Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

De vuelta en el bullicioso Lower Manhattan, Hank seguía con el viaje a cuestas. La tensión de su encuentro con Elías Finch no se había disipado; se había solidificado en una convicción fría: Elías era un experto en ocultación. El problema era que el jefe de Hank no compartía esa convicción.

El capitán Gatti lo recibió en su oficina sin levantar la vista de un expediente al que iba estampando el sello página por página.

—Hank —dijo Gatti—. Siéntate. Tengo diez minutos.

Hank tomó asiento.

—Capitán, necesito autorización para seguir con la investigación del archivo Víctor Ward. En concreto, para una visita de seguimiento a una coartada clave de Elías Finch.

Gatti finalmente levantó la vista. Su rostro, surcado por la fatiga de veinte años en homicidios, se contrajo en una mueca de cansancio.

—¿Elías Finch? —repitió, con un tono de incredulidad—. ¿Todavía estás con eso? Te dejé ir a ese pueblo para cerrar una puerta, no para abrir otra. Tienes docenas de archivos pendientes aquí. Robos, ajustes de cuentas, lo de todos los días.

—Lo sé, capitán. Pero la coartada de Finch tiene huecos, y su comportamiento, el día que hablé con él, fue… inusual. Es demasiado perfecto. Demasiado limpio. Es listo, capitán, y sabe contar lo que le conviene. Y si es el responsable de esos crímenes, no estamos ante lo que creíamos.

Gatti dejó el sello sobre la mesa.

—Lo que me interesa es lo que aguanta delante de un juez.

El fiscal ya lo dejó claro: no hay pruebas forenses, no hay testigos, la coartada resistió el primer análisis.

No hay nada contra él. Y la ciudad ya tiene suficientes problemas sin que uno de mis inspectores dedique horas de servicio a una hipótesis sin respaldo.

Se recostó en la silla.

—Te lo digo por escrito si hace falta. Cierra el archivo Finch, ponle el sello de «caso frío» si quieres, y vuelve a lo que te pagan por hacer. Si me entero de que andas cerca de su casa en el pueblo o molestando a sus amigos, pasas a la sala de pruebas. ¿Queda claro?

Hank sabía que su jefe tenía razón, en términos burocráticos. Pensó en el congelador de Víctor Ward.

—Queda claro, capitán —dijo, levantándose. Pero en lugar de ir a su escritorio, se dirigió a la calle. Si no podía usar recursos oficiales, usaría su tiempo libre.

Unos días después, Hank volvió al pueblo. Ruth Kinsley vivía en una elegante casa de campo en las afueras, cerca de donde Hank había hablado con Elías. Era un barrio tranquilo y caro, de los que un inspector de homicidios no pisa por placer.

Hank tocó el timbre de latón. La puerta fue abierta por una mujer que desafiaba su edad con gracia y una inteligencia visible en sus ojos claros y vivaces. Vestía un pantalón de lana fina y una blusa de seda.

—Inspector Beaumont, asumo. Eli me dijo que probablemente recibiría su visita —dijo Ruth con una cortesía pulcra y sin sorpresas.

Lo hizo pasar a una sala de estar llena de libros, arte abstracto y una calma casi zen.

—Sí, señora Kinsley. Gracias por recibirme sin cita —dijo Hank, mirando las estanterías, que albergaban volúmenes sobre filosofía, historia del arte y, curiosamente, un estante dedicado a la lingüística.

—No se preocupe. Es mi ritual de la tarde, el café y la lectura. ¿Quiere uno? —preguntó. Él declinó.

Hank fue directo, pero sin brusquedad.

—Vengo a hablar sobre Elías Finch. Quiero saber cómo es su rutina.

Ruth se sentó en un sillón, cruzando las piernas con elegancia.

—Oh, Elías. Es un joven brillante. ¿Qué le intriga de él, inspector?

—Quiero saber qué suelen hacer juntos. Sin ánimo de ofender, él es un cocinero de treinta y tantos años y usted una mujer que más que le dobla la edad —dijo Hank, midiendo su reacción.

Ruth sonrió con un destello.

—No me ofende en absoluto, inspector. Es verdad, soy una octogenaria con suerte.

Tenemos una tradición: los sábados. Él cocina —las maravillas culinarias son cosa suya, yo me encargo de la conversación—, hacemos crucigramas, vemos algún documental raro y siempre acabamos con mi strudel de manzana.

Es un día entero y una pausa bienvenida para ambos.

—¿Y qué estuvieron haciendo la noche del sábado 22 de agosto? —preguntó Hank.

—¿La noche en que mataron a ese hombre? No sigo las noticias de Nueva York, inspector. Pero ¿se refiere a nuestra reunión semanal? ¿La del sábado?

—Exacto. El sábado 22 de agosto —confirmó Hank.

—Agosto… Dios, es que últimamente las fechas son mi némesis —dijo Ruth con un suspiro ligero, pero con una mirada de genuina frustración—.

Ya me cuesta saber qué hice ayer. Soy terrible con los días, las horas y esas cosas.

Los sábados me salen todos iguales. Pero sé que Elías estuvo aquí.

No se pierde ninguno, y siempre se va tarde. No sé decirle más.

Ruth sonrió, una sonrisa pequeña y conocedora.

—De hecho, si ha llegado usted ahora, tendrá que esperar. Justo hoy tiene que venir. Necesito que me arregle un problema simple con mi ordenador. Algo con una actualización de software que no sé cómo solucionar. No debería tardar.

