Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Elías volvió a su celda de Custodia Protectiva con una promesa de mil dólares y sin forma de cumplirla. Desde dentro solo había un conducto para mover dinero: su abogado. Pidió una visita legal urgente.

Josh Tisdale llegó a la mañana siguiente, cansado pero concentrado. Se sentaron en una sala de consulta con una mesa de metal gris.

—Supongamos que la emergencia es grave —dijo Josh—. Estoy preparando tu defensa, el fiscal se ha negado a cualquier acuerdo, y cada minuto que paso aquí es un minuto que no dedico a prepararte el juicio. ¿Cuál es la emergencia?

—No se trata de mi defensa, Josh. No directamente. —Elías enderezó el vaso de plástico sobre la mesa hasta dejarlo en el centro—. Necesito un conducto de fondos, y tú eres el único que puede serlo.

—¿Mil dólares? ¿Para qué?

—Necesito que ingreses mil dólares en la cuenta de Leonard Thompson. Es un interno. No hoy: cuando yo te lo diga. Descuéntalo de mis fondos, ya te lo devolveré cuando salga. Y, Josh, ni una palabra de esto a nadie.

Josh se pasó las manos por el pelo.

—Técnicamente, Elías, lo que me pides se parece mucho a pagar a un testigo. Fui fiscal. He procesado a gente por menos. Y no puedo garantizar qué hará Thompson con ese dinero, ni a quién se lo contará.

—Es dinero en una cuenta de economato, a cambio de información. Thompson tiene la clave sobre Ezra Kuzma.

—Ezra. Eso ya lo suponía.

—Crecimos en el mismo barrio, antes de que todo se torciera. La policía dice que se ahorcó. No se ahorcó. Es una cuenta pendiente.

—¿Y tu caso? ¿Qué tiene que ver con eso?

—Nada, de momento. Pero si lo que sospecho es cierto, la única manera de salir de aquí es ponerle delante al fiscal un culpable mejor que yo.

Josh lo estudió un buen rato. Elías no se detenía una vez que fijaba un objetivo.

—Bien. Mil dólares a Thompson. Lo hago. Pero me debes la explicación más detallada que se haya dado nunca de un intercambio de información en una cárcel. Y no pienso arriesgarme de nuevo. Una vez.

—Gracias, Josh. La inacción es el verdadero crimen.

A la mañana siguiente Thompson ya esperaba en la mesa de ajedrez, con una partida a medias. Elías se acercó con calma.

—Finch. ¿Traes lo mío? —dijo Thompson sin levantar la vista.

—Primero los nombres. Si se sostienen, mañana tienes los mil.

Thompson movió un peón sin mirar el tablero.

—Te debo veinte dólares y un orgullo salvado. Hoy los cobras en nombres.

—El chico fue acosado desde que llegó. Pequeño, demasiado vulnerable, un blanco fácil. El que lo hacía, el cabecilla, se llama Lev Sokolov.

—Lev Sokolov.

—Un ruso enorme, lleno de tatuajes. Un depredador. Se cebó con Ezra. Pero Sokolov era solo el músculo. Lo que destrozó la mente del chico fue otra cosa. Un secreto.

—¿Qué secreto?

—Eso no lo sé. Yo no vi nada. Me llega lo que se cuenta en la enfermería, y ahí coinciden en una cosa: hay alguien que sí sabe qué pasaba en la cabeza de ese chico. Stu Sinclair.

—¿Quién es Sinclair?

—Un contable que cayó por fraude. Compartió la enfermería con Ezra durante meses. Lo que un hombre le cuenta a otro en la oscuridad, lo sabe Sinclair.

Thompson se levantó y señaló el tablero con la barbilla.

—Mi parte está hecha, Finch. Te toca mover.

Elías pasó el resto del día en el patio buscando a Stu Sinclair. Lo encontró al día siguiente, solo en un banco de hormigón, absorto en un libro. Era un hombre de mediana edad, con gafas, de los que nadie recuerda al salir de una habitación.

