Capítulo 5
A Hank la boca le sabía a enjuague bucal barato y a tabaco rancio.
Llevaba casi tres meses sin una noche completa de sueño decente, persiguiendo sombras en tres estados.
La masacre de los Ward no era solo un caso archivado para el NYPD; era una grieta en su cabeza.
No tenía pruebas, pero sí una sospecha que no soltaba. Y esa sospecha se llamaba Elías Finch.
Era su obsesión. El tío del chico suicida, el único con un motivo tan personal.
Hank creía que el asesino había montado lo de la pizza con paciencia; las tarjetas prepago, usadas una sola vez, eran pistas muertas.
Los forenses no habían encontrado ni una huella, ni una fibra.
Finch era el único sospechoso que quedaba, aunque quedar no era una prueba.
Su única esperanza era la persistencia. Había agotado cada contacto y cada grabación, hasta que una fuente anónima le dio una pista vaga: Finch podría estar en una ciudad costera, pequeña y tranquila, a unas cuatro horas de Nueva York. Algo sobre una vida nueva, cocinando.
Condujo hasta allí con el estómago revuelto, bajo el sol bajo de noviembre, que dejaba el horizonte de un gris sucio.
La ciudad era demasiado bonita, demasiado tranquila.
Nadie conocía a Finch por su nombre completo, sino por un apodo o por algún favor sin importancia.
Aquel tipo era invisible, y eso lo frustraba.
La recompensa llegó en forma de una camarera jubilada que frecuentaba la lavandería del barrio.
Le habló de un «tipo con pinta de profesor» y dos perros viejos, inseparables, que solía sentarse en un banco del parque municipal a última hora.
Que lo buscara cerca de la entrada sur, junto a los robles, justo antes de que se perdiera el sol.
Finalmente, al borde del parque municipal, lo encontró.
Finch estaba sentado en un banco de madera, bajo la luz sesgada del atardecer.
A primera vista pasaba desapercibido: unos treinta y cinco años, bastante más joven que su hermana Joyce, complexión media, ropa sencilla y sin adornos.
El pelo, peinado hacia atrás, tenía algunas canas prematuras que le daban un aire intelectual, de profesor.
Lo que llamaba la atención era la cara, de líneas definidas y piel muy clara.
No intimidaba, pero aquella serenidad era una armadura.
Parecía ajeno al mundo, absorto en un libro de tapa blanda.
A sus pies dormitaban dos perros mestizos, viejos, visiblemente cuidados y tranquilos.
El contraste con la tormenta en la cabeza de Hank resultaba casi ofensivo.
Se acercó con la lentitud de un depredador fatigado, las suelas de los zapatos de vestir crujiendo sobre la grava, y se plantó frente al banco, haciendo sombra sobre la página.
—¿Qué tal el libro? —preguntó, con la voz áspera por la tensión acumulada.
Elías levantó la vista sin sobresaltarse. Tenía los ojos claros, intensos, y una calma inusual que irritó a Hank profundamente. No había sorpresa, solo una curiosidad casi académica.
—¿Conoce a Bryan Gregory? Unaccounted For —dijo, en el tono que habría usado en una biblioteca—. Gente que desaparece delante de los suyos, en una excursión, en una merienda. Un niño, un viejo. Se vuelven un segundo y ya no está. Lo escribió un expolicía. Se cansó de que nadie lo escuchara.
Que hablara del horror con esa serenidad le revolvió el estómago. Quería desmontar aquella calma cuanto antes.
—Si le interesa —siguió Elías, marcando la página con cuidado—, me queda poco. En cuanto lo acabe, se lo doy. Para que me diga qué le parece.
—¿Por qué haría eso? —Hank frunció el ceño y se cruzó de brazos—. No me conoce de nada. No parece usted muy precavido.
Elías sonrió, una expresión serena y ligeramente melancólica.
—Yo no los acumulo, los paso. Si usted lo lee, ya ha cumplido.
Hank se quedó callado, dándole vueltas.
—Acepto el libro —dijo, yendo al grano—. ¿Es usted Elías Finch? Soy el inspector Hank Beaumont, de Nueva York.
Elías asintió lentamente.
—¿En qué puedo ayudarle, inspector Beaumont?
—Bien —dijo Hank. Había acorralado a su sospechoso, y notó la adrenalina—. ¿Podríamos hablar en algún sitio que no sea este parque?
Elías se levantó del banco con una fluidez inesperada y recogió el libro. Los dos perros lo siguieron como escoltas silenciosos.
—Conozco una cafetería tranquila aquí cerca. Sirven un buen café filtrado, si es lo que necesita después de su largo viaje, inspector.
Hank asintió, notando que el control se le escapaba. Había venido a interrogar y Elías parecía organizar la reunión. Lo siguió hasta un local pequeño, El Intercambio, con un mostrador largo, apenas cuatro mesas y una fila constante de clientes que charlaban entre sí.
Nada más entrar, Elías fue recibido con una ola de saludos.
—¡Eli! ¿Cómo está Margaret hoy?
—¡Eli, necesito que me eches un ojo a las cuentas, por favor!
Elías respondía a todos con una sonrisa genuina, recordando nombres y detalles. La incomodidad de Hank se intensificó. Aquel hombre no se escondía; se había integrado con tal perfección que eso mismo era un camuflaje.
