Capítulo 14 #3
Esa noche no pudo pensar en seis platos separados.
Su mente se sentía como un puré de patatas.
Simplificó: una base de lentejas guisadas con verduras, que repartió en tres ollas.
A una le sumó cordero halal sellado aparte, con azafrán y pimentón dulce, para el chico marroquí y la pareja polaca; a otra, un sofrito de verduras y un toque de harissa para la chica rumana.
Al chico italiano le hirvió aparte un puñado de pasta.
Era cocina de supervivencia, lo contrario de lo que hacía en el Eixample.
Sus compañeros de piso, que volvían de sus propios turnos extenuantes y precarios en la hostelería del centro, llegaban goteando al pasillo y se servían en silencio.
Los que tenían horarios más estables o trabajaban de día se comían lo que Elías había preparado el día anterior, recalentado en el microondas.
Una vez, la chica rumana le dejó una nota en la nevera: «Gracias». Fue lo único que recibió en todo el mes.
Elías se tragó un plato de lentejas con cordero y se arrastró hasta su cuarto sin ventanas. Eran las dos de la madrugada. El despertador sonaría a las 6:30.
Un domingo por la tarde, en uno de sus pocos días libres, Elías huyó del piso. Sin ventana, la cabeza se le llenaba de ruido. Caminó hacia el Born, buscando el mar, o al menos el aire.
En la plaza del Born corría un aire húmedo y salado. Elías se sentó en un banco de piedra, demasiado cansado para mirar nada.
A pocos metros, sentado en el suelo, había un hombre flaco con una camisa de lino arrugada y una sonrisa pícara.
Tenía los dientes desiguales y unos ojos inteligentes y cansados.
Su cartel de cartón decía, con trazo artístico: «Historias de 1 €: Tú eliges el veneno».
Elías lo miró con desdén: un charlatán, un vendedor de humo.
Pero hablaba con acento inconfundiblemente estadounidense, en un español medio fluido salpicado de palabras en catalán, un idioma que a Elías le sonaba melódico y dulce.
El cuentacuentos atendía a un grupo de jubilados de Alabama, con gorras de béisbol y caras quemadas por el sol.
—¿Algo sobre Obama? —dijo uno de los turistas, ajustándose la gorra—. Algo que la prensa de Nueva York nos oculte.
Elías arqueó una ceja. El cuentacuentos miró de un vistazo las gorras, las manos y los pies cansados del grupo, y sonrió.
—Ah, caballeros… Les cuento una cosa —comenzó, con voz de conspiración—.
El secreto está en el baloncesto. ¿Creen que Obama jugaba en la Casa Blanca por deporte?
No. Ese balón era de un material poroso, traído de un cráter del este de África.
Cada vez que botaba, emitía una frecuencia de rastreo genético imperceptible.
El dispositivo identificaba quién tenía «sangre trabajadora» y quién no, y mediante un algoritmo secreto en los servidores de la Quinta Avenida redistribuía su energía hacia los barrios donde nadie se levanta antes del mediodía.
Por eso ustedes se sentían tan cansados en 2010.
Los turistas se inclinaron hacia delante, asintiendo con solemnidad.
—¡Lo sabía! —exclamó la mujer del grupo—. ¡Redistribución de energía vital!
Uno de los jubilados dejó caer cinco euros en el sombrero. Elías reprimió una carcajada. Cuando el grupo se alejó, se acercó y dejó una moneda de dos euros.
—Los servidores de la Quinta Avenida —dijo, volviendo a su inglés natal—. ¿Existen?
—La Quinta Avenida son tiendas, no servidores —respondió el cuentacuentos, recogiendo sus cosas. Levantó la cabeza y sonrió—. Lo saben ellos también. Pero les gusta más así. Me llamo Silas. Y tú tienes cara de estar donde cae el rayo.
—¿Eso es bueno?
—Depende de si llevas paraguas. ¿De dónde eres, de Filadelfia?
—Elías Finch. Soy de Nueva York. ¿Y tú?
