Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Su compañero, el inspector Mark Petters, conducía. Petters era un hombre de cincuenta y tantos, con un sentido del humor tan ácido que corroía hasta el cromo. Era bueno, muy bueno, pero su racionalidad era tan extrema que a veces rozaba lo inhumano.

Genny sabía lo que insinuaba. A las tres de la mañana, en un edificio residencial, rara vez había guante blanco.

—¿Algún antecedente en esa dirección?

—Nada relevante, solo peleas de vecinos y alguna fiesta ruidosa.

Vecindario tranquilo, clase media baja. Pero escucha bien, Genny —dijo, girando bruscamente en una esquina y obligándola a agarrarse a la guantera—.

El primer agente que llegó, un chico nuevo, dice que no se atreve a acercarse al cuerpo.

El sospechoso está… reteniendo la escena.

Lo oí por radio: «No la suelta, no para de mirarme».

Un sospechoso aún en la escena era mala señal. Un delincuente experimentado huye. Solo los muy drogados, los desesperados o los rotos se quedan.

—Espero que hayas practicado tu mejor tono maternal para negociar con lunáticos —comentó Petters por lo bajo—. Yo estoy demasiado viejo para tonterías sentimentales. Además, los asesinos siempre son más receptivos a la belleza. Eres la distracción, yo soy el martillo, ¿entendido?

Genny lo ignoró. Era el humor de Petters, cinismo y machismo de la vieja escuela, que ella había aprendido a encajar como ruido de fondo. Se concentró en lo que venía.

Llegaron a la manzana de Bleecker. El edificio, de ladrillo marrón desgastado y con escaleras exteriores, parecía tragarse la poca luz de los faros.

Dos coches patrulla ya esperaban, con las luces azules y rojas parpadeando en la noche lluviosa.

Un joven agente, empapado, estaba detrás de uno de ellos, con la radio en la mano y la cara pálida.

Genny y Petters salieron del coche, y el frío húmedo se les pegó a los huesos de inmediato.

—Inspector Petters, detective Connor —dijo el agente, acercándose con miedo y alivio en los ojos—. Es… es un desastre, señor. Está ahí mismo, en el umbral del vestíbulo. Y no coopera.

Petters ni siquiera le dirigió la palabra, se limitó a pasar a su lado, sacando el arma de la funda con un movimiento fluido que demostraba años de práctica. Genny hizo lo mismo. El peso familiar del arma en su mano era su ancla.

Se acercaron al vestíbulo. La puerta exterior de cristal estaba abierta y la luz amarillenta del pasillo interior lo mostraba todo. Sobre las baldosas blancas y negras había un hombre de unos treinta años, encorvado sobre el cuerpo de una mujer.

No estaba sentado ni arrodillado, sino agachado de una manera imposible, con la cabeza y el pecho cubriendo el torso de la mujer y los brazos apretados a su alrededor con una fuerza terrible, como si temiera que el simple aire se la llevara.

Y la mujer… la mujer ya no era una persona; era un contorno de sangre.

Su ropa, su rostro y el suelo estaban empapados de un rojo oscuro, ya espeso en los bordes, que se mezclaba con el agua de lluvia arrastrada desde la calle.

Tenía una herida profunda en el lado izquierdo del cuello, y sus ojos, aún abiertos, miraban al techo de yeso sin ver nada.

El horror no era solo la sangre, sino la quietud. El hombre no se movía, no gritaba.

—Policía de Nueva York —dijo Petters, con voz plana pero amplificada por el pequeño espacio. La pistola apuntaba al centro del pecho del hombre—. Suéltela, ahora. Despacio.

El hombre no reaccionó. Tenía la barbilla apoyada en la cabeza de la mujer.

—¡Mírame! —gritó Petters, dando un paso más. El eco hizo que el ruido sonara hueco.

Genny se acercó con cautela por el flanco, su arma empuñada con ambas manos.

—Señor, tiene que soltarla. No podemos ayudarla si no la suelta.

Al oír la voz más suave de Genny, el hombre levantó por fin la cabeza. Tenía los ojos inyectados en sangre y desorbitados, fijos en ella pero sin verla, como si miraran algo a su espalda. Parecía en shock catatónico, pero la tensión de sus brazos seguía ahí.

—¡No! No la van a tener —musitó el hombre. Tenía la voz áspera, como si llevara días sin usarla—. Ella… no puede irse.

—Ya se ha ido, hijo. Mírala —dijo Petters, y el ácido de su humor se había evaporado por completo. Solo quedaba el oficio—. Suéltala. Es un cuerpo que tenemos que asegurar.

El hombre empezó a mecerse ligeramente, como un niño consolando a un juguete roto. Las lágrimas corrían por su rostro, lavando líneas limpias en la capa de sangre que cubría su mejilla. Pero no soltó el cuerpo.

Genny vio un detalle que la heló: el pulgar del hombre acariciaba lenta y rítmicamente la mano sin vida de la mujer.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Genny, bajando un poco el arma.

El hombre ignoró la pregunta. Abrió la boca y de ella salió un lamento ahogado, sin palabras.

—Genny, atrás. Este tío está roto. Puede que no vaya armado, pero tiene que soltar la escena —ordenó Petters.

En ese momento unos neumáticos chirriaron fuera y llegaron más agentes uniformados, con un sargento que tomó el mando de la contención.

—¡Hay que separarlos ya! ¡Está contaminando la escena! —gritó, señalando a dos agentes.

