Capítulo 13 #4
—Me asignaron esta semana. Yo soy el cerebro de la operación: me aseguro de que el equipo esté limpio, los buzos alimentados y los permisos firmados. ¿Qué necesita, Hank? —preguntó, ladeando la cabeza.
Hank explicó el caso de Erin Gabassi y la necesidad de dragar el estanque. Genny, ahora en modo profesional, tomó notas rápidas y precisas.
—¿Qué profundidad tiene el estanque? —preguntó, sin levantar la vista de la libreta.
—No lo sé. Dos metros, creo.
—Lo miro en el plano de Parques y le digo cuántos buzos y cuántas horas.
—Los buzos no entran sin permiso firmado, y lo que saquen del agua lo etiquetamos en el muelle, delante de usted. Cadena de custodia desde el primer minuto.
—Puedo tener un equipo listo para mañana por la mañana. Necesitamos un permiso del Departamento de Parques, pero es de rutina. —Levantó la vista—. Ayer en clase parecía otra persona. Hoy tiene cara de no haber dormido.
Hank soltó una risa forzada.
—El trabajo me mantiene unido. Ya sabes cómo es. —Se detuvo—. Ayer eras tú la que hacía las preguntas.
Genny se ruborizó ligeramente y ninguno de los dos supo muy bien qué hacer con eso.
—Gracias, Hank. ¿Hay algo más que necesite de la Unidad del Puerto?
Hank dudó. Había venido por un cuchillo. Pero en casa le esperaba un apartamento vacío, y Genny era joven, lista y lo estaba mirando.
—En realidad, sí. Necesito un descanso de los parques, la muerte y el papeleo. ¿Te gustaría que te invitara a cenar? Algo que no sea una pizza fría de garaje.
Genny se mordió el labio.
—Vaya. El inspector Beaumont pidiendo una cita.
—Me pareces alguien muy interesante, Genny. Y me gustaría saber más de ti fuera de las coordenadas GPS y las listas de control.
Genny aceptó con una sonrisa.
—Mañana por la noche estoy organizando a los buzos. Pero esta noche estoy libre. Avísame.
Hank le dio su número de móvil y se despidió. En la puerta se detuvo y se giró.
—Genny. No es solo que seas interesante. Eres muy guapa.
Ella se rio, una risa clara que era la única música que Hank había escuchado en días.
—Vaya. Me has pillado. A las siete, inspector. No me falles.
Esa noche se encontraron en un restaurante italiano de Brooklyn Heights. Hank había intentado ducharse y afeitarse, pero la fatiga se le notaba en la cara. Aun así, se veía imponente en su traje, un hombre de experiencia y autoridad.
La conversación fluyó fácilmente. Genny hablaba de su trabajo, de la extraña belleza de los hallazgos en el agua: desde viejas cajas fuertes hasta bicicletas abandonadas.
Hank la escuchaba, contando solo historias filtradas de su trabajo, omitiendo la violencia y el alcohol.
Por un par de horas se sintió casi normal.
—Una vez sacamos un piano —contó ella—. Entero, con el taburete. Nadie supo explicarme cómo había llegado al fondo del canal.
Hank se rio. Hacía días que no se reía sin que le doliera.
En algún momento Genny le miró las manos.
—Te tiemblan.
—Es el frío.
—Estamos en un restaurante, Hank. Con calefacción.
—Entonces es el vino —dijo él, y se llevó la copa a los labios con las dos manos.
A mitad del segundo vaso de vino (Hank se contuvo, un logro doloroso), Genny puso el vaso en la mesa y lo miró fijamente.
—De acuerdo, Hank. Suficiente camuflaje. ¿Qué es lo que quieres de mí? —Su voz era directa, profesional, casi como en una sala de interrogatorios.
Hank sintió el golpe.
—Ya te lo dije. Me pareces muy interesante.
—Interesante significa que tienes un agujero en tu vida y yo parezco lo bastante superficial para llenarlo —replicó ella sin malicia, solo con una perspicacia devastadora—. Sé quién eres. Un detective de Homicidios con un historial. Podrías ser casi mi padre. Más aún: fuiste su compañero.
La verdad de sus palabras le golpeó como un puñetazo. Clara se había ido en algún momento de la noche anterior, mientras él jugaba al póker, y él estaba allí, con una chica de veinticinco años.
—Tienes razón —admitió Hank, sorprendiéndose a sí mismo por la honestidad—. Quizá solo estoy buscando un descanso de lo que es mi vida ahora mismo. Y tú eres lo más luminoso que he visto en mucho tiempo. No tengo un plan. Solo sé que no quería pasar otra noche solo en mi casa silenciosa.
Genny lo miró un momento. Ya no sonreía con ironía.
—Esa es la cosa, Hank —dijo, inclinándose sobre la mesa—.
Los hombres como tú siempre están buscando un descanso.
Y las mujeres como yo somos lo bastante tontas para pensar que somos especiales, que podemos ser ese descanso, o incluso la cura.
—Hizo una pausa—. Pero ayer contestaste a mi pregunta como si de verdad te importara la respuesta.
Hace tiempo que no veo eso en alguien de la comisaría.
Hank no supo qué responder. Solo pudo mirarla.
Genny acortó la distancia entre ellos. Genny puso la mano sobre la de Hank. Durante unos segundos ninguno habló. Luego se inclinó sobre la mesa y lo besó. Él se permitió responder.
—Te he besado —susurró ella al separarse—. Y sí… sabes a tabaco. Pero no me importa. De hecho, quizá me gusta. Es honesto.
Hank sonrió, una sonrisa cansada.
—Vamos de aquí, Genny. Por favor.
Ella dejó unos billetes sobre la mesa antes de que él pudiera sacar la cartera. Asintió y cogió el bolso.