Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Genny regresó a la sala de interrogatorios con una ira fría y concentrada. Había llamado a la señora Richards y se lo habían confirmado. Elías Finch no era solo el sospechoso de un asesinato mediático: era lo que unía su fracaso más doloroso con el presente.

La conversación con Hank Beaumont había sido extraña, una mezcla de camaradería perdida y un propósito nuevo.

La franqueza con la que el jefe de Detectives había abordado su ostracismo le había devuelto recuerdos de un pasado más idealista.

Lo que Elías había dicho, la confirmación de su obsesión con el caso Kuzma, hacía plausible que este chef, este supuesto asesino, fuera en realidad un vengador.

Había pasado de archivar denuncias irrelevantes a encontrarse en el centro de un cuádruple asesinato, con la posibilidad de conseguir la justicia que Ezra, el joven al que falló, merecía.

Martinsson y Vega la observaban a través del cristal. Para ellos, era la última oportunidad de la detective Alvarado de ganarse una redención, de quebrar al sospechoso clave.

Genny entró y cerró la puerta con suavidad. Su postura había cambiado: ya no había exasperación ni hastío, sino una determinación tranquila.

—Ha vuelto, detective —dijo él—. ¿La abuela de Kuzma estaba bien?

Genny deslizó su silla y se sentó sin hacer ruido. No perdió el tiempo.

—Mire, Finch —comenzó, con la voz baja y uniforme, un contraste total con la agresividad que Martinsson esperaba ver—. Vamos a dejar de lado la autopsia, el cordero y la tarta de queso, por un minuto.

Él ladeó la cabeza y su sonrisa desapareció.

—Eso es refrescante, Genny. Por fin hablamos del plato principal.

Ella se inclinó, con las manos planas sobre la mesa, copiando su postura anterior.

—Usted sabe sobre Ezra Kuzma. Sabe cómo la ineficiencia de mi capitán de entonces le costó la vida a un chico.

Sabe que la única persona que creyó en mí fue la abuela de Ezra.

Así que la pregunta no es si usted mató a esas chicas, sino por qué, sabiendo todo eso, eligió mi número de teléfono para su llamada de auxilio.

¿Por qué yo, Elías? ¿Por qué la detective de los perros ruidosos para este juego tan peligroso?

Elías se reclinó de nuevo, devolviendo el control al juego.

—Porque estuve en el juicio, Genny. Me multaron por grabarlo.

Y, según me dijo la abuela de Ezra, usted era la única persona que defendía su inocencia a pesar de todo.

Y leí la entrevista, la que salió en un pequeño blog y criticaba el sistema y, en parte, a su propio departamento.

La encontré con mucho esfuerzo; no tuvo mucha difusión.

Le costó muy caro, ¿verdad? Podría haberse buscado un lío enorme.

—Pensé que nadie la leería —admitió Genny con amargura—. Pero llegó a las manos equivocadas y se hizo eco en toda la comisaría. Ahí empezaron todos mis problemas con mi capitán.

Elías sonrió.

—Usted es el único puente que tengo para corregir una injusticia más antigua.

—¿Qué injusticia? Sé lo que le hicieron a Ezra: la acusación, la condena, la desesperación —preguntó Genny, con la voz apenas un murmullo.

Elías asintió y bajó la mirada.

—Usted solo conoció a la versión rota de Ezra Kuzma, Genny.

El chico con la discapacidad. Él no nació así.

Era un chaval normal, algo más joven que yo, que el verano de sus diecisiete años empezó a salir con chavales del barrio algo mayores.

Yo los conocía a todos. No eran malos chicos, pero coqueteaban con las drogas.

Marihuana, sobre todo. Después se metieron en clubs de música electrónica y probaron otras más duras: pastillas, LSD…

Ezra, que era el más ingenuo, el que nunca había probado nada, tomó una sola pastilla de éxtasis.

Una sola. Un golpe de calor, un fallo multiorgánico, una parada cardiaca.

Estuvo en coma varios meses y quedó con lesiones permanentes.

Genny tragó saliva, sintiendo un nudo en el pecho.

Nunca supo la verdad. Siempre creyó que había nacido con aquella discapacidad que lo hacía vulnerable a la acusación.

Irene nunca se lo había contado. Ella nunca se lo había preguntado.

La doctora Vargas había hablado de espectro autista.

Nadie había preguntado por los diecisiete años.

Recordó a Ezra en aquella cocina, repitiendo «¿Está bien Rachel?

», y su propia respuesta: «Ella está a salvo».

—Y lo más grave, Genny, es que alguien con una lesión cerebral permanente acabara en una prisión de adultos —continuó Elías—.

Lo condenaron igualmente. Se suponía que una revisión psicológica decidiría el grado y que lo internarían en un centro adecuado.

Tres años estuvo esperando esa revisión en Rikers Island.

—El sistema dijo que se suicidó, ¿verdad? Se ahorcó en su celda. Muerte clara. Demasiado clara, diría yo. —Se inclinó hacia ella—. Pida la autopsia de verdad, Genny. La que el capitán Lennon enterró. No el resumen de dos páginas: léala entera, y luego me cuenta si un hombre que se ahorca muere así.

