Capítulo 9 #2
—O de que nunca tuvo nada que guardar —replicó Vega—. Una caja fuerte vacía solo prueba que alguien la abrió.
En la alfombra del salón recogieron varios cabellos largos, de diferentes tonalidades.
—Solo prueba que varias mujeres con pelo largo han pisado esta alfombra —comentó Vega, guardándolos en una bolsa—. Si el laboratorio encuentra nicotina en ellos, tenemos una historia. Si no, tenemos una alfombra.
Martinsson lo leyó como pulcritud quirúrgica: un hombre que lo había limpiado todo con la misma obsesión que aplicaba a su cocina. Vega lo leyó como la casa de un chef. Encontraron una obsesión, los recortes de prensa, pero no la evidencia contundente.
Genny había conseguido recuperar el expediente de Ezra Kuzma, que yacía en el olvido de los archivos. Sabía que el caso se había cerrado a toda prisa, culpando a Ezra sin una investigación adecuada.
Abrió el informe redactado por su excompañero de entonces, el inspector Mark Petters. Se centró en la mañana en que se encontró el cuerpo de Rachel. Petters había entrevistado a Jacob St. Pierre, que vivía con Brenda, la madre de Ezra, en el 7B.
Leyó en voz baja el testimonio de St. Pierre:
«Me desperté de repente, sobre las 6:20 a. m., y no podía volver a conciliar el sueño. Esos días trabajaba desde casa o tenía un horario muy flexible, así que no tenía prisa, pero me sentía muy intranquilo y decidí levantarme. Me tomé un café y repasé unas lecturas pendientes en la cocina.»
Una línea más abajo, Petters había anotado sin darle importancia:
«El Sr. St. Pierre declaró que, dado que sentía los “nervios a flor de piel”, decidió tomar una ducha en ese momento, alrededor de las 6:45 a. m., para “despejarse la cabeza” y “calmar los nervios”.»
Genny se recostó en la silla. El papel crujió bajo sus dedos.
Rachel había muerto entre la medianoche y las 3:00 a.
m., y St. Pierre había estado en casa. Un hombre sin horario, sin prisa, sin un trabajo que lo sacara de la cama, que se mete en la ducha a las 6:45 «para calmar los nervios».
¿Por qué ducharse justo entonces? Petters lo había leído y lo había anotado sin darle importancia. Genny lo subrayó dos veces.
Pero Elías le había dicho otra cosa. Le había dicho que leyera la autopsia de verdad.
Le costó un formulario y una excusa: el informe completo del forense sobre la muerte de Ezra Kuzma, no el resumen de dos páginas que Lennon había dado por bueno. Lo leyó de pie, junto a la fotocopiadora, página por página. Ahorcamiento, decía la conclusión. Suicidio. Sin más.
Pero en la descripción del cuello había una fractura del hioides que nadie había interpretado, y más abajo, en una línea de la sección de hallazgos, el médico había anotado: «cuerpo extraño (calcetín de algodón) alojado en la tráquea». La conclusión no decía una palabra sobre él.
Genny leyó la línea tres veces. Un calcetín en la tráquea, y nadie lo había explicado. Las fracturas del cuello apuntaban más a una estrangulación que a un ahorcamiento, o al menos pedían una explicación que el informe no daba.
Marcó el número de Hank Beaumont. Necesitaba un aliado para investigar a St. Pierre sin levantar sospechas en la 112.
—Hola, Hank —dijo, con la voz tensa y baja.
—Genny, no sé casi nada de ti en varios años y he hablado contigo dos veces en las últimas horas —respondió Hank, notando la urgencia en su tono.
—Lo sé, es… es importante. ¿Me ayudarías con algo?
—Sí, sin dudarlo.
La sala de conferencias de la comisaría 114 no tenía ventanas. El aire acondicionado enfriaba la sala y la luz fluorescente dejaba los rostros pálidos. La mesa estaba cubierta de informes preliminares y vasos de café a medio beber.
Reunidos estaban el capitán Donnelly, un hombre con la frente surcada por años de estrés y política; el detective Martinsson, con su precisión forense; la detective Vega, cuyo escepticismo era su única armadura, y la detective Alvarado.
Elías Finch no estaba formalmente en una celda.
Aguardaba en una de las salas de interrogatorios, bajo vigilancia, detenido a la espera de que la fiscalía presentara los cargos.
La ciudad ya estaba hirviendo. La prensa filtraba, de manera cautelosa pero insistente, que la policía tenía a un supuesto culpable de los envenenamientos, y esa misma mañana el fiscal del distrito había dicho ante las cámaras que la ciudad «tenía al responsable».
—Muy bien —comenzó Donnelly, golpeando suavemente la mesa con un bolígrafo—.
Dejemos de lado las especulaciones de la prensa.
Aquí, entre estas cuatro paredes, tenemos un problema de «prueba».
Martinsson, repite la cadena de eventos.
¿Qué tenemos contra Elías Finch por las muertes de Reese Ellison, Anna Pados, Michelle Leyton y Julia Parker?
Martinsson se puso de pie, con la postura rígida y la voz profesional.
—Capitán, tenemos una cadena de evidencia circunstancial casi perfecta.
Las cuatro víctimas murieron intoxicadas por un agente letal, que presumiblemente es nicotina líquida altamente concentrada, administrada por vía oral.
Es un método que requiere precisión química.
Las cuatro murieron casi simultáneamente en el apartamento de Reese Ellison, después de la cena que nuestro sospechoso preparó para ellas.
Elías Finch fue el último profesional en tener contacto con las cuatro mujeres.
Cocinó en el apartamento y fue la última persona en manipular los alimentos y las bebidas que consumieron.
Es la única persona ajena al círculo íntimo que estuvo presente poco antes del hecho, y es un cocinero de alta técnica, con acceso a productos químicos.
Vega, cruzada de brazos, resumió el dilema.
—En otras palabras, Martinsson, tenemos el «cómo» y el «quién estuvo allí», pero no el «por qué» ni el «con qué».
—Exacto —concedió Martinsson—. Nos falta la prueba física directa.
Su apartamento es un quirófano, la caja fuerte estaba vacía, y los cabellos y los restos orgánicos están en el laboratorio, pero no podemos esperar un milagro.
El forense no encontró el veneno en la escena.
Lo único que tenemos es su presencia esa noche y su habilidad.
Donnelly asintió, con la frustración palpable.
—Entonces, ¿cuál es el plan? No podemos retenerlo indefinidamente por cocinar.
—La única opción es acusarlo ya —declaró Martinsson con firmeza—.
Por los cuatro cargos de asesinato en primer grado.
El fiscal ya lo ha dicho ante las cámaras, y con cargos el juez lo mantiene dentro.
Eso nos da tiempo para que los técnicos rompan el cifrado de su portátil.
Si ese ordenador contiene un plan, ganamos el caso.
Si lo dejamos ir a casa ahora, puede alterar pruebas o desaparecer.
Fue entonces cuando Genny rompió el protocolo, con la voz calma pero tensa.