—Yo soy un viajero. He estado en media Europa, pero me quedo en Barcelona por la luz y por las historias. Es buen sitio para contar mentiras: la gente ya cree en cosas imposibles.
—Eso es bastante ingenioso.
Silas se encogió de hombros.
—La verdad es demasiado aburrida, Elías. La gente paga por la historia, no por los datos. Y vi tus manos. No tienes manos de turista.
Elías se miró las manos: quemaduras viejas, cortes, callos de semanas.
—Soy cocinero.
—Eso ya lo vi. Digo otra cosa: manos de los que se queman para que otro se luzca.
—Cuídate, Finch —dijo Silas—. Por aquí hay mucha gente que vive de los sueños de otros.
Volvió al piso por las calles de detrás de la catedral, sin prisa. Era la primera tarde en semanas en que no tenía nada que cortar.
A la tarde siguiente, en el Metal Pesado, el ambiente era distinto. Había un silencio más profundo. Matías estaba nervioso y pulía su acero sin parar.
—¡Atención todos! —gritó, con una voz que le temblaba—. Hoy cenan los inversores. Y el chef Oriols dará el servicio con nosotros. ¡Cuidado con cada movimiento! El que se equivoque, lo mato yo antes de que lo haga él.
Reorganizó las estaciones a última hora y la de Elías quedó junto a la de postres, al lado de Luca. Elías no pidió el cambio. Le tocó. En la sala esperaban doce comensales, todos hombres, todos con corbata y ninguno con prisa.
Por fin, pensó Elías. Oriols iba a ver lo que pasaba allí, y lo arreglaría. El servicio comenzó. Oriols, con su chaqueta blanca inmaculada, se movía por la cocina sin hacer ruido, probando salsas, corrigiendo emplatados con un movimiento del dedo.
Elías estaba en su mejor forma. La rubia gallega se sellaba con una corteza perfecta y el pichón salía del baño en su punto. Oriols le dirigió una mirada de aprobación.
Entonces ocurrió.
Luca se agachó para sacar un recipiente de un horno bajo. Estaba agotado, y la esquina del paño de cocina que llevaba atado a la cintura del delantal rozó el suelo de azulejos por una fracción de segundo.
Oriols estaba cerca. No gritó ni avisó.
Elías oyó el ruido sordo, seco: un fuerte golpe en la nuca del joven.
Luca se enderezó, tambaleándose, sin atreverse a tocarse la cabeza. Oriols señaló el paño, que ahora colgaba a centímetros del suelo.
—Estás contaminado —siseó, con un murmullo helado que todos oyeron—. Mi cocina es pura. Tú ya no lo eres.
Le arrancó el paño de la cintura, se lo tiró a la cara y señaló la puerta.
—¡Fuera! ¡Estás despedido! ¡Y dile al encargado que ya no tenemos alojamiento para ti! ¡Vete ahora mismo!
Luca se quitó el delantal despacio, con las manos temblando, y salió sin decir una palabra. En la cocina nadie levantó la vista.
Elías se quedó quieto. Oriols no solo toleraba el abuso. Lo ejecutaba.
¿Qué hago yo aquí?
Se quitó su delantal, lo dobló pulcramente y lo dejó sobre la tabla de cortar, justo al lado de su cuchillo de deshuesar. Se dirigió directamente a la puerta de la cocina, pasando por delante de Oriols, que probaba una salsa de cordero.
—Finch, ¿a dónde vas? —Oriols no levantó la vista—. Estamos en mitad del servicio. ¡Vuelve a tu partida!
Elías no se detuvo ni alzó la voz.
—Chef Oriols. Esta noche se acabó. Sus dos estrellas son una vergüenza.
Salió de la cocina con el grito furioso de Oriols a la espalda. Cogió su mochila y su juego de cuchillos. En la calle, el aire frío de marzo le dio en la cara. Tenía el alquiler a final de mes y ningún sueldo a la vista. No había hecho nada por Luca. Irse no era lo mismo.
No miró hacia atrás. Caminó hacia el Raval.