Genny no dijo nada. Que él no añadiera una palabra más le erizó la piel.

—Hay alguien que usted conoce, porque imagino que habló con él aquella mañana: Jacob St. Pierre, el novio de Brenda, la madre de Ezra. Posiblemente sea el verdadero asesino de Rachel. Y posiblemente fuera él quien le tendió la trampa a Ezra.

Genny se levantó y dio dos pasos hasta la pared.

Elías tomó un sorbo de agua antes de responder.

—Lo visité en Rikers varias veces. A veces no decía nada, solo miraba la pared.

Otras veces jugábamos al parchís, aunque él se frustraba si perdía.

Le sacaba alguna palabra, pero nunca nada relevante sobre el caso.

Cuando nombraba a Jacob… Ezra se tensaba.

Un temblor casi imperceptible. Se agarraba a la mesa. Parecía pánico.

—Esto es una locura, Finch —dijo ella—. No me fío de usted. Pero necesito algo que pueda comprobar, y lo que me ha contado se puede comprobar. Eso sí lo voy a hacer.

Elías sonrió sin alegría.

—Yo también necesitaba hilos de los que tirar, Genny.

Por eso lo seguí. Si no era el asesino, al menos tenía algo que ver con la miseria de Ezra.

Llevaba poco tiempo trabajando de camarero en un bar de Queens.

Se dio cuenta de que iba allí con frecuencia.

Me cogió y me preguntó qué demonios quería de él.

Lo negué, pero le dije que era amigo de Ezra.

Cuando pronuncié su nombre, se rió. Le llamó «puto niño tarado» y «carga inútil».

La expresión de Genny se oscureció.

—Me dio un arrebato. Lo golpeé en seco con un servilletero en la mandíbula y, una vez en el suelo, lo pateé.

Vino la policía y me detuvieron, pero se negó a presentar cargos contra mí.

No quería que nadie de la comisaría le hiciera preguntas incómodas sobre por qué un amigo de Ezra lo había atacado con tanta rabia.

—Ese es el cargo que vi en su expediente —confirmó Genny, con un asentimiento brusco.

Elías se encogió de hombros.

—Yo solo soy un cocinero obsesionado con la precisión. Lo de las chicas… sí, es un crimen atroz. Pero yo no tuve nada que ver. Si yo me convierto en el sospechoso de Hallets Point, Genny, usted tiene la coartada perfecta para investigar sin que nadie sepa para quién trabaja.

Genny no le creyó del todo. Tampoco necesitaba creerle para usarlo.

—Busque dónde se rompió el caso de Ezra. Y cuente con Hank Beaumont, Genny. Posiblemente sea su único aliado ahí dentro.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Martinsson y Vega entraron, con el capitán Donnelly pisándoles los talones.

—¡Suficiente, detective Alvarado! —gruñó Donnelly—.

Hemos conseguido la orden de registro. El registro va a empezar ahora.

Y usted, Finch, queda formalmente detenido mientras la fiscalía presenta cargos.

¡Y si encontramos un solo rastro de esa nicotina en su apartamento, lo acusaremos de asesinato en primer grado!

Genny no protestó. Su objetivo se había cumplido. Antes de que Martinsson la apartara, miró a Elías Finch por última vez. Él no dijo nada. La miró y asintió, una vez.

Genny salió de la sala con Vega y Martinsson, con la cabeza ya en Hank. Tenía que acceder al archivo original de Kuzma.

La orden de registro llegó minutos después de la detención formal, y el minimalista apartamento de Elías Finch se convirtió en un hormiguero de técnicos. Martinsson dirigía la unidad. El apartamento era un estudio de hormigón pulido y funcionalidad austera.

La detective Vega se movía por la cocina.

—Martinsson, ven a ver esto. El hombre no tiene una cocina, tiene un quirófano —bromeó, señalando una encimera de acero inoxidable impecable—. Un baño de agua, un rotavapor…

Martinsson, con las manos enguantadas, examinaba una nevera que solo contenía paquetes etiquetados con precisión y frascos de aditivos de cocina molecular.

—Es un chef, Vega. Está obsesionado con la precisión. Concéntrate.

—La precisión es lo que me preocupa —insistió Vega, señalando una colección de pipetas y medidores de pH—. Mira, un kit completo de esferificación. Con esto podría haber encapsulado la nicotina y disfrazado el sabor. No solo cocinaba: diseñaba el menú de su crimen.

Martinsson acababa de encontrar una colección de libros sobre el metabolismo de toxinas junto a una copia de «Modernist Cuisine». No se rió. Lo anotó.

Los técnicos fueron sacando los primeros hallazgos.

En un cajón sellado con cinta adhesiva aparecieron recortes de periódicos y revistas, centrados obsesivamente en el asesinato de Hallets Point pero mezclados con viejas notas de prensa sobre la acusación y el suicidio de Ezra Kuzma.

El portátil, un modelo de gama alta con cifrado, fue embalado como prioridad.

Tras un falso panel del dormitorio había una pequeña caja fuerte digital: abierta y completamente vacía.

—Vacía —musitó Martinsson—. La mejor prueba de que se ha deshecho de la evidencia física. El arma, la ropa, las notas… lo que sea que le dé el motivo.