Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Beebe, Arkansas, era un punto en el mapa que apenas existía.

Todo lo que tenían de él era lo que una mujer de North Creek había recordado de una borrachera ajena: un pueblo miserable al que nunca había que ir a buscarlo.

Un pueblo donde, tal vez, St. Pierre había nacido, o al menos donde había aprendido las primeras lecciones.

Llegaron al atardecer. El pueblo era poco más que una calle principal, una iglesia bautista y varios negocios desgastados por el tiempo.

Estacionaron el coche en la esquina y se dividieron. Genny entró en la farmacia, y Hank en una ferretería que parecía llevar allí medio siglo. La estrategia era la misma de siempre: enseñar la foto de Jacob St. Pierre.

—Estamos buscando a un antiguo conocido. ¿Le suena este hombre? Solía llamarse Michael O’Hara, o Micky.

La respuesta fue uniforme, una pared de negación: encogimientos de hombros, miradas que esquivaban la imagen, labios fruncidos.

En la ferretería, el dueño miró la foto más tiempo del que Hank esperaba y se la devolvió con un «No». Hank le dio las gracias y compró un paquete de pilas que no necesitaba. Fue el único cliente de la tarde.

—Michael O’Hara es demasiado reciente para este pueblo —murmuró Genny, volviendo al coche—. Ese nombre lo usó en Michigan. Aquí debe de tener otro. O ninguno.

Su siguiente parada fue la pequeña comisaría. El jefe, un hombre llamado Wayne que parecía más un pastor que un policía, los recibió con la hospitalidad cautelosa de un pueblo que nunca había visto una placa de homicidios de Nueva York.

—Detectives de Nueva York. Vaya. ¿Tenemos algún problema que necesite la ayuda de la gran ciudad? —dijo Wayne, ofreciéndoles Coca-Cola de un dispensador.

—Buscamos un rastro, jefe. Un hombre que usó la identidad de Michael O’Hara en Michigan y que creemos que vivió aquí hace unos veinte años. Cualquier caso sin resolver de mujeres desaparecidas o no identificadas entre 1995 y 2002.

Wayne arqueó una ceja. Se fue a la trastienda y volvió con un par de archivadores de metal oxidado.

—No tenemos muchos crímenes graves aquí, detective. La gente simplemente se va. Pero echen un vistazo.

Revisaron los archivos bajo la luz parpadeante de un fluorescente.

Había fugas de casa, jóvenes que se marchaban a Memphis o a Little Rock y nunca volvían a llamar, alguna disputa vecinal por tierras.

No había patrones, no había cuerpos, no había el rastro limpio y cruel que habían visto en Michigan.

O St. Pierre no había operado de la misma manera aquí, o había sido infinitamente más cuidadoso.

—Nada —dijo Genny, cerrando la última carpeta de un golpe seco—. Ni un solo caso que se parezca a una de sus víctimas. Se fue hace veinte años, o más. O nunca vivió aquí.

—No. Algo pasó aquí —insistió Hank—. Una cosa así no sale de la noche a la mañana, Genny. Alicia dijo Beebe, y no tenía ningún motivo para mentir. Hay una víctima, o al menos un detonante.

—Lo siento, detectives —dijo Wayne desde la puerta—. Si no está en esos archivos, no existe. —Se rascó la nuca—. Y ya que están aquí, voy a tener que llamar a Nueva York para saber a quién tengo en mi pueblo. Nada personal.

—Haga lo que tenga que hacer —contestó Genny.

—Pregunte por Gatti —añadió Hank—. Es el que grita.

Genny le lanzó una mirada. Ninguno dijo nada más.

Salieron de la comisaría de noche. La humedad se les pegaba a la piel.

—No vamos a volver a Nueva York con las manos vacías —declaró Hank, con la voz dura—. Nos quedamos. Mañana volvemos a enseñar la foto. Preguntaremos por algo más que la cara: un apodo, una cicatriz, una peculiaridad.

—De acuerdo —dijo Genny—. Pero primero, un motel. Necesito una ducha y un plan que no consista en perseguir fantasmas que solo existen en la cabeza de un convicto.

Encontraron un motel barato, con un aire acondicionado que gemía. Tomaron dos habitaciones contiguas.

Una hora después, Hank seguía sin poder dormir. Que St. Pierre se les hubiera escurrido justo en el pueblo que Alicia les había dado lo mantenía en vilo. Salió a buscar aire.

Una sola farola de neón dibujaba un círculo de luz bajo el toldo de la recepción.

Se sentó en un banco de madera, justo debajo, encorvado, con las manos entrelazadas entre las rodillas, mirando el vacío.

No llevaba allí ni diez minutos cuando oyó una puerta.

Genny se acercó despacio, en pantalones de chándal, y se sentó a su lado.

—¿No puedes dormir? —preguntó Hank, sin mirarla.

—No. Demasiada… nada. Siento que perseguimos una sombra. St. Pierre no es Micky O’Hara, y Micky O’Hara no es el que estuvo aquí. Es una muñeca rusa y no tenemos la más pequeña.

Hank suspiró.

—La más pequeña tiene que estar en algún rincón que se nos escapa. Soy el hombre de las migas de pan. Las encuentro, pero no las horneo.

—Esto ya lo hablamos en el coche, Hank. No eres un fraude. Eres bueno. Pero tienes que dejar de menospreciar lo que has conseguido.

—Soy honesto con los muertos. Con los vivos, ya sabes.

—Con los vivos. Sí.

