Capítulo 12 #3
—¿Y por qué me lo dices a mí, Elías? Si eres inocente, ¿por qué no se lo cuentas a tu abogado?
—Josh trabaja para la defensa, y esto no le sirve en un juicio. A ti sí. Además, tú ya estabas en ello. Yo solo te ahorro un par de semanas.
Peter asintió despacio y se puso de pie. Parecía exhausto, y a la vez más despierto que al llegar.
—No sé si me fío de ti. Pero no tengo a nadie más con quien hablar de esto.
—Es suficiente.
La puerta de la sala se cerró con un golpe sordo y a Elías le pusieron las esposas otra vez.
Mientras lo llevaban de vuelta por el pasillo, Elías repasó la visita. Peter no se fiaba de él, y hacía bien. Pero se había ido con un nombre y un sitio por donde empezar. De momento bastaba. Y la pregunta sobre Reese ya estaba sembrada; ahora había que dejarla crecer sola.
De vuelta en la celda, Samuel dormía la siesta, roncando a un ritmo parejo. Elías se sentó en la litera de abajo, se pasó la manga áspera del uniforme por la cara y cerró los ojos.
No tenía dinero para contratar a un investigador privado de primera. Tenía a un hombre fuera con una razón para buscar y ninguna garantía de que buscara bien. Dentro tenía una celda, una litera y tiempo. Tendría que esperar a ver qué traía.
Samuel llevaba un rato tumbado de espaldas, mirando la unión de dos tuberías junto al techo.
—Mira eso. La mota de moho. Justo en el cruce de las tuberías. Lleva ahí tres meses. No crece. No encoge. Tres meses de estabilidad. Es la única certeza que tengo aquí, un punto quieto en un mundo que se mueve sin sentido.
—La estabilidad no es un logro, Samuel —dijo Elías—. Aquí nadie quiere destruir ni mejorar nada.
Samuel se rascó el cuello despacio.
—Tú y tu orden. Siempre me han contado eso de los de tu tipo: medir la sal y la pimienta de la vida. Pero mira dónde terminaste. En el único sitio donde no controlas ni el menú ni la hora de la ducha. Aquí eres un número, no un chef.
—Estoy aquí por una excepción, no por la regla —dijo Elías, y miró también el techo—. Una variable que se salió de control, y hay que corregirla. Fuera, la gente dice que quiere orden, pero lo que quiere es hacer ruido sin consecuencias. Se queja del martilleo del vecino, del jefe, del tráfico.
—Eso lo dice un cocinero.
—Pero tu problema, Elías, es que le entregaste el control a un jurado. Y esa es la ironía, ¿no crees? Tu coartada impecable es lo que te trajo al sitio más caótico del mundo. Una celda sin sabor ni lógica.
—Aquí predecir es saber que la luz se apaga a las diez y veinte, no a las diez en punto. Que la sopa va a ser gris y va a saber a jabón. Y que yo ronco. Si lo sabes y lo aceptas, vives mejor. La única libertad que te queda es mirar tu propia jaula. Eso, y la mota de moho. Ella no espera nada.
Elías cerró la libreta del economato que tenía entre las manos. El clic del bolígrafo fue el sonido más fuerte de la celda.
—El martilleo de aquella noche se detuvo. Lo noté. Y no creo que se detuviera porque sí.
Samuel no dijo nada más. Se quedaron en silencio un minuto largo. Elías respiró hondo y apartó la cabeza de la defensa.
—Samuel, necesito algo que no está en los expedientes de la policía, sino en las grietas de este lugar. Un chico. Murió ahorcado a principios de este mes. Ezra Kuzma.
—¿Ezra? Todos lo conocíamos. Era un niño en el cuerpo de un joven. Ingenuo, asustadizo. Nunca debió estar aquí.
—¿Qué sabes exactamente?
—Coincidí con él en la enfermería. Lo llevaban a menudo. Decía que se caía, que se daba contra el borde de la litera. Pero yo no lo vi caerse. La policía dijo que fue un suicidio.
—¿Abuso físico? ¿O algo más?
—Se decía que sexual. Es un rumor, ¿vale? De los que todos fingen no oír, porque es más fácil. Pero era demasiado vulnerable, y aquí la vulnerabilidad se paga de una manera que te helaría la sangre, incluso a ti, Finch.
