Capítulo 17 #3
Entró en la casa y tardó un rato. Volvió con una caja de zapatos atada con una goma, y la abrió sobre la mesa del porche.
Había fotos de cintas cortadas, de mujeres con tijeras enormes y sonrisas de estreno, de un John White mucho más joven y sin bigote.
Genny las fue pasando una a una hasta que se detuvo en una más amarillenta que las demás.
Una mujer de pelo oscuro, con un vestido de domingo, posaba delante de un escaparate recién pintado, sonriendo como quien sonríe porque se lo han pedido.
A su lado había un niño de unos trece años, con la camisa abrochada hasta el cuello y una mano en la frente para taparse del sol.
Tenía el pelo claro. Del resto de la cara no se veía casi nada.
Hank sacó la foto de Jacob St. Pierre y la puso junto a la otra. Nadie dijo nada durante un rato.
—Es él —dijo Hank.
—Es un niño que se tapa la cara, Hank.
—No sé decirles, hijo —intervino John—. Yo veía a un crío, y usted me enseña a un hombre de cincuenta años. Puede que sí. Puede que no.
Genny dio la vuelta a la fotografía. Detrás había una letra de mujer, a tinta azul.
—«Collierville, octubre del 82. Olga y Alexey Oliev» —leyó—. Olga Valyn, usted ha dicho.
—Valyn era su apellido de soltera. Cuando su marido la dejó, volvió a usarlo. El muchacho llevaba el del padre.
—Alexey Oliev —susurró Hank, y miró a Genny.
Genny cerró la libreta con un chasquido.
—Si es él, St. Pierre es el nombre que había encima de la puerta de su madre —dijo—. Se lo llevó con él.
Hank pensó que habían terminado con Beebe. La pista no era un apellido: era una mujer y, según John, un niño que la seguía de pueblo en pueblo.
Se detuvieron en la primera gasolinera que encontraron. Hank revisaba el mapa, marcando Collierville. Genny buscó en su teléfono el número de la detective Vega, una colega de la 114, y se alejó del Impala para llamar.
—Vega. Soy Genny. Sí, Connor.
La voz de Vega sonó cautelosa.
—Genny. Vaya. Pensé que habías desaparecido en algún retiro de autoayuda. ¿Qué necesitas? Si es algo que Donnelly no quiere…
—Es algo que Donnelly no quiere, por supuesto —suspiró Genny—. Necesito un favor enorme, y tiene que ser completamente extraoficial. Si se filtra, mi carrera está muerta, y la de Hank, que me está ayudando, también.
Hubo un largo silencio.
—Vale. Por ti. ¿Qué buscamos?
—Dos cosas. Un nombre: Alexey Oliev, ruso-americano, casi cincuenta años. Y el registro de defunción de una niña, Valyn u Oliev, once años, Beebe, Arkansas, hacia 1982. Un accidente doméstico.
—¿En el 82? Eso es ir muy atrás, Genny. Los registros de esa época son de papel, y si lo clasificaron como accidente…
—Se interrumpió—. Esta mañana me ha llamado Donnelly.
Dice que Gatti anda preguntando por vosotros en todas las comisarías.
No puedo, Genny. Tengo una hija y dieciocho años de servicio.
No me vuelvas a llamar a este número. Lo siento. —Hizo una pausa—. Cuídate.
Colgó. Genny se quedó mirando el teléfono y volvió al coche.
—Vega se baja —dijo.
—Teníamos que intentarlo.
—Sé de buena tinta que a Vega nunca le caí bien —añadió Hank, a ver si Genny sonreía. No sonrió.
Fueron a media tarde a Searcy, la capital del condado. Antes de entrar en el edificio, Genny se guardó la placa en el bolsillo.
—Con Wayne ya hemos gastado la placa en este condado. Aquí, no.
La oficina del condado de White era un laberinto enmohecido. Los archivos de 1982 estaban en el sótano, y la empleada, una mujer de unos sesenta años que parecía cansada, no los dejó pasar.
Hank intentó la persuasión.
—Mire, es un tema de liquidación de una póliza de vida. Llevamos días persiguiendo este simple documento. Si pudiera decirnos si existe un certificado de defunción de una niña de apellido Oliev o Valyn, que murió por accidente doméstico en el 82, nos haría un favor inmenso.
La empleada sacó un libro de contabilidad gigante, encuadernado en cuero: el índice anual de defunciones del condado. Lo revisó lentamente, pasando el dedo por los nombres.
—Oliev, no. Valyn, no. Valdez… Vaughn… No hay ningún Valyn aquí en el índice de 1982.
—¿Está segura? La familia era rusa, podría estar mal escrito. Valina… Valenko…
—Busco lo que me dicen, caballero. —Cerró el libro—.
Y le diré otra cosa: este índice solo recoge las muertes que firmó un médico.
Las de casa, en el ochenta y dos, las anotaba el juez de paz en otro libro.
Ese está en el sótano, con lo demás, y alguien tendría que bajar a buscarlo. Días, como poco.
Se miraron. La niña, el punto central de su teoría, seguía sin aparecer en ningún registro. O había muerto en otro sitio, o el apellido era otro, o, lo peor de todo, John White se había equivocado.
Regresaron al Impala al anochecer. Genny tardó en arrancar.
—John White tiene ochenta años, Hank. Se acuerda de una revista que leyó hace cuarenta, pero de la cara del chico no. Y a la niña no la hemos encontrado en ninguna parte.
—Nos ha dado un nombre, una foto y a la madre. Eso no se inventa.