Hank sintió que se le aceleraba el pulso. ¿Pura casualidad, o una trampa cuidadosamente colocada?

—¿De qué hablan, además de los crucigramas?

—De todo. Casi siempre acabamos discutiendo sobre la naturaleza de la verdad en la historia. Usted, inspector, basa su trabajo en la evidencia física. Elías y yo, en cambio, exploramos cómo la verdad puede ser una construcción narrativa, un simple acuerdo social.

Hank se inclinó.

—Lo entiendo. Pero déjeme ser claro, señora Kinsley. Estoy investigando a Elías Finch como sospechoso en un cuádruple asesinato.

La expresión de Ruth no cambió. Tomó un sorbo de su café con una delicadeza irritante.

—Le decía a Elías que la verdad absoluta es como el arte abstracto: depende enteramente de la perspectiva. Elías sostenía que la verdad es el patrón más eficiente y que la mentira es el ruido de fondo, la anomalía que rompe la lógica.

Mientras hablaba, Ruth se quedó inmóvil. Tenía los ojos fijos en un punto de la pared y la voz se le apagó en mitad de una frase. Duró solo tres segundos.

Hank miró el reloj.

—¿Señora Kinsley? ¿Está usted bien?

Ella parpadeó, volviendo a la normalidad con un sobresalto sutil.

—Perfectamente, gracias. ¿Por dónde iba? Ah, sí. Elías es un hombre de honor y brillantez. La idea de que pudiera participar en algo tan visceral y chapucero como esos crímenes es ridícula para cualquiera que lo conozca. Créame, si Elías quisiera matar a alguien, nadie se enteraría.

El inspector se frotó la barbilla. Su lealtad no parecía fingida.

En ese instante, se escuchó el sonido de la cerradura.

La puerta se abrió y Elías Finch entró en la sala, con una mochila de cuero cruzada al hombro, con jersey oscuro y vaqueros. Se detuvo en seco al ver a Hank. Su sorpresa fue mínima, casi imperceptible, pero estaba ahí.

—Ruth, perdona el retraso, me he entretenido… —Elías se interrumpió, clavando sus ojos claros en Hank. Su expresión se volvió una máscara de control—. Inspector Beaumont. Ruth me avisó de que quizá pasaría por aquí. No esperaba que tan pronto.

—Tengo que volver a la oficina —dijo Hank, poniéndose de pie.

—Y tengo que hacer mi labor. Parte de esa labor es comprobar todas y cada una de las coartadas. Gracias por su tiempo, señora Kinsley.

—Ha sido un placer, inspector. Espero que le vaya bien con su búsqueda de patrones —dijo Ruth, con un toque de burla educada.

Mientras Hank se dirigía a la puerta, Elías se acercó a él, bajando la voz lo suficiente para que solo el inspector lo oyera, con una sonrisa sombría en los labios.

—Ya que le interesa tanto mi vida social, inspector, no voy a dejarlo fuera. Mis amigos y yo nos reunimos el próximo jueves para cenar. Está invitado. Considérelo una… ampliación de su investigación.

Garabateó un camino en el reverso de un recibo y se lo tendió.

Hank asintió.

—Lo pensaré. Gracias, Elías.

Hank Beaumont aceptó la invitación. Si entraba, se exponía; si se negaba, perdía la única oportunidad de entender la red que rodeaba a su sospechoso. Pidió el jueves libre y no dijo para qué.

El jueves por la noche aparcó su Ford Taurus, envejecido y discreto, al costado del camino de grava que llevaba a la casa de Josh Tisdale.

La casa, de estilo rústico moderno, estaba iluminada por el resplandor cálido de la madera y las ventanas amplias.

Los mismos dos perros mestizos que había conocido en el pueblo salieron a recibirlo sin prisa, con el paso torpe de los años, y le olieron la mano.

Al entrar, la atmósfera era la opuesta a la sala de interrogatorios o al despacho de Gatti.

Markis Ottis estaba en la cocina, amasando con una concentración monacal.

Margaret Jean estaba sentada cerca de la chimenea, leyendo un libro de historia.

Josh Tisdale lo saludó en la entrada, con una copa de vino en la mano y una sonrisa genuina. Silas no había venido.

—Hank —dijo Josh, extendiéndole la mano, esta vez sin la frialdad de la otra—. Me alegro de que hayas aceptado. El menú de Elías es demasiado bueno para perdérselo.

Elías, con el mismo delantal de lino de la otra vez, estaba triturando pimienta con un mortero de mármol. Al ver a Hank, su rostro se iluminó con la sonrisa de un anfitrión satisfecho.

—Inspector Beaumont. Bienvenido de nuevo a la madriguera —dijo Elías—. Estamos a media hora de terminar. La cena será sencilla esta noche: pato asado, glaseado con cereza y romero, servido sobre una cama de coles de Bruselas salteadas con trozos de panceta. Nada que le obligue a pensar demasiado.

—Excepto el pensamiento de que tal vez esté intentando envenenarme —respondió Hank, intentando igualar el tono ligero, aunque no sintió ninguna ligereza.

Margaret Jean se rió desde su sillón.

—En rigor, si Elías quisiera matarle, no usaría un veneno tan obvio. Sería una bacteria rara que solo prospera en un tipo específico de queso azul. Un plato delicioso, perfectamente ejecutado, y moriría con una sonrisa de felicidad.