Capítulo 10
El apartamento de Peter Maco llevaba catorce días sin que nadie lo ordenara.
Catorce días desde que el mundo se detuvo, desde que la cena con sus amigas en el apartamento de Reese se convirtió en la última escena de su vida.
Solo le habían permitido entrar una vez, brevemente, para recoger unas pocas pertenencias; el apartamento de Reese seguía precintado.
Peter, cuya energía solía ser su rasgo más definitorio, era ahora una sombra.
Llevaba la misma camisa oscura de hacía días y la barba le había crecido sin que lo notara.
Cada vez que cerraba los ojos veía a Reese riendo en el sofá, la forma en que su mano encajaba con la de él, los planes tontos que habían hecho para el verano. Y luego, el silencio.
Se sentó en el suelo de la sala, rodeado de cajas de cartón. No eran las cajas etiquetadas por la Unidad de Escena del Crimen. Eran las suyas, llenas de recuerdos compartidos, y no podía soportar la idea de tocarlas.
La televisión, silenciada, emitía un reportaje sobre el caso, que los medios ahora apodaban los «Asesinatos de Hallets Point».
El presentador, gesticulando con solemnidad, mencionaba que la policía tenía a un sospechoso principal bajo custodia y que esperaban avances.
La información era vaga, diseñada para calmar a una ciudad en pánico, pero bastaba para señalar a Elías Finch.
A Peter le carcomía la duda. La policía quería que creyera la narrativa fácil: un sociópata meticuloso, un chef frío que usó su arte para matar.
La única vez que había visto a Elías Finch fue la tarde del martes, horas antes de dar su nombre a la policía.
Al descubrir que era el chef privado que había preparado la cena, lo había localizado y había ido a su modesta vivienda en Queens.
Fue una visita tensa, no autorizada por la policía, impulsada por la necesidad de preguntarle si sabía algo, cualquier cosa.
Recordaba al hombre tranquilo, casi zen, un apartamento pulcro y ordenado, dos correas de cuero gastado colgadas de un clavo junto a la puerta, su silencio educado, su rostro inexpresivo.
No era hostil ni amenazador; era una presencia tan neutral que resultaba invisible.
¿Era esa calma el signo de un asesino glacial, o la simple profesionalidad de un hombre que hacía su trabajo? Peter no podía decidirse, y no poder encontrar la verdad para Reese lo estaba matando.
El agotamiento dio paso a una rabia fría. Si la verdad no se revelaba sola, tendría que ir a buscarla. La policía estaba atada a la burocracia y a las pruebas físicas. Él solo estaba atado a su dolor.
Tomó su teléfono y buscó el número que la detective Vega le había dado. Marcó.
—Comisaría 114, detective Vega —respondió la voz seca al otro lado.
—Hola. Soy Peter Maco, el novio de Reese Ellison. Quiero saber cómo está lo de Elías Finch.
Hubo un silencio, un leve susurro de papeles.
—Ah, señor Maco. Gracias por llamar, íbamos a contactarlo. Elías Finch fue detenido esta madrugada. Mañana comparece ante el juez: le leerán los cargos, cuatro de asesinato en primer grado, y el fiscal pedirá prisión sin fianza. Si el juez la concede, de ahí va a Rikers Island.
Una oleada de náuseas recorrió a Peter. Detenido. Ya era oficial.
—¿Qué… qué prueba encontraron? —La pregunta salió como un graznido.
La voz de Vega adoptó un tono cauteloso, como si leyera de un guion.
—Mire, señor Maco, el fiscal considera que hay causa probable: su presencia en la escena, su acceso a las víctimas, sus habilidades técnicas y que no hay otra persona vinculada a las cuatro. Nuestros expertos trabajan en la prueba definitiva. Estamos seguros de que la encontraremos.
—¿Encontrarán? O sea, ¿lo detuvieron antes de encontrar la prueba que lo vincula al veneno? —Peter se puso de pie, con la voz convertida en un grito ahogado.
—Señor Maco, le aseguro que la decisión se tomó en función del riesgo de fuga y de la solidez de los indicios. El capitán Donnelly está convencido y ha pedido los cargos para mañana. Hay plazos y los vamos a cumplir.
—¿Plazos para qué?
—Para todo, señor Maco. Para todo.
Peter colgó sin despedirse. Habían detenido a un hombre por conveniencia y por la necesidad de dar una respuesta a la prensa. Ese vacío de pruebas era lo único que Peter necesitaba para encender su propia investigación.
Si Elías Finch era el asesino, era la persona más pulcra y profesional que había conocido. Si era inocente, era la víctima de una detención de comodidad. De cualquier manera, su vida como chef privado había terminado y su pasado ahora sería accesible.
Encendió su portátil y buscó «Elías Finch». Encontró su empresa, Clandestino, y un sitio web de apariencia modesta que servía de portal de reservas para clientes de élite.
Tenía un sistema de reseñas: solo doce, todas con cinco estrellas, centradas en la maestría culinaria de Elías y en su discreción.
«La cena de aniversario fue perfecta. El chef Finch es un mago con el pescado. Total discreción.» – C.V.
«El mejor dinero gastado en un año. Mis invitados quedaron impresionados. Un profesional impecable.» – M.R.
