Capítulo 15
Peter Maco estaba a unas semanas de graduarse de la Tisch School of the Arts de la Universidad de Nueva York con un BFA en Guionismo.
A sus veintiún años, se sentía permanentemente sobrecargado: la deuda estudiantil, los plazos de su tesis y la convicción, a veces insoportable, de que su trabajo tenía que ser relevante.
En el rincón de un café independiente de la calle Mercer, con las ventanas empañadas por el frío de marzo, Peter intentaba concentrarse. Estaba rodeado por su cohorte: futuros cineastas, showrunners y dramaturgos, todos obsesionados con dejar huella.
Peter estaba inclinado sobre una pila de fotocopias, subrayando líneas de diálogo, cuando Teo, un compañero de su taller de screenwriting, lanzó un ejemplar desgastado de Mystic River, de Dennis Lehane, sobre la mesa.
—Dennis Lehane es el único que entiende algo sobre la tragedia americana —dijo Teo, golpeando la portada—. El misterio no es quién aprieta el gatillo. Es por qué tres amigos de la infancia acaban siendo extraños que se dan el pésame en un porche.
—No es el trauma, es el silencio —dijo Peter, sin levantar el subrayador—.
O sea, quiero decir… nadie mata a nadie en ese libro sin que un vecino mire para otro lado.
Lehane no escribe sobre monstruos. Escribe sobre cómo el silencio y la lealtad podrida matan más que un asesino a sueldo.
—Se oyó a sí mismo y torció el gesto—. Suena a cartel de película. Pero es eso.
Nora, una estudiante de análisis de guion conocida por su intelecto acerado y su falta de entusiasmo, se sentó con ellos sin que nadie la invitara.
—Qué bonito —dijo, sin apartar los ojos del portátil—. ¿Y en tu tesis quién mira para otro lado, Peter? ¿Un contrato de veinte páginas?
—Sí. Exacto. Un contrato de veinte páginas. —Peter golpeó la mesa más fuerte de lo que pretendía, y un vaso de papel tembló—. Eso es lo que nadie escribe: el crimen que firma alguien con bolígrafo.
—Lo ha dicho como si fuera un argumento —comentó Nora, dirigiéndose a Teo—. Lost vendió un monstruo de humo y una escotilla, y medio mundo se sintió listo. Tú vendes un contrato.
Teo soltó una carcajada y Peter, sin querer, sonrió con ellos.
Pero no podía permitirse pasar el rato. Mientras los otros seguían discutiendo, él calculaba mentalmente cuánto le quedaba para pagar el alquiler de su pequeña habitación en Astoria, Queens.
Astoria no era Greenwich Village. Era la realidad funcional: inmigrantes, pequeños negocios familiares y necesidad.
Viajar en metro hasta Manhattan le recordaba a diario que era un forastero en su propia universidad: la mayoría de sus compañeros vivían en apartamentos del East Village o tenían padres que les pagaban la matrícula completa.
Su tesis de grado, un largometraje titulado provisionalmente The Function of Evil (La función de la maldad), era una respuesta directa a esa realidad: una sátira distópica sobre cómo una empresa de gestión de residuos privatiza el aire limpio en Nueva York.
El guion no contenía explosiones, ni viajes en el tiempo, ni acertijos basados en la física.
Solo personajes normales forzados a tomar decisiones inmorales por el aburrimiento y la burocracia de un contrato de veinte páginas.
Nora, con un raro destello de apreciación, asintió levemente.
—Es un noble objetivo, Peter. Pero la maldad administrativa no vende camisetas. La gente quiere la redención. La explosión, el deus ex machina que les diga que no son responsables de la miseria del mundo.
—Prefiero a Lehane —dijo Peter—. Sus personajes no tienen nombres de químicos. Tienen nombres de tipos que se ahogan en el silencio de sus propias vidas. Eso es lo que quiero escribir en mi novela algún día.
Nora se encogió de hombros. Peter recogió su guion de tesis y se despidió. Tenía que tomar el metro de vuelta a Queens.
El sábado 19 de marzo, Peter estaba acorralado.
No por el plazo de entrega, sino por el edificio. Había reclamado una de las mesas menos codiciadas de la Bobst Library, en el sótano, donde la luz fluorescente zumbaba con una nota monótona.
Escribía su tesis, The Function of Evil, y la frustración lo quemaba. Leía un informe sobre gestión de residuos sólidos tan seco que le raspaba la garganta. Murmuró una palabrota en voz baja y golpeó la tecla Delete con una agresividad innecesaria, borrando un párrafo entero.
—Con todo respeto, joven, esa tecla tiene familia.
La voz era áspera y grave, y se proyectaba desde la mesa contigua con una cortesía tan exagerada que sonaba a amenaza. Peter se encogió. El sonido de su teclado, que le había parecido un murmullo, había sido claramente audible para el hombre que estaba sentado a su lado.
No era un estudiante típico de la NYU. Tendría cincuenta y tantos, con un rostro curtido que sugería más horas al aire libre que en un aula, y una chaqueta de cuero.