Mientras esperaban el café, un hombre de mediana edad, con un gorro de lana y ojos muy abiertos, se les acercó.
—¡Eli, tienes que oír esto! —hablaba con una urgencia febril, sin mirar siquiera al inspector—.
Iba en el tren esta mañana y el tren se paró en mitad de la nada.
El conductor salió, volvió y dijo que era un problema técnico.
Pero cuando arrancamos otra vez, juro que vi algo.
Habíamos arrollado un vagón cisterna viejo, abandonado en una vía muerta, lleno de pintura blanca.
¡Y todo el primer vagón del tren quedó pintado de blanco!
¡Sin una sola salpicadura! El conductor parecía enfadado, pero yo no, ¡yo estaba emocionado!
Era como si el tren se hubiera puesto un uniforme nuevo para un desfile.
El hombre terminó con un jadeo, riendo. Elías lo había escuchado sin interrumpirlo, atento, como si no hubiera otra cosa en el mundo.
—Menuda mañana —dijo, pasándole su café—. Gracias por compartirlo.
El hombre se fue, tan rápido como había llegado.
Hank, que había visto la escena en silencio, sintió que perdía el hilo.
—¿Y eso a qué ha venido? —preguntó, cogiendo su café—. ¿Un tren pintado de blanco? ¿Qué tiene que ver con nada?
Elías se encogió de hombros con calma.
—Con nada. Es un hombre que quería compartir algo que le pareció extraordinario, y yo quería escucharlo. ¿No es para eso el intercambio, inspector?
Hank ignoró la pregunta; el tiempo no era para filosofías. Encontraron una mesa libre en un rincón.
—Hablemos del sábado 22 de agosto —empezó, con el tono ya oficial, cortante—. Hace tres meses. Esa noche mataron a un hombre llamado Víctor y lo metieron en un congelador. ¿Dónde estaba usted?
Elías ladeó la cabeza, pensativo.
—¿Víctor? Lo siento, inspector, pero no tengo ni idea de quién me habla. ¿Y por qué iba yo a tener algo que ver con el asesinato de un tal Víctor?
—Un sábado —murmuró luego, y los ojos se le iluminaron—. Entonces estaría con Ruth.
Hank se inclinó, buscando la fisura.
—¿Ruth qué más?
—Ruth Kinsley —contestó Elías—. Una amiga. Paso con ella todos los sábados desde que cerré el restaurante.
—Tiene ochenta y dos años y mucha conversación. Hacemos crucigramas, vemos documentales raros, cocinamos su strudel de manzana. Es un día completo, inspector. Ese sábado no salí de su casa.
Hank sintió un pinchazo de frustración. Una coartada perfecta y, para colmo, entrañable.
—¿Y ella lo confirmará? —preguntó, escéptico.
—Lo confirmará y le encantará hacerlo —asintió Elías, recogiendo su taza vacía. Anotó un número en una servilleta y se la tendió—. Le gusta hablar con gente nueva.
Estaba atrapado en una cafetería llena de gente que quería hablar de trenes pintados de blanco, interrogando a un hombre que podía haber matado a una familia entera y que ahora le hacía el strudel a una anciana. La frustración le quemaba la garganta.
Se inclinó sobre la mesa de madera pulida, sin apartar los ojos de los de Elías Finch.
—Víctor Ward murió por corrosión interna.
Sosa cáustica —dijo, abandonando toda sutileza.
El nombre no movió ni un músculo en el rostro sereno de Finch—.
No hubo señales de lucha, así que yo diría que estaba sedado o inmovilizado.
Y una cosa más: durante cuatro meses le llegó una pizza gratis todos los sábados.
Mi teoría es que ese sábado la trajo el asesino.
Dejó que la información se asentara, buscando la grieta.
—La brutalidad de la ejecución contrasta con lo meticuloso de la coartada, ¿no cree?
Finch no respondió con pánico ni con negación airada. Sostuvo la taza vacía con las dos manos, como si el calor que quedaba importara.
—Si soy su único sospechoso, será porque no tiene a nadie más —dijo—. Mi vida aquí es sencilla y bastante aburrida. Si hubiera un secreto, inspector, los perros lo habrían olido hace mucho.
—No he venido por curiosidad, Finch —dijo Hank—. Sé que su sobrino, Tommy McCullog, se suicidó. Y que pasaron varios años hasta que mataron a Víctor Ward. ¿Sabía de los rumores que culpaban a esa familia de la muerte de Tommy?
Elías tomó aire, el único indicio de que el nombre le afectaba.
—Tommy era mi sobrino. Murió. Lo que yo sé es lo que sabe mi hermana: la policía dijo que fue un suicidio. Ya hay bastante dolor sin buscar culpables, inspector.
—Si yo hubiera planeado algo así —dijo, haciendo girar la taza—, no habría dejado un rastro que usted pudiera seguir tan fácilmente.
Hank se inclinó hacia delante.
—Yo creo que no es solo Víctor. Alguien ha matado a toda la familia: cuatro personas, en tres estados. Es un rastro de ira muy largo, y usted era el único lo bastante cerca de la víctima original para sentirla.
Elías no pestañeó, aunque la mención de más víctimas pareció sorprenderlo levemente.
—No sabía nada de eso. Yo leo sobre desapariciones, no sobre investigaciones policiales. Si murieron cuatro personas, no es mi culpa ni mi problema.