Capítulo 10 #2
La detective Vega se paró frente a los barrotes, con una taza de café en la mano que no se atrevía a beber.
Eran las diez de la noche y acababan de procesarlo para la comparecencia de la mañana.
Quería un último intento, cualquier cosa que confirmara la versión que la fiscalía ya había vendido a la prensa.
—Chef Finch —comenzó, con una voz que intentaba sonar firme y sonaba cansada—. Mañana comparece ante el juez. Le leerán cuatro cargos de asesinato en primer grado y el fiscal pedirá prisión sin fianza. Sabe lo que significa eso.
Elías levantó la cabeza. Sus ojos, generalmente planos, se enfocaron en ella con una lucidez desconcertante.
—Que el procedimiento sigue su curso, detective. —Voz baja, sin un atisbo de miedo ni de resentimiento—. Sin fianza, supongo. Estoy tranquilo. Soy inocente.
Vega apoyó la mano en el metal frío.
—No tiene abogado, Elías. Si no nombra uno, el juez le asignará uno de oficio por la mañana. ¿No le preocupa que la fiscalía empiece a construir su caso sin que usted tenga representación?
Elías sonrió levemente, un gesto tan sutil que casi se le escapa. Se puso de pie y caminó despacio por el escaso espacio de la celda.
—Un compañero de cocina me contó hace años lo de un chico de TriBeCa, acusado de un robo. Abogado de oficio, un acuerdo rápido. Se declaró culpable de algo que no había hecho. Tres meses después encontraron al verdadero ladrón. Nadie le pidió perdón.
Se detuvo delante de los barrotes.
—Ustedes tenían prisa y me eligieron. Quiero que esa prisa me sirva a mí.
Vega lo entendió. La detención se había precipitado: en pocas horas habían pasado del interrogatorio voluntario a la celda, y el capitán había empujado para que fuera así.
—¿Qué quiere decir? —preguntó, con el corazón acelerado.
—Que la primera vez que me interrogaron fue un encuentro «voluntario».
Me dijeron que era sospechoso, pero nadie me leyó mis derechos: legalmente no estaba arrestado, solo «cooperaba».
Usted estaba allí, detective. Esta noche sí me los han leído.
Un buen abogado puede preguntar si un hombre al que sacan de su portal a medianoche y sientan frente a dos detectives se sentía libre de irse.
—Eso lo decidirá un juez, no usted —replicó Vega. Pero recordó aquella primera sala y no tuvo nada más que decir. Una defensa hábil podía intentarlo, y el resultado dependería del juez. Pero la prisa del capitán le había dado material.
—Necesita un abogado, Elías. Ahora. Puedo hacer que le asignen uno esta noche.
Elías soltó una risa seca y breve.
—No, gracias. Quiero que mi abogado sea Josh Tisdale.
Vega sintió que se le iba el aire de los pulmones. Se enderezó.
—¿Tisdale? ¿Está de broma? Josh Tisdale dejó la fiscalía hace años. Las cortes de Nueva York no lo ven desde entonces. Dudo que vuelva por usted.
Elías se acercó a los barrotes y bajó la voz.
—¿De verdad está tan segura de mi culpabilidad? Haga la llamada. Dígale que se lo pide Elías Finch.
Vega se quedó inmóvil. Tisdale había sido uno de los mejores fiscales de la ciudad, y nadie había sabido nunca por qué se fue. Salió de la celda con la sensación de haber perdido el primer asalto frente a un hombre que había previsto cada una de sus preguntas.
Esa misma noche, mientras Elías esperaba en la celda de la 114 su comparecencia, Peter Maco estaba en el salón de su apartamento en Queens, luchando contra el vacío de no saber. Llevaba desde la mañana dedicado a una sola tarea: el Cuadrante de la Verdad.
El apartamento, un cuarto de tres pasos por tres, se había convertido en una oficina improvisada, con una pizarra blanca que Peter había apoyado contra la pared.
El «Cuadrante» era una obsesión meticulosa, un intento de meter el orden de un contador en el caos de un asesinato.
Cuatro columnas, cuatro colores de marcador.
En la azul, los nombres de Reese, Anna, Michelle y Julia, con círculos concéntricos alrededor de Reese y flechas que conectaban a las amigas, sus parejas y sus trabajos.
Junto a Anna, la fundadora de la ONG, había escrito: «Padre con dinero, gastos excesivos, ¿algún lío con dinero de por medio?
». Junto a Michelle: «¿Seguro de vida? ¿Pareja?
». Junto a Julia: «Ascenso reciente, ¿rivales en la empresa? ».
En la verde, todo lo que sabía de Elías Finch: su empresa, Clandestino; las reseñas de Marcus y Pamela; sus propias impresiones de su visita a su casa («zen, obsesión por el detalle, ama a los animales, triste por los perros»); la hora a la que llegó, las seis y media, y la hora a la que se fue, hacia las nueve y cuarto.