Elías se sentó a un metro y se alisó el pantalón sobre la rodilla.

—Stu Sinclair. Vengo por Ezra Kuzma.

Stu cerró el libro despacio, con el dedo dentro para no perder la página.

—Nadie viene por Ezra.

—Yo.

—¿Y tú quién eres?

—Elías Finch.

—El cocinero. —Stu lo miró de arriba abajo—. Te vi en las noticias. Pues mira, cocinero: de Ezra no hablo.

Elías no insistió. Miró el patio un rato: los que fumaban junto a la valla, el partido de baloncesto con un balón que ya no botaba.

—Jugábamos al parchís —dijo al fin—. Cuando iba a verlo. Se enfadaba si perdía.

Stu tardó en responder.

—Volvía de las visitas diciendo que había ganado —dijo—. Aunque no hubiera ganado.

—Crecimos en la misma calle. Era mi amigo. Sé que lo que le pasó no fue un suicidio, Stu. Me han dicho que estuviste con él.

Stu se quitó las gafas y las limpió con el borde de la camiseta. Cuando se las puso otra vez, tenía los ojos rojos.

—Era un buen chico. Demasiado sensible. Lo pasé fatal cuando dijeron que se había suicidado, porque yo sé que estaba luchando. No quería morir. Quería vivir, pero el miedo no lo dejaba.

—¿Miedo a Sokolov?

—Sokolov era un animal, y eso se aguanta. Ezra lo denunció una vez. Le dieron una pastilla más y lo devolvieron al pozo. —Apretó los puños sobre el libro—. Pero tampoco era eso. El miedo era de fuera.

Stu lo miró de lado.

—¿Te manda alguien de fuera?

—Nadie me manda. Estoy aquí por mi cuenta.

—¿Y qué sabes tú de lo que pasó?

—Que Ezra no mató a nadie. Que quien lo metió aquí sigue libre. Y que alguien le cerró la boca mucho antes de que llegara.

—La policía dice que lo encontraron abrazado al cuerpo de Rachel Harding, y que su silencio era la prueba. ¿Por qué no se defendió? ¿Por qué dejó que lo incriminaran?

Stu miró a su alrededor dos veces, como quien cuenta las salidas. Bajó la voz.

—Ya sabes más de lo que dices, Elías. Ezra estaba tan asustado que no podía ni respirar. Me hizo jurar varias veces que no se lo diría a nadie. Yo era su único confidente. Pero lo destrozaba.

—El secreto, Stu —dijo Elías, sin subir la voz.

—Fue una noche, en la enfermería. Le habían dado una dosis doble y temblaba, pero necesitaba sacarlo. Me agarró de la manga y repetía: «Yo no corto. Yo no corto». Después me dijo que no había sido él. Que fue el novio de su madre quien mató a su vecina, a Rachel Harding.

—¿Te dijo cómo se llamaba?

—Jacob. St. Pierre, de apellido. Le había enseñado la foto de un cuerpo, Ezra no sabía de quién, y le había dicho: «Tu madre es la próxima si abres la boca».

—Stu se limpió la nariz con el dorso de la mano—.

Por eso no dijo nada cuando lo encontraron con ella.

Por eso Jacob pudo cargárselo sin mover un dedo.

Elías había dejado de alisarse el pantalón.

—Eso encaja —dijo, más para sí que para Stu.

—Yo no vi nada, Elías. Solo sé lo que él me contó. —Stu se limpió otra vez las gafas con una mano que no estaba firme—. Llevo semanas con esto dentro. Me ha sentado bien contárselo a alguien.

—Stu. Necesito que hagas esto por Ezra. ¿Lo dirías ante un tribunal?

Stu se levantó, con el libro contra el pecho.

—No. No diré nada a nadie. Lo siento, Elías. Ellos le fallaron a Ezra una vez, aquí dentro. No les voy a dar la oportunidad de fallarle dos veces y condenarme a mí también. Tengo familia.

