Capítulo 7
Para la mayoría de la gente, Reese era solo la chica silenciosa de la barra: cabello rubio cortado de forma práctica, ojos demasiado serios y una eficiencia que rayaba en la robótica. Pero bajo el uniforme, Reese vivía una doble vida.
Estaba a un semestre de terminar un programa intensivo de certificación en peritaje informático, que costaba una fortuna. Era su billete de salida de la precariedad: ciberseguridad, análisis forense digital y salarios de seis cifras que la sacarían de su apartamento de alquiler regulado.
—Otro con leche de avena y extra de caramelo, Reese —ordenó Greg, el gerente, un hombre de treinta y tantos con el alma ya agotada por el vapor de la leche.
Reese asintió. Mientras sus manos hacían el ritual de presionar, vaporizar y verter, su mente ya estaba a mil kilómetros de allí, repasando apuntes de redes y protocolos.
La paradoja era cruel: ganaba nueve dólares la hora sirviendo cafeína, mientras en su tiempo libre analizaba el tráfico de red de sus prácticas.
Esa mañana, mientras limpiaba la barra, repasaba mentalmente los logs de un honeypot que había configurado para su proyecto final: una trampa para capturar ataques automáticos de malware.
El trabajo era fascinante y le exigía una precisión quirúrgica.
Un solo error, o un día de sueño insuficiente, podía costarle miles de dólares de matrícula.
Por eso no se permitía distracciones. No salía, no socializaba. Solo trabajaba, estudiaba y servía.
Su mayor habilidad era ver patrones, notar lo que no encajaba: el cliente que iba a irse sin pagar, el pedido que iba a salir mal.
A escasos kilómetros, en un estudio de Manhattan, Peter Maco estaba a punto de presenciar la muerte lenta de una sitcom.
Peter era becario en la sala de guionistas de The Queens of Queens, una sitcom de Fox cuyo humor era tan inofensivo como su índice de audiencia.
Llevaba cuatro meses allí, y el ambiente era una mezcla de negación, histeria y resignación.
Los rumores de cancelación eran ya tan palpables como la pizza vieja de la oficina del jefe de guionistas.
—¡Maco! ¡Quiero cuarenta chistes sobre alguien resbalando en un charco de leche! ¡Y que uno de ellos sea de doble sentido, pero apto para la abuela! —gritó Mitch, el productor ejecutivo, un hombre que vestía camisetas de bandas de heavy metal para compensar su alma de oficinista.
Peter asintió. Su trabajo consistía en escribir chistes que nunca se usarían, reescribir guiones que se tirarían a la basura y asegurarse de que la máquina de café nunca estuviera vacía.
Había estudiado guionismo en la Tisch School of the Arts de NYU, y se imaginaba un futuro haciendo cine noir existencial, no intentando hacer humor sobre productos lácteos.
Su única válvula de escape era su proyecto personal: «El Círculo de la Noche», una web serie de bajo presupuesto, financiada por sus amigos, sobre el personal de un bar de copas que, en realidad, eran todos vampiros neuróticos de Brooklyn.
Era el tipo de comedia oscura y geek que la televisión abierta nunca se atrevería a tocar.
Y últimamente dedicaba tiempo a su blog de cine experimental, Cine Olvidado, donde escribía sobre las películas de Maya Deren, Chantal Akerman o Agnès Varda para un puñado de lectores.
Peter era alto, delgado, con el pelo rizado y salvaje, y una energía nerviosa que canalizaba en la sobreactuación. Lo suyo era el diálogo, el ritmo de la conversación, y podía imitar cualquier voz o acento a la perfección.
Su verdadero corazón estaba en su portátil, en las líneas que escribía a deshoras. Ese era su billete de regreso al mundo real, lejos de las luces de neón y los gags obsoletos.
Esa misma noche, Peter se encontraba en un bar tranquilo, llamado «The Rusty Mug», a unas manzanas de la cafetería de Reese.
Era un lugar con poca luz, mesas de madera pegajosas y el suave murmullo de una conversación constante.
Peter se había apoderado de una mesa en un rincón y estaba inmerso en su portátil, tecleando furiosamente la escena de una discusión entre dos vampiros, Damien y Astrid.
Llevaba una hora trabajando y necesitaba probar el ritmo en voz alta. Esperó a que el bar estuviera más tranquilo, bebió un trago de agua y empezó a leer en voz baja, pero audible:
—PETER (voz de Damien, grave y melancólica): Tienes un problema con la eternidad, Astrid. La tratas como si fuera un período de prueba de Netflix. La eternidad es la única garantía que tenemos, y la desperdicias comprando arte moderno.
—PETER (voz de Astrid, aguda y dramática, con un ligero acento europeo): ¡No es arte moderno!
¡Es la única escultura de hielo de un mapache que me ha hecho sentir algo en los últimos cien años, Damien!
Y me lo has derretido con tu aliento fétido de no-muerto.
¡Estás celoso de que tenga sentimientos!
—PETER (voz de Damien): No estoy celoso de tus sentimientos. Estoy celoso de que la nevera de tu cocina no funcione y ese mapache derretido ahora huele a pescado. ¡Es un comentario sobre la futilidad de tu existencia!
Peter se detuvo, sintiendo la adrenalina del diálogo bien escrito. Entonces vio que en una mesa cercana, frente a una pila de libros sobre criptografía, una chica lo miraba con una sonrisa que intentaba contener. Bajo la chaqueta asomaba el polo del uniforme de una cafetería. Eran las 21:14.
Reese inclinó la cabeza y murmuró, sin borrar la sonrisa:
—Creo que el verdadero problema no es el mapache ni la nevera. Es que Astrid se proyecta en el mapache. Ella es el mapache: un símbolo de la naturaleza salvaje, atrapado en una jaula de hielo y condenado a una muerte lenta por el calor de la indiferencia.
Peter se sobresaltó. No se había dado cuenta de que alguien lo escuchaba, y mucho menos alguien que había captado el subtexto en una sola línea. Giró su silla.
—Wow —dijo Peter, completamente desarmado—. Eso es… o sea, es increíblemente ingenioso y deprimente a partes iguales. ¿Quién eres? ¿Una crítica de arte? ¿Una psiquiatra gótica? Perdona, no sé por qué he dicho gótica.
Reese se encogió de hombros, volviendo a su libro, aunque la sonrisa no se le iba del rostro.
—Solo una chica que intenta descifrar un exploit en el kernel de un sistema operativo, y a la que ha sorprendido la profundidad temática de un mapache de hielo. El diálogo es bueno, por cierto.
Peter sonrió de oreja a oreja. Había encontrado a una audiencia y, lo que era más importante, a una colaboradora potencial.
—Necesito que me hagas un favor —dijo Peter, inclinándose hacia adelante con el entusiasmo de un conspirador—.
Estoy atascado con la voz de un personaje nuevo, una hacker llamada «Zero».
Necesito que suene cínica, brillante y totalmente agotada por la estupidez de los vampiros.
Me has demostrado que entiendes el tono.
¿Te gustaría ayudarme? Solo cinco minutos. Serás la voz de Zero.
Reese dudó; miró el reloj y luego el libro. Dejó el libro a un lado.
—¿Cinco minutos? —preguntó Reese—. Solo si me prometes que no voy a tener que hablar de la nevera de Astrid.
Peter se echó a reír.
—Trato hecho. Dame cinco minutos de tu cinismo brillante, y yo te dejaré en paz.
Peter movió su silla hacia la mesa de Reese. Ajustó el brillo de su portátil y señaló la pantalla.
—Bien, aquí está «Zero» —susurró Peter, casi conspirador—.
Está hablando con el vampiro más anciano y paranoico del grupo, un tipo llamado Marius, que insiste en que el nuevo sistema de seguridad que ella ha instalado es un portal directo a la policía.
Lee la parte de «Zero». Cínica, brillante, agotada.
Reese asintió, su rostro adoptó una máscara de hastío milenario.
—PETER (voz de Marius, temblorosa y antigua): Zero, ¿estás segura de que esto no es una trampa de la Comisión Nacional de Seguridad? Veo demasiados firewalls. Parece una redada con estilo.
—REESE (voz de Zero, seca y rápida): Marius, estoy segura de dos cosas en este universo: que estoy aquí para limpiar el desorden digital que dejas cada vez que te conectas a eBay, y que la NSA no tiene el presupuesto para este nivel de encriptación. Ellos siguen usando «12345» como contraseña.
Peter se rió en voz baja.
—¡Perfecto! El tono es genial. Sigue.
—PETER (voz de Marius): Pero ¿el rastro de las galletas? ¡Las galletas! Si compramos cinco mil años de galletas, sabrán dónde estamos.
—REESE (voz de Zero): Las «galletas» (cookies) son el menor de tus problemas, Marius.
El verdadero rastro que dejas es el de tu cuenta de streaming de época.
La gente que mira Downton Abbey a las cuatro de la mañana con ese nivel de obsesión, son los verdaderos paranoicos.
He tenido que enmascarar tu IP como la de un agricultor de Idaho para que no piensen que eres un bot ruso.
Peter se golpeó la frente con la palma de la mano, riéndose.
—¡La de las galletas y Downton Abbey es oro puro! Tienes que quedarte en este personaje. ¿De dónde sacaste esa voz? Es como si te hubieras acostado a las seis de la mañana durante veinte años.
Reese sonrió, una sonrisa genuina y deslumbrante que hizo que Peter se olvidara de los vampiros y de los charcos de leche.
—Es mi voz de café. La pongo cada vez que tengo que explicar a un cliente que un latte y un cappuccino son dos cosas diferentes, y que no, el wifi no está «roto», solo tienes que reiniciar el router.
—Espera, espera —dijo Peter, interrumpiendo su propia risa—. Tengo que saber tu nombre real.
—Es Reese —dijo ella, con una sonrisa que no se correspondía con su cansancio—. Acabas de salvar a mi rutina de estudio del aburrimiento absoluto.
—Yo soy Peter. Y acabas de salvar a mi web serie de la cancelación antes de que se emita.