Lo que enterramos antes de tiempo (Fractura 1) Capítulo 5 #4
22%

Capítulo 5 #4

»El Maestro no Acreditado era un prodigio.

En 1965 trabajaba en un estudio de grabación oscuro de la calle 52, en Nueva York.

Aquel hombre podía tocar cualquier cosa.

Le dabas una partitura de bossa nova y la convertía en funk.

Le dabas un riff de blues y lo convertía en jazz.

Su talento era su maldición: era tan versátil, tan bueno, que era la herramienta perfecta.

Los grandes de la época, los que llenaban estadios, no querían que nadie supiera que la magia venía de él.

»Durante la efervescencia de los sesenta y los setenta grabó en secreto para todos.

Piensen en ese solo de guitarra rasposo de «Cold Rent Blues», de Dellroy Banks.

El que escucha el mundo es el take cuatro, pero el groove que lo convirtió en un clásico fue el take siete, grabado a las cuatro de la mañana.

¿Y ese golpe de wah-wah que define el ritmo de «Midtown Slow Walk», de Cassius Vane, en la banda sonora de Hustler Row?

Fue él quien sugirió el pedal y la cadencia que imita el caminar del protagonista.

Incluso la segunda guitarra de «Run Easy», de los Hartley Family, es suya: la que toca en los silencios.

»Las grandes productoras lo mantuvieron a raya.

Le pagaban cuarenta dólares por sesión, ni un centavo más, y le hacían firmar contratos que aseguraban que su nombre nunca aparecería en las notas del álbum.

«Solo eres una mano», le decían, de ahí que en los círculos internos se le conociera simplemente como «A Hand».

Un apodo cruel, sí, pero su contribución está literalmente en el ADN de una década de música negra. Su trabajo era ser anónimo y perfecto.

»El corazón de este hombre siempre estuvo en el jazz, y en 1974, con los ahorros de sus magros sueldos de sesión, logró grabar su único álbum en solitario: «El Acorde del Silencio» (The Chord of Silence).

Un disco brutal, mezcla de jazz funk con influencias africanas y el soul más hondo de Filadelfia.

Lo grabó en un sótano, con un equipo destartalado.

Intentó presentarlo a las grandes discográficas y lo rechazaron.

Demasiado jazz para el funk. Demasiado funk para el jazz.

Al final, una pequeña compañía lo distribuyó durante una semana, sin un solo cartel de promoción.

Pero ese álbum, inspector, «El Acorde del Silencio», se convirtió en el Santo Grial.

Hoy una copia original cuesta más que un coche de lujo.

Es la pieza de coleccionista más buscada por los verdaderos amantes del soul instrumental.

Murió en 1999, pensando que su gran obra maestra nunca había salido del sótano.

Fue el hombre que definió el sonido de una generación y murió sin que nadie supiera quién era.

Markis terminó su historia con la mirada fija en Hank, con una intensidad que traspasaba la mesa.

—¿Y bien, inspector Beaumont? —preguntó Margaret Jean, inclinándose hacia delante—. Cuéntenos. ¿La historia de «A Hand», el mejor guitarrista que nunca existió, es real o inventada?

Hank sonrió, bebiendo su café. Había algo en el ritmo de Markis, en los nombres de los discos, que le sonaba.

—No puedo fiarme solo de mi instinto policial, porque da la casualidad de que siempre me ha gustado el jazz y la música negra de esa época.

Tengo nociones. La historia es demasiado específica para ser una invención descuidada, pero también demasiado perfecta.

—Hizo una pausa, tomando la iniciativa—.

Es brillante, Markis. Pero es inventada.

»Conozco esas canciones. Pero el guitarrista de esas sesiones, el que se hizo famoso en el estudio, era Rufus Tolliver.

Una leyenda de sesión, sí, pero con su nombre en los créditos.

Y la idea de que un solo hombre grabara todos esos éxitos en el anonimato es un hermoso mito. Simplemente no es factible.

Elías sonrió, una sonrisa pequeña y tranquila. Josh negó con la cabeza, divertido. Margaret Jean soltó una risita suave.

—En rigor, inspector —dijo Margaret Jean, con los ojos brillantes—, usted busca la prueba forense. Pero a veces la verdad es más extraña y está justo delante de usted.

Markis Ottis se echó hacia atrás, con el orgullo irradiando del rostro.

—Lo siento, inspector. La historia es real. Y Rufus Tolliver fue solo una de las «manos» que se llevó el crédito fácil. «A Hand» era el fantasma del estudio. Y sí, el Maestro no Acreditado era Ben «A Hand» Ottis. Y era mi padre.

Suspiró, con una ternura inesperada.

—Una vez, cuando yo era niño, le pregunté por qué había vendido su Fender Stratocaster del 65. Me dijo que necesitaba el dinero para comprarle a mi madre un tocadiscos decente, porque «la mujer de un genio anónimo merece escuchar el mejor sonido posible». Así era él.

Hank asintió, con la mente aún procesando la revelación.

—Sería un placer oír ese disco, «El Acorde del Silencio», algún día, Markis.

Elías sonrió y puso una mano en el hombro de Hank.

—Quizá otro día, inspector. Aquí siempre será bienvenido. Por ahora, hay que devolverlo a la civilización.

Se levantó con gracia y sacó del bolsillo el libro de tapa blanda.

—Me sé el final de memoria —dijo, tendiéndoselo—, pero siempre encuentro algún detalle nuevo en el que desaparecer. Ahora le toca a usted.

Hank cogió el libro.