Elías no lo presionó.

—Lo entiendo, Stu. Has hecho lo correcto por Ezra al decírmelo.

Stu se alejó hacia la fila del comedor sin volver la cabeza. Elías se quedó en el banco hasta que los guardias llamaron al recuento.

Los nombres se sostenían. A la mañana siguiente pidió otra visita legal.

—Ingresa los mil —le dijo a Josh.

Josh asintió y no preguntó nada.

El día en que dejaron el mapa sobre la mesa de Gatti a las doce menos cinco, Hank y Genny subieron por la tarde en el ascensor del 147 de Bleecker, que chirriaba en cada piso. Hank se alisó el traje arrugado y Genny llamó a la puerta del 7B.

La abrió Brenda Kuzma. Sus ojos, que Genny recordaba desorbitados de desesperación, estaban ahora acuosos y apagados. Llevaba una bata de casa y el pelo gris recogido sin cuidado.

—¿Sí? —preguntó, en voz baja.

—Buenas tardes, señora Kuzma. Soy la detective Jennifer Connor, y él es el inspector Hank Beaumont —Genny mantuvo un tono formal, pero suave—. Yo llevé el caso de su hijo, Ezra.

Brenda la miró un momento. Algo se encendió en su cara y volvió a apagarse.

—Sí, la recuerdo. Usted estuvo al frente…

—Le acompaño en el sentimiento por su pérdida —dijo Genny.

Brenda suspiró hondo y se secó una lágrima con el dorso de la mano.

—Gracias, detective. Mi niño por fin descansará. Ha sido tanto tiempo de… dolor y vergüenza.

—Señora Kuzma, ¿podemos pasar un momento? Necesitamos hablar con el señor St. Pierre.

Brenda se hizo a un lado. El apartamento era pequeño y estaba impecable.

—Está en casa, sí, viendo la tele en la sala. Es tan bueno, detective. Me ayuda mucho.

Genny y Hank se miraron.

—Jacob, cariño —llamó Brenda, con un leve temblor—. Hay unos policías que quieren hablar contigo.

Jacob salió de la sala sin prisa. Chándal de cachemir, camisa de cuello abierto, el pelo rubio ceniza peinado hacia atrás. Tenía los ojos azules, demasiado claros, y la sonrisa de quien la usa por cortesía.

—Detective Connor —dijo—. Hace tres años estuvo en este mismo pasillo. —Se volvió hacia Hank—. A usted creo que lo he visto en alguna parte. No me acuerdo dónde.

Después miró a Brenda.

—Brendy, ve a tu cuarto, por favor.

Brenda obedeció sin una palabra, deprisa, como quien ha aprendido a hacerlo, y el pasillo se tragó su bata gris.

—Digan —dijo Jacob, con las manos en los bolsillos—. Supongo que es por Ezra. Lo siento mucho.

—Queremos que nos cuente otra vez qué hizo la noche que murió Rachel Harding —dijo Genny.

—Eso ya lo conté, detective. Hace tres años. Rachel está muerta, Ezra está muerto. ¿Qué cambia que yo recuerde dónde estaba?

—Se despertó hacia las seis y veinte —dijo Genny—. Café y lecturas en la cocina. Una ducha a las seis y cuarenta y cinco, para calmar los nervios.

—Tiene buena memoria. Mejor que la mía.

—Vamos a ver por dónde empezamos —dijo Hank, dando un paso adelante. Genny vio que se le acababa la paciencia—. Bueno, vamos a dejarnos de tonterías. Tenemos más que indicios de que no fue Ezra. De que fuiste tú, o estuviste metido en el asesinato de Rachel.

Jacob alzó las muñecas, juntas, con cortesía.

—Entonces no esperen más. Esposas.

Genny puso la mano en el brazo de Hank. Él se la sacudió sin mirarla.

—Y hay más, ¿verdad, Alexey?

