Capítulo 6 #2
—¿Y dónde estaba usted hace unas horas, señora Kuzma? —preguntó Petters, entrecerrando los ojos.
—Dormida. Estaba dormida, inspector. Trabajo en la panadería, de madrugada, pero los miércoles libro. Me acosté a las once.
Una puerta chirrió y un hombre salió del baño abrochándose una camisa. Tenía el pelo rubio mojado, peinado hacia atrás, y se secaba las manos con una toalla. Era alto, de unos cincuenta años, con una belleza ruda y unos ojos azules. Era Jacob, el novio de Brenda.
—¿Qué ocurre, Brenda? —preguntó, con calma.
Brenda se encogió ligeramente.
—Es por Ezra, querido. Dicen que… ha pasado algo malo.
—Ha muerto una mujer en el vestíbulo, señor —dijo Petters—. El hijo de la señora Kuzma estaba con ella cuando llegamos.
—Dios mío. —Jacob le pasó un brazo por los hombros a Brenda—. Ya le dije que no saliera de noche, Brendy. Pero tranquila. Ezra es un buen chico, tú lo sabes. Un poco lento, pero jamás tocaría a una mosca.
—Sí, sí. Lo que dice Jacob —asintió Brenda rápidamente, con los ojos húmedos buscando su aprobación—. Es un chico bueno. Muy quieto. Solo mira la televisión.
—Siéntate un momento en la cocina, cariño. Yo hablo con los señores.
Brenda obedeció, visiblemente afectada. Jacob esperó a que estuviera fuera del alcance del oído.
—¿Y usted, señor? —preguntó Petters—. ¿Dónde ha pasado la noche?
—Aquí, durmiendo. Me desperté hacia las seis y veinte y ya no pude volver a dormirme. Me hice un café, repasé unas lecturas pendientes en la cocina y me metí en la ducha, a ver si se me iban los nervios. Trabajo desde casa, no tengo horarios.
Bajó la voz.
—Mire, no quiero que Brenda me oiga, pero el chaval es raro. No mira a los ojos. Se pasa el día en las escaleras, observando a la gente subir y bajar. Yo lo llamo «el Vigilante del Umbral».
—¿Lo ve capaz de hacerle daño a alguien? —preguntó Genny.
—Ojalá pudiera decirle que no —respondió Jacob, con un gesto cansado—. Pero ¿quién sabe lo que pasa dentro de esa cabeza? Se le junta lo suyo con el estrés de vivir aquí… No sabría decirle. Si hay que decidir algo, que sea lo mejor para él: un sitio donde sepan cuidarlo. Nosotros no sabemos.
—Gracias por su tiempo, señor —dijo Petters, anotando algo en su libreta con el rostro impasible—. El chico está en la comisaría de la 112. Sugiero que la señora Kuzma vaya y le busque un abogado. Lo va a necesitar.
De vuelta en el coche, Petters encendió un cigarrillo con la ventanilla entreabierta, a pesar de la lluvia.
—Caso fácil, Genny —gruñó Petters, exhalando una bocanada de humo—.
La cosa está clara. El novio de la madre ya lo da por perdido y la madre está en negación.
El chico es «raro» y «especial», palabras clave para «sospechoso perfecto».
Tienes a un chaval en estado catatónico, aferrado al cuerpo de la víctima.
Todas las flechas apuntan a Ezra Kuzma. Tenemos a nuestro asesino.
Genny frunció el ceño.
—No estoy tan segura. Había una… tristeza en ese abrazo, inspector. No era la rabia de un asesino. Era la desesperación.
—La desesperación es un gran disfraz para la rabia, Genny —replicó Petters—. Contaminó la escena, no habla. Es el típico «asesino desorganizado» que se queda a llorar sobre su crimen. Ahora, a ver qué nos dice la psicóloga.
Pasaban de las ocho cuando llegaron a la comisaría.
Ezra estaba sentado en una sala de entrevistas fría y desangelada, envuelto en una manta de emergencia, y seguía sin articular una palabra clara.
Los forenses ya habían fotografiado y embolsado su ropa cubierta de sangre seca, y ahora llevaba un mono de papel.
La psicóloga de la policía, la doctora Helena Vargas, se reunió con ellos en la sala de observación. Era una mujer directa, con el pelo recogido y la mirada penetrante.
—Bien, acabo de pasar veinte minutos con él.
Mi informe preliminar es este: no es un sospechoso ordinario.
Ezra Kuzma tiene un déficit cognitivo evidente, aunque ignoro su origen.
Hay rasgos que me hacen pensar en el espectro autista, pero eso es una sospecha, no un diagnóstico; la evaluación formal llevará tiempo.
Genny se inclinó hacia adelante.
