Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Se comportó como un ciudadano ejemplar.

Se levantó sin inmutarse y dijo con voz clara: «No importa, capitán.

He venido por mi cuenta, a petición del detective.

Ha sido un placer». —Negó con la cabeza—.

Gatti se quedó blanco. Me hizo cerrar la puerta con llave, me sentó y me dijo que un paso más y estaba fuera.

Que no tocara a Finch, y que el departamento no iba a ir a la guerra por un caso cerrado.

Igual que tu capitán Lennon con el de Ezra.

Se quedó en silencio, mirando el fondo del vaso.

—Así que Jacob St. Pierre aparece en 2011 con un Caprice viejo y destrozado del que quería deshacerse. Lo que falta es el número de chasis de ese coche.

—Y ese coche nos dirá quién era antes —agregó Genny. Le tomó la mano brevemente sobre la mesa—. Tenemos que esperar la llamada de Ricky.

Hank asintió.

—Volveré a mi comisaría. Tú quédate cerca y maneja la información de St. Pierre. Si Ricky llama, tenemos que estar listos para actuar rápido. Necesitamos su identidad antes de que se dé cuenta de que lo estamos buscando.

Genny asintió. La misión era clara: esperar la llamada, averiguar quién había sido Jacob St. Pierre y hacer justicia por Ezra Kuzma.

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, la vida de la detective Jennifer Connor Alvarado y del detective Hank Beaumont se redujo a la monotonía de la vigilancia.

Genny había pedido tres días por asuntos propios; Lennon ni los había mirado.

Hank no había dado explicaciones a nadie.

Aparcados en una calle lateral de Woodside, Queens, en un viejo y discreto Ford Taurus —el coche de Hank, que prefería no usar vehículos policiales, fácilmente identificables—, observaban una casa de tres pisos de ladrillo rojo.

El ambiente dentro del coche era pesado: café frío y silencio.

Ricky, el vendedor de Brooklyn Wheels 11:40, vuelve; 14:05, sube al segundo piso. A las cinco, Hank dejó de preguntar la hora.

Genny revisaba sin cesar la misma fotografía de St. Pierre: un hombre de casi cincuenta años, rubio ceniza, de ojos azules demasiado claros, con el rostro de alguien que sonríe solo para cumplir un requisito social.

—No tiene sentido —murmuró, golpeando suavemente la foto contra el salpicadero—. Llevamos dos días aquí y St. Pierre solo ha salido para sacar la basura y pasar un par de horas con esa mujer. Está viviendo con Brenda. ¿A qué se dedica este tipo, aparte de la infidelidad?

Hank, con la vista fija en la ventana del segundo piso, encendió un cigarrillo. Genny no se quejó del humo.

—A vivir de los cheques de Brenda —respondió Hank, exhalando despacio—. Pero estoy aquí por Elías, no por St. Pierre. Al menos no del todo.

Genny se giró para mirarlo, con los ojos cansados pero agudos.

—¿Qué quieres decir?

—Es una injusticia, Genny —dijo Hank, con un murmullo grave—.

Elías Finch. Cuando lo encontré en el caso Ward, hace tres años, no supe lo que encontraba.

Y te ha dado la llave para probar la verdad sobre Ezra Kuzma…

Está en Rikers, acusado de matar a las chicas de Hallets Point. Cuatro chicas. ¿Un asesino en serie?

—Hank, es nuestro sospechoso principal y todo lo apunta. Su coartada es débil, y su patrón de conducta no ayuda —argumentó Genny, aunque en el fondo la misma duda la carcomía.

—Es una trampa, o la peor de las casualidades, y lo sabes. Elías no es un asesino en serie. —Hank se giró hacia ella, con la confesión a punto de estallarle en el pecho—. Y si lo condenan, se pierde la única fuente de justicia que he tenido en esta ciudad.

Genny frunció el ceño.

—¿La única fuente de justicia? No entiendo, Hank. Eres el detective que más casos resuelve de la ciudad.

Hank sonrió con una mueca vacía, tiró la colilla y la apagó en el cenicero del coche.

—¿Recuerdas el caso de Alfred O. Perkins?

—Claro que sí. El industrial multimillonario que supuestamente fue secuestrado en 2015. El caso que te lanzó a la fama. Demostraste que no fue un secuestro, sino una fuga escenificada para cobrar seguros de vida millonarios y ocultar un desfalco.

Hank bajó la mirada, incapaz de sostener el contacto visual.

—Pues ese golpe maestro no fue mío —susurró—.

La cena fue a finales de noviembre. En las semanas siguientes encontré a Paul y tuve aquel encontronazo con Gatti, y para diciembre estaba en un callejón sin salida.

El caso Perkins era un laberinto de falsas pistas.

Estaba a punto de archivarlo y culpar a la mala suerte, como hacemos todos.

Se inclinó hacia Genny.

—Entonces, un martes, llegó un sobre certificado a mi mesa.

El remitente era falso, una casilla de correo en Pensilvania que no pude rastrear.

