Capítulo 7 #2
—Bueno, Peter —dijo Reese, cerrando su libro de criptografía con un golpe suave—.
Es lo que mejor sé hacer: detectar y reparar el código defectuoso.
Y tu diálogo sobre el mapache derretido tiene mucho potencial.
Ahora, tengo que ir a casa y luchar contra unos logs que tienen más errores que los planes de un villano de Bond. Suerte con tus neuróticos inmortales.
Peter la miró mientras se ponía su mochila.
—Espera. ¿Vas a volver a ser la chica silenciosa que decodifica rootkits y sirve café con leche de avena?
Reese se encogió de hombros.
—Los personajes de mi vida tienen que ver con números. Te veo por aquí.
Y con eso, Reese Ellison se fue. Peter se quedó solo en la mesa, su cerebro zumbando no con el diálogo, sino con la voz de la nueva Zero.
Sacó su teléfono y buscó en la web las noticias de última hora sobre ciberseguridad, con la esperanza de encontrar un nuevo tema de conversación para cuando Reese regresara.
Habían pasado cuatro días desde que Reese Ellison había prestado su voz de hastío brillante al personaje de «Zero» en la web serie de Peter Maco. Él no había podido sacarse de la cabeza ni la voz, ni la sonrisa genuina que rompió su máscara de eficiencia.
Esa mañana, buscando un respiro de los chistes sobre lácteos en la sala de guionistas, se encontró deambulando por East Village.
Entonces la vio: la nevera de acero inoxidable zumbando, el logo simple de «The Daily Grind», y ella, con su cabello rubio recogido, midiendo con precisión la cantidad de sirope de vainilla.
Entró, sintiendo una punzada de nerviosismo que no experimentaba ni al enfrentarse a un productor ejecutivo.
—Buenos días. Necesitaré el café más fuerte que tengas, algo que grite «has dormido tres horas y aun así tienes que pretender que el capitalismo es divertido» —bromeó, acercándose a la barra.
Reese levantó la vista y una sonrisa pequeña, casi imperceptible, curvó sus labios.
—Peter —dijo ella, con voz seca pero cálida—. He estado pensando en vampiros y mapaches congelados desde la última vez que te vi. Dime que has vuelto para contratar a «Zero» como dobladora oficial, porque mi currículum de barista está lleno de errores 404.
Peter se apoyó en la barra.
—Un poco de ambas. El café es para sobrevivir a mi jefe y los cuarenta chistes de charcos de leche. Y en cuanto a la serie, quería saber si «Zero» sigue disponible para el próximo diálogo o si su agente está pidiendo demasiada mantequilla de maní en el camerino.
—Zero siempre está disponible para criticar la estupidez inmortal —respondió, mientras molía los granos de café con una precisión metronómica—.
Pero he estado ocupada analizando patrones.
Entre otros, tu blog: escribes mejor sobre Akerman que sobre vampiros, aunque su seguridad es un colador.
¿Y sabes qué patrón he detectado? Que la gente que gasta siete dólares en café gourmet no tiene tiempo para el cine malo de la Fox.
Deberías estar haciendo una película de verdad.
—¡Me lees la mente! Literalmente. Es lo que mi terapeuta de guiones me dijo —rió—. Hablando de cine de verdad, he estado pensando. El diálogo que hicimos fue genial, pero necesito una inmersión. Algo que me recuerde que existe vida más allá de los vampiros.
Respiró hondo.
—¿Te gustaría ir al cine? Una película que te haga sentir que no estás perdiendo el tiempo. Y no, no cuenta si es una proyección privada de un exploit del kernel.
Ella lo miró, levantando una ceja rubia.
—Ir al cine. Mmm. Una actividad social que implica estar sentado en silencio y juzgar la dirección de arte —reflexionó Reese—. Me parece un uso aceptable del ancho de banda cerebral. Digo que sí. ¿Cuándo y dónde?
Dos días después, él esperaba a Reese frente al Film at Lincoln Center, en el Upper West Side. Vestía una chaqueta de tweed y se sentía genuinamente emocionado.
—Quería llevarte a un lugar que fuera un poco «anti-Hollywood» —explicó al llegar ella, que parecía ligeramente incómoda con el ambiente académico y cinéfilo—. Este cine es un paraíso para el cine independiente, documental y extranjero. Nada de efectos especiales ni franquicias.
—Me parece bien —dijo ella, mirando los carteles—. Yo soy más de Blade Runner o Matrix… es decir, ciencia ficción dura que predice el apocalipsis. Pero aprecio el esfuerzo. ¿Qué vamos a ver?
—Tenía la esperanza de que tuviéramos tiempo para ver La Chica Danesa —comentó, buscando en su teléfono—. Pero acaban de anunciar que el pase se ha llenado. Espera… tenemos una opción: es cine japonés, en versión original con subtítulos, a punto de empezar.
Ella asintió.
—Genial. La incomodidad de los subtítulos, sumada a la barrera cultural, me hará sentir que estoy usando mi tiempo de forma productiva. Vamos.