—No digo que se lo invente. Digo que tenemos a un niño con la mano en la cara, una nota escrita a mano y a un viejo al que le gusta que le dé la razón la gente que lo visita. —Se frotó los ojos—. Y yo quiero que sea él tanto como tú.
Hank no contestó enseguida.
—Olga abrió el siguiente salón en Collierville, para huir de lo que fuera. Si el dolor de Alexey empezó en alguna parte, empezó ahí.
—No hay registros —dijo Genny—. No hay ADN. Solo un mapa y una historia. Hemos agotado la burocracia. Toca volver a los métodos viejos.
Hank arrancó.
Durmieron en Searcy y a la mañana siguiente salieron hacia Collierville. El viaje, hasta las afueras de Memphis, fue de unas tres horas. Hank conducía en silencio. Genny iba con el portátil sobre las rodillas y la foto del niño de la mano en la frente apoyada en el salpicadero.
—Vamos a ponerlo por escrito, o se nos va todo en entusiasmo —dijo—.
Lo que sabemos: Olga Valyn puso en marcha siete salones para John White entre el setenta y ocho y el noventa y siete, y se llevó a un hijo, Alexey Oliev.
Lo sabemos por un hombre de ochenta años y por una foto con una nota detrás.
Lo que sospechamos: que ese hijo es Jacob St. Pierre.
—Y lo que no sabemos.
—Quién era la niña, cómo murió, y dónde está Olga ahora. Una mujer que renuncia por carta y sin remite no quiere que la encuentren.
—Hasta ayer era un fantasma —dijo Hank—. Hoy tiene madre.
El salón de Collierville era moderno y estaba lleno. La empleada, una chica de veinticinco años, no había oído hablar nunca de Olga Valyn ni de ningún Oliev. Los registros de nómina estaban en Little Rock. Era la misma pared que en Beebe, solo que con mejor decoración.
Fueron directamente a la comisaría. Era pequeña y ordenada, y los recibió un sargento mayor llamado Frank, con más de treinta años en el cuerpo y una taza de café con el nombre de un nieto escrito en el costado.
—¿Archivos de hace treinta y cuatro años? —Frank soltó una risa amarga—. Mire, en el ochenta y dos aquí no teníamos ordenadores. Todo está en cajas, o se pudrió en un almacén. ¿Qué buscan exactamente?
—Incidentes raros, no necesariamente asesinatos, entre 1982 y 1986 —explicó Genny—. Cualquier cosa que se archivara como accidente, fuga o desaparición. Sobre todo si hay chicas de entre once y quince años.
Frank dudó y se rascó la cabeza.
—En esa época esto era mucho más pequeño. No teníamos apenas crímenes. Me acuerdo de lo de la niña de los Dunning, en el ochenta y cuatro. Muy triste.
—¿Qué niña? —preguntó Hank, con el corazón acelerado.
—Mary Beth Dunning. Doce años, creo. No, trece, los cumplió en enero. Iba al curso de mi hija, por eso lo recuerdo. Se cayó del tejado del garaje jugando y se rompió el cuello. No hubo testigos. La encontró la madre.
Genny y Hank no se miraron. Habría sido demasiado.
—¿Investigaron a alguien? ¿A algún vecino?
—No, no. Estaba claro. Una caída. El forense lo cerró en dos días.
—¿Queda algo del expediente?
Frank se levantó con un suspiro, bajó al sótano y tardó veinte minutos. Volvió con una sola hoja: el informe del forense, mecanografiado, con una mancha de agua que se comía el último párrafo.
—Lo nuestro se lo llevó la inundación del noventa y siete. Esto es lo único que queda.
Genny lo leyó en voz baja. «Caída desde una altura aproximada de tres metros. Fractura cervical. Sin signos de forcejeo.» Se detuvo en una línea.
—Aquí dice que la escalera del garaje estaba en el suelo, a unos metros.
—Los críos suben y la tiran detrás —dijo Frank, encogiéndose de hombros—. Es lo que hacen. ¿Por qué? ¿Qué quieren que les diga?
—Nada. ¿Y la familia?
—La madre se mudó a Memphis. Murió hace diez o doce años. El padre ya no estaba antes de eso.
—Sargento —dijo Hank—, ¿alguien en este pueblo recuerda a una estilista rusa, Olga Valyn, que abrió aquí el Salón St. Pierre y que tenía un hijo llamado Alexey?
—¿Rusa? En el ochenta y cuatro eso era bastante exótico para Collierville.
—Frank sonrió con nostalgia—. Olga, sí. La peluquera de White.
Peinaba a mi mujer cada sábado. Su salón quedaba a cuatro calles de los Dunning; yo pasaba por delante cada mañana.
Del hijo… un muchacho callado, siempre con la cabeza baja.
O puede que lo confunda con el del tintorero. Sinceramente, no sabría decirles.
—¿Lo vio alguna vez cerca de la niña?
—No. —Frank lo pensó de verdad—. Ni cerca ni lejos. No lo vi nunca con nadie. Si lo que me preguntan es si ese chico mató a Mary Beth Dunning, no tengo nada para decirles eso. Y si me lo hubieran preguntado entonces, tampoco.
Les estrechó la mano en la puerta.
—Si sacan algo, me llaman. Me quedan tres meses, y esa niña me sigue pareciendo triste.
En el coche, Genny dibujó una interrogación junto al nombre de Mary Beth Dunning.
—Una niña que se cae de un tejado en un pueblo en 1984. No hay nada que la una con él —dijo—. Nada, salvo cuatro calles.
Hank no contestó.