Capítulo 8 #3
»Se acercó a ellos no como un investigador, sino como un mentor.
Habló de Martin con respeto, de sus planes y de su inesperada alegría.
Los amigos se mantuvieron herméticos. Después de media hora de conversación paciente sobre la vida de Martin, el señor Earvin deslizó una pregunta sobre los últimos días del chico.
¿Había algo nuevo en su vida? ¿Algo que lo hiciera excepcionalmente feliz o lo llenara de miedo?
Los jóvenes se encogieron de hombros. El señor Earvin insistió suavemente, enfocando la conversación en las relaciones personales, la fuente más habitual de los cambios de humor en esa edad.
Finalmente, uno de los chicos, mirando fijamente la punta de su zapatilla, dejó caer la pista.
Martin había estado saliendo con una chica llamada Greta. Era algo reciente.
»Greta era la siguiente pieza del patrón.
El señor Earvin obtuvo la dirección de Greta fácilmente, y se dirigió a una calle suburbana de casas modestas y bien cuidadas.
La puerta fue abierta por una mujer mayor, la madre de Greta.
Al escuchar el nombre de Martin y ver la intensidad tranquila del señor Earvin, la mujer palideció.
»«Mi hija no tiene nada que ver. No sabe nada», dijo la madre, con la voz áspera por el miedo. Trató de cerrar la puerta.
»El señor Earvin detuvo el movimiento con la palma de la mano, sin brusquedad, pero con una firmeza absoluta.
»«Solo quiero hablar con Greta sobre Martin», murmuró él. «Si ella sabe algo, su silencio solo protege a los culpables.»
»«No. ¡No! Mi hija no va a hablar con usted, ni con nadie. No vamos a meternos en problemas», replicó la mujer; su terror era tan evidente que era una confirmación en sí misma. Cerró la puerta de golpe.
»La negación furiosa de la madre no lo disuadió, sino que lo validó. Regresó a la mañana siguiente y esperó cerca de la parada de autobús del instituto.
»Cuando Greta apareció, no la acorraló. Caminó junto a ella, manteniéndose a una distancia respetuosa.
Le dijo que había hablado con Paul, el camionero, y le explicó, sin dramatismos, la evidencia de que Martin había sido arrojado.
Le mencionó el miedo de su madre, no para culparla, sino para mostrarle que su silencio ya estaba siendo utilizado.
»Greta se detuvo, con la mochila colgando de un solo hombro, y se echó a llorar, un llanto seco y contenido. La injusticia la superó.
»«Yo… yo oí algo», dijo, secándose las lágrimas con la manga de la sudadera. «No fue Martin quien se lanzó. Un chico me lo dijo. Fue la familia Harlan. Yo no les hice caso. Pensé que eran mentiras, celos.»
»Greta explicó que el hijo menor de los Harlan había estado enamorado de ella durante meses y nunca le había hecho caso. Su nueva relación con Martin lo había enfurecido.
»El señor Earvin asintió, con el rostro inexpresivo. «Dime la dirección de la familia Harlan, Greta», ordenó en voz baja. «Y no le digas a nadie que hablamos. Ni siquiera a tu madre.»
»El señor Earvin obtuvo la dirección de los Harlan.
La casa, situada en una zona residencial más antigua, tenía una valla perimetral alta y un aire de prosperidad austera.
Aparcó su coche a tres manzanas y continuó a pie, camuflándose con la rutina del vecindario.
La vigilancia no tardó en darle la primera recompensa visual.
Estacionada en la entrada lateral, bajo un cobertizo que la protegía, estaba la furgoneta.
Era roja, de modelo antiguo y con un par de abolladuras recientes, justo como la había descrito Paul.
El corazón del señor Earvin latió con la fría confirmación de la prueba.
Tenía tres indicios convergiendo: la furgoneta del camionero, el rumor de Greta y la cercanía de la propiedad al lugar del crimen.
»Sabía que no podía enfrentarse a los Harlan como lo había hecho con Paul. Los Harlan eran una familia, posiblemente con conexiones, y un asalto directo no funcionaría. Necesitaba un testigo, una voz externa que confirmara lo que ya sabía: que Martin no se había suicidado.
»Pasó las horas siguientes recorriendo la zona, deteniéndose en comercios y, finalmente, en un bar.
Con la cautela de un cazador, entabló conversación con un hombre mayor en la barra.
Preguntó por la historia del vecindario, por los residentes más antiguos, y deslizó, sin nombrar a nadie, una pregunta sobre «un incidente feo» que había ocurrido cerca, un accidente de tráfico que se manejó mal.
