Capítulo 8 #2
La conversación continuó fluyendo con una facilidad pasmosa.
No hablaron de crímenes, ni de Nueva York, ni de la ley.
Discutieron la nueva novela de un escritor francés, la decadencia de la infraestructura urbana de Boston, y la superioridad del jazz de la Costa Oeste sobre el de la Costa Este.
Hank se encontró, para su propia sorpresa, inmerso en la discusión, olvidando por momentos que el hombre que cortaba verduras con la precisión de un cirujano era su principal sospechoso.
Cuando la cena estuvo servida, la mesa volvió a ser el centro del universo.
El pato estaba cocinado a la perfección, la piel crujiente y la carne jugosa, equilibrada por el glaseado agridulce.
El vino corría para todos menos para Hank, que conducía, y, después de los postres (unas crepes de naranja y Grand Marnier), Margaret Jean anunció el momento de la verdad.
—Bien —dijo, limpiándose los labios con una servilleta—. Es hora de «La Media Verdad». El inspector demostró la otra vez ser un buen cazador de mitos. ¿Quién empieza esta noche?
Markis propuso que empezara Elías: nadie contaba mejor.
Elías sonrió, una sonrisa tensa que no llegó a sus ojos. Encendió una vela de té y colocó la taza de café humeante frente a él. La luz de la vela proyectó sombras danzantes sobre su rostro.
—De acuerdo. Les contaré una historia —comenzó Elías, y su voz se volvió más baja y grave—. Es la historia de un joven, un chico que conocí brevemente cuando era chef de una comunidad local. Llamémoslo Martin.
Hank se obligó a concentrarse en su café, sus nudillos blancos apretando la taza.
—Martin era un chico brillante, de esos que te hacen sentir optimista sobre el futuro —continuó Elías—.
Tenía una alegría contagiosa. Un día, sus padres recibieron una llamada.
Un oficial de policía de carreteras les informó de que su hijo se había suicidado.
Se había tirado de un puente sobre una autopista interestatal, cayendo directamente sobre el carril de camiones.
A Hank se le heló la sangre. La mención del suicidio y del joven le devolvió de golpe el caso de Tommy McCullog, el sobrino de Elías, archivado de forma idéntica.
Elías prosiguió, imperturbable.
—El padre de Martin, un hombre que, seamos sinceros, nunca le había dado mucho amor ni atención al chico, asumió la noticia con una resignación vacía.
«Pobre Martin. Debía estar deprimido», dijo.
Siguió con su vida. La madre, con un dolor desgarrador pero silenciado, hizo lo mismo.
La verdad era que, para ambos, la versión oficial era la más fácil de aceptar.
»Pero había alguien —dijo Elías, inclinándose hacia la vela—. Alguien que quería mucho a Martin: el señor Earvin. Él no se creyó ni por un segundo la narrativa del suicidio. El señor Earvin desarrolló una obsesión: saber la verdad exacta.
»Lo primero que hizo fue contactar con un detective privado, un hombre de dudosa reputación, pero con excelentes contactos, y con su ayuda obtuvo el informe completo de la escena.
El documento confirmaba la versión oficial: Martin se había arrojado desde el paso elevado.
Lo que pasó después era brutal: un camión tráiler lo atropelló de lleno, destrozando el cuerpo.
El camionero no se detuvo; simplemente, se dio a la fuga.
Los restos fueron descubiertos horas después por un conductor de paso que, inicialmente, pensó que se trataba de un animal muerto en el asfalto.
»El señor Earvin se centró en un solo objetivo: el camionero fugado. Fue una tarea de meses, un ejercicio de pura paciencia y patrones.
»Comenzó listando los camiones que pasaban por esa carretera a la hora estimada de la muerte de Martin.
Durante los dos meses siguientes reunió cientos de vehículos.
La autopsia indicaba que la destrucción del cuerpo sugería un vehículo de muchas toneladas, posiblemente de dieciséis ruedas.
Esto redujo drásticamente la lista. Luego la redujo aún más, a los camiones con esas características que pasaban por el mismo punto, el mismo día de la semana y a la misma hora, cada semana.
Esto era solo teoría; podía haber sido un conductor ocasional, pero el señor Earvin era un hombre de orden.
»Día tras día, durante meses, el señor Earvin se sentó al borde de la autopista, con un cuaderno, registrando fechas, horas, matrículas.
La lista se redujo a cuatro camiones. Gracias a su contacto, investigó las matrículas, las empresas de transporte y los conductores.
Finalmente, quedó un ganador: un camión de una empresa de Minnesota dedicada a la exportación de maíz.
El conductor: un hombre de unos cincuenta años llamado Paul, con una vida de camionero a sus espaldas.
»El señor Earvin pasó las siguientes semanas observando a Paul, siguiéndolo a distancia en su ruta.
Planificó la mejor opción para hablar con él.
