Capítulo 7 #3
El lugar de encuentro era una pequeña trattoria italiana en Little Italy, «Da Enzo», lo bastante ruidosa como para que no sintieran la necesidad de llenar cada silencio, pero no tanto como para tener que gritar.
Ella llegó con un jersey grueso y elegante sobre unos vaqueros, su cabello rubio suelto. Él la saludó con un abrazo breve que se sintió perfectamente natural, como si se conocieran desde hacía años.
—Gracias por venir —dijo él, sentándose—. El nivel de presión en la sala de guionistas es tan alto que literalmente sueño con vacas.
—Gracias a ti por sacarme de mi celda de estudio —respondió ella, aceptando la carta de vinos—. Necesitaba un reinicio. He pasado tanto tiempo en la terminal que estoy empezando a ver comandos Unix en las nubes.
La cena fue una mezcla de lo personal y lo intelectual.
—Tú vives de contar historias y yo de encontrar la verdad en el código —dijo ella—. Al final es lo mismo.
—Me encanta esa analogía. Los personajes dicen una cosa y hacen otra, y la tensión está en la discrepancia. Como tú: dices que odias la interacción social y estás cenando conmigo.
—Soy una excepción que prueba la regla —bromeó ella—. Tú eres más transparente. Eres el tipo que se esconde detrás de la comedia para que nadie se dé cuenta de lo mucho que se toma en serio su trabajo.
—Ouch. Eso es un buen diagnóstico. ¿Me estás cobrando por esta sesión de terapia?
—Sí. Con vino tinto.
Pasaron a hablar de sus ambiciones. Él le habló de su sueño de dirigir su propia película, una sátira oscura sobre el vacío de la vida moderna. Ella le contó sobre su programa, su fascinación por la seguridad, no solo por el dinero, sino por la elegancia de un sistema impenetrable.
—Así que eres la guardiana. La que evita el apocalipsis digital.
—No tanto. Soy la que entiende que el apocalipsis digital empieza cuando alguien usa su cumpleaños como contraseña de su servidor crítico.
—Hablando de cumpleaños como contraseña —dijo él, encogiéndose un poco—: la de mi blog es el año en que nació Agnès Varda.
—Lo sospechaba. —Reese cerró los ojos con un dolor puramente profesional—. Dame un sábado. Te monto copia de seguridad, verificación en dos pasos y, ya que nunca publicas a tiempo, un programador de entradas: tú escribes cuando te sale y yo hago que salgan solas, a la hora que quieras.
—¿Y a cambio?
—Una cuenta de administración a mi nombre. Para el día que olvides tu contraseña. Y la vas a olvidar.
—Es lo más romántico que me han ofrecido en años: acceso de administrador.
Después de la cena, decidieron prolongar la noche con unas copas en un pequeño bar de jazz con poca luz. La conversación se volvió más suave, más personal. La música de un piano distante llenaba los huecos.
—Mi abuela siempre dice que no tengo infancia —dijo ella—. Solo tenía código.
Peter abrió la boca para contestar con una broma y no la encontró.
—Yo no tuve trauma, tuve la frustración de saber que podía escribir algo mejor que lo que veía en televisión —dijo al fin—. Supongo que los dos huimos de algo. Yo de la mediocridad; tú de la precariedad.
—Hace años que no cenaba con alguien. No sé cómo se hace.
—Pues lo haces bien.
—¿Y ahora qué?
—No sé. Estamos aquí. —Peter soltó una risa corta—. Sin vampiros. Es raro.
—Sí —dijo ella—. Es raro.
Él la miró, admirando cómo su ingenio se mantenía firme incluso después de dos copas de vino.
Salieron del bar de jazz y la noche de Nueva York los recibió con su frío habitual. Las calles estaban menos transitadas. Comenzaron a caminar hacia la estación de metro que la llevaría a su casa, pero se detuvieron en un pequeño parque.
Vieron un banco de madera antiguo, bajo la tenue luz de un farol. Los dos se sentaron.
El aire se llenó de silencio, un silencio cómodo que no necesitaba ser llenado con el ruido de las palabras ingeniosas. Peter podía sentir el calor residual del cuerpo de ella a través del jersey, a apenas unos centímetros de distancia.
Él se giró ligeramente para mirarla. Ella estaba mirando hacia el horizonte, hacia un parpadeo de luces en la distancia, pero él sabía que estaba completamente consciente de su presencia.
Ella tenía los hombros rígidos, como quien espera un golpe.
Peter observó la curva de su mandíbula, la suavidad inesperada de su rostro cuando no estaba enfocada en una pantalla o en una taza de café. Ella era una persona que se movía a una velocidad increíble por el mundo digital, pero que en ese momento estaba perfectamente inmóvil, esperando.
Su mano se movió sola, apenas rozando el codo de ella. Ella no se estremeció. Él sintió la tentación de lanzarse, con el impulso del guionista que necesita el clímax, pero no quería estropearlo. Quería que fuera un acuerdo, no un impulso.
Se aclaró la garganta.
—Reese.
Ella se giró, sus ojos capturando los suyos en la penumbra.
—Sí, Peter.
—Quería… o sea, me gustaría besarte. Si te parece bien. Y si no, finjo que estaba hablando del tiempo.
Reese lo miró un largo segundo y sonrió, más abierta y desarmada que nunca.
—El riesgo ha sido evaluado y aceptado.
Él sonrió, con un alivio inmenso. Se inclinó y la besó. No fue dramático ni apresurado, ni el beso de una película de Hollywood. Fue un beso lento.