Capítulo 17 #4
Siguieron la ruta de Olga hacia el este, ciudad por ciudad y en el orden en que había abierto los salones.
Les llevó cuatro días, con un motel por noche.
En todas repitieron lo mismo: la foto, el salón, la policía.
Casi siempre volvían con medias verdades: lo que alguien recordaba, lo que decía el expediente, lo que faltaba.
La última noche, en un motel de Danville, Genny extendió el mapa sobre la cama y lo cubrió de notas adhesivas de tres colores.
Las amarillas eran lo comprobado: los salones, las fechas de apertura que les había mandado Thomas Eagan, los testigos que recordaban a Olga y a su hijo.
Las azules, lo que sospechaban. Las rosas, lo que no encajaba.
—Cleveland. —Genny pegó una azul—. Jessica Hale, dieciséis años, 1987. Desaparece del camino de casa, sin nota y sin testigos. El novio estaba limpio. Archivada como fuga en dos días, y eso es lo que no me cuadra: demasiado deprisa.
—Y la encargada de entonces dijo que Olga parecía más feliz allí, pero reservada —añadió Hank—. Del chico, nada. Ni su nombre. —Se quedó mirando la nota azul—. Sin nota, sin testigos, y la clasifican como fuga… Me recuerda a lo que decía el libro que me dio Elías. Unaccounted For…
—Hank, ese libro te lo dio un hombre que está en Rikers por cuatro asesinatos.
—Ya lo sé.
—Por eso lo digo.
Hank no volvió a hablar del libro.
—Richmond. Sarah Miller, diecisiete años, 1989, aparece muerta en el bosque junto al campus. Y tu señora de la tintorería…
—«Una mujer rusa muy hermosa» —recitó Hank— «y un hijo extrañamente calmado, que vestía pulcro y ayudaba con las entregas».
—Charlottesville. Jennifer Lowe, diecinueve, 1993, muerta en su coche. Un robo que salió mal, solo que nunca se probó el robo.
—Lo sé: describe a cualquier chico bien educado —dijo Hank—. Pero fíjate en las edades: Mary Beth, trece; Jessica, dieciséis; Sarah, diecisiete; Jennifer, diecinueve. Van subiendo con él.
—Eso quedaba precioso hasta hace un minuto —dijo Genny—. Falta una.
—Danville. —Genny pegó una nota rosa—. Lisa Chen. Catorce años, 1995. Desaparece de camino a casa desde el colegio. Aparece la mochila. Su madre todavía la guarda en la habitación, tal como estaba.
—¿Por qué rosa?
—Porque Alexey tenía veintiséis años y la niña, catorce. Tu escalera sube hasta Jennifer y aquí baja de golpe. Se rompe, Hank. Si había un patrón de edades, ya no lo hay.
Hank se quedó mirando la nota rosa como quien mira una factura.
—Entonces nunca fue eso.
—¿Entonces qué es?
—El salón. Una chica muerta o desaparecida, y un salón de Olga cerca. Y a los dos años, el salón sigue funcionando y Olga ya no está.
—En cualquier pueblo de este país hay una chica a la que nadie encontró —dijo Genny, despacio—. Si buscas una a cuatro calles de un negocio, la encuentras.
—Cinco de cinco, Genny.
—Cinco de cinco que hemos buscado nosotros.
—Las azules no hacen una amarilla —añadió Genny—. Mientras no haya una prueba que ponga a Alexey en un solo pueblo de estos, lo que tenemos es una hipótesis.
Pegó otra rosa, en Covington.
—Aquí no hay ninguna chica. Hay seis incendios en casas abandonadas entre el noventa y el noventa y uno, ninguno resuelto. Y Alicia nos contó que O’Hara compró un bidón de gasolina para «limpiar el trastero» la semana que se fue de North Creek.
—¿Eso es una prueba?
—No. Es un hombre al que le gusta el fuego, o dos cosas que no tienen nada que ver. No lo sé. Por eso es rosa.
Dejó la última amarilla en Little Rock.
—Olga renuncia por carta en el noventa y siete, sin remite. Alexey tiene veintiocho años. Ahí se pierden los dos. Y no aparece nadie hasta Michael O’Hara en Michigan, en 2006.
—Nueve años.
—Nueve años. —Genny miró el mapa—. ¿Dónde estaba, Hank? Si hacía lo que creemos, no pudo parar nueve años.
—O no paró. Y donde estuvo, nadie miró.
Salieron de Danville al amanecer y condujeron toda la jornada con las paradas justas.