Compró las entradas para «Una pastelería en Tokio».
Casi dos horas después, salieron del cine en silencio. La película, una meditación pausada y tierna sobre la soledad, el arte de hacer dorayakis y una mujer que lucha contra la exclusión social debido a la lepra, era lo opuesto a los vampiros neuróticos y al thriller tecnológico.
Caminaron por Broadway, bajo la luz del atardecer.
—Bueno —dijo él, rompiendo el silencio—. Eso… fue inesperado. Honestamente, entré esperando una siesta de cine de arte, y salí pensando que nunca he mirado una pastelería con suficiente respeto.
Ella rió.
—Sí. Me ha gustado —dijo ella, y no añadió nada más.
—Mi vampiro, Damien, está luchando por el significado en la eternidad, y esa señora estaba luchando por el significado en una receta de pasta de frijoles —reflexionó, asimilando la película—. No sé si es la mejor cita de la historia, pero… no la olvidaré. ¿Tú sí?
—Imposible —respondió ella, sonriendo de nuevo—. Porque ahora sé que, incluso cuando estoy sentada en silencio, estoy analizando la composición visual, la paleta de colores y la semiótica de la hoja del cerezo. Ya no puedo ver una pastelería sin preguntarme qué secretos oculta el anko.
—Eso es brillante, Reese. Eso es oro.
Se detuvo y se giró hacia ella.
—Así es como trabaja «Zero». El mundo es una serie de códigos. ¿Aceptas continuar esta… codificación del mundo conmigo?
Ella se cruzó de brazos, su habitual pose de escepticismo, pero sus ojos brillaban.
—Solo si me prometes que la próxima vez elegiremos una película donde la gente explote, para balancear la ternura. Y si me explicas de qué va ese nuevo chiste de charcos de leche.
—Trato hecho, hacker —dijo—. Trato hecho.
Al día siguiente, la pantalla del portátil de Reese parpadeaba con un dump hexadecimal y no podía concentrarse. Su cerebro, que normalmente procesaba gigabytes con la precisión de un superordenador, estaba atascado en la risa de Peter en el cine.
Peter.
Intentaba forzar su mente a regresar al programa. Tenía un examen sobre criptografía de curva elíptica en cuarenta y ocho horas y no podía permitirse suspender. Pero en lugar de ver ecuaciones, veía la expresión de asombro de él al salir de «Una pastelería en Tokio».
¿Qué es lo que me está pasando?, se preguntó. Llevaba años en modo firewall total, protegiéndose contra cualquier amenaza de distracción emocional.
Se levantó de su mesa en la biblioteca, frustrada por la ineficacia de su propia mente.
Le envió un mensaje de texto. Simple. Directo.
Reese a Peter
¿Has conseguido escribir el chiste de los charcos de leche apto para abuelas? Necesito una auditoría de humor.
A unas manzanas de distancia, Peter estaba atascado. Llevaba tres horas mirando una página en blanco titulada «Escena 42: Damien se enfrenta a un charco de leche».
El problema no era la leche. Era la voz. La voz que él había inventado para Zero y que ella había encarnado con un cinismo perfecto. Cada línea que intentaba escribir en la voz de Zero sonaba hueca en su cabeza.
—Maco, ¿dónde están mis chistes? —gritó Mitch desde el pasillo—. ¡Si no me entregas algo antes del almuerzo, te pondré a escribir gags de mímica!
Peter ignoró el pánico. Miró su guion y luego a su teléfono. Su mente estaba haciendo una tesis de posgrado sobre cómo invitar a salir a una hacker. ¿Invitarla al cine había sido demasiado fácil? ¿Demasiado guionista? Necesitaba algo más real. Algo que no pudiera encajar en una sinopsis de Fox.
Cuando su teléfono vibró, sintió un subidón de adrenalina. Era ella.
Peter a Reese
No. La abuela se ahogaría en la metáfora. Necesito tu cinismo para arreglar mi comedia. ¿Disponible para una sesión de depuración fuera de la red? Un lugar sin vampiros ni pasteles japoneses.
Reese a Peter
Acepto la misión. ¿Cuándo y dónde, jefe de guionistas?
Peter a Reese
El sábado. Te enviaré coordenadas. Ponte algo que no huela a café ni a miedo de examen.
Antes de ese sábado se vieron tres veces más: dos cafés a la salida del turno de ella y una tarde en la que Peter le leyó en voz alta un guion que odiaba. Él descubrió que ella apagaba el móvil a las diez en punto; ella, que él se disculpaba con los camareros más de lo necesario.
—¿Por qué escribes lo que escribes? —le preguntó ella la tercera vez.
Peter tardó en contestar.
—Porque paga el alquiler. —Y luego, más bajo—: Y porque no sé hacer otra cosa.
Ella no dijo nada, pero esa noche se quedó mirándole un rato más de lo necesario antes de despedirse. Él lo notó y no supo qué hacer con ello. Volvió a casa andando, aunque llovía.