Él supo adónde iba. Se encogió.

—No empecemos con esto.

—No, tenemos que terminarlo. —Genny se giró para enfrentarlo—. Gatti me ha dejado claro que mi carrera está acabada, pero la tuya no. Si lo estás arriesgando, que sea sabiendo por qué. Y si no hubieras sido un mentiroso entonces, las cosas serían muy distintas ahora.

—Te dije una y otra vez que mi matrimonio estaba muerto —susurró él—. Ella y yo éramos compañeros de piso con un apellido compartido.

—Y yo te dije que, si hubiera sabido que estabas casado, no habría pasado nada. Nunca. —No había ira—. No se trata del estado de tu matrimonio. Se trata de que me quitaste la elección.

Hank se hundió un poco más en el banco.

—Lo sé. Lo siento, Genny. Tenía miedo de perderte y de perder la vida que me daba seguridad, aunque fuera mentira. Fui un cobarde.

Pasó una camioneta por la carretera. Genny esperó a que se perdiera el ruido.

—¿Y ahora qué? ¿Qué ha cambiado?

—Ahora —dijo Hank— dormimos. Mañana enseñamos la foto en otro pueblo que tampoco la reconoce.

Es la parte glamurosa del oficio. —Ella no se rio, y él dejó de intentarlo—.

Ya no tengo nada que perder, salvo esto.

—Se señaló el pecho—. Mi instinto. Estoy aquí por ti, por tu fe en esto.

Si no fuera por ti, ya habría vuelto a Nueva York a salvar mi placa.

—Eso no cambia lo que hiciste.

—No. —Hank tardó en seguir—. No sé qué estoy haciendo, Genny. Pero no quiero hacerlo solo.

Genny no respondió. Se quedó mirando el círculo de luz en el suelo, y luego se puso de pie.

—No te estoy perdonando —dijo—. Estoy cansada. Es distinto.

—Lo sé.

Ella caminó hasta las dos puertas contiguas y se detuvo entre ellas, con la llave de su habitación en la mano. No se volvió.

—La otra vez no elegí yo.

Hank tardó en entender. Se levantó del banco, despacio, y fue hasta su puerta buscando la llave en un bolsillo, luego en otro. Se le cayó al suelo. La recogió. Genny esperaba sin mirarlo.

Él abrió. Ella entró primero.

El sol de la mañana se coló por una rendija de la cortina, pero no fue eso lo que despertó a Hank, sino el chillido insistente de su teléfono.

Se levantó con cuidado, buscando el móvil a tientas sobre la mesita. Salió al pasillo y cerró la puerta tras de sí.

Era el capitán Gatti.

—¿Gatti? —dijo, intentando sonar profesional.

La voz del capitán llegó baja y seca.

—¿Dónde estás, Beaumont? Llevas una semana sin aparecer. Tu permiso caducó hace dos días. Y esta mañana me llama un tal Wayne, de un pueblo de Arkansas, para preguntarme si tengo dos detectives en su comisaría. ¿Qué hacen en Arkansas?

—Capitán, estoy en un caso antiguo. Muy antiguo. Es grande —argumentó Hank—. Es el tipo de caso que resuelve muchos otros.

—No me interesa la llave —cortó Gatti—. Sé que estás con la detective Connor. ¿Te crees que la gente no habla en esta ciudad? Te dije que te apartaras de ella cuando la apartaron a ella. Y si estás arriesgando tu carrera por acostarte con ella, estás acabado, Beaumont.

La acusación le golpeó como un puñetazo, y Hank se enderezó.

—Con todo respeto, capitán, no estoy haciendo nada de eso. Estamos siguiendo una pista sólida.

—Connor está más fuera que dentro del departamento, y eso no se arregla.

Pero tú tienes una carrera por delante, y tu reputación, la que te has ganado resolviendo los casos de otros, vale oro.

No la tires a la basura por una mujer que está en la cuerda floja.

Y dime la verdad, Beaumont: ¿has vuelto a beber?

La pregunta lo alcanzó en el centro de su inseguridad.

—No he bebido, capitán. Estoy limpio.

—Pues compórtate como tal. Tienes tres días. Tres. Si no te presentas aquí para poner orden en este caso, tomaré medidas.

Gatti colgó con un golpe sordo.

Hank se quedó con el teléfono pegado a la oreja, temblando de furia y de miedo. Gatti no bromeaba. Y él, Hank Beaumont, el detective estrella, tenía tres días para volver y arriesgaba todo por una verdad que ni siquiera sabía cómo probar.

Volvió a entrar sin hacer ruido y se acercó a la ventana. Necesitaba aire y algo que mirar que no fuera la cara de Gatti. Abrió la cortina un palmo.

Al otro lado de la calle, entre una tienda de repuestos y un local cerrado, había un cartel modesto, desteñido por el sol, con letras cursivas de un rosa pálido. Habían pasado por delante la tarde anterior. Dos veces.

El cartel decía: «Salón de Belleza St. Pierre».

Hank se quedó quieto. El nombre. No Jacob, no Micky. St. Pierre.

No tenía por qué ser un alias sacado de una guía telefónica.

Podía ser el apellido de su madre, de una tía, la única cosa verdadera en la vida de un hombre que se presentaba como una mentira andante.

Podía. Llevaban doce horas enseñando una cara por un pueblo de una sola calle, y a nadie se le había ocurrido preguntar por los nombres de los negocios.

—Treinta años de oficio —dijo en voz baja— y me lo enseña un cartel rosa.