Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Me voy por un tiempo. Unas vacaciones, o como quieras llamarlo. Necesito espacio para respirar sin sentir que me ahogo con tu desesperación y con las botellas escondidas.

No es una amenaza, Hank. Es una realidad. Me he ido a casa de mi hermana. Me he llevado algunas cosas y mi coche.

No me llames.

Tienes que cambiar. Tienes que decidir cambiar. No por mí, sino por ti. Porque la persona que fuiste y la que eres ahora están a años luz, y no puedo seguir esperando que el fantasma de ese hombre regrese.

Cuando tomes la decisión, cuando elijas la sobriedad, la lucidez, la responsabilidad, me buscas. Antes, no.

Espero que entiendas que no te estoy abandonando. Te estoy dando la oportunidad de salvarte.

Te quiero. Pero ya no puedo vivir contigo.

Clara.

Hank dejó caer la nota sobre la cama. Parecía un aviso oficial.

No había histeria, ni súplicas, ni amenazas. Clara le había dicho adiós con la misma frialdad con la que él analizaba la balística.

Necesitaba un trago. Con desesperación. Buscó frenéticamente en el armario, bajo la ropa sucia, en los bolsillos de chaquetas viejas. Nada. Clara se había encargado de vaciar todos los escondites que él había cultivado con esmero durante años.

Estaba solo, sobrio y temblando.

Abrió el armario del baño. El cepillo de dientes de Clara no estaba, ni la bolsa de aseo, ni la maleta pequeña que guardaba encima del ropero. Se había llevado lo justo.

Su móvil había muerto en el garaje. Sonó el teléfono fijo de la cocina, estridente, y Hank dudó, preguntándose si sería Clara rompiendo su propia regla. No lo era.

Descolgó, con la voz áspera.

—¿Sí?

—Inspector Beaumont, aquí la Central —dijo una voz de despacho, rápida y desapasionada—.

Tenemos un homicidio. Prospect Park. Necesitan un detective de Homicidios de inmediato.

Todos los demás están atascados en la corte o con el caso de la banda.

Eres el único disponible, Hank. No me falles.

Entrada de Park Slope, detrás de los baños portátiles del festival. Es tuyo.

Colgó antes de que Hank pudiera responder.

El trabajo significaba reglas y procedimientos, un mundo donde lo personal podía quedar en segundo plano.

Se puso de pie. El temblor seguía ahí y en la casa no quedaba una gota.

Se puso el traje que había dejado arrugado en el suelo y condujo al parque. Su cuerpo, acostumbrado al whisky a esa hora, comenzó a quejarse. Un dolor agudo y punzante se le instaló justo debajo del esternón.

Prospect Park, Brooklyn. La escena del crimen se había montado detrás de una hilera de baños portátiles de plástico azul y blanco, los restos logísticos de un festival de música electrónica que había terminado el domingo y que la compañía de alquiler aún no había retirado.

Hank estacionó su coche sin identificación detrás de dos patrullas y la furgoneta del forense. Al cruzar la cinta de seguridad amarilla, vio a un joven de pie en una esquina, doblado por arcadas violentas. Lo reconoció: el detective Bill Stanley, de segundo año, recién ascendido desde Patrulla.

—Stanley —gruñó Hank, acercándose, con el estómago revuelto por la falta de alcohol—. ¿Estás bien?

Bill se enderezó y se limpió la boca con el dorso de la mano temblorosa. Sus ojos, jóvenes y todavía ingenuos, estaban llenos de horror y vergüenza. El verde enfermizo de su cara no se podía disimular.

—Sí, señor. No… no, la verdad es que no —admitió, con una honestidad forzada por la náusea—. Es mi primera escena de homicidio real. Es atroz. Es lo peor que he visto en mi vida, inspector.

—Todos tuvimos una primera vez, Bill —dijo Hank, con la voz áspera y carente de empatía, pero con un matiz de entendimiento profesional.

Su propia garganta se apretaba—. Te acostumbras a la vista.

Nunca del todo. No intentes pelear contra eso: te ganará.

Respira por la boca si hace falta. Y mantente ocupado. Es la única defensa.

Le ofreció un chicle, que Bill tomó mecánicamente.

—Gracias, inspector. Ya. ¿Qué tengo que hacer?

—¿Qué tienes, Bill? —preguntó Hank, obligándose a enfocar la mente y a ignorar el dolor del pecho.

—Es una chica, señor. Detrás de los baños.

La encontró el equipo de limpieza de la compañía.

Pensaron que era un maniquí. Parece que la dejaron aquí hace un par de días.

Los cortes… —Bill hizo una pausa y la cara se le contorsionó al recordar—.

Son muchos, señor. Y muy profundos. Es una brutalidad innecesaria.

—¿Quién la ha tocado?

—El de limpieza que la encontró, señor, y uno de los patrulleros, para tomarle el pulso. Nadie más.

—Que los dos apunten su nombre y la hora a la que llegaron. —Hank se frotó la frente—. Cadena de custodia, Bill. Lo expliqué ayer en una sala llena, y hoy me toca cumplirlo a mí.

Hank asintió, con el rostro inexpresivo y la máscara profesional firmemente puesta.

—Vamos a verlo. Tú te quedas conmigo. Tienes que aprender a tragarte el vómito y hacer el trabajo, Stanley. Es lo único que nos queda.

