Capítulo 13 #3
—Gracias, doctor —dijo—. Tenemos un nombre y quizá una muestra. Ya es algo.
Se enderezó. Era hora de trabajar.
Por la tarde, el forense y los técnicos ya se habían llevado el cuerpo de Erin Gabassi y solo quedaba la cinta amarilla entre los árboles.
Hank, con la abstinencia convertida en una migraña palpitante, se apoyó en una de las casetas azules. Bill Stanley acababa de terminar de entrevistar a los empleados de limpieza y se acercó sosteniendo su libreta como si fuera un escudo.
—Nadie vio nada, señor —dijo Bill, con la voz más firme que por la mañana, pero aún cargada de asco—.
Los empleados juran que no estuvieron cerca de los baños desde que terminó el festival.
El lugar estaba muerto. Miles de personas pasaron por aquí el fin de semana; buscar testigos es como buscar una aguja en un pajar.
Hank encendió un cigarrillo y miró la tierra removida.
—No buscaremos una aguja, Stanley. Buscaremos una conexión.
—Su voz volvió al tono de clase—. En un homicidio así, con una mujer joven, lo normal es empezar por el entorno: pareja, familia, amigos, gente cercana.
No porque las cifras lo digan todo, sino porque es lo que suele dar fruto.
Lo desconocido se investiga mejor cuando ya has cerrado lo conocido.
Bill se pasó la mano por el pelo.
—Está diciendo que es el novio, la expareja o alguien de su círculo. No un loco al azar que deambulaba por el parque.
—Digo que empezamos por ahí. Las puñaladas apuntan a algo personal, pero eso ya lo hemos dicho: es una impresión.
Si no sale nada de su círculo, volvemos a la multitud.
—Aplastó el cigarrillo bajo la suela del zapato—.
Tenemos que ir a la casa de Erin. Hablar con su familia.
Y luego, el novio y el círculo social. El festival queda en segundo plano, no olvidado.
Hank y Bill pasaron la tarde en el apartamento de los Gabassi, una escena de dolor doméstico que Hank encontró casi tan sofocante como la del parque. La madre lloraba; el padre estaba en shock, sosteniendo una foto de Erin.
—¿Dónde estaba Erin desde el martes, señor Gabassi? —preguntó Hank, con la voz suave y profesional.
—Creíamos que estaba en casa de su amiga Jessica —dijo el padre, con la voz rota—. Dijo que se quedaría allí un par de días, hasta que Mark volviera el jueves. Había planeado ir a buscarlo a la estación de trenes. Él estaba trabajando fuera de la ciudad.
—Nunca se quedaba fuera sin avisar —añadió la madre, desde la cocina, sin acercarse—. Nunca.
Hank intentó anotar el nombre de Jessica, pero la letra le salió ilegible. Le pasó la libreta a Bill sin decir nada.
La mentira se confirmó rápidamente. Jessica, por teléfono, admitió que Erin no había estado con ella.
Lo que sí le había contado Erin era que iría al festival el sábado y que no quería que Mark lo supiera, porque él desaprobaba ese tipo de eventos.
Pero el festival había terminado el domingo.
Si había ido al parque por su propio pie, nadie sabía por qué un martes, con el recinto vacío, y Hank pidió a Bill que lo anotara en la libreta con un círculo alrededor.
La atención de Hank se centró en Mark, el novio.
El interrogatorio, en el que Mark se derrumbó en llanto al conocer la noticia, fue clínico.
Era un chico joven, un estudiante de ingeniería que había estado trabajando en una obra en Pensilvania.
Tenía recibos de peajes, llamadas telefónicas con su capataz e incluso una foto que había enviado a Erin el martes por la noche desde su habitación de hotel en Filadelfia. Su coartada era sólida.
—¿Usted sabía que Erin iba a ese festival, Mark? —preguntó Hank, mirando al chico a los ojos.
—No… no, señor. Pensé que estaba con Jessica. Ella… a veces no me contaba las cosas que sabía que no me gustaban. Pero yo nunca… yo no le haría daño. Yo la amaba.
Hank lo creyó, o quiso creerlo: lloraba como alguien que acaba de enterarse, y lo del hotel se podía comprobar. Lo comprobaría.
—Yo llamo al hotel de Filadelfia, señor —dijo Bill, ya con la libreta abierta.
—Y pide copia del registro de entrada y de salida. Con la hora.
Los padres estaban en casa, a kilómetros del parque, y tenían quien lo confirmara. El círculo íntimo de Erin se reducía, aunque una coartada de una noche no cerraba del todo la puerta. Hank se anotó volver a mirar los mensajes y el dinero de Mark.
Llamó a los organizadores del festival. Lo pasaron de una persona a otra hasta dar con una mujer que sonaba cansada.
—Miles de personas, detective. Tenemos vídeos de seguridad en las entradas, pero no cubren los baños portátiles de la parte trasera, y no guardamos ningún registro de los asistentes.
El montaje lo llevaba una subcontrata. el nombre de la empresa lo tiene otro departamento.
Les pediré la lista del personal; la tendrá esta semana.
Hank lo anotó.
La investigación se había estancado antes de empezar.
Hank decidió cambiar de enfoque, y sabía que era una apuesta. Nada apuntaba al estanque, pero Weiss había dicho, extraoficialmente, que el arma era probablemente un cuchillo de cocina o un puñal de hoja estrecha, algo que cortara profundo y repetido.
—Stanley, a trescientos metros de donde encontramos a Erin hay un estanque.
La gente se deshace de todo ahí. Armas, coches robados, recuerdos.
Puede que no haya nada. Pero el agua está cerca y es donde la gente tira cosas.
Llamaremos a la Unidad de Recuperación de Evidencia Subacuática.
Necesito que vayas al cuartel general y organices el papeleo y el equipo.
Hank se dirigió al muelle donde estaba la base de la Unidad Subacuática. El aire salado le despejó un poco la cabeza.
Al entrar en la oficina de la Unidad del Puerto, una mujer de cabello oscuro recogido y ojos brillantes levantó la cabeza de un escritorio cubierto de mapas náuticos y listas de control de equipos de buceo.
Hank se quedó inmóvil. Era la agente Alvarado.
Llevaba el uniforme de la unidad, aunque su trabajo era claramente administrativo.
—Inspector Beaumont —dijo ella, con genuina sorpresa y placer—. ¿Qué hace tan lejos de Homicidios? ¿Necesita que le saquemos un cuerpo del East River? Tiene cara de necesitar más un café que un buzo.
La abstinencia regresó, afilada. Pero la visión de Genny, su energía, era una distracción poderosa.
—Alvarado. No sabía que estabas en el Puerto —dijo Hank, acercándose, forzándose a sonreír—. Y es Hank. El inspector se queda en la sala de clases.