Capítulo 15 #2
—Eso lo ha dicho usted. Yo no he dicho nada.
—Y siguió, sin transición, mirando de nuevo hacia la escalera—: Los guardabosques firman informes de «accidente no explicado».
¿Sabe cuántos? Muchos. Y a veces los nombres se repiten, o las iniciales, o aparecen cerca de antiguas torres de vigilancia de incendios.
Pinte los puntos en un mapa y entrecierre los ojos: hay racimos.
Es obvio. —Chasqueó la lengua—. Todo el mundo dice que no ve nada, y es porque nadie entrecierra.
Usted busca el MacGuffin que lo resuelva en el tercer acto, ya lo sé, todos buscan el tercer acto.
Peter se rio, y fue un ruido nervioso.
—Vale. Ahora sí que estamos fuera de la biblioteca de la NYU. Esto es el Expediente X.
El hombre volvió a girar la silla, esta vez hacia él, con una lentitud que era peor que el silencio. Peter dejó de reírse.
—Un informe de policía archivado como «irresoluble» no sale en el New York Times —dijo en voz muy baja—.
Y los sheriffs firman cosas que no entienden, o que les han mandado no entender.
A nadie le conviene que la gente se asuste.
—Alzó la voz de golpe cuando un bibliotecario pasó junto a ellos, para decir con perfecta naturalidad—: Y por eso recomiendo siempre las horas de menos afluencia.
El bibliotecario siguió su camino. El hombre volvió al susurro como si nada.
—Es la mente humana buscando patrones en el ruido blanco —dijo Peter, aferrándose a la lógica—. Necesitamos una explicación racional.
El hombre tamborileó tres veces con un dedo sobre la tapa de la carpeta, sin mirarlo.
—Claro que la necesitamos. Yo soy el primero en buscarla. Pero una explicación oficial, joven, a veces es solo un envoltorio para la ignorancia. O para una orden.
—¿Fue policía? —preguntó Peter, con el asombro por fin por encima del escepticismo.
—Ayudante del sheriff en el condado de Klamath, sur de Oregón. Doce años. No, once. Los cuento mal. —Se tocó el borde de la chaqueta de cuero—. Firmé tres de esos informes. «Accidente no explicado». Con mi nombre debajo. —Los dedos volvieron a las carpetas—. Ahí empezó todo.
Se levantó y recogió las carpetas de una en una, comprobando que los bordes casaran. El zumbido de las luces fluorescentes pareció amplificarse en el espacio que dejaba.
—Tiene talento, Peter Maco. Pero si solo escribe sobre la maldad con formulario, acabará en el despacho de un abogado.
Peter se levantó a medias de su silla. No podía dejar que se fuera sin más.
—Espere. ¿Cómo se llama? Quiero leer sobre esto. Si es verdad, necesito verlo por mí mismo.
El hombre le dio la mano. El apretón era firme y seco.
—Bryan. Bryan Gregory. Búsquelo. Está en la sección de… —Se detuvo, miró por encima de su hombro y bajó la voz hasta casi nada—. No. Búsquelo usted.
Se alejó con paso resuelto, las carpetas apretadas contra el costado. En menos de un minuto había desaparecido entre las estanterías, como si el edificio lo hubiera absorbido.
Peter se quedó mirando la silla vacía. La luz fluorescente zumbaba. En la tercera mesa, la mujer seguía con la barbilla en el pecho y el libro abierto en la misma página. Tardó unos segundos en darse cuenta de que contenía la respiración.
¿Qué acababa de pasar?
Abrió el cuaderno y escribió: Bryan Gregory.
Debajo, sin saber por qué, añadió: abrochada.
Luego buscó el nombre en el catálogo de la biblioteca.
Un solo resultado: Gregory, Bryan. Unaccounted For.
Edición del autor. Ubicación: depósito. Plazo de entrega: cuarenta y ocho horas.
Lo pidió. Se quedó mirando el rincón vacío, sin saber si acababa de hablar con un loco, con un genio o con alguien que lo había estado midiendo todo el rato.
Peter necesitaba un descanso urgente. Su cabeza seguía zumbando con patrones inexplicables y relojes colgados de ramas. Sus amigos, Matt y Dan, no tuvieron que esforzarse mucho para sacarlo de la Bobst.
—Vamos, Pete. Es Richie Hawtin en Prospect Park. Despeja el cerebro. Olvídate de la burocracia por una noche —insistió Matt.
Peter, que en casa ponía Miles Davis, accedió con una resignación aturdida. La idea de la música electrónica le era ajena, pero el cielo abierto de Brooklyn, con el skyline de Manhattan parpadeando a lo lejos, era un alivio bienvenido, aunque hacía frío y media pista bailaba con el abrigo puesto.
Los bajos de Hawtin no eran música; eran una fuerza física. El pulso mecánico y repetitivo le taladraba el pecho, tan constante que acababa por sedar.
Matt y Dan localizaron a Erin y a una amiga suya, dos estudiantes de diseño de Parsons.
—Erin Gabassi —dijo ella, tendiéndole la mano sin quitarse el guante.
Era rubia, con un abrigo corto abierto sobre un vestido de un color demasiado vivo para marzo y una pequeña flor tatuada en el tobillo, justo encima de la bota.
La conversación fue trivial, llena de risas y comentarios insustanciales sobre el set. Peter se limitó a asentir, sintiéndose como un antropólogo observando un ritual. Las chicas pronto se movieron hacia el centro de la pista, convertidas en puntos brillantes en la penumbra.
Peter se quedó con Dan en la zona de las bebidas.
Mientras esperaban su turno, un hombre se giró hacia él.
Tendría cuarenta y pocos, rubio ceniza y muy peinado, con una chaqueta de forro polar.
Llevaba colgada del cuello una acreditación de staff, del revés, como quien se ha olvidado de que la lleva. Tenía una sonrisa amable de vecino.
—Mira cómo se mueven —dijo, señalando la pista con el vaso, en el tono de quien comenta el tiempo—. Esto es el mejor coto de caza de la ciudad, ¿no crees? El Amazonas de Nueva York.
Se rio solo, un segundo de más, esperando que Peter se riera también. Dan, a su lado, soltó una risa corta sin haber escuchado, por cortesía, y volvió a mirar el móvil. Nadie más pareció oírlo.
A Peter se le revolvió el estómago.
—Solo agua —respondió con sequedad, sintiendo una urgencia repentina por lavarse las manos. Se apartó bruscamente para romper la proximidad. Volvió a la oscuridad del parque, lejos de la barra y de aquella sonrisa.
Miró atrás una sola vez. El hombre seguía en la barra, con los ojos en la pista.