Capítulo 11
Oficialmente, el caso del asesinato de Rachel Harding estaba cerrado, clasificado como un homicidio en segundo grado, un acto aleatorio de violencia.
El culpable, en la versión oficial, era Ezra, que, según el informe del capitán Stuart Lennon, se había quitado la vida en Rikers Island.
Aunque Genny estaba casi convencida de su inocencia y de la chapuza de la investigación inicial, Lennon se había encargado de que los informes estuvieran impecables y la burocracia satisfecha.
Pero Genny no estaba apaciguada.
La frustración era un zumbido de fondo que le impedía dormir y se le había vuelto migraña.
El caso de Hallets Point —los cuádruples asesinatos— había eclipsado toda su vida, pero lo único que resonaba en su cabeza era la voz de Elías Finch nombrando a Jacob St. Pierre.
St. Pierre no tenía nada que ver con Reese ni con las otras chicas; solo era el novio de la madre de Ezra.
No obstante, Elías lo había señalado como posible villano en la miseria de Ezra.
Sabía que St. Pierre era la clave para entender la trampa mortal tendida a Kuzma.
Sin embargo, St. Pierre era un fantasma.
No tenía historia. Ningún rastro financiero, ninguna huella digital fuera de las esperadas, ningún testigo que lo vinculara directamente con la escena del crimen que Genny empezaba a creer que había cometido.
Era un hombre pulcro que parecía haber llegado a Nueva York de la nada.
Necesitaba un aliado. Solo pensó en Hank Beaumont. Además, tenía una poderosa razón para confiar en él: Elías Finch, el presunto asesino en el ojo del huracán, le había dicho que contara con Hank.
Genny concertó un encuentro en un pequeño café vietnamita de Astoria, Queens, lejos de las miradas indiscretas de sus compañeros. Cuando Hank llegó, su rostro reflejaba el mismo agotamiento mental que ella sentía. Los dos se sentaron en una mesa escondida al fondo.
—Gracias por venir, Hank. Esto es extraoficial. Si los jefes se enteran, nos caemos los dos —dijo Genny, sin preámbulos.
Hank tomó un sorbo de su café con hielo y miró el vaso con desconfianza.
—Cuatro meses sin beber y ahora hasta el café con hielo me parece un deporte de riesgo. —Dejó el vaso—. Lo sé, Genny. Cuando me llamaste solo me dijiste que era vital.
Genny se inclinó sobre la mesa.
—Elías Finch me dijo que contara contigo. Y me dio la llave para entender el verdadero crimen. El de Ezra Kuzma.
Comenzó a hablar en voz baja, narrando la conversación que había tenido con Elías en la sala de interrogatorios.
—Hank, Lennon y su gente cerraron el caso culpando a Ezra. Pero Elías me contó que Ezra no nació con esa discapacidad: era un chico normal hasta los diecisiete, y una pastilla de éxtasis le dejó un daño cerebral permanente. Debería haber estado en un centro de cuidados, no en una cárcel de adultos.
Hank sintió que se le revolvía el estómago.
—Y hay algo más. Elías me dijo que leyera la autopsia de verdad, la que Lennon enterró. La leí de pie, junto a la fotocopiadora. Ezra tenía un calcetín metido hasta la tráquea, y las fracturas del cuello encajan peor con un ahorcamiento que con una estrangulación.
Genny dejó que el detalle se asimilara.
—Explícame cómo alguien que se ahorca se mete un calcetín hasta la tráquea. Puede ser un homicidio disfrazado de suicidio. Necesito que otro forense revise el informe, y no sé cómo pedirlo sin que Lennon se entere.
—Dios —susurró Hank, con la garganta seca.
—¿Quién más ha leído esa autopsia?
—Nadie, que yo sepa. Las copias llevan registro, y yo no he fotocopiado nada.
Genny asintió.
—Y Elías dice que posiblemente Jacob St. Pierre mató a Rachel, la chica por cuya muerte condenaron a Ezra. Posiblemente fue él quien le tendió la trampa.
Explicó que St. Pierre era el novio de Brenda, la madre de Ezra, y que Elías lo había seguido y golpeado en un bar de Queens después de que St. Pierre llamara a Ezra «puto niño tarado» y «carga inútil».
—Según Elías, lo investigaba por su cuenta cuando lo detuvieron por Hallets Point.
Y ahora yo tengo la excusa perfecta para investigarlo sin que nadie sospeche.
No me fío del todo de él, Hank. Pero lo que me ha contado se puede comprobar.
Anoté la fecha y la hora de todo lo que me dijo, por si acaso.
Sacó el portátil y giró la pantalla hacia Hank. Era el registro escueto del DMV.
—Crucé el DMV con crédito, colegios y pasaportes.
