Capítulo 12 #2
Josh suspiró y recogió sus papeles. La frustración seguía ahí, pero mezclada con una resignación de oficio.
—Está bien. Come algo, aunque sea gris. Usaremos tu tiempo ahí dentro. Pero la defensa va primero. Lo otro, si quieres jugar a Sherlock Holmes, es cosa tuya. —Hizo una pausa y su voz se suavizó—. Todo esto… las chicas de Hallets Point, tanto detalle… ¿Esto sigue siendo por Ezra, verdad?
La rutina en la unidad de Custodia Protectiva era monotonía controlada.
El aire acondicionado zumbaba con un tono bajo y constante, y los ruidos de Samuel eran los únicos marcadores del día.
Elías pasaba las horas colocando mentalmente cada objeto de su piso, como en una cocina antes del servicio, intentando recordar qué estaba fuera de lugar la noche de su detención.
El lunes, cuatro días después de su ingreso, un golpe metálico y un grito rompieron el ritmo a media mañana.
—¡Finch! ¡Visita! Vamos, muévete, a la sala de espera —ladró el oficial de turno.
Elías levantó la cabeza de la litera. No esperaba a Josh hasta la tarde, y una visita tan temprana era inusual para un preso bajo PC. Su lista de contactos personales era inexistente. ¿Quién cruzaba el puente de Rikers para verlo, aparte de su defensa? Se puso de pie con lentitud deliberada.
La caminata hasta la sala de visitas fue el ritual de siempre: esposas de metal frío, la mano tosca en la espalda.
La sala tenía mamparas de plexiglás amarillento y teléfonos mal limpiados.
En el cubículo de al lado un hombre lloraba en voz baja; Elías no miró.
«Veinte minutos», avisó el oficial. En el cubículo asignado, Elías se sentó, se llevó el auricular a la oreja y levantó la vista hacia la figura del otro lado.
Era Peter Maco.
El novio de Reese Ellison. El hombre que había entrado en el piso de Elías con la mirada fría de un acusador y se había marchado con la confusión de quien ha visto una grieta en la versión de la policía.
Llevaba un jersey gris y la cara castigada por el insomnio, pero ya no era solo dolor lo que había en su mirada.
Había pedido la visita y esperado cuatro días a que se la aprobaran.
—Peter. Qué sorpresa —dijo Elías, con la voz serena que llegaba por el auricular—. Pensé que me considerarías demasiado peligroso para una visita. Es un riesgo que vengas.
Peter se apoyó en el plexiglás y acercó el auricular despacio, como si todavía discutiera consigo mismo.
—Vine porque necesitaba saber. Necesitaba verte los ojos y oírte la voz fuera de un interrogatorio, o de tu cocina —dijo, en voz baja y tensa—. Estás aquí, en Rikers. La policía dice que eres el monstruo de Hallets Point y la prensa ya ha sellado el trato. Y sin embargo yo… tengo dudas.
Elías asintió.
—Las dudas son mejores que la certeza, Peter.
La policía no piensa, reacciona. Soy el principal sospechoso porque fui la última persona ajena al grupo que las vio con vida.
Necesitaban un culpable que fuera «diferente», un chef obsesionado, un artista que perdió la cabeza.
No encontraron al fantasma y me eligieron a mí.
—Estuve en tu casa. Vi tu cocina, vi cómo cuidas cada detalle. Y sé cómo funciona el sistema: tienen una causa probable débil. Ser el último en irse y la histeria de los medios. Un fiscal necesita bastante más.
—Eso dependerá de lo que encuentren —dijo Elías—. Pero no has venido para hablar de eso. Y estos teléfonos se graban, Peter. Piensa lo que dices.
—No tengo nada que esconder.
—Dime, Peter: ¿te parezco el tipo de hombre que, si quisiera planear una matanza, dejaría un rastro tan fácil como un servicio de cátering perfectamente localizable? Me paso la vida anticipando cada fallo. Si el asesino es metódico, no soy yo. Si es un impulsivo, tampoco.
Peter negó con la cabeza, sin dejar de escudriñar cada gesto de Elías.
—Eso no prueba nada, Elías. Un asesino metódico también comete errores.
Y hay gente muy meticulosa que mata. —Hizo una pausa—.
Pero no, no lo pareces. La policía te vendió como un hombre derrumbado, un fracaso artístico convertido en ira.
Cuando hablamos, eras un hombre en control. Frustrado, sí, pero no roto.
—No te pido que me creas por cómo cocino. —Elías se reclinó—. Si estoy aquí no es por miedo, es por elección. Yo no maté a Reese ni a sus amigas. Tú estuviste cerca de ella. La amaste. Y si no fui yo, quien lo hizo fue a por ellas, no a por mí.
Hizo una pausa y miró fijamente a Peter a través del plexiglás.
—En un crimen así se empieza por preguntarse si fue azar o si las conocía. La policía se quedó con el azar, que además me tenía a mí de protagonista. Yo no lo tengo tan claro. Me inclina a pensar que quien lo hizo sabía lo que hacía. Me inclina, nada más.
Peter no dijo nada.
—Voy a decirte algo que quizá te duela. Tú la conocías mejor que nadie. Yo solo la vi esa noche. Anna Pados, que pagó el servicio, fue la más efusiva. Reese, que era la anfitriona, me pareció la más callada. Contenida, con una tensión que las otras tres no tenían.
Peter se removió, incómodo.