Llegaron a Nueva York de madrugada y a las siete de la mañana Hank ya estaba en la puerta del despacho de Gatti.
Genny esperaba fuera. Cuando los llamaron a los dos, el capitán Vincent Gatti estaba de pie, apoyado en el escritorio, con el gesto tenso. No los invitó a sentarse.
—Les di tres días —dijo—. Han tardado casi una semana. Y el capitán Lennon me ha llamado dos veces para preguntar dónde está su detective.
—¿Creen que esto es un juego, Beaumont? ¿Y usted, Connor?
—Capitán, escúchenos diez minutos —dijo Hank.
Desplegó el mapa sobre el escritorio sin pedir permiso. Entre los dos le contaron lo que tenían, sin adornos: una mujer rusa, un hijo, ocho salones, una niña muerta en Beebe en 1982 y cinco casos fríos repartidos en tres estados. Hank terminó con la voz temblándole de convicción:
—Creo que este hombre mató a Rachel Harding, capitán, y puede que a muchas más. Está en esos pueblos. Está en ese mapa.
Gatti miró el mapa un buen rato. Luego se apartó, negando con la cabeza.
—Es una historia fascinante, Beaumont —dijo, en un tono peligrosamente tranquilo—.
Pero es una historia. Una niña que no figura en ningún registro.
Un viejo de ochenta años que no reconoce al sospechoso.
Una foto de un crío con la mano en la cara.
Cinco casos fríos que han encontrado sin jurisdicción y sin orden.
¿Dónde está lo que una a ese Alexey Oliev con la escena de un solo crimen?
—Los expedientes están en las policías locales —dijo Genny—. Si reabren los casos, si hay muestras de ADN…
—Si los reabren, lo primero que preguntarán es quién se lo ha pedido, y la respuesta son dos detectives que se saltaron una orden.
—Gatti se pasó la mano por la frente—. Y hay un hueco de nueve años, Connor.
Lo ha puesto usted misma en el mapa con una nota rosa.
Si yo se lo llevo a un juez, lo primero que mira es ese hueco.
Genny no contestó. Hank sabía que lo había pensado ella antes que él.
—Y hay más. —Gatti sacó una hoja de un cajón—.
La misma tarde que estuvieron en la oficina del condado de White, la empleada llamó a la policía de Beebe para preguntar si era normal que dos investigadores de seguros anduvieran buscando a una niña de 1982.
Wayne no es tonto. Eso tiene un nombre, Beaumont, y con eso cualquier abogado les desmonta lo que encuentren.
Se quedó un momento callado.
—Quiero el mapa y sus notas en mi escritorio antes de mediodía.
A partir de ahora no tienen acceso a ningún archivo de ninguno de esos casos.
Beaumont, tienes casos esperando a que dejes de jugar a detective privado por medio país.
No voy a arriesgar mi carrera por una línea de tiempo llena de coincidencias que nadie más puede verificar.
—Se volvió hacia Genny—. Y usted, Connor…
Su comportamiento ha sido desleal, desobediente y, francamente, irracional.
Esto va al capitán Lennon, y él decidirá qué hace con usted.
Su caso es una niña muerta en Beebe de la que no tienen ni el certificado de defunción.
—Capitán, si el asesino de Rachel Harding es ese hombre —dijo Genny—, y lo dejamos ir ahora, volverá a matar. Estamos a un paso.
—Está a un paso de la suspensión, Connor. —Gatti la miró un segundo más y se volvió hacia Hank—. En cuanto a ti, Beaumont. Vuelve al trabajo. Y si oigo una palabra más sobre Collierville o sobre el Salón St. Pierre, los dos están fuera. Ahora, salgan.
En el pasillo, Hank no dijo nada hasta que llegaron al coche.
—No tenemos nada que Gatti pueda usar —dijo Genny, sentándose al volante—. Ni una huella, ni un testigo. Las fotos del mapa están en mi teléfono, pero eso no es una prueba.
—Tenemos una cosa que Gatti no tiene.
—¿Cuál?
—Un nombre que St. Pierre no sabe que conocemos.
—Eso no es una prueba, Hank. Es un farol.
—Lo sé. Hace años que ese hombre contesta preguntas sobre Rachel con la misma sonrisa. —Hank se abrochó el cinturón—. Quiero ver qué cara pone cuando lo llame por otro nombre.
—¿Y si no pone ninguna?
—Entonces Gatti tiene razón. Y yo me he equivocado de verdad.
—Es una mala idea.
—Lo es.
Genny arrancó el motor.
—Primero Queens —dijo Hank—. Después, a ver a Josh Tisdale.