de cristal tallado que guardaba bajo el mostrador y bebió despacio, con los ojos en el vaso.
—No fue una pelea. Eso es lo que cuenta Elsie, lo que contaba todo el mundo: una pelea tonta, de adolescentes. No lo fue. Y lo que voy a contarle no lo ha oído entero nadie: ni la policía, ni Elsie, ni nadie en Manhattan. En Albany High lo taparon, y lo taparon bien.
—Cuénteme.
Peter sacó la libreta.
—Había un chico en el instituto. Trevor Smith.
Callado, solo. Había repetido curso y era casi tres años mayor que ellas.
Se decía que en su casa las cosas iban mal; yo no sé más que lo que se decía.
Comía siempre en la mesa de los cubos de basura, con un libro.
Y estaba enamorado de Reese. Lo sabía todo el instituto.
—¿Y ella?
—Ella lo sabía mejor que nadie. Y no se lo quitaba de encima. —Patricia miró el cuenco—. Eso es lo que todavía no le perdono. Anna decía que daba grima, Julia se reía, y Reese no decía nada. Sabía lo que sentía él y se quedaba con eso, con su atención, sin darle nada a cambio.
—¿Qué ocurrió?
—No lo sé entero. Eso es lo primero que le digo.
Hubo una tarde en que ellas se quedaron hablando y yo me fui a casa, harta de cómo se hablaba en esa mesa.
Yo no estuve cuando lo decidieron, fuera lo que fuera.
A la mañana siguiente entré en el baño y estaba Julia en un cubículo, contándole a otra cómo iba a caer Trevor.
Se regodeaba. No dijo qué iban a hacerle. Dijo «el viernes».
—¿Y usted?
—Salí sin decir nada. —Patricia se pasó el dorso de la mano por la boca—.
Eso es lo que quiero que escriba, Peter, antes que lo otro.
Lo supe el martes, y el vídeo fue el viernes.
Tres días. Pude decírselo a Trevor, pude dejarle una nota en la taquilla, pude plantarme delante de Anna.
No hice nada de eso. Lo único que hice fue dejarle una manzana junto al libro el miércoles, al pasar por su mesa.
Una manzana. Como si con una manzana se arreglara algo.
Peter había dejado de escribir.
—¿Y el viernes?
—Charla obligatoria en el auditorio, sobre los programas de verano para la universidad. Yo me senté tres filas detrás de ellas, con ganas de vomitar, porque sabía que iba a ser algo y no sabía qué. La directora hablaba de plazos. Y de pronto la presentación se apagó y salió él.
—¿Quién?
—Trevor. En su cuarto, en la pantalla grande.
Una grabación, sin sonido. —Se quedó callada un momento—.
No voy a decirle lo que se veía. Se veía lo bastante.
Hacía lo que le habían mandado hacer —eso lo supe después, ya se lo explicaré— delante de todo el instituto, y lo único que se oía era cómo se reían.
—¿Y Reese?
—En la primera fila, con las otras tres.
Reírse, se reían ellas. Ella no sé. Desde atrás solo se veían cabezas, y no puedo jurarle lo que no vi.
—Tragó saliva—. La directora gritó que apagaran aquello.
Ya era tarde. Y entonces alguien señaló la puerta y estaba Trevor.
Había llegado justo a tiempo de verse. Salió corriendo.
—¿Usted qué hizo?
—Levantarme. Reese me miró desde su fila y yo negué con la cabeza. Fue lo único que le dije en todo ese tiempo, y ni siquiera fue una palabra.
Un gato saltó de la cesta y cruzó la tienda sin ruido.
—Trevor no volvió al instituto. Contaron que lo habían pasado a estudiar en casa, que se había ido a vivir a Utica con unos parientes. Mentira, todo. Pasaron unas semanas. Y una mañana lo dijeron por megafonía: que había muerto.
—¿Se quitó la vida?
—Eso dijeron y eso quedó. Nadie dijo cómo, ni por qué, y nadie preguntó. —Patricia levantó la vista—. No le voy a decir que fue una sola cosa, porque no lo sé. Yo no sé qué pasó esa noche. Sé qué le habían hecho unas semanas antes, y quién.
—¿Qué hizo usted entonces?
—Esa misma semana juntaron a todo el instituto en el gimnasio. Desde el estrado hablaban de duelo, de orientadores, de que nadie estaba solo. Yo estaba en las gradas, y me levanté.
—¿Para qué?
—No grité. No dije nombres. Me puse de pie y las miré, a Anna Pados, a Michelle Leyton, a la que llamábamos Misha, y a Julia Parker.
Las señalé una por una. —Su voz no tembló—.
Se calló todo el gimnasio. Sabían de qué hablaba.
Duró unos segundos, hasta que una profesora vino a sentarme.
Julia bajó la cabeza enseguida. Michelle se puso blanca.
Anna fue la única que me aguantó la mirada, y sonreía, Peter.
Sonreía con la boca cerrada, como si yo hubiera hecho una tontería de niña pequeña.
—Tres —dijo Peter—. ¿Y Reese?
Patricia tardó en contestar.
—Porque era Reese. La conocía desde que éramos niñas.
Dormimos juntas en el lago más veranos de los que puedo contar.
Y me dije que a esa no hacía falta señalarla, que la iba a castigar su conciencia.
Y tenía miedo de Anna. De Anna y de su padre, que era dueño de medio Albany.
—Hizo una pausa—. Fue lo más estúpido que he hecho en mi vida. Si la hubiera señalado a ella también…
No terminó la frase.
—Fui a la policía. A la dirección, al periódico local.
Con lo poco que tenía: el baño, el proyector, a quién vi y a quién no.
El padre de Anna vino al instituto una mañana con una carpeta bajo el brazo.
Estuvo dos horas con la dirección y, cuando salió, el instituto había dejado de buscar nombres.
La policía del condado no tuvo nada que investigar: un chico mayor de edad, sin nota, sin delito.
Y en el periódico me dijeron que sin la familia no había historia.
Todo se quedó en problemas de familia. Y la que se convirtió en el problema fui yo.
Se quedó un momento con los ojos en el mostrador.
—Sé que le parecerá una tontería. Seguí dejando una manzana en la mesa vacía de los cubos de basura hasta que acabó el curso. Nadie la tocaba. Al día siguiente la retiraban y yo ponía otra. Era lo único que sabía hacer.
—¿Y qué pasó?