Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

—Sí. Ha engordado y le han salido unas ojeras, pero es él.

Era más… elegante entonces. Más afilado.

Vino aquí hace unos doce años, creo. Montó la tienda y se hizo el rey durante un par de años.

Luego, como digo, se evaporó. —Se rascó el bigote—.

Y ahora que lo pienso, ese Caprice azul…

Creo que se lo vendí yo a él, en efectivo, sin muchos papeles. Pero no se lo juraría.

—¿Recuerda a alguien en concreto? —preguntó Genny—. ¿Algún amigo cercano, alguna pareja estable?

—Parejas estables tenía tres a la vez, ¿sabe? Pero la que más sufrió fue Alicia. Era la chica más dulce de este pueblo, y él la dejó hecha polvo. Cuando se fue, ella tuvo que volver a casa de sus padres. Sigue viviendo aquí, en la casa de la familia, justo al lado del lago. —Les dio la dirección.

Genny y Hank agradecieron al hombre y salieron del concesionario.

—Michael O’Hara —dijo Genny, volviendo al coche—. Vino hace doce años, se fue hace unos diez. Eso le da dos años para sembrar el caos en este pueblo.

—Dos años. Tenemos que ir a la comisaría local. Necesito ver los archivos de personas desaparecidas de esos años.

La comisaría de North Creek era pequeña, de dos plantas y aspecto prefabricado. El jefe de policía, el sargento Earl Dawson, un hombre corpulento de bigote grisáceo, no estaba acostumbrado a recibir visitas de detectives de homicidios de Nueva York, y menos aún con tanta urgencia.

Hank y Genny se identificaron oficialmente esta vez, mostrando sus placas.

—Sargento, necesitamos sus archivos de personas desaparecidas entre 2006 y 2010, aproximadamente. Mujeres jóvenes —dijo Genny.

El sargento Dawson se puso rígido.

—¿Por qué? ¿Qué tiene que ver nuestra pequeña North Creek con los problemas de Nueva York?

—Tenemos un sospechoso en Nueva York que vivió aquí con el nombre de Michael O’Hara —dijo Hank, sin rodeos—. Y creemos que dejó un rastro antes de irse.

El sargento suspiró y se pasó una mano por la cara. Los miró un momento más largo de lo necesario.

—Dos detectives de Nueva York, fuera de su jurisdicción, sin aviso previo ni papeles. Debería llamar a su comisaría.

—Puede hacerlo —respondió Genny, sosteniéndole la mirada—. Pero es una consulta entre colegas. Si hay papeleo, se enterará media oficina, y nos conviene a los dos que esto se quede en una carpeta.

Dawson tardó unos segundos en decidir.

—Micky O’Hara. Sabía que ese tipo iba a ser un problema. Llevo diez años con esas dos carpetas encima y no pienso hacerles perder el tiempo. Pasen. Pero que conste que esto es un favor, y no lo voy a repetir. No se llevan copias. Leen aquí y apuntan lo que quieran.

Los condujo a una habitación trasera, polvorienta, llena de archivadores metálicos, y sacó dos voluminosos expedientes.

—Tuvimos dos casos abiertos en ese período. Mujeres jóvenes. Nunca se resolvieron —dijo, y puso los archivos sobre una mesa sucia.

El primero era el de Sarah Jenkins, de veintiún años. Había desaparecido en la primavera de 2008. Estudiante de la universidad local, trabajaba a tiempo parcial en una cafetería.

El segundo era el de Emily Voss, de veintitrés. Había desaparecido en el otoño de 2008, recién graduada, después de una discusión con su prometido, y nunca había vuelto.

Genny estudió las fotos. Ambas mujeres eran jóvenes, hermosas, con un aire de inocencia.

Hank leyó los informes policiales.

—Ambas desaparecieron sin dejar rastro y sin forcejeo evidente en el lugar. Las búsquedas fueron exhaustivas, pero no encontraron nada.

—¿Y Michael O’Hara era sospechoso? —preguntó Genny.

El sargento asintió, con el rostro sombrío.

—Claro que lo era. No era un residente habitual, tenía labia, y Sarah Jenkins trabajaba en una cafetería a la que él iba a menudo. Y Emily Voss y su prometido frecuentaban el bar donde O’Hara se pasaba las noches ligando.

—¿Qué lo hacía sospechoso en particular?

—Su coartada era vaga. Tenía una tienda de ropa y decía que estaba haciendo inventario, solo y sin testigos.

Lo que de verdad nos hizo sospechar fue cómo se comportaba.

Estaba demasiado tranquilo. Demasiado cooperativo.

Cuando lo interrogamos, sonreía. Y luego, antes de que pudiéramos conseguir una orden para registrar su casa, cerró la tienda y desapareció.

—Señaló el expediente—. Nunca tuvimos nada sólido, y sin cuerpos no había dónde buscar huellas ni ADN. No pudimos acusarlo.

—¿Alguna pista después de que se fuera? —preguntó Genny.

—La madre de Sarah llama cada primavera. Todavía —respondió Dawson.

Hank y Genny compartieron otra mirada. La actitud que describía el sargento encajaba con la de Jacob St. Pierre: el hombre tranquilo, siempre cooperativo. Pero no era una prueba.

—Sargento, ha mencionado a una pareja. Alicia. ¿Podemos hablar con ella? —preguntó Genny.

—Sí. Alicia Johnson. Vive a orillas del lago. Estuvo muy mal después de que Micky la dejara. Pero si alguien sabe cómo era ese tipo, es ella. —Les dio la dirección, con una advertencia—. Sean cuidadosos con ella.

La casa de Alicia Johnson era una cabaña de madera modesta y bien cuidada, con un porche que daba a un lago quieto y gris. Al acercarse, vieron a una mujer de treinta y tantos años, con el pelo rubio recogido y los ojos cansados. Estaba podando unos arbustos.

Genny y Hank se acercaron despacio, con las credenciales en la mano. Alicia los miró con cautela. Genny se presentó primero, con una voz baja y calmada, y explicó que investigaban a un antiguo residente de North Creek, Michael O’Hara, por un caso grave.

Al oír el nombre, Alicia se puso visiblemente tensa. Dejó las tijeras y se sentó en el escalón del porche.

—Ha pasado mucho tiempo. Pensé que me había librado de ese nombre.

—Sabemos que fue difícil, señora Johnson —dijo Hank, poniéndose a su altura—. Pero lo que nos cuente podría ayudar a una investigación en Nueva York. Queremos saber cómo era él de verdad, no el hombre que intentaba ser.

Alicia respiró hondo y miró hacia el lago.

—Micky… Michael. Cuando llegó era encantador. Tenía labia, sabía vestir, era ambicioso. Aquí eso es raro. Venía de la nada, pero se presentaba como el que iba a conquistar el mundo.

Les contó que le había prometido salir de North Creek, viajar, abrir una tienda de ropa de lujo.

—Al principio yo era la única. O eso creía. Luego su éxito con las mujeres se convirtió en su identidad. Empezó a irse por las noches, a desaparecer los fines de semana. Y cuando se lo recriminaba, se ponía muy a la defensiva.

—¿Agresivo? —preguntó Genny.

Alicia asintió, con los ojos llenos de lágrimas.

—Al principio, verbal. Insultos. Decía que, si yo fuera más guapa, más delgada, más «agradecida», no tendría que buscar fuera.

Un día le encontré el recibo de un hotel.

Se lo lancé y él me empujó contra la pared.

No me hizo daño grave, pero me asusté. Creía que yo era de su propiedad, pero él podía hacer lo que quisiera.

Hank sacó la foto.

—¿Lo reconoce?

Alicia la tomó con manos temblorosas.

—Sí. Ha envejecido, pero es Micky. Esa mirada fría… esa sonrisa.

—Señora Johnson, durante el tiempo que estuvieron juntos, ¿desapareció o tuvo algún comportamiento extraño?

—Mucho. Sobre todo al final. Antes de que él desapareciera, hubo un par de chicas que se esfumaron.

Todo el pueblo hablaba de eso. Micky se ponía furioso si yo mencionaba los nombres.

Decía que las mujeres siempre desaparecen cuando tienen la oportunidad de huir.

—Alicia se frotó los brazos—. Y justo antes de irse estaba muy nervioso.

Compró un bidón grande de gasolina para «limpiar» el trastero de su tienda. Dijo que tenía basura que quemar.

—¿Conoció a Sarah Jenkins o a Emily Voss? —preguntó Genny.

—A Sarah, de la cafetería; Micky iba todas las mañanas. A Emily solo de vista. Él decía que no eran amigas de nadie.

Genny y Hank se miraron. Podía ser basura. Podía ser otra cosa. Ninguno de los dos lo dijo en voz alta.

—¿Y no le dijo adónde iba cuando se fue? —preguntó Genny.

—Una noche simplemente se fue. Dejó una nota diciendo que yo no estaba a su altura, que se iba a donde pudieran apreciar su talento.

Al día siguiente el coche no estaba y la tienda estaba vacía.

Le gustaba inventar historias, pero una vez, borracho, me dijo que era de un pueblo miserable de Arkansas.

Beebe. Me dijo que nunca lo buscara allí. Que eso era el pasado.

Arkansas. Beebe. Un punto de origen real, o al menos una tercera identidad.

Genny le tendió una tarjeta.

—Señora Johnson, gracias por su valor. Si recuerda algo más, cualquier cosa, por pequeña que sea, llámenos. Ha hecho algo muy importante hoy.

Mientras se alejaban, Hank sintió que la frustración se había convertido en caza.

—Michael O’Hara —dijo—. Micky. Se va de Michigan cuando la policía empieza a apretar por las desapariciones y aparece unos años después en Queens como Jacob St. Pierre. Si es el mismo hombre.

—Arkansas —dijo Genny, consultando su teléfono—.

Beebe, Arkansas. Es un pueblo pequeño cerca de Little Rock.

Vamos a tener que cambiar la ruta. En lugar de volver a Nueva York, nos dirigimos al sur.

Hay que ver sus archivos. Dos mujeres desaparecidas no son dos asesinatos, Hank, y no sabemos qué pasó con ellas.

Pero Beebe es lo único firme que tenemos sobre de dónde sale.

Y cada comisaría a la que llegamos sin avisar es una llamada a Nueva York que puede salir mal.

—Dos testigos que reconocen una foto y un coche que Phil no jura haber vendido —dijo Genny, antes de que arrancara—. Es una hipótesis sólida, no una identidad probada. Habrá que confirmarla.

Hank asintió y arrancó el Impala. Por primera vez en días sentía que perseguían algo más que una sombra.