Capítulo 13
Clara, su esposa, dejó el periódico doblado con una precisión casi violenta sobre la isla de la cocina. Llevaban una década en ese punto: la calma que precede a un portazo o a un grito.
—¿Tienes que ir hoy? —La voz de Clara era baja y sin filo, la de quien ha dejado de pelear.
Hank movió la cabeza, que ya le punzaba. La necesidad de un trago no era un pensamiento, sino una presión física.
—Sí. Es… la charla de control de pruebas. Ya sabes. El castigo.
Clara soltó una risa seca y fugaz.
—Oh, lo sé, Hank. Lo sé perfectamente. Es el castigo por haber llegado tarde dos veces la semana pasada y por haber confundido al capitán con un árbol en el estacionamiento.
—Hizo una pausa y sus ojos por fin se encontraron con los de él—.
No es el castigo por lo que haces en la comisaría, cariño. Es el castigo por lo que haces aquí.
Hank sintió el familiar ardor defensivo en el pecho.
—Ya hemos tenido esta conversación. No me gusta, ¿vale? Me está consumiendo. Estoy haciendo un esfuerzo. —La mentira salió tan suavemente que casi se la creyó.
Clara se acercó y apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Tú no estás haciendo un esfuerzo, Hank. Tú estás sobreviviendo en el bar. Estás dejando que tu vida se evapore en ese rincón oscuro de cuero desgarrado. Y sabes, es irónico. Tan irónico que no puedo creer que fuera tan estúpida.
—¿Qué es irónico, Clara? —preguntó Hank, con la voz ronca.
—Mi madre —respondió ella—. El día de nuestra boda, en el estacionamiento de la iglesia, me agarró el brazo y me dijo: «Clara, no te cases con un hombre que pasa más tiempo buscando consuelo en el alcohol que en tu cama». Lo dijo exactamente así.
Hank se levantó de la mesa y se puso la chaqueta de cuero gastada.
—Tengo que irme —dijo.
Clara cerró los ojos y se dio la vuelta hacia el lavabo, como si él ya no existiera.
Hank se detuvo en la puerta, con la mano en el marco.
—Volveré pronto —dijo.
—Eso también lo dijiste ayer —respondió ella, sin volverse.
Diez minutos más tarde, Hank estaba sentado en el taburete acolchado del bar El Ancla.
Dos sombras más poblaban la barra a esa hora: un anciano dormido sobre su cerveza y un hombre de mediana edad que parecía haberse puesto la ropa sin mirar.
—Tan temprano por aquí, Beaumont —dijo el segundo, con voz arrastrada.
Hank asintió con un gruñido.
El camarero de la mañana, un hombre silencioso y calvo, deslizó un vaso de whisky sobre la barra sin que Hank tuviera que pedirlo. Era un ritual.
Hank lo bebió de un trago. El líquido caliente le raspó la garganta y, por un instante bendito, silenció el ruido ensordecedor de su cabeza.
Su cuerpo lo procesaba con una eficiencia silenciosa. Lo único que lo delataba eran los ojos, rojos y húmedos.
Se pidió una segunda dosis. Esta vez bebió más despacio, saboreando el lento adormecimiento.
A las 9:30 a. m. se obligó a levantarse. Se echó agua fría en la cara en el baño de El Ancla, se puso su corbata torcida y se dirigió a la comisaría.
La sala de entrenamiento era un espacio anodino.
—Buenos días —comenzó Hank—. Soy el inspector Hank Beaumont. Hoy vamos a hablar de la Cadena de Custodia. No es glamoroso. Pero si esto falla, todo lo que hacemos allá afuera se cae. ¿Entendido?
Sentada en la tercera fila estaba la agente Jennifer Connor Alvarado, Genny para abreviar. Era una policía recién graduada.
Hank se encontró enderezándose.
—La evidencia es un lenguaje —continuó.
Genny levantó la mano justo cuando Hank estaba a punto de pasar a la diapositiva de las huellas dactilares.
—Inspector Beaumont —dijo, con la voz clara—, si llego primero y el perímetro está sin asegurar, ¿qué va antes: asegurarlo o anotar la hora exacta?
Hank sonrió, una curva leve y casi olvidada.
—Asegurarlo. La hora se reconstruye con testigos y registros; una prueba contaminada no se recupera.
Genny asintió lentamente y escribió las palabras con dedicación.
—Y si la bolsa de pruebas se rompe en el traslado —insistió—, ¿se rehace el precinto o se abre una bolsa nueva?
—Bolsa nueva, y el precinto roto se guarda dentro, con una nota. Quien lo rompió firma y pone la hora. —Hank la miró—. Eso no lo pregunta nadie desde la tercera fila.
—Desde aquí se ve mejor —dijo ella.
El curso terminó a las 11:30 a. m. Los diez agentes salieron corriendo. Hank se quedó recogiendo sus notas.
—Inspector Beaumont.
Era ella. Genny estaba de pie junto al podio.
—Agente Alvarado —respondió Hank.
La conversación se prolongó durante veinte minutos, cubriendo procedimientos complejos. Hank se sentía renovado.
—Gracias —dijo Genny, cerrando su cuaderno—. Usted le da alma a estas reglas. Por cierto… creo que usted conoce a mi padre.
Hank se sorprendió; no esperaba que alguien mencionara a un conocido en ese contexto.
—¿Ah, sí? ¿Quién es tu padre?
—Mi padre es Walter Connor —dijo Genny, sonriendo levemente—. Soy Jennifer Connor Alvarado. Alvarado es el apellido de mi madre.