Contenía el caso completo de Perkins: movimientos bancarios, billetes de avión, falsas identidades, el entramado de seguros. No eran pistas, Genny. Era la solución.

Genny se enderezó en el asiento, clavando los ojos en el rostro atormentado de Hank.

—Hank, ¿me estás diciendo que el caso Perkins, el que te hizo el detective número uno de Nueva York, te lo dieron resuelto?

—Efectivamente —respondió Hank, con un extraño alivio al soltar la carga—.

Y no fue el único. En los años siguientes siguieron llegando sobres.

Casos semirresueltos, asesinatos que nadie quería tocar, desapariciones con pruebas ambiguas.

Expedientes con notas meticulosas, documentos y, a veces, grabaciones.

A mí solo me quedaba dar el último toque: hacer el arresto o encontrar el cuerpo.

—¿Todos? —Genny se había llevado las manos a la cabeza.

—Todos los importantes —dijo Hank, con la humillación atravesándole la voz—. Llegaba un sobre con lo que tenía que hacer. Yo era el mensajero final. El que se llevaba la gloria.

Genny tragó saliva.

—¿Y por qué seguiste abriendo los sobres?

—Porque con cada uno salvaba a alguien. Y porque a un cartero sin remite no se le devuelve nada.

—Volviendo a Elías —continuó Hank—. El primer sobre. El del caso de Alfred O. Perkins. Cuando revisé toda la documentación y creí que estaba vacío, lo cogí para tirarlo y se cayó un pequeño pen. —Usó el término policial para una unidad USB—. Tenía escrita la palabra «Tommy» en el lateral.

Hizo una pausa, con los ojos vidriosos.

—Lo puse en mi ordenador. Era un vídeo. El momento en que el hijo menor de los Ward mataba a Tommy, el sobrino de Elías, y metían su cuerpo en una furgoneta roja. La prueba que habían enterrado durante años.

Genny se llevó las manos a la boca.

—¿Por qué iba eso en el mismo sobre que el caso Perkins?

—No lo sé. Me lo pregunto desde entonces.

—¿Y no fuiste a la policía, Hank? Tenías la prueba final del crimen original —dijo, exasperada.

—¿Y qué más da, Genny? —preguntó Hank, con una risa amarga—. En ese momento los Ward ya estaban muertos. ¿Iba a ir a la policía con un vídeo incriminatorio de una masacre que nadie había resuelto? Me habrían acusado de encubrimiento o, peor aún, de complicidad.

Hizo una pausa y bajó la voz.

—Tenía otras opciones, Genny. Podía haberlo entregado y haber explicado de dónde salía. Elegí protegerme. Llevo tres años con ese vídeo guardado.

Genny respiró hondo.

—Entonces Elías mató a la familia Ward. —No era una pregunta; era una conclusión dolorosa e ineludible.

—Probablemente. No puedo probarlo. —La imagen de la mano cortada del camionero seguía grabada a fuego en su mente.

Genny se recostó.

—Y si mató a los Ward, a quienes arruinaron su vida… ¿por qué estamos tan seguros de que no mató a las chicas de Hallets Point? Es un genio, Hank. Quizá nos ha dado a St. Pierre para que miremos en otro sitio.

Hank la miró directamente a los ojos, con una convicción que Genny nunca le había visto.

—No. Si lo de los Ward fue cosa suya, fue una venganza fría, con nombre y apellidos. Lo de las chicas no encaja. No te ha dado a St. Pierre para distraerte; te ha dado la llave de Kuzma. No lo creo capaz de algo así. Pero no puedo probarlo.

Genny asintió lentamente. No estaba del todo convencida, pero tampoco tenía nada mejor.

Justo en ese momento, una figura familiar salió de la casa de ladrillo rojo. Jacob St. Pierre. Se despidió de la mujer en la puerta con un beso rápido, una imagen que reforzaba la idea de su doble vida.

—Se mueve —susurró Hank, volviendo inmediatamente a su papel de detective—. Se dirige a la avenida principal. Vamos.

St. Pierre no tomó un coche. Caminó varias manzanas con paso lento y seguro hasta detenerse frente a un bar anodino con un cartel de neón de cerveza que parpadeaba: The Rafters.

Genny y Hank se apearon del Taurus y se separaron, entrando con cinco minutos de diferencia.

Genny se sentó en una mesa de la esquina, fingiendo revisar un informe en su portátil; St. Pierre la había visto en el 7B hacía tres años y podía reconocerla.

Hank se dirigió a la barra y pidió un ginger ale, que en un bar es peor disfraz que la placa, y se colocó a dos taburetes de distancia.

St. Pierre iba perfectamente vestido: pantalones caqui, camisa de cuello abierto y un reloj plateado que brillaba débilmente bajo la luz de un foco roto.

Parecía un hombre de negocios de mediana edad que se había tomado una tarde libre.

Tenía un vaso de whisky en la mano y hojeaba el periódico deportivo.

Hank lo estudió por el espejo de la barra.

Después de diez minutos de silencio, decidió acercarse.

—¿Ganarán los Mets esta noche? —preguntó casualmente, deslizando su vaso un taburete más cerca.