—¿Qué implica eso, doctora?
—Implica que le cuesta razonar y entender lo que ocurre. No sostiene la mirada, se balancea, responde con frases cortas y no relaciona lo sucedido con estar aquí. Repite «¿Está bien Rachel?» sin parar. No parece una negación típica, sino perseveración: de momento no logra asimilar que haya muerto.
Petters se pasó una mano por la cara. El caso fácil se estaba complicando.
—¿Así que no podemos interrogarlo?
—No en el sentido tradicional. Necesitará a su tutor legal o a un abogado presente.
Y esto es lo que puedo decirles, detectives: no responde al miedo ni a la presión como un adulto, y no veo planificación.
No hay intento de huir ni de ocultar nada.
Lo que observo describe cómo está ahora, no lo que pasó esta noche.
No puedo decirles si lo hizo; lo que sí sé es que su culpabilidad legal y su comprensión del acto serían cuestiones completamente distintas.
Genny miró a Ezra a través del cristal. Seguía balanceándose bajo la manta. El caso ya no era sencillo.
El tiempo pasaba en la comisaría 112 de Queens bajo la fría luz fluorescente de la sala de interrogatorios. Ezra Kuzma, el sospechoso de treinta años con la mente de un niño, seguía esperando. Eran casi las diez de la mañana: habían pasado más de seis horas desde que lo detuvieron.
Ni Brenda Kuzma, la madre, ni Jacob, el novio, se presentaron. La urgencia de Petters por cerrar el caso chocaba con la necesidad legal de tener un tutor presente para interrogar a un sospechoso con discapacidad cognitiva.
—¿Dónde demonios están la madre y el novio? ¿Qué clase de gente abandona a su hijo en un momento así? —gruñó Petters, golpeando la mesa de observación con un dedo.
—Están asustados, inspector —respondió Genny, con la mirada fija en Ezra, que se balanceaba levemente en su silla—. La madre está apocada, y el novio… no sé. Creo que es más fácil para ellos pretender que esto no está pasando.
Finalmente, se abrió la puerta de la sala de espera. Entró una mujer menuda, de unos setenta años, con el cabello plateado impecablemente peinado en un rodete y una expresión de hierro fundido. Era la abuela materna de Ezra, la señora Richards.
Se acercó a los detectives con la barbilla en alto.
—Soy Irene Richards. Vengo por mi nieto, Ezra. Soy su tutora legal desde que cumplió los dieciocho; mi hija, por lo que me dicen, no se ha presentado. Y permítanme que les advierta, detectives, que conozco mis derechos. No van a tocar un solo pelo de mi niño.
La actitud defensiva y la firmeza de la anciana, tan distinta a la debilidad de Brenda, sorprendió a Genny. Ella era el ancla familiar, el único punto de apoyo de Ezra.
La señora Richards se sentó al lado de Ezra en la sala de entrevistas. El contacto de su abuela pareció sacarlo de su estupor. Ella le tomó la mano, besó sus nudillos y le habló en un susurro grave.
—Mi pequeño Ezra. Estamos con gente, cariño. Gente que quiere saber qué pasó. ¿Puedes contarle a la señorita y al señor qué viste abajo?
Genny y Petters entraron en la sala, sentándose frente a ellos. Petters, aunque irritado por la interrupción constante, mantuvo una calma profesional forzada.
—Ezra —comenzó Genny, con un tono suave y no amenazante, consciente de lo que había dicho la doctora Vargas—. Sé que has tenido una noche difícil. Queremos saber de Rachel. ¿Cómo la encontraste?
Ezra parpadeó, su mirada se dirigió al hombro de Genny y luego regresó a su regazo.
—Rachel… no la vi. Solo… estaba ahí.
—¿Estaba ahí dónde, Ezra? En el vestíbulo, en el suelo. ¿Cómo llegaste tú ahí? —inquirió Petters, perdiendo la paciencia por una fracción de segundo.
—Inspector, cuide el tono —dijo la señora Richards, sin apartar de él sus ojos grises. Acarició la mejilla de Ezra—. Respira, mi amor. ¿Fuiste a ver a Rachel?
Ezra asintió.
—Sí. Ella tenía una luz. Una luz bonita. Yo… tenía que mirar.
—¿A qué se refiere con «luz», señora Richards? —preguntó Genny.
La abuela suspiró.
—Rachel trabajaba mucho y a menudo dejaba encendida la luz de su salón hasta tarde. Él la ve desde la escalera, donde se sienta a mirar las cosas. Es su rutina, ¿entiende?
—Así que bajaste porque su «luz» estaba encendida —continuó Genny—. Y cuando llegaste al vestíbulo, ¿qué pasó?