—Eso es lo que no me encaja. Reese no era reservada con los suyos. Era directa, hablaba claro, se reía fácil. Por eso me extrañó que la vieras así. Si estaba callada esa noche, pasaba algo muy gordo. No era ella.
—Yo la vi más cargada —dijo Elías, eligiendo la palabra con cuidado—.
Como si llevara un peso que no podía compartir con sus amigas.
Si la persona que lo hizo las conocía, la pregunta no es quién las odiaba.
La pregunta es quién tenía un motivo lo bastante grande para callar a Reese, y qué pasó con las otras tres, que estaban allí.
Peter lo miró con recelo.
—Eso es mucho decir sobre alguien a quien viste tres horas.
—Es lo que vi. Puedo estar equivocado.
Elías continuó, sin levantar la voz.
—¿Creías que Reese te lo contaba todo? ¿Había cosas que solo sabías tú? ¿O cosas que no sabías en absoluto?
Peter dudó y pasó el pulgar por el auricular.
—No lo sé. Éramos honestos, creo. Pero todos tenemos sitios que no se enseñan. Ella estaba muy unida a su abuela, Elsie. Había cosas de su infancia de las que le costaba hablar. Cosas de sus padres.
—¿Un ex que no lo hubiera aceptado? ¿Alguien que la siguiera, un admirador?
—No. Estábamos bien. Reese era directa, no se andaba con juegos. Y los ex… todos se cortaron limpio. —Frunció el ceño—. ¿Por qué te centras en ella? Eran cuatro.
—Porque era la anfitriona, y la que cargaba con algo —dijo Elías—. Las otras tres parecían contentas. Ella, no. Si cargaba con algo, quizá el asesino apuntó a ella, y las demás estaban donde no debían.
—O quizá no —replicó Peter—. O quizá estás armándome una historia con lo único que tienes, que es una impresión de tres horas.
—Quizá —concedió Elías.
La presión de Elías era sutil. No lo acusaba, solo lo obligaba a mirar de nuevo a la mujer que había amado. Peter bajó la vista; Elías vio que había sentido el aguijón. Respiró hondo.
—He estado investigando, Elías —admitió—. Desde el día que te conocí. Me hice una promesa.
Sacó del bolsillo una hoja doblada y la apoyó contra el cristal. Elías distinguió cuatro columnas de letra pequeña y apretada, con flechas que iban de un lado a otro y nombres tachados y vueltos a escribir.
—Intenté meter orden en el caos. Lo llamé el «Cuadrante de la Verdad».
Apunté todo, desde lo que sé de ti hasta los fallos de la policía.
Y llegué a una conclusión parecida a la tuya: se han equivocado en tantas cosas que lo que dicen del asesino no se sostiene.
Fui a ver a su abuela, Elsie, que la crio desde los doce años, cuando murieron sus padres.
Me contó algo que la policía no sabe, y que quizá sea esa carga.
Elías escuchó con atención.
—No eran cuatro. Eran cinco —reveló Peter—. De pequeñas eran cinco. Patricia Wells. Se quedó en Albany cuando las otras se fueron a la universidad. Se distanciaron hacia los diecisiete años, sin más. ¿Y si quien lo hizo tenía un motivo antiguo? ¿Una amiga a la que dejaron atrás?
Elías se inclinó, y por un instante su cara dejó ver un interés verdadero.
—Patricia Wells. Un nombre nuevo. Es la clase de dato que la policía no ha mirado, porque nadie se lo ha dado. ¿Qué más sabes de ella?
—Nada. Solo que se quedó en Albany. Es mi siguiente paso. Pero hay algo más, y no sé qué pensar. En los álbumes de Elsie, Reese no se parece a nadie de su familia. El pelo, la barbilla, los ojos verdes. Me pregunto si sabía algo de dónde venía. Si era adoptada.
—Puede que no sea nada. Hay gente que no se parece a nadie. Pero Elsie no quiso hablar de eso, y no sé si es porque no sabe o porque no quiere.
Elías lo procesó rápido. Si Reese hubiera sospechado algo así, la carga que él había creído ver podía ser eso, y no celos ni un ex: una pregunta sobre quién era. Y si alguien más sabía la respuesta, la cena podía haber sido otra cosa de lo que parecía. Pero eran muchos «si» uno encima de otro.
—Peter —dijo con voz medida—. Eso es una hipótesis, y de las flojas.
Un parecido no prueba nada, y yo no apostaría una cena a ello.
Pero nadie ha hecho esa pregunta, y eso ya es algo.
Si Reese tenía un origen que no conocía, ese es un lugar donde mirar.
No sabemos si tiene que ver con lo que le pasó.
—Lo sé. —Peter se frotó los ojos—. Por eso no se lo he dicho a nadie.
—Piénsalo así —añadió—. La policía busca asesinos, no archivos de adopción ni secretos de familia, y por eso no ha mirado ahí.
Eso no quiere decir que haya algo; quiere decir que nadie ha mirado.
Y las personas que unirían a Reese con un secreto así son pocas: quien se quedó atrás o alguien de la familia de sangre. Si es que lo hay.
—Empieza por lo que puedas comprobar. Patricia Wells. Es la parte más fácil de encontrar.
—Y a la policía, ¿se lo cuento?
—Cuando tengas algo sólido. Hasta entonces solo es una foto.
—Si encuentro algo, se lo diré a quien tenga que saberlo —dijo Peter, con firmeza—. No te lo voy a prometer.
—Como quieras.
Peter se quedó mirándolo.