Capítulo 17 #2
Se volvió hacia la cama. Genny dormía boca abajo, con el pelo moreno desparramado sobre la almohada y una mano colgando fuera del colchón. Hank tardó un segundo en recordar cómo había llegado ella hasta allí. Se inclinó y le tocó el hombro.
—Genny. Genny, despierta.
Ella se removió, entreabrió los ojos y, al verlo tan cerca, su expresión se suavizó un instante. Luego se enderezó, al notar la urgencia en su cara.
—¿Qué pasa? ¿Gatti? ¿Tenemos que irnos?
—No. Gatti puede esperar. Mira.
Tiró de la cortina del todo y la luz de la mañana inundó la habitación. Genny se levantó cubriéndose con la sábana y se asomó a su lado, siguiendo su dedo.
—«Salón de Belleza St. Pierre» —leyó.
—Estaba delante de nosotros desde ayer. Un hombre que ha cambiado de nombre tantas veces no se queda con uno al azar. Se va de Michigan justo cuando la policía aprieta y se queda con la única cosa que le da una identidad.
—Un cartel no es un apellido, Hank. Puede ser un negocio que no tenga nada que ver con él.
—Puede.
Genny miró el cartel un rato más. Hank vio cómo se le iba el sueño de la cara y le volvía el cansancio de otra clase, el de cuando algo empieza a encajar.
—Elías no nos dio un nombre. Nos dio un apellido —dijo despacio—. Si es el negocio de alguien de su familia, no estamos buscando solo a un asesino. Estamos buscando a alguien con un pasado, con gente, con un sitio del que salió. Abre a las nueve.
—Tenemos una cita en una hora. Vamos a encontrar a la dueña, y con un poco de suerte nos contará quién diablos es Jacob St. Pierre, o Michael O’Hara, o quien sea.
—Dame diez minutos. Y un plan, inspector Beaumont.
—El plan es ir al salón. Lo de Gatti, después.
Y se fue a la ducha.
Eran las nueve y diez de la mañana cuando Hank y Genny entraron en el Salón de Belleza St. Pierre. Olía a esmalte de uñas y a laca, un dulzor pesado que contrastaba con la calle de Beebe.
El salón era pequeño, pero limpio, con espejos enmarcados en pan de oro falso y sillones de vinilo rojo. Una mujer joven, con el pelo recogido en un moño impecable y un delantal negro, limpiaba una estación de trabajo. Era la única empleada.
—Buenos días. ¿Puedo ayudarles? ¿Tienen cita? —preguntó, con acento del sur.
Genny mostró su placa, con una sonrisa que intentaba ser tranquilizadora.
—Buenos días. Somos detectives de Nueva York. Estamos buscando información sobre un hombre.
Hank deslizó la foto de Jacob St. Pierre sobre el mostrador. La mujer la tomó con cuidado, frunciendo el ceño.
—No. No reconozco a este hombre. ¿Es un antiguo cliente?
—Eso es lo que estamos tratando de averiguar —dijo Hank—. Su apellido es St. Pierre. Creemos que podría haber vivido aquí, o tener lazos familiares con el negocio.
La joven se rio y sacudió la cabeza.
—No, no. St. Pierre es solo el nombre. No conozco a nadie con ese apellido por aquí. Es una coincidencia, me temo. Esta cadena de salones la fundó un señor que se llama John White. Vive en Little Rock.
—¿Cadena de salones? —repitió Genny.
—Sí, hay más. Este es el primero que se abrió, hace más de cuarenta años. El señor White ya se jubiló. Ahora lo lleva el marido de una de sus hijas, en Little Rock.
Hank recogió la foto, con la decepción a la vista.
—Muchas gracias. ¿Podría darnos la dirección de la oficina?
La joven la escribió en un trozo de papel, y diez minutos después Hank y Genny estaban de nuevo en el Impala, rumbo a Little Rock.
—Se acabó la historia familiar —dijo Genny, abrochándose el cinturón—. St. Pierre no es un nombre de sangre. Es un nombre de negocio. Un camuflaje, Hank.
—Sí, pero no lo eligió al azar —replicó Hank—. Si viene de Beebe, algo tuvo que ocurrir aquí hace veinte años, o más. Alicia no se equivocó con este pueblo.
La sede central de St. Pierre Salons era una oficina corporativa modesta en un pequeño parque empresarial de Little Rock. Aquí había moqueta y aire acondicionado eficiente.
Los recibió Thomas Eagan, el yerno de John White, un hombre de unos cuarenta años con un entusiasmo forzado y una camisa de golf planchada.
—Detective Connor, inspector Beaumont. Es un placer, aunque debo admitir que me intriga. ¿Dos detectives de Nueva York por el nombre de nuestro salón? —dijo Thomas, sirviéndoles café en vasos de poliestireno.
Genny y Hank repitieron la historia y Genny puso sobre la mesa la foto de Jacob St. Pierre. Thomas la examinó y sacudió la cabeza con convicción.
—Lo siento. No tengo ni idea de quién es este hombre. Nuestro negocio es estable, no tenemos problemas con deudas ni fraudes. El nombre St. Pierre es solo una marca.
—¿Podría darnos una lista de todos los salones de la cadena? —preguntó Hank—. Nos ayudaría a acotar por dónde se ha movido este hombre.
Thomas asintió y sacó un folleto.
—Claro. Mi suegro abrió ocho salones en total, todos en el sur y el medio-sur.
—Fue enumerando las ciudades, y Genny las anotó en su libreta—.
Los dos de Arkansas, Beebe y aquí, en Little Rock.
Dos en Tennessee: Cleveland y Collierville.
Dos en Kentucky: Richmond y Covington. Y los dos de Virginia: Charlottesville y Danville.
Genny dejó el bolígrafo.
—Pueblos y ciudades medianas, y una cadena que va saltando de una a otra. ¿Cuándo abrió cada uno?
—Eso tendría que mirarlo en los libros. Mi suegro se lo sabe de memoria.
—¿Recuerda si alguno de los salones tuvo algún tipo de incidente, o publicidad negativa, hace diez o quince años? —preguntó Hank.
—¡Dios, no! Somos un negocio familiar. De eso se encargaba mi suegro. Yo me ocupo de la parte administrativa.
—Vive en las afueras. Es mayor, pero si le gusta hablar de sus negocios, creo que les recibirá encantado. Les doy su dirección.
La casa de John White era cómoda y tradicional, con un jardín impecable y una bandera americana ondeando suavemente. John White era un anciano de gran bigote blanco y ojos bondadosos, más parecido a un profesor jubilado que a un magnate de salones de belleza.
Los recibió en el porche y les ofreció limonada fría. Hank y Genny se presentaron como detectives de Nueva York que buscaban el origen de un fraude que había adoptado el nombre de su negocio. John miró la foto de Jacob St. Pierre con una sonrisa melancólica.
Hank miró la mecedora, el bigote blanco, la limonada. Pensó que John White tenía cara de haber contestado siempre a todo con amabilidad y de no haberse enterado nunca de nada.
—Es una cara familiar, sí. Pero no recuerdo a este hombre. Lo siento.
Genny fue al grano.
—Señor White, su yerno nos ha dicho que usted fundó los Salones St. Pierre. Nos preguntamos por qué ese nombre.
John se echó hacia atrás en su mecedora y los ojos se le iluminaron.
—¡Oh, no, no! Mi apellido es White. El nombre viene de una revista de moda francesa que encontré en una tienda de segunda mano, hace cuarenta años, cuando intentaba decidir cómo llamar a mi primer salón, en Beebe.
Tenía un artículo sobre un perfumista, o tal vez un peluquero parisino…
Su apellido era St. Pierre. Quería que mi salón sonara elegante.
Quería darle a la gente de Beebe algo que los hiciera soñar.
—Señor White, ¿cómo se expandió su cadena? —preguntó Genny—. Es inusual tener salones tan dispersos.
John suspiró y su rostro se ensombreció.
—Eso se lo debo a mi primera y mejor empleada. Mi mano derecha. Yo era un tipo de pueblo, detective, no me gustaba viajar, pero quería crecer. Así que, después de Beebe, la puse a ella a abrir los salones. Estuvo conmigo hasta el noventa y siete.
—¿Quién era ella, señor White? —preguntó Genny, con la voz suave.
—Se llamaba Olga Valyn. Una mujer excepcional.
Rusa, pero rusa-americana. Fue ella quien me propuso el modelo de expansión: abríamos un salón, ella iba allí, lo ponía en marcha, contrataba y entrenaba al personal, y se quedaba un par de años.
Cuando se sostenía solo, nos movíamos al siguiente pueblo.
—Una mujer muy dedicada, la señora Valyn —dijo Hank—. ¿Por qué viajaba tanto? ¿No quería asentarse?
John se quitó las gafas para limpiarlas.
—Olga estaba pasando por un momento terrible. Una pérdida. Le llegué a preguntar si quería quedarse en algún sitio para siempre. Me dijo que necesitaba el movimiento.
—¿Qué tipo de tragedia? —preguntó Genny.
—Perdió a su hija. Tenía unos once años.
Fue un accidente doméstico. Y por entonces su marido, que también era ruso…
un sinvergüenza, un tipo del que nunca me fie…
la abandonó. Decidí abrir el salón de Collierville, en Tennessee, casi por ella, para sacarla de Beebe.
Como Collierville fue bien, seguimos abriendo más. Ella se llevó a su hijo.
—¿Tenía un hijo? —preguntó Hank.
—Sí. Un muchacho pequeño entonces. Alex.
Hank no miró a Genny. Genny no miró a Hank.
—Señor White, esto es importante —dijo ella, manteniendo la voz quieta—. Cuando abrió el salón de Collierville, ¿en qué año estamos hablando?
John tuvo que pensar, con los ojos en el cielo.
—Hace muchos años. Pero lo recuerdo bien. Fue en 1982. Lo sé porque ese año inauguraron en Washington el monumento a los caídos de Vietnam. Mi hermano murió allí, y fui a ver su nombre en el muro. Todos mis salones, en el fondo, los dediqué a su memoria.
Hank hizo la cuenta de cabeza. Si Jacob St. Pierre rondaba los cincuenta, en 1982 tendría trece o catorce años. La edad encajaba.
—¿Recuerda cómo era el chico? —preguntó Hank.
—Callado. Muy educado. Se sentaba en el último sillón del salón, leyendo, mientras su madre trabajaba. Ella estaba muy orgullosa de él, aunque era un poco… taciturno.
—¿Tenía amigos? —preguntó Genny.
—Que yo recuerde, ninguno. Donde se movía su madre, se movía él. Tres escuelas en seis años, creo. —John frunció el ceño —. Y es curioso: yo nunca le oí hablar de su hermana. Olga hablaba de la niña a veces, llorando. El muchacho, nunca.
Genny anotó la frase tal cual.
—¿Guarda fotos de aquellas inauguraciones?
—Mi mujer las guardaba todas. Una caja entera. Esperen.