Hank sintió un escalofrío. Walter Connor, su antiguo compañero de patrulla.
—¡Walter! ¡Claro! ¿Cómo le va? ¡Vaya, qué sorpresa!
—Muy bien, la verdad —respondió Genny—. Desde que dejó la policía se dedica a su pasión, la naturaleza. Ahora vive por ello.
—Sí, me lo imagino —se rió Hank, por primera vez de verdad en meses—. Más de una vez me explicaba cosas de pájaros y yo no tenía ni idea de lo que me decía, te lo juro.
Genny también se rió.
—Me pasa exactamente lo mismo. A veces le pregunto algo del trabajo y él me habla de migraciones y ecosistemas. Es dulce.
Hubo un momento de conexión genuina.
—Dale mis saludos —dijo Hank, sintiendo que la tensión profesional se disolvía.
—Lo haré, inspector Beaumont —prometió ella—. Y gracias de nuevo.
Se fue. Hank se quedó solo en la sala vacía y miró el reloj. 11:50 a. m.
Ella era la hija de Walter.
Se puso la chaqueta de cuero.
Hank Beaumont no se dirigió a su oficina. Caminó de regreso a la calle, bajo el cielo gris.
Regresó a El Ancla.
Se sentó en su taburete habitual. El camarero silencioso deslizó el vaso.
Pidió otro antes de que el primero terminara de bajar. Esa tarde no volvió a la comisaría.
La raíz estaba plantada. Esa tarde la regó con whisky.
Las palabras de Clara le habían seguido todo el día, como un eco: Es el castigo por lo que haces aquí.
Esa noche era la de póker en el garaje de Tom Reilly. Tom, un policía de narcóticos con una barba tan poblada como su colección de herramientas eléctricas, organizaba la reunión bimensual. El garaje tenía manchas de aceite en el suelo, cajas de pizza recalentada y latas vacías de reuniones pasadas.
Hank llegó tarde, como de costumbre. Tom, junto al detective Lenny Stone, de Robos, y otros dos compañeros, ya estaban sentados alrededor de una mesa plegable cubierta con un fieltro verde manchado. La luz ámbar de una lámpara de cuello de cisne les caía sobre los rostros cansados.
—Mira quién se dignó a aparecer —saludó Tom, señalando la silla vacía con una lata de Bud a medio terminar. La reprimenda era suave, un mero ritual.
Hank no respondió al saludo; fue derecho al bar improvisado. Era Jack Daniel's. Se sirvió un vaso generoso y lo bebió en dos tragos largos. La voz de Clara se volvió, por un rato, menos audible.
La noche transcurrió entre humo y charla. El póker, Texas Hold'em, era una excusa: lo que venían a hacer era desfogarse.
—Yo tengo un caso ahora mismo de un tipo que lleva un mes hablando con la tostadora —dijo Lenny Stone, con la voz plana de los que han visto demasiado, sin apartar los ojos de las cartas—.
Dice que le da consejos financieros. Y la tostadora, al parecer, le está yendo bien.
No puedo archivarlo porque no ha cometido ningún delito, pero ¿tengo que escucharlo?
—Pídele un dato de bolsa —dijo Hank, sin levantar la vista—. Y si acierta, la detienes por información privilegiada.
La mesa se rio. Hank no: iba por el tercer whisky.
Hank se sirvió otro, el quinto o sexto. Sentía los ojos de Tom sobre él, con una pregunta que no llegaba a hacer.
—Necesitas vacaciones —le dijo Tom, mientras repartía las cartas, sin mirarlo directamente—. Llevas con esa cara de whisky y café rancio desde Navidad. Tómatelo con calma, ¿vale?
Hank ignoró el consejo. Jugó todas las manos, bebió todos los tragos.
A medida que la noche se hacía más profunda y los temas se volvían más surrealistas —desde la mejor manera de descongelar un pavo hasta la posibilidad de que el capitán fuese un reptiliano—, el dolor se fue quedando atrás, tras una niebla de alcohol.
Cuando amaneció, ya cerca de las 5 a. m., el juego terminó con una resaca colectiva y un montón de billetes arrugados. Hank no recordaba si había ganado o perdido. Lo último que registró fue tropezar con una pila de neumáticos viejos y caer en el sofá de cuero sintético de la esquina.
El sol ya estaba alto cuando despertó, con la nuca y la cabeza doliéndole. Se levantó con un gruñido y notó la chaqueta de Tom sobre él. El garaje estaba limpio y Tom había dejado café caliente en un termo y unas aspirinas, con una nota en la tapa: «Cierra al salir. Y come algo.»
Hank bebió el café negro y fuerte, que apenas mitigaba el malestar. Eran las diez y media de la mañana. Se había perdido la mañana.
Era jueves, 24 de marzo. Condujo a casa con el sol de cara, con cinco horas de sueño en un sofá y el estómago vacío. Aparcó frente al edificio sintiendo el mismo pánico que al acercarse a una escena del crimen.
El apartamento estaba inusualmente silencioso. Demasiado. No había café en la cocina, ni el sonido de Clara leyendo, ni el ligero tecleo de su computadora.
Entró en el dormitorio. La mitad de la cama de Clara estaba perfectamente hecha. La otra mitad, la suya, era un revoltijo de sábanas.
Sobre su almohada encontró un sobre de papel blanco, doblado a la mitad, con su nombre escrito en la caligrafía elegante y decidida de Clara.
Las manos le temblaron. No por el whisky. Abrió el sobre. Dentro había una nota concisa, sin florituras ni ira. Solo hechos.
Hank: