Capítulo 11 #3
St. Pierre levantó la mirada por encima del periódico. Sus ojos azules eran fríos y sin brillo, pero sonrió.
—Probablemente no. Solo un tonto apostaría por ellos. Un equipo patético, sin casta. —Su voz era baja, rasposa, culta, con un deje de arrogancia—. Aunque uno acaba siendo fiel a los perdedores. ¿Tú de dónde eres?
—De Queens. Trabajo en seguros.
—Seguros. —Asintió, como si la respuesta le gustara—. Invito yo. Nadie debería beber solo un martes.
Hablaron de béisbol, del tiempo, del precio de todo, temas triviales que permitían a Hank observar y evaluar.
St. Pierre era un buen conversador. Preguntaba, escuchaba, devolvía las frases con una amabilidad que Hank no terminaba de creerse.
Cuando Hank miró el reloj, se dio cuenta de que le había contado más sobre sí mismo que St. Pierre sobre él.
La camarera, una mujer de unos cincuenta años, de complexión robusta y rostro cansado, se acercó a limpiar los vasos. St. Pierre le dio las gracias con una cortesía exagerada y le preguntó por su hija, por su nombre. La mujer sonrió de mala gana. Parecía conocerlo bien.
Entonces entraron dos jóvenes, estudiantes por las mochilas y las risas ruidosas, y se sentaron cerca de la máquina de discos. St. Pierre dejó el periódico y las miró un momento.
—Qué felices parecen —dijo, sin molestarse en bajar la voz—. Es lo bueno de esa edad: todavía no saben nada.
Sonrió, y volvió a su whisky.
—Voy al baño —dijo, poniéndose de pie.
Se dirigió a la zona de los servicios, pasando junto a Genny en la esquina, que lo miró con una ceja levantada. Hank le dirigió una mirada que decía: lo tengo. Cuando regresó, St. Pierre ya se había ido. Se había despedido de la camarera, que seguía secando vasos, y había pagado las dos rondas.
Hank regresó al Taurus, donde Genny ya lo esperaba.
—¿Y bien? —preguntó ella.
—No sé qué es —admitió Hank—. Amable, educado, buen conversador. Sabe el nombre de la camarera y de su hija. Hasta que entraron dos chicas y dijo algo que no me gustó. No prueba nada, Genny. Pero tuve ganas de salir de ahí. Y el ginger ale me ha costado más que una cerveza.
Genny asintió, con el rostro sombrío.
—Elías tenía razón en algo: hay algo que no encaja. Nos concentramos en St. Pierre. Esperamos la llamada de Ricky. Necesitamos la identidad anterior de Jacob St. Pierre. Mañana volvemos a la carga. Yo en mi coche, tú en el tuyo. No podemos arriesgarnos a que nos vean juntos.
Hank asintió y encendió el motor. Habían decidido turnarse para dormir y vigilar el piso de la amante, pero la frustración los mantuvo despiertos.
A las 10:45 de la mañana, el teléfono de Genny rompió el tenso silencio. Era Ricky, el contacto del concesionario de Brooklyn, que por fin devolvía la llamada.
Genny contestó al segundo tono.
—¿Ricky? Sí, soy yo.
La voz de Ricky llegó por el altavoz y resonó en la cabina del coche.
—Soy Ricky, de Brooklyn Wheels fue una venta en efectivo y la documentación es incompleta.
—Ricky hizo una pausa—. Oye, ¿y qué pasa con la recompensa?
Esos quinientos dólares me vendrían bien ahora mismo.
Genny suspiró, recuperando su papel profesional.
—Tendremos que confirmar toda esta información, Ricky. En cuanto lo hagamos, te llamaré para que vengas a recoger el dinero.
—De acuerdo. Pero no te demores.
Ricky colgó. Genny miró a Hank.
—Michigan. North Creek. El coche estuvo allí en 2007. Creo que tendríamos que ir a ver si sacamos algo, Hank.
Hank asintió.
—Son unas diez horas de coche. Vamos en tu Impala. El Taurus no aguanta tanto.
—Vamos a casa. Nos duchamos, cogemos ropa para tres días y salimos en dos horas. Tenemos que resolver esto rápido.
Dos horas después, ya estaban en la Interestatal 80, rumbo a Michigan.
Genny conducía; Hank, acurrucado en el asiento del copiloto, miraba pasar la monotonía del paisaje.
Iban vestidos de civil, con la placa y la pistola escondidas, listos para fingir ser cualquier cosa menos policías de Nueva York.
El silencio volvió, cargado con lo que Hank le había contado dos días antes. Ella lo respetó, dejando que la radio llenara el vacío.
A eso de las tres de la tarde, Hank rompió el silencio con la voz ronca.
—Soy un fraude, Genny —dijo, sin mirar la carretera.
Genny, que conducía con la mano izquierda apoyada en la ventanilla, mantuvo la vista al frente.
—No eres un fraude, Hank.
—Claro que lo soy. El caso Perkins, el de los taxistas, la purga de la mafia rusa… todo era la solución de Elías en un sobre. Yo solo puse mi firma. —Su voz se quebró ligeramente—. Yo era la cara de la justicia, pero la obra la había escrito otro.
Esperó un momento antes de seguir.
—Hay otra cosa que no te he contado. Elías no fue el único. ¿Sabes quién va a esas cenas? —preguntó Hank, sin mirar en ningún momento a Genny—. Josh Tisdale. Y sospecho que buena parte de los datos que me llegaban salían de él.
Genny adelantó a un camión cisterna y esperó a que la maniobra terminara antes de hablar.
—¿Me estás diciendo que el exfiscal estrella de Nueva York y un chef investigan casos sin resolver y te los envían para que los resuelvas y te lleves la fama?
—Eso creo, aunque suene a novela negra —contestó Hank.
Genny se quedó un momento en silencio.
—Ellos podían haber mandado esos sobres a cualquiera: a Gatti, a un novato, a la prensa. Te eligieron a ti.
—Casualidad. Yo fui el que se acercó a Elías primero para preguntarle por Tommy. Vio una herramienta en mí.
—Elías no desperdicia su tiempo.
—Es lo que quiero creer, Genny.
—Un sobre no va a la escena del crimen, no habla con los testigos ni le pone el papel en la cara al fiscal. Eso lo hiciste tú. Y nadie se habría tragado esos casos de otro. —Hizo una pausa—. No eres un fraude, Hank.
Le tocó el hombro un segundo. Hank se quedó callado un largo momento, mirando el paisaje.
—Gracias, Genny —murmuró, con una punzada de vergüenza y gratitud.
—No hay de qué. —Retiró la mano—. Ahora, cuéntame de nuevo el caso Perkins. Con todos los detalles que no se publicaron. Necesito que mi mente se concentre en algo que no sea St. Pierre.
Y así, mientras las horas pasaban y el sol se ponía, Hank le contó el caso de Alfred O. Perkins, el industrial que se fingió secuestrado, con todos los detalles que no se publicaron. Genny escuchó sin interrumpirlo.
En el motel, Genny durmió en una cama y Hank en la otra, con la luz del baño encendida. Antes de apagar la lámpara, ella buscó «Michael O’Hara» en el teléfono. Docenas de resultados, ninguno de Michigan, ninguno con foto. Hank dormía a medias, como quien no se fía de dormir.
Llegaron a North Creek, Michigan, a la mañana siguiente, después de pasar la noche en un motel de carretera. Era un pueblo pequeño, envuelto en niebla entre los pinos, donde todo el mundo conocía el coche de todo el mundo y un Impala con matrícula de Nueva York destacaba como un cartel de neón.
El concesionario, North Creek Motors, era una casucha de madera con un cartel descolorido y una docena de vehículos usados, la mayoría pick-ups y SUV. El dueño, un hombre llamado Phil, con un bigote grueso y un mono manchado de grasa, los recibió con la cautela propia de un comerciante rural.
Genny fue la primera en hablar, con su mejor sonrisa de aseguradora.
—Hola, somos de una agencia de seguros de Nueva York. Estamos rastreando un vehículo. —Le tendió el papel con el número de bastidor—. Se vendió aquí en 2007. Queremos saber si tiene algún registro del comprador.
Phil frunció el ceño y sacudió la cabeza.
—Once años. Mire, esto es un negocio familiar y pequeño. Esos archivos están enterrados bajo capas de polvo en el sótano, si es que aún existen. Y si el coche se fue hace tanto, dudo que tengamos algo más que el nombre del distribuidor mayorista.
La pista del número de chasis se había enfriado en su origen. Hank y Genny se miraron. Tenían que cambiar de estrategia.
—Entiendo, Phil. No importa —dijo Hank. Sacó la fotografía de Jacob St. Pierre—. Pero ya que estamos aquí… ¿quizá reconozca a este hombre? Creemos que pudo vivir por esta zona en esa época. Se presenta como Jacob St. Pierre, pero sospechamos que usa nombres falsos.
Phil acercó la foto a la luz y la observó un momento. Luego se la devolvió.
—No. Mucha gente pasa por aquí. No me suena.
Hank la guardó sin insistir. Genny dejó su tarjeta sobre el mostrador y le dio las gracias. Ya estaban en la puerta cuando Phil los llamó.
—Esperen.
Había salido de detrás del mostrador. Les pidió la foto otra vez. La miró mucho más rato, y su expresión pasó de la cautela a un reconocimiento amargo.
—Vaya. Micky. Sí, claro que lo recuerdo. Micky O’Hara —dijo, con un tono que mezclaba el desprecio y la familiaridad—. El que tenía la tienda de ropa en Main Street. Michael O’Hara. Se ha cambiado el nombre, el cabrón. Perdonen, no quería líos. Pero esa sonrisa… Es él.
Hank sintió un escalofrío. Micky. Un apodo familiar.
—¿Por qué lo dice así, Phil? —preguntó, con la voz tranquila, manteniendo la fachada.
Phil soltó una risa seca.
—Porque era un creído. Un tipo de ciudad grande en un pueblo pequeño, con sus trajes y su labia, que se llevaba a todas las mujeres. Le robó la novia a medio pueblo. Un día cerró la tienda y desapareció, con deudas sin pagar. Y se ve que también cambió de cara.
Genny miró la foto.
—¿Se ve diferente?