«Un talento increíble y una presencia muy tranquila. Casi ni notas que está allí. ¡Altamente recomendado!» – P.K.
Peter se detuvo en las iniciales M.R. y P.K. Necesitaba hablar con gente que hubiera contratado a Elías y lo hubiera tenido en su cocina sin la urgencia de un evento social de alto perfil.
Dar con M.R. fue fácil: la reseña enlazaba con el perfil profesional de un tal Marcus Roberts. Peter le escribió un mensaje corto y directo.
Hola, soy Peter Maco. Estoy intentando saber de Elías Finch, el chef. Vi tu reseña. ¿Podríamos hablar un momento? Es importante. Saludos.
La respuesta llegó en menos de media hora. Marcus Roberts era promotor inmobiliario del Upper East Side. Peter le devolvió la llamada. Marcus sonaba cauteloso, pero intrigado, con ruido de oficina al fondo.
—Señor Roberts, gracias por responder. Lo siento si lo incomodo, pero estoy tratando de entender algo sobre Elías Finch. Mi pareja estuvo involucrada en un incidente y Elías puede tener alguna conexión. Solo quiero saber qué clase de persona es.
—Oh, Dios. Lo siento mucho, espero que no sea grave —dijo Marcus—. ¿Cómo puedo ayudarle?
—Quiero saber cómo era él en su casa, en su cocina —insistió Peter—. Más allá de la comida. ¿Le pareció inestable? ¿Algún comportamiento extraño, alguna obsesión?
Marcus tosió.
—Hombre, no sé qué decirte. Era, y perdón por la palabra, aburrido. En el buen sentido. Entró, cocinó, limpió hasta el último grano de sal y se fue. Éramos diez, una cena de negocios. No hablaba a menos que le preguntaran. Le di las llaves de la casa para que fuera y viniera. Confianza total.
—¿Confianza total? ¿Lo dejó solo con sus cosas de valor?
—Sí. Le dejé mi cartera sobre el mostrador, mi reloj. Ni se dio la vuelta, estaba con sus sartenes. ¿Inestable? No. ¿Frío? Sí, como el metal de su cuchillo.
La descripción no cuadraba con el monstruo que pintaba la policía. Peter dio las gracias y se despidió.
La segunda reseña era de P.K., Pamela Kross, una escritora y editora de Brooklyn cuyo blog enlazaba la reseña. Peter repitió el proceso. Esta vez la respuesta no llegó hasta media tarde, y no fue amable.
—La policía me pidió que no hablara con nadie sobre él —dijo Pamela, seca.
—Mi novia era Reese Ellison. Una de las cuatro.
Hubo un silencio largo.
—Lo siento —dijo ella por fin, y su voz cambió—. Pregunte lo que quiera.
—Lo contraté para un evento pequeño, una reunión de mi club de lectura. Solo éramos cinco —comenzó—. La comida fue sublime. Pero lo que me llamó la atención fue su interacción con mi gato, Pipo.
—¿Su gato? —inquirió Peter.
—Pipo es un desastre, se sube a todas partes.
Pero cuando Elías cocinaba, Pipo se sentó en el suelo de la cocina y lo observó.
Elías, sin mirar al gato, se agachó y dejó un pequeño trozo de salmón en el suelo.
Crudo, claro. El gato lo devoró y Elías siguió cortando sus hierbas como si nada.
Yo me reí y le dije que Pipo era su fan número uno.
—¿Y qué dijo él?
—Nada. Sonrió de lado, de esa manera que tiene. Luego me contó que hacía poco había perdido a sus dos perros, por la edad. Me pareció tierno, viniendo de un hombre tan reservado.
Peter buscó un indicio de ambición o de frustración y le preguntó si Elías tenía un restaurante o planeaba abrir uno, dado que su talento era de estrella.
—Me miró y dijo, con mucha calma: «No. Estoy cansado de trabajar para gente que solo busca el estatus. Yo solo quiero cocinar y que la gente disfrute». Me dio la sensación de que tenía un proyecto más personal que solo cocinar, algo muy alejado del glamour.
Peter se despidió de Pamela con la cabeza dándole vueltas.
Había encontrado un muro de profesionalidad y, sorprendentemente, humanidad.
Ninguno había visto en él nada que lo señalara.
Los perros: dos correas en un clavo junto a la puerta, y él las había visto sin preguntar. Pero eso tampoco lo exculpaba.
Pero ¿y si no era él? La policía lo había acusado y daba el caso por cerrado, pero Peter no podía asegurar su culpabilidad ni su inocencia.
Si se habían equivocado y el verdadero culpable seguía suelto, el patrón no estaría en el chef, sino en las víctimas.
¿Y si el motivo no venía de fuera, sino de ese círculo cercano?
Las amigas de Reese: Anna, Michelle y Julia.
Quizá debería investigarlas. Era lo único que podía hacer por Reese: seguir buscando la verdad que la policía había decidido ignorar.
La celda de detención temporal de la comisaría 114 era fría y metálica.
Elías Finch permanecía impasible. Todavía llevaba su ropa de calle, una camisa de lino gris y pantalones oscuros que, aunque arrugados, conservaban la pulcritud de siempre.
Estaba sentado en el borde de la litera, con la espalda perfectamente recta, como si esperara que le sirvieran el plato principal.