Caminaron juntos por la pequeña senda embarrada hasta el otro lado de los baños. Al doblar la esquina, la escena apareció de golpe.

La víctima estaba en el suelo, semi escondida entre la hierba alta y un cúmulo de basura olvidada.

Era muy joven, apenas una adulta. Llevaba un abrigo corto abierto sobre un vestido de un color brillante que ahora parecía grotesco, empapado y rasgado, el color original ahogado por el rojo coagulado, que se había vuelto casi negro al secarse.

Su cabello rubio estaba esparcido en la tierra húmeda, como paja mojada.

El forense ya estaba allí, un hombre corpulento llamado doctor Weiss, que trabajaba con la calma de un carnicero profesional. Varios fotógrafos documentaban la escena con flashes fríos y desinteresados.

Las heridas no eran cortes al azar. Eran una explosión de violencia concentrada.

Docenas de puñaladas cubrían el torso, algunas perforando el pecho, otras el vientre.

La ropa no había ofrecido resistencia. El cuello estaba lacerado.

Los brazos, que presumiblemente había usado para defenderse, también estaban marcados con numerosos cortes defensivos, señales desesperadas de una lucha perdida, y los cortes se extendían hasta las manos, donde la piel estaba magullada y rota.

A Hank le pareció una escena de rabia, no de robo. Pero esa era una impresión, y las impresiones no se ponen en un informe.

Se obligó a mirarle los ojos. Seguían abiertos, fijos en el cielo gris. Por un segundo, el dolor del pecho y la nota de Clara dejaron de existir.

Bill Stanley, que lo había seguido, se detuvo bruscamente. De nuevo se oyó el sonido de las arcadas. Esta vez no vomitó, pero el esfuerzo se le notó en la cara, cubierta de sudor frío.

—Mírala bien, Stanley —dijo Hank, con la voz baja y uniforme.

No era una reprimenda, sino una lección—.

Mira las heridas, Bill. Esto se parece a un mensaje, pero a veces no es más que un hombre fuera de sí.

Hasta que sepamos más, es solo una impresión.

Nosotros estamos aquí para encontrar a quien lo hizo.

El doctor Weiss, sin levantar la vista, intervino:

—La identificamos por la documentación que encontramos en el bolsillo trasero, Hank.

Tarjeta de estudiante, licencia. Erin Gabassi.

Veintidós años. Murió hace entre treinta y seis y cuarenta y ocho horas.

Es decir, el martes, entre el mediodía y la noche.

Por la sangre en la tierra yo diría que aquí, pero lo confirmo en la autopsia.

El festival terminó el domingo, ¿no? Entonces el recinto ya estaba vacío.

El cuerpo está frío, pero el clima ha sido húmedo, así que no me fío todavía de la hora. Te daré algo más preciso en el informe.

Hank se arrodilló junto al cuerpo, sin fijarse en el fango.

Tienes que decidir cambiar.

Erin Gabassi. Veintidós años.

La abstinencia le dio otro latigazo. Se sentía mareado y débil.

—Inspector, ¿hay algo que podamos hacer por ella? Quiero decir, ¿algo más allá de lo obvio? —preguntó Bill, con la voz quebrada. La ingenuidad seguía allí, pero ahora envuelta en una capa de dolor.

Hank se puso de pie lentamente, obligando a sus músculos a obedecer.

—Sí, Bill. Podemos devolverle su nombre, de verdad.

Podemos atrapar a quien hizo esto y asegurarnos de que el juez no tenga excusas para dejarlo ir.

Eso es lo único que podemos hacer. De ahora en adelante, esto no va de tu malestar estomacal.

Va de Erin Gabassi. Aquí la encontraron.

Nuestro primer trabajo es saber por qué.

Se giró hacia el joven detective.

—Toma el perímetro, Bill. Habla con los que encontraron el cuerpo. Nombres, números, y dónde estuvieron desde que llegaron. No te alejes hasta que yo te dé permiso. Y no vomites. Necesitas la cabeza fría.

Bill asintió, todavía verde. Se fue hacia el perímetro con la libreta en la mano, apretando la mandíbula, y vomitó una vez más detrás de un árbol. Luego se limpió la boca y empezó a trabajar.

Hank caminó hacia el doctor Weiss. El dolor del pecho seguía ahí. Hank lo llamó adrenalina.

—Doctor, necesito algo que pueda llevarme. ¿Esto es la obra de un psicópata o de un novio despechado? —preguntó.

—Mucha rabia, Hank —respondió Weiss, sin dejar de trabajar—.

Pero no me hagas decir más antes de la autopsia.

La rabia no tiene firma: vale igual para un novio que para un desconocido.

Y por el amor de Dios, Hank, ¿cuándo fue la última vez que dormiste?

Pareces recién bajado de un tren de carga. Estás temblando.

Hank ignoró la crítica.

—Dime una cosa que sepa. Cualquier cosa, doctor.

—Tiene una pequeña flor tatuada en el tobillo derecho.

Muy bien hecha. Y mira esto. —Weiss señaló su mano—.

No hay joyas. Pero debajo de las uñas puede haber algo.

Lo mandaré al laboratorio. No te prometo que dé un perfil, pero es posible que haya luchado y que se haya llevado un recuerdo de su agresor.

Hank se agachó para mirar.