Sobre la mesa descansaba una pila de carpetas amarillentas que parecían contener recortes de periódicos viejos, no libros de texto.
Las alineaba con la yema de los dedos contra el borde de la mesa, una y otra vez, aunque ya estaban rectas.
Tenía los ojos pequeños y fijos, de alguien que ha pasado demasiado tiempo mirando hacia el horizonte.
—Lo siento —murmuró Peter, avergonzado. No era una persona ruidosa, pero la presión de la tesis estaba cobrándole factura.
El hombre no aceptó la disculpa. La examinó.
—¿Guionismo? —preguntó, señalando la pantalla, donde el título brillaba en negrita—. Se le nota la tensión de los que creen que su primer borrador es la Ley.
Peter sintió una punzada defensiva, pero la observación era extrañamente precisa.
—Es una tesis de guion. Sobre cómo la maldad moderna es funcional, no pasional. O sea… la gente hace cosas horribles no por odio ni por deseo, sino por incentivos, por burocracia, por llenar un formulario.
El hombre deslizó una carpeta amarilla hasta el borde de la mesa de Peter. No la abrió. La dejó allí y, un segundo después, la movió un centímetro para que quedara paralela a la mesa.
—Una maldad que se puede documentar. Con contrato, con formulario 1040 y un rastro de papel que puede seguir.
—Exacto. La maldad administrativa —confirmó Peter, animándose al encontrar un interlocutor que parecía entender su nicho cínico.
—Yo me dedico a la otra. —El hombre sonrió despacio, sin que la sonrisa llegara a los ojos—.
La que no tiene formularios. La que deja un hueco en la tierra y ni una huella que seguir.
¿Ve usted a aquella mujer de la tercera mesa?
Lleva diecisiete minutos con el mismo libro abierto en la misma página. Diecisiete. No lo digo por nada.
Peter sintió que la tensión de los plazos y la deuda se transformaba en una curiosidad incómoda. Miró. La mujer dormía, o lo parecía, con la barbilla en el pecho.
—Está dormida.
—Eso dice ella —contestó el hombre, y volvió la cara hacia Peter como si no hubiera pasado nada.
Leyó la etiqueta de su mochila.
—Peter Maco. Usted escribe sobre el contrato del aire. Yo escribo sobre la persona que desapareció a veinte metros de la línea de suministro de agua, sin una brizna de hierba doblada. Limpio. Como si hubiera pasado una aspiradora.
—¿Desapariciones? —Peter arrugó la nariz. Su mente, entrenada en la lógica de las estructuras de guion, buscaba ya la causa más simple y resoluble: ¿secuestro, huida, accidente, negligencia?
—Parques nacionales, reservas forestales, áreas silvestres.
Gente que sabe orientarse, veteranos, niños que se esfuman de tiendas de campaña selladas.
Sin gritos. Sin lucha. A veces lo único que aparece es la ropa, doblada.
O los zapatos, colocados en un tronco a cinco kilómetros de cualquier camino.
El cuerpo no. El cuerpo se evapora. —Hablaba cada vez más deprisa, y las manos iban solas, alineando carpetas—.
Llevo más de cinco mil casos. Cinco mil trescientos, aunque cuarenta y tantos no cuentan porque eran perros, y los perros no firman informes, ¿entiende?
Peter, el escéptico, intentó aplicar su lógica de guionista.
—Estadísticamente, eso es… bueno, un accidente, una caída o un depredador, ¿no? Si no hay rastro, o el protocolo de búsqueda está mal diseñado, o la naturaleza hizo su trabajo demasiado bien.
El hombre dejó de hablar.
No dijo nada. Giró la silla un cuarto de vuelta, de modo que Peter solo veía su hombro. Alineó las carpetas, despacio, hasta que sus bordes formaron una sola línea. Cerró los ojos medio segundo. Cuando los abrió, miraba la pared del fondo, no a Peter, como si Peter hubiera salido de la sala.
A Peter le subió el calor a la cara.
—Perdone —dijo, sin saber muy bien de qué se disculpaba—. No quería…
—¿Me permite una pregunta, señor Maco? —El tono había cambiado por completo: sereno, afable, de notario—. ¿Qué hora es?
Peter miró el móvil.
—Las cuatro y diez.
—Gracias. Yo no llevo. Desde Oregón no llevo.
—Asintió, satisfecho, y la velocidad volvió de golpe—.
Oregón, 1978. No, 1979, da igual. Un chico acampa con su perro.
El perro aparece a la mañana siguiente, aullando, a cinco kilómetros.
La tienda, intacta; dentro, el suelo excavado, como si algo hubiera arañado con desesperación.
Y a diez metros, en un árbol, su reloj de pulsera, colgado de una rama a dos metros del suelo.
Con la correa abrochada. Abrochada, ¿me sigue?
Nadie se quita un reloj abrochado. Es obvio. No hace falta que me conteste.
Peter sintió un escalofrío que le subió por la nuca. Era el tipo de detalle que él habría tachado de un guion por demasiado bueno.
—Un depredador no juega con relojes —murmuró, más para sí mismo.