Paul hacía una parada habitual los martes, de camino a Nuevo México, y siempre pernoctaba en un área de descanso con poca visibilidad y poca ocupación. El lugar perfecto para su conversación.
»Una noche de martes, el señor Earvin actuó.
Mientras Paul dormía en la cabina del camión, se coló dentro.
Llevaba un pasamontañas que le cubría el rostro, dejando solo sus ojos visibles, fríos y determinados.
Utilizó una jeringa precargada. Le inyectó Midazolam a Paul.
Esperó unos minutos. El Midazolam hace efecto rápido: una sedación profunda a los pocos minutos, acompañada de una amnesia que suele borrar el recuerdo de la inyección.
Quería que Paul estuviera confundido, desorientado, pero lo suficientemente consciente para hablar.
»Cuando Paul despertó, no sabía dónde estaba, quién era esa persona ni por qué sentía que la cabina del camión daba vueltas.
Estaba mareado, aturdido, y sentía la somnolencia residual del fármaco.
Lo primero que notó es que sus manos estaban atadas a la espalda.
Justo al lado del señor Earvin había un cuchillo de grandes dimensiones, una hoja ancha que brillaba peligrosamente bajo la tenue luz de la cabina.
»El interrogatorio comenzó. Paul negaba todo, balbuceando que no recordaba nada y que estaba demasiado mareado.
»«¿Quién es usted? ¿Qué demonios quiere?», rogó Paul, con la lengua pesada por el sedante.
»«Quiero una explicación», dijo el señor Earvin, con una voz baja que parecía filtrarse a través del pasamontañas. «Quiero que me diga por qué siguió conduciendo.»
»El señor Earvin lo amenazó sin levantar la voz, pero infundiéndole un miedo real y primario. Paul se sintió enjaulado por la mirada helada de los ojos que se asomaban por el pasamontañas, y el pánico lo hizo cantar.
»Paul balbuceó la confesión de haber atropellado a alguien. Pero lo más importante que surgió de su terror fue una duda.
»«Yo creo que lo arrojaron», susurró Paul, con la voz pastosa. «No se tiró.»
»El señor Earvin esperó, su rostro cubierto por el pasamontañas.
Paul explicó que el cuerpo cayó justo delante de su camión, a escasos metros, pero no con la trayectoria vertical de un suicida; cayó a plomo, en posición horizontal, «como un saco de patatas lanzado».
Había repasado esa imagen miles de veces, y aunque no era un experto en física ni en caída de cuerpos, la forma en que el chico impactó el asfalto rompía la lógica de una caída libre.
»«¿Y cómo es posible que no se detuviera?», preguntó el señor Earvin, en un tono bajo y peligroso. «Pudo haber seguido vivo. Pudo haberle ayudado.»
»Paul suplicó, con la garganta seca, que el terror de lo que vio le paralizó los pies. En lugar de frenar o detenerse, solo atinó a pisar el acelerador, sin reaccionar realmente a lo que había pasado hasta que estuvo kilómetros más allá de la escena.
»El señor Earvin no estaba convencido de la versión de Paul.
No por el arrepentimiento, sino por la cobardía.
Cogió el cuchillo y lo deslizó sobre la mesa de la cabina hasta dejarlo a la vista de Paul.
Le dijo que, al menos, se tenía que llevar un correctivo físico por su omisión de socorro.
Justo cuando se disponía a tomar la hoja, Paul, en un arrebato de pánico, le dijo que su camión tenía una cámara frontal.
Dijo que, al día siguiente del accidente, había revisado las imágenes para ver si se veía algo.
Lo único que se veía, y mal, era una furgoneta roja aparcada en lo alto del puente con las luces encendidas: ni personas, ni el chico. Solo su silueta.
»El señor Earvin se quedó inmóvil. La furgoneta roja.
Una pieza nueva y valiosa en el patrón roto.
Pero su ira no se había disipado. Paul seguía mereciendo su merecido por la omisión de socorro.
El señor Earvin cogió de nuevo la jeringa y le pinchó con Midazolam por segunda vez.
Paul cayó dormido en pocos minutos. Una vez dormido, el señor Earvin cogió su cuchillo y se dispuso a que Paul no olvidara jamás, con la primera luz del amanecer, que había decidido no ayudar a un joven en la carretera.
»Cuando el sol comenzó a asomarse por el horizonte, el señor Earvin se marchó, llevándose consigo la jeringa, el cuchillo y una pista: la furgoneta roja. La omisión de socorro de Paul ya había sido castigada; ahora tocaba seguir el rastro que el miedo había revelado.
»El señor Earvin regresó a la zona del centro comunitario.
Sabía que las verdades, cuando la policía las ignora, se refugian en los círculos más cercanos.
Localizó a dos de los amigos de Martin en un destartalado parque de skate.
Eran jóvenes, desconfiados, y le miraron con la hostilidad silenciosa que se reserva a los adultos que hacen preguntas.