Junto a esa hora, con letra apretada: «¿Se fue directo a casa? ». Lo había subrayado dos veces.
La roja era la más grande y la más frustrante.
Allí iban el motivo del chef, que las reseñas no sostenían, y la prueba definitiva, que la policía no tenía: solo «causa probable».
Y, apartada, una línea que Peter había escrito casi sin darse cuenta: «El factor Peter: mi visita a su casa. ¿Mintió? ¿Se asustó?».
Se alejó de la pizarra pasándose una mano temblorosa por el pelo.
Había pensado que, al verlo todo junto, el patrón saltaría a la vista, como en un ejercicio de lógica.
Pero el Cuadrante no le daba respuestas, solo más preguntas.
La negra era la más corta: la noche, en línea recta.
Las 18:30, llega Elías. Las 21:15, se va.
Las 3:00, los cuerpos. Entre una hora y otra había un hueco que nadie le sabía cerrar, y Peter lo miraba sin saber con qué rellenarlo.
Se sirvió otra taza de café, ya frío, y se apoyó contra la pared. El problema era la perspectiva. Estaba mirando a Reese y a Elías con los ojos de un novio, de un hombre enamorado que se sentía traicionado por el sistema. Necesitaba otra mirada, más antigua y más serena.
La respuesta le llegó de golpe. Las amigas de Reese eran las conexiones más obvias, y la policía ya había pasado por ellas. Pero había una persona que conocía los cimientos de Reese, su historia completa, sus lealtades y sus miedos, y que la había visto crecer de niña a mujer: su abuela, Elsie.
Elsie vivía en Long Island, lejos de la ciudad.
Había criado a Reese desde que sus padres murieron, cuando la niña tenía doce años.
Si Elías Finch apuntaba a un patrón, no podía ser el azar.
Tenía que estar en las víctimas, y para entender a Reese como víctima necesitaba entender a Reese como persona.
Escribió al pie de la pizarra: «Visitar a Elsie».
Guardó el marcador, sintiendo por primera vez en días un propósito real, más allá de la rabia. Dejó la chaqueta y las llaves junto a la puerta, listas para la mañana. Long Island lo esperaba.
A la mañana siguiente, jueves, Peter condujo hacia Long Island.
Dejó atrás los cláxones y el cemento de la ciudad para adentrarse en la placidez suburbana.
La casa de Elsie no era una residencia de ancianos con pasillos interminables.
Era una casa grande y antigua de estilo victoriano, con rampas discretas y un pequeño jardín bien cuidado.
Se llamaba «El Nido Tranquilo». En el buzón, Peter contó los nombres de media docena de residentes.
Funcionaba como una residencia compartida, con un enfermero de turno y una persona para las tareas de la casa, y la comida llegaba de un servicio de cátering con dietas personalizadas.
Elsie había sido bibliotecaria toda su vida, y su pensión cubría sus gastos sin ayuda de nadie, un orgullo silencioso para Reese.
Peter tocó el timbre con un nudo en el estómago. Este viaje no era una investigación; era una penitencia personal.
Le abrió la puerta una joven de unos treinta años, con un delantal de flores y una sonrisa cansada.
—¿Puedo ayudarle?
—Busco a Elsie Keller. Soy Peter Maco, un amigo de su nieta, Reese.
La sonrisa de la joven decayó ligeramente.
—Sí, sí. La señora Keller le espera. Está en la sala de lectura. Sígame.
Peter la siguió por un pasillo alfombrado. La casa era cálida. En la sala de lectura, con sofás de terciopelo y estanterías abarrotadas, Elsie Keller estaba sentada en un sillón junto a una ventana con vistas al jardín.
Era una mujer menuda de unos ochenta años, con el cabello plateado peinado en ondas suaves y unos ojos claros, nublados de tristeza. Llevaba un cárdigan tejido sobre una blusa de cuello alto. Al ver a Peter hizo un esfuerzo por incorporarse, y él cruzó la sala a toda prisa.
—Elsie, por favor, no se levante. Soy Peter.
Se arrodilló torpemente junto al sillón. Elsie lo miró fijamente, no con reproche, sino con una pena honda y agotada.
—Sí, Peter. Pasa. ¿Quieres un té? Reese estaba muy contenta contigo.
Peter tomó las manos pequeñas y arrugadas de Elsie, con ganas de llorar.
—Lo siento, Elsie. Lo siento mucho. Por no haber venido antes, por todo esto.
La abuela apretó los dedos de Peter.
—No tienes nada que disculpar. Ella estaba contenta, y era lo único que me importaba. —Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no dejó que cayeran—. La detective Vega vino. Hizo preguntas frías. No le interesaba Reese, sino los hechos.
—Vega es una buena detective, Elsie, pero la presión de la fiscalía es enorme. —Peter se sentó en el puf junto al sillón—. Yo solo quiero saber un poco más sobre Reese. Si no le importa que hablemos de ella, así podremos recordarla.