Los agentes se movieron con cautela, torpes por el miedo. Uno agarró al hombre por los hombros, el otro por las piernas, y tiraron.

No se soltó fácilmente. Fue un tira y afloja silencioso y horrible contra el peso muerto de la mujer, hasta que sus brazos cedieron con un sonido pegajoso. Cayó hacia atrás sobre las baldosas salpicadas de rojo, jadeando.

Petters le puso una rodilla en el pecho y le esposó las manos, que aún temblaban.

Genny se acercó al hombre caído mientras el sargento y los demás aseguraban el perímetro y avisaban a la médica forense.

Estaba casi inconsciente, pero sus ojos seguían fijos en la mujer, ahora entera a la vista sobre el charco de sangre.

—¿Está… está bien… Rachel? —preguntó el hombre, en un susurro final, con una voz tan suave que Genny tuvo que inclinarse para escucharlo—. Rachel… está bien, ¿verdad?

Genny lo miró a los ojos. No podía decirle la verdad. Tampoco quería mentirle.

—Ella está a salvo —dijo, eligiendo las palabras con cuidado, aunque era la mentira más grande que había dicho en su vida profesional.

El hombre cerró los ojos y se desplomó completamente en el suelo.

Genny se levantó. Era el homicidio más triste que había visto. Petters la miró, con el ceño fruncido.

—¿Rachel, eh? Ya tenemos un nombre de víctima, o al menos el que él usaba. Y un sospechoso. El trabajo fácil está hecho. Ahora, el trabajo duro: descifrar el porqué —dijo Petters, volviendo a ponerse su máscara de cinismo y guardando el arma—. Parece que va a ser un cuento de amor muy sangriento.

Genny ni siquiera pudo responder. Su mirada se quedó en el cuerpo de Rachel.

Pasaban de las seis y media y el vestíbulo del 147 de Bleecker era una colmena de actividad bajo el frío amanecer gris de Queens. Entre el forense, los fotógrafos y el traslado del detenido, nadie había subido todavía al séptimo piso.

El cuerpo de la mujer, Rachel, había sido envuelto y retirado. El charco de sangre había sido fotografiado y medido, y sobre las baldosas quedaba un círculo oscuro que Genny no podría olvidar. El principal sospechoso había sido llevado a la comisaría.

—Tenemos que averiguar quiénes son —dijo Petters, frotándose las manos enguantadas—. Tenemos al tipo, ahora necesitamos la víctima, el motivo y, por el amor de Dios, un nombre completo.

Genny se dirigió a una vecina asustada, envuelta en una manta de cuadros.

—¿Conoce a las personas involucradas, señora? —preguntó con voz suave.

La mujer asintió, con los ojos fijos en la puerta del ascensor.

—A la chica sí, pobre. Se llamaba Rachel. Rachel Harding. Tendría unos treinta años. Se mudó aquí hace unos diez meses. Era callada, trabajaba en la biblioteca del campus. No se metía con nadie.

—¿Y el hombre? —inquirió Petters, adoptando un tono de impaciencia que hacía que la gente se apresurara a responder.

—El chico… ese es Ezra. Ezra Kuzma. Vive en el séptimo. Con su madre, Brenda, y el novio de ella. Es… especial, el chico. Un buenazo, sí, pero siempre ha sido un poco extraño. Nunca está mirando a donde debería.

Genny y Petters cruzaron una mirada. El rompecabezas empezaba a tomar forma: una víctima tranquila, un sospechoso que vivía en el mismo edificio.

El apartamento 7B estaba en el extremo del pasillo del séptimo piso. Petters golpeó la puerta con la palma de la mano.

Brenda Kuzma abrió la puerta. Era una mujer de unos cincuenta años, regordeta y con el cabello rubio ceniciento recogido en un moño descuidado. Sus ojos eran grandes y húmedos, y se movían con una inquietud constante. Se veía genuinamente sobresaltada.

—Policía de Nueva York, señora Kuzma —dijo Petters, enseñando su placa—. ¿Podemos pasar? Necesitamos hablar con usted sobre su hijo, Ezra.

Brenda retrocedió, su rostro se descompuso en una mezcla de miedo e incomprensión.

—¿Ezra? ¿Qué le pasó? ¿Está bien?

Genny tomó la palabra, con la empatía necesaria.

—Su hijo está en la comisaría, señora. Estamos investigando un incidente que ocurrió abajo, en el vestíbulo.

Petters fue directo, su voz como un bisturí.

—Su hijo estaba con una mujer. Ella ha fallecido, señora Kuzma. Su hijo estaba sujetando su cuerpo.

El aire abandonó a Brenda en un jadeo. Se llevó una mano temblorosa a la boca.

—¡No, no! ¡Eso no puede ser! Ezra es un chico especial. Él nunca haría daño a nadie. Es mi único hijo.

—¿Especial en qué sentido, señora? —preguntó Genny, mirando alrededor del salón. El apartamento era pequeño, abarrotado de figuritas de porcelana y de una televisión de tubo antigua que emitía el pitido sordo de un canal sin señal.

Brenda parecía luchar por encontrar las palabras.

—Tiene una… una minusvalía. Un retraso. No sé los términos elegantes. Es como si su mente fuera más joven, ¿entiende? Ayuda a todos en el edificio. Les lleva la compra a los ancianos.

—La mujer se llamaba Rachel Harding —dijo Genny—. ¿Su hijo la conocía?

—Rachel… Sí, la conocía. Pero no bien.