—¿Sabes quién? ¿Llegó a decir nombres?
—Conmigo no. Yo era el callado de la cama de al lado. Si quieres saber quién le hizo eso, o quién lo llevó hasta ese punto… yo no soy la biblioteca. Soy solo un lector.
—¿Hay alguien aquí que archive ese tipo de información?
Samuel sonrió.
—Si alguien sabe más que el resto, que no piensan más allá del próximo cigarrillo… si alguien ha ido anotando las deudas, los secretos y las debilidades de este sitio, ese es Leonard «El Viejo» Thompson. Juega al ajedrez en el patio. Siempre con una mano en la partida y la otra en el negocio.
—Leonard Thompson —repitió Elías.
—Ese. Todo el que quiere saber algo acaba preguntando por él; no tiene nada de especial. Y no le pidas nada gratis. Ni te fíes de lo que vende: lo que vende no siempre es lo que tiene.
A la mañana siguiente, el sol de Rikers era un brillo pálido sobre el hormigón.
En el patio de la unidad, en el turno reducido que les correspondía, había dos mesas de ajedrez, cuatro hombres y un oficial apoyado en la valla.
Elías localizó a Leonard «El Viejo» Thompson en la primera mesa.
La partida estaba en la fase media, y Leonard estaba atascado. Elías se detuvo justo detrás de él.
—Caballo a e5.
Leonard, que no había notado a nadie, se sobresaltó.
—Vaya. ¿Tenemos un listillo? ¿Qué quiere este payaso?
Elías repitió la jugada con calma.
—Caballo a e5. No te lo pido. Es la única que no te cuesta la dama.
Leonard se giró muy despacio.
—Además de asesino de alta cocina, gran maestro de ajedrez. Eso no me lo esperaba, Finch.
Consideró la jugada y la ejecutó. El oficial de la valla miró la partida un segundo y volvió a mirar el cielo. Diez movimientos después, su rival se rindió.
—Siéntate, Finch. No me gusta deberle nada a nadie. Me has salvado el orgullo y veinte dólares. ¿Quieres una partida? Y, por cierto, ¿cómo lo viste tan rápido?
Elías se sentó.
—Lo calculé. Una partida es secuencia. Acepto.
Leonard puso las piezas. Elías adelantó un peón a f4.
—Juego con blancas. Thompson, no he venido a entretenerme. Me han dicho que usted es quien sabe lo que pasa detrás de los muros.
—La información es la única moneda que hay aquí, Finch. Pero no sé de qué me hablas. Mueve.
Elías movió el peón a e3.
—Basta de rodeos. Ezra Kuzma. Un chico. Murió ahorcado. La versión oficial es que se ahorcó él. Necesito saber quién lo acosó, quién lo llevó hasta ahí.
Thompson levantó la vista del tablero.
—¿Ezra Kuzma? ¿El pobre chico? Sí, lo conocía. Una lástima. No merecía lo que le pasó. Era blando, y en este sitio lo blando se rompe rápido.
—No te pido compasión, Thompson. Te pido nombres.
Leonard sonrió, una sonrisa sin calor.
—Puede que los sepa. Puede que no. Pero aquí todo tiene un precio. La información escasea, y tú no tienes nada que ofrecer, salvo el poco respeto que te has ganado con ese caballo.
—¿Qué quieres, Thompson?
—Dinero, amigo. Aquí todo es dinero. Mil dólares por el nombre de los que tocaron a Ezra. O por el de quien ordenó que nadie viera nada. Págame y te diré lo que quieras saber.
Elías asintió despacio.
—De acuerdo. Alguien de fuera te hará llegar el dinero cuando los nombres se sostengan. Y si me mientes, no vuelvo a sentarme a esta mesa.
Dejó la partida sin terminar y a Leonard con una sonrisa pensativa.
Mil dólares. Sin cartera y sin cuenta, dentro de Rikers, tendría que encontrar a alguien de fuera dispuesto a pagarlos.
Y un hombre que cobra por un dato no garantiza que el dato sea cierto: pagaría por los nombres que se sostuvieran, no por los que sonaran bien.
Pensó en Ezra, en el parchís, en la mano que se agarraba a la mesa.
Una cama vacía en algún pabellón, y un informe que alguien había enterrado.