Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—No podemos acusarlo con esto —replicó, mirando a Martinsson—.

Lo que estamos sugiriendo es que lo encarcelemos porque fue el último en lavar los platos.

Hemos pasado doce horas confrontando a este hombre y no ha cedido.

No hay confesión, no hay un móvil claro.

No ha peleado, no ha mentido con convicción, no ha roto su coartada de «chef».

La única información que tenemos es la que él mismo nos quiso dar.

Deberíamos seguir investigando otras vías, no cerrar la puerta a que haya alguien más, o a que haya otra razón detrás de todo esto.

La sala se tensó. Martinsson se preparó para refutarla, pero Donnelly lo detuvo con la mano y miró a Genny con una mezcla de ira y desconcierto.

—Detective Jennifer Connor Alvarado —dijo, usando su nombre completo, lo que era un mal augurio—.

¿Por qué cree que este hombre, un presunto asesino en serie frío y calculador, pidió hablar específicamente con usted?

Esa es la pregunta que deberíamos estar investigando.

Y usted se ha dedicado a hablar de un caso más que resuelto de hace años.

Si lo que tenemos no es nada, entonces, ¿de qué lo vamos a acusar? Dígamelo usted.

Genny sintió el peso de la reprimenda. Sabía que Donnelly tenía razón sobre su obsesión, pero también sabía que la policía estaba a punto de condenar a un hombre solo por la presión mediática.

—Si lo acusamos sin pruebas directas, le damos a su defensa una victoria fácil —dijo, ignorando la última provocación—. Un buen abogado convertirá esta falta de pruebas en una parodia. Lo único que conseguiremos es que la prensa nos destroce si el portátil está limpio.

Vega intervino una vez más, buscando el equilibrio.

—Jefe, es un riesgo. Pero el riesgo de que altere pruebas o desaparezca es mayor. Si el portátil está limpio, al menos tendremos tiempo para buscar más. Si se va, no tendremos nada.

Donnelly se recostó en su silla, con una decisión visiblemente dolorosa.

—La decisión está tomada. Es un riesgo, y lo asumo yo.

Martinsson, procede con los cargos de asesinato en primer grado, cuatro cargos.

Asegura la detención. —Se dirigió a Genny con la voz más baja—.

Detective Alvarado, su participación en el interrogatorio ha terminado.

Vuelva a su puesto y ocúpese de la documentación.

Su caso es ahora el administrativo. Olvídese del chef Finch.

Genny apretó la mandíbula. Acababa de ser oficialmente excluida de la investigación. Sabía que la acusación, aunque legalmente prematura, era irreversible. Recogió sus notas con manos temblorosas y, sin decir una palabra más, se dirigió a la puerta y la cerró tras de sí sin hacer ruido.

Se presentó en el cuarto de interrogatorios de Elías con el pretexto de que necesitaba «finalizar el papeleo de transferencia». El oficial de guardia le concedió unos minutos, aliviado de deshacerse de un detalle administrativo tedioso.

Elías estaba sentado en el banco, observando el vacío. Al ver a Genny, levantó la vista.

—Genny —dijo con calma—. Ha vuelto. Eso significa que ha pasado lo que esperaba.

—He vuelto para decirle lo que va a pasar, Elías, y sí, tenía razón —admitió Genny, con la voz apenas audible—. Lo van a acusar formalmente de cuatro cargos de asesinato en primer grado. Han ignorado todas las señales de alarma, pero han cedido a la presión. La decisión es política.

Se sentó frente a él y expuso el proceso de corrido.

—Mañana comparecerá ante el juez. Le asignarán un abogado y la fianza será denegada: lo considerarán un riesgo extremo. Irá a prisión preventiva hasta que se resuelva su caso, lo que puede llevar meses o más de un año. —Se inclinó hacia adelante—. Usted ya lo sabe. ¿Por qué buscó este camino?

—Sé que mi detención aquí es temporal y circunstancial.

Lo que no puedo permitir es que me saquen de donde tengo que estar.

—Se levantó y se acercó a la mesa, con los ojos fijos en los de Genny.

Su voz era un susurro urgente que cortaba la tensión de la pequeña habitación—.

Ese es el único favor que le voy a pedir, Genny.

El único detalle que necesito que maneje en su «papeleo administrativo».

Para un caso de Queens, mi destino es Rikers Island.

Con la prensa encima, alguien en la fiscalía puede pedir que me saquen de la ciudad «por seguridad».

Si eso ocurre, pierdo a la única persona que puede continuar esto.

Usted tiene que oponerse, por escrito, a cualquier traslado que no sea Rikers.

Rikers. Genny conocía su fama.

—¿Por qué Rikers, Elías? Es un infierno. ¿Qué hay allí que sea necesario?

Elías sonrió.

—Hay alguien allí dentro con quien necesito hablar. Alguien que no sale. Asegúrese de que nadie me mueva de allí, Genny, o esta obra de teatro que se ha montado no servirá de nada.

—Se da cuenta de lo que me pide —dijo Genny—. Si alguien lee ese papeleo, me quedo sin placa.

—Sí.

—Lo hago porque en el expediente de Ezra hay un calcetín que nadie explicó. No por usted. —Se detuvo un segundo—. Lo intentaré.

—Sé que lo hará —dijo Elías—. Ahora váyase. Tiene un expediente más importante que el mío que reabrir.