Algo se movió en la comisura de la boca de Jacob. Duró lo que dura un parpadeo. Genny no habría podido jurar que lo había visto.

—Se equivoca de persona, inspector.

—Hemos seguido un rastro, Alexey. —Hank no vaciló—. Rachel no fue la primera. Hay desapariciones y muertes, desde Arkansas hasta Nueva York, y tú estás en el centro de todas.

Jacob bajó las manos despacio.

—Menuda película se están montando. —Esta vez la sonrisa no llegó a formarse—.

Pero si fuera cierta, no vendrían los dos solos.

Ya estaría esposado y la calle llena de patrullas.

—Señaló la puerta con la barbilla—. Salgan de mi casa o llamo a la policía.

A la de verdad. Y al salir, cierren con suavidad. Brenda se asusta con los golpes.

Hank cruzó la distancia en un segundo.

—Hank —dijo Genny, una sola vez, tarde.

Agarró a Jacob de la camisa y lo estampó contra la pared. El marco de una foto familiar tembló. Jacob se revolvió, pero Hank lo tenía sujeto.

—Suélteme.

En lugar de soltarlo, Hank le hundió el puño libre en el estómago. No fue un golpe para dejarlo inconsciente, sino para quitarle el aliento. Jacob se dobló con un gemido sordo.

—Escúchame bien, Alexey —gruñó Hank, con la cara pegada a la suya—. Voy a estar detrás de ti como una lapa. Vayas donde vayas, allí estaré, y te voy a atrapar.

Lo soltó con un último empujón que lo dejó caer sobre el sofá. Jacob se quedó allí, sin aire. Por primera vez no sonreía.

—Esto es agresión, inspector Beaumont —dijo cuando pudo hablar—. Nos veremos en los tribunales.

Bajaron los siete pisos por la escalera, sin esperar el ascensor. En el rellano del segundo, Genny se detuvo.

—Eso no es una prueba, Hank.

—Lo sé.

—Y se ha reído de nosotros hasta que le has dado motivos para dejar de hacerlo.

Hank no contestó. Tenía la mano derecha cerrada contra el muslo, y no la abrió hasta llegar al coche. No tenían ninguna prueba.

Dos horas después estaban en el despacho de Gatti. El capitán los esperaba de pie, con el gesto tenso. No los invitó a sentarse.

—Jacob St. Pierre acaba de llamar. Va a presentar una querella por agresión y acoso policial.

Dice que lo han intimidado en su propia casa y que lo han golpeado.

¿Me pueden decir quién les dio permiso para presentarse en casa de un sospechoso, sin avisarme, después de que les prohibí tocar este caso?

—Nadie —dijo Hank—. Es lo más práctico de no pedirlo.

Gatti no se rio.

—Creo que es él, capitán —dijo Hank, intentando mantener la calma—. Alexey Oliev. Creo que mató a Rachel, y a varias más. Solo necesitamos más tiempo.

—No me importa lo que crean. Me importa lo que pueden probar, y no pueden probar nada.

Les di tres días y se tomaron una semana.

Y les dije que si oía una palabra más sobre Collierville o sobre el Salón St. Pierre, los dos estaban fuera.

—Gatti bajó la voz, y fue peor—. Han cruzado todas las líneas.

Han comprometido la investigación. Le han dado a su abogado todo lo que necesitaba.

Extendió la mano.

—El arma, Beaumont. Y la placa. Quedas suspendido hasta que concluya la investigación interna por agresión.

Hank se desabrochó el cinturón y dejó sobre la mesa la placa y la pistola. El sonido de los metales fue lo único que se oyó en el despacho.

Gatti se volvió hacia Genny.

—Y usted, Connor: si fuera por mí, la echaba del cuerpo por complicidad. Pero la decisión no me corresponde. Preséntese en su comisaría. El capitán Lennon la espera y tiene muchas ganas de hablar con usted.

Genny asintió. Los dos estaban fuera.