Jacob St. Pierre. Primera aparición verificable en cualquier registro estatal: 2011, compra de un coche en un concesionario de segunda mano en Brooklyn.
Antes de esa fecha no hay nada: ni pasaporte, ni historial crediticio, ni escolar, ni licencia.
—Cerró la pantalla—. Necesito saber si entregó un coche viejo a cambio.
Podría ser la única huella de su vida anterior.
—¿Con qué orden? —preguntó Hank.
—Con ninguna. Una amiga del DMV me debe un favor y no vamos a preguntar más.
Brooklyn Wheels no valía ni la pena revenderlo.
Un Caprice. Un coche de policía de otra época.
—¿Serías capaz de mirar en tu ordenador y decirme la matrícula del Caprice? —insistió Genny.
—¿La matrícula del coche que dio a cambio?
No está en la base de datos. En esa época éramos más de papel —dijo Ricky, señalando una pared de archivadores metálicos—.
Tendría que buscar la copia del formulario de traspaso de propiedad.
Es una búsqueda de días y no tengo a nadie que haga ese trabajo por mí.
Genny le entregó su tarjeta y ofreció la recompensa.
—Ricky, mira. El número de chasis del coche que entregó es vital para una investigación de fraude. Si encuentras ese número o la matrícula del Caprice, llámame inmediatamente. Hay una recompensa de quinientos dólares en efectivo por tu esfuerzo.
Ricky miró el dinero y los archivadores, y la avidez venció a la pereza.
—Está bien. Llamaré si encuentro algo. Pero no prometo nada.
Genny y Hank salieron del concesionario. Mientras conducían de vuelta en el Impala de Genny, ella se permitió un momento de optimismo cauteloso.
—Si ese Caprice es el coche que usó antes, el número de chasis o la matrícula nos dará su nombre real. Tendremos la historia completa de Jacob St. Pierre, o al menos podremos empezar por algo.
—2011 —musitó Hank—. Lo que quedó de la vida anterior es ese coche.
Genny lo miró de reojo.
—Me dejaste intrigada con la historia sobre Elías y el posible asesinato de su sobrino. ¿Qué pasó cuando lo investigaste?
Hank suspiró. Era hora de contar su propia odisea. Empezó a hablar con la voz rasposa.
—Estuve investigando a Elías, y de casi nada acabé sentado con él y varios de sus amigos en cenas nocturnas.
Jugaban a contar una historia y los demás decidían si era real o inventada.
Una noche Elías contó una con fechas, lugares y personas.
Esa noche la pasé organizándola, Genny. Todos los nombres eran distintos.
Mi hipótesis: Martin era Tommy, los Harlan eran los Ward, y Paul, un camionero que se dio a la fuga tras atropellar un cuerpo en la autopista.
—Localizar a Paul fue una odisea. Con un nombre y un rumor rastreé una dirección antigua y un par de contactos laborales. Lo encontré en un pueblo pequeño de Nuevo México, viviendo solo en una caravana destartalada.
Se miró la mano derecha.
—Cuando lo encontré, sentí que la historia cobraba vida.
Me enseñó la mano. Los cuatro dedos de la derecha estaban cortados justo por encima de los nudillos.
No era una amputación limpia: las cicatrices eran gruesas, irregulares.
Le pregunté y me contó, con una historia ensayada, que cortaba troncos en un aserradero abandonado y la maquinaria se atascó.
—¿Y tú qué hiciste?
—Intenté presionarlo. Le hablé del Midazolam, de la furgoneta roja, de Tommy.
El terror en sus ojos era real. Se levantó, me empujó fuera de su caravana y amenazó con llamar a la policía.
—Se frotó los ojos—. Para mí, Elías no me contó una historia, Genny.
Me contó lo que hizo después. Y si Paul le tenía miedo, yo también debía tenerlo.
—Pero seguiste.
—La única forma de conseguir la segunda parte era forzar a Elías a terminarla.
Lo llamé a mi comisaría para una conversación informal y accedió.
Le hablé de la historia y me dijo, con una calma exasperante, que quizá más adelante me la contaría, que la inspiración para la segunda parte aún no había llegado.
Estaba jugando conmigo, sabiendo que yo no podía tocarlo. Y entonces entró Gatti.
Hank soltó una risa amarga.
—Mi capitán. Había visto a Elías, el investigado al que me habían mandado dejar en paz, esperando en el vestíbulo.
Entró en el despacho sin llamar y me habló en voz baja, que con Gatti es peor que gritar: que estaba desafiando una orden directa del departamento y poniendo en peligro un caso cerrado, el de los Ward.
Luego se volvió hacia Elías y se disculpó.
Dijo que lamentaba las molestias y que podía irse cuando quisiera.
—¿Y Elías?