»El hombre del bar se puso tenso, miró alrededor y le dio una dirección: un bloque de apartamentos de ladrillo gris que se alzaba sobre las casas unifamiliares, muy cerca de la propiedad de los Harlan.
»«Pregunta por un chico joven. Vive arriba. Él vio cosas. Pero no habla con nadie», le susurró el hombre.
»El señor Earvin fue inmediatamente al edificio. Encontró al joven sentado en la escalera de incendios, fumando. Era flaco, nervioso y tenía la mirada de alguien que había visto demasiado.
»El señor Earvin se presentó, sin rodeos, pero con una calma profesional. El joven lo miró con suspicacia.
»«No sé de qué me habla», dijo, apagando el cigarrillo. «Pero si de verdad busca algo, la información en este barrio es cara. Y yo no voy a arriesgarme por nada.»
»El señor Earvin entendió la señal. Sacó un fajo de billetes y lo colocó en la barandilla de la escalera.
»«Aquí tienes la primera parte», dijo. «Ahora habla.»
»El dinero cambió de manos, y el joven se reclinó contra la pared. Lo que dijo a continuación fue un torrente de horror y detalles viscerales.
»«Estaba fumando aquí fuera, tarde en la noche.
Oí un golpe. Un ruido fuerte, como chatarra.
Me asomé y vi al chico. Estaba en la calzada, arrastrándose, intentando levantarse», comenzó, con la voz cargada de repulsión.
«Una furgoneta roja lo había golpeado, sí.
Eran los Harlan. La familia de aquí. Todos son buenos elementos en el barrio, eso dicen. Y el que conducía era el hijo pequeño.»
»El joven hizo una pausa, respirando con dificultad.
»«El pequeño de los Harlan se bajó de la furgoneta.
Fue hacia Martin. El chico atropellado gemía, con la pierna rota…
y el Harlan no le ayudó. Lo miró, se agachó…
y le aplastó la cabeza. Una vez. Dos veces.
Contra el cemento, con la bota. Hasta que ya no se movió.
Luego lo cargó en la parte de atrás de la furgoneta y se fue hacia la autopista. »
»El señor Earvin sintió que una mezcla de rabia y victoria helada lo invadía. Ahora entendía lo que Paul había visto: no un suicida, sino un cuerpo que alguien había subido al puente para tirarlo delante de los camiones.
»«¿Irías a la policía conmigo? ¿Declararías esto en un juicio?», preguntó, con la voz convertida en un susurro ronco.
»El joven negó con la cabeza, riendo secamente.
»«Ni hablar. Me matan antes de que llegue a la sala del tribunal. Pero tengo algo mejor. Por diez veces más de lo que me diste», dijo, y sacó su teléfono móvil. La pantalla se iluminó. «Lo grabé todo.»
Elías levantó la mirada de la vela, con los ojos fijos en Hank. El silencio en la mesa era denso, roto solo por el crepitar ocasional de la chimenea.
Hank sintió la rabia. Los Harlan eran los Ward. La historia era un calco, una confesión apenas disfrazada.
Margaret Jean rompió el silencio, con la voz suave, pero tensa.
—Es una historia terrible, Elías. Una verdadera tragedia. Pero ¿es verdad? Siento que es demasiado conveniente, demasiado perfectamente construida para no ser una metáfora.
Markis asintió.
—Sí. El detalle del Midazolam y la amnesia… es exquisito. ¿Qué clase de ciudadano normal tiene acceso a eso y el conocimiento para usarlo? Es pura ficción, pero bien ensamblada.
Margaret Jean añadió:
—Y, en rigor, un vídeo comprado a alguien que cobra por hablar es un indicio, no una prueba.
Josh Tisdale no dijo nada. Estaba absorto, girando lentamente el pie de su copa de vino, con la mirada perdida en las llamas.
—¿Y tú, Josh? —preguntó Hank, aprovechando el silencio—. ¿Qué piensas de la historia?
Josh tardó un momento en responder, como si despertara de un trance. Su voz era tranquila, pero cortante.
—Supongamos que es falsa —dijo al fin, mirando a Hank directamente—. Es demasiado perfecta, demasiado enfocada en la venganza. Pero esa es mi opinión. El árbitro eres tú, Hank. ¿Real o inventada?
—Real —dijo Hank—. Nadie se inventa a un camionero con un tráiler de maíz.
—Entonces, ¿qué crees que debería hacer el señor Earvin con esa grabación?
—Llevarla a la policía.
Elías sonrió, inclinándose hacia adelante para tomar su taza de café.
—¿A cuál? —dijo.
Nadie